Capítulo 9 #2
En ese momento se abrieron las puertas y el rey Gerart entró acompañado por la Guardia Real y sus escoltas. Sin detenerse en formalidades, cruzó la sala directamente hacia Haradin. Su expresión era grave y sus ojos reflejaban que ya conocía la respuesta antes incluso de formular la pregunta.
—¿Es este el final de mi reino?
Haradin sostuvo su mirada.
—Es el final de Rilentor. No el de Rogdon.
El rey permaneció inmóvil durante unos segundos.
—¿No podemos salvar la ciudad?
Haradin negó lentamente con la cabeza.
—Me temo que no. No existe forma de defender Rilentor contra un centenar de dragones. Si intentamos resistir, moriremos todos.
La respuesta cayó sobre la sala como una losa. Gerart observó uno por uno a los presentes. Primero a Haradin, después a Aliana, luego a Komir, y, por último, a Lasgol y las Panteras de las Nieves.
—Aquí hay dos portadores de gran poder, varios magos y un guardabosques armado con un arma dorada. ¿No podéis detenerlos?
Haradin suspiró.
—Me temo que no. Incluso uniendo todas nuestras fuerzas seguirían siendo demasiados. No tenemos ninguna posibilidad de victoria… ni siquiera de supervivencia.
El rey bajó la vista.
Durante unos instantes nadie habló. El silencio resultó insoportable, pesaba como una lápida.
Finalmente, Gerart volvió a levantar la cabeza.
—Entonces no tenemos elección.
Aliana dio un paso al frente.
—Nos tiene a su disposición, majestad. Haremos cuanto sea necesario.
—Cuenta también con nosotros, los Norriel —añadió Komir—. Apoyaremos al reino en este momento tan crítico.
El rey les dedicó una mirada agradecida.
—Os lo agradezco.
Paseó la vista por la sala mientras reflexionaba. Cuando volvió a hablar, su voz sonó firme.
—Por mucho que me duela, aunque me parta el corazón abandonar la capital de mi reino, Haradin tiene razón, son demasiados.
Lo único que conseguiríamos luchando sería entregar miles de vidas a los dragones —apretó los puños—.
No defenderemos la ciudad de forma suicida —aquellas palabras parecieron costarle un enorme esfuerzo—.
Tengo el deber de proteger a mis súbditos.
Miles de civiles siguen atrapados aquí, nuestra prioridad será ponerlos a salvo.
Haradin inclinó ligeramente la cabeza.
—Estoy de acuerdo con vuestra decisión, majestad. Debemos evacuar a los civiles y retirar también al ejército.
Gerart asintió varias veces, como si todavía estuviera aceptando la realidad de lo que acababa de decidir.
—Evacuaremos la ciudad esta misma noche. Protegeremos la retirada de nuestros civiles y de nuestras tropas. Rilentor caerá, pero no sacrificaré a mi pueblo en una batalla imposible.
—Prepararé un plan inmediatamente —respondió Haradin.
—Estamos a tu lado, Gerart —dijo Aliana.
—Siempre —añadió Komir.
El rey volvió a asentir antes de dirigir su atención hacia las Panteras de las Nieves.
—¿Y qué harán mis aliados de Norghana?
Lasgol intercambió una mirada con sus compañeros antes de responder.
—Protegeremos la evacuación de Rilentor. Después regresaremos a nuestra tierra.
—¿Creéis que Norghana también está en peligro?
—Sí, majestad. Lo consideramos muy probable. Si los dragones han organizado una ofensiva de esta magnitud contra Rogdon es posible que estén atacando Norghana al mismo tiempo o que lo hagan muy pronto.
El rey permaneció pensativo durante unos segundos.
—Entonces os agradezco todavía más vuestra ayuda.
Lasgol inclinó la cabeza.
—Rogdon y Norghana han luchado juntos durante muchos años. No os abandonaremos ahora.
Una leve sonrisa apareció en el rostro cansado del monarca.
—Os deseo la mejor de las suertes cuando regreséis a vuestra tierra.
—Gracias, majestad.
La reunión concluyó poco después, no había tiempo para palabras. La destrucción y muerte absolutas se acercaban y con ellas la caída de Rilentor.
La operación para evacuar la ciudad comenzó de inmediato. Gerart y Haradin diseñaron un plan con rapidez, que empezó a ejecutarse con la eficiencia que había dado fama a los rogdanos durante generaciones.
Los dragones seguían avanzando, aunque todavía se encontraban a gran distancia. La noche comenzaba a caer sobre Rilentor y aquella oscuridad sería la mejor aliada de quienes debían escapar.
Los soldados recorrieron la ciudad organizando la evacuación de los civiles que aún permanecían refugiados en la capital.
El plan exigía esperar hasta el anochecer para iniciar la retirada.
La oscuridad dificultaría que los dragones detectaran el movimiento de personas abandonando la ciudad y, además, proporcionaría cobertura a quienes tuvieran que atravesar las salidas ocultas.
Las Panteras de las Nieves permanecían en las murallas del castillo mientras aguardaban órdenes.
Desde allí observaban las largas filas de civiles que abandonaban sus hogares con lo puesto.
Mujeres, ancianos, niños, soldados heridos…
todos avanzaban guiados por miembros del ejército que intentaban mantener el orden en medio de la creciente tensión.
La terrible angustia de aquellas gentes casi podía verse elevándose a los cielos.
Una de las salidas ocultas más utilizadas era precisamente aquella por la que las Panteras habían entrado en la ciudad. Según les habían explicado, existían doce rutas secretas distribuidas alrededor de Rilentor. Cada una debía mantenerse despejada para permitir la evacuación.
Haradin llegó hasta ellos acompañado por varios oficiales.
—Para facilitar la retirada, cada uno de nosotros ha sido asignado a una de las salidas secretas. Debemos asegurarla y eliminar cualquier amenaza que pueda poner en peligro a los civiles.
Lasgol asintió.
—Tiene sentido.
—Aliana, Komir y yo nos ocuparemos de tres de las salidas principales. Dos magos reales de otras dos y el rey de otra con la Guardia Real —confirmó Haradin—. Los otros dos magos protegerán otras dos rutas.
Astrid hizo un rápido cálculo mental.
—Eso cubre ocho de las doce salidas.
—Correcto.
—Entonces quedan cuatro para nosotros.
Haradin asintió.
—Solo si estáis dispuestos. No deseo obligaros.
Viggo soltó una carcajada.
—Proteger cuatro salidas contra dragones. ¡Pan comido!
Lasgol observó a sus compañeros. Uno tras otro, fueron asintiendo. Nadie pensaba marcharse.
—Nos encargaremos de ellas —dijo finalmente.
Haradin sonrió por primera vez desde que había comenzado la crisis.
—Gracias.
Se volvió hacia el grupo y continuó:
—Nos reuniremos en la plaza central de la ciudad. Desde allí cada grupo partirá hacia la salida que tenga asignada. Los soldados ya están distribuyendo a los civiles de forma organizada.
—Entendido —respondió Lasgol.
Haradin dudó un instante antes de continuar.
—Hay algo más…
Todos lo miraron.
—Los túneles son estrechos y la cantidad de personas que debemos evacuar es enorme. Existe la posibilidad de que los dragones lleguen antes de que la retirada haya concluido.
El silencio volvió a apoderarse del grupo.
—Si eso ocurre necesitaremos ganar tiempo —continuó Haradin.
Ingrid fue la primera en responder.
—Entonces lucharemos.
—Sí —añadió Astrid. Nos enfrentaremos a ellos.
Lasgol asintió lentamente.
—No iremos a una muerte inútil, pero ayudaremos a proteger la evacuación.
Haradin inclinó la cabeza.
—Las Panteras de las Nieves hacen honor a su reputación.
Poco después todos se pusieron en movimiento. La plaza central bullía de actividad. Oficiales, soldados y mensajeros corrían en todas direcciones. En medio de aquel caos organizado comenzaron a distribuir las asignaciones finales.
—Yo me ocuparé de una de las salidas —dijo Lasgol.
—Yo de otra —añadió Viggo sin vacilar.
—Nilsa, vienes conmigo —dijo Ingrid.
La pelirroja asintió.
—Por supuesto.
Astrid se volvió hacia Gerd.
—Tú y yo cubriremos la cuarta.
—De acuerdo —respondió el grandullón.
En el centro de la plaza vieron a Aliana, Komir y Gerart impartiendo instrucciones a los oficiales del ejército. Un momento después todos se ponían en movimiento, cada uno dirigiéndose a la salida que tenía asignada.
Tocaba abandonar la ciudad. Lograrlo sería mucho más complicado que decidir hacerlo.