Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 9
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Capítulo 9

La gran nube de muerte y destrucción se dirigía a Rilentor desde el sur.

Los cielos parecían traer a la capital del reino de Rogdon la mayor tormenta jamás vista, una letal y aciaga.

Se acercaba despacio, como si fuera un enorme conglomerado de nubes cargadas de oscuridad.

Las trompetas y los gritos de alarma resonaban por toda la urbe, desde las murallas exteriores hasta el castillo real.

Anunciaban el final de la ciudad y de sus ocupantes.

—Vienen a destruirnos —dijo Komir con tono sombrío.

—No pueden ser tantos. —Aliana sacudió la cabeza, incapaz de creerlo.

—¿Lasgol? —preguntó Astrid, buscando confirmación.

—Ahora que están algo más cerca puedo verlos con mi Ojo de Halcón. Son un centenar de dragones.

—¿Cómo puede ser? —preguntó Ingrid, frunciendo el ceño.

—Deben haber llegado a algún acuerdo entre los cinco reyes dragones —dedujo Haradin—. Solo así pueden enviar semejante horda.

—No sé si quiero preguntar esto, pero… ¿podremos hacerles frente? —quiso saber Gerd.

—Espero que la respuesta sea que sí —Nilsa se frotó las manos mientras la angustia se reflejaba en su rostro.

—Los mataremos a todos. Mejor que vengan en grupos grandes; nos facilitan el trabajo —afirmó Viggo con la misma seguridad de siempre.

Lasgol observó la doble muralla que rodeaba la ciudad y el estado en que se encontraba.

Los soldados corrían por ella con el miedo reflejado en los ojos, conscientes de lo que se aproximaba.

Tuvo la absoluta certeza de que semejante número de dragones destruiría no solo las murallas, sino también a todos los que permanecieran sobre ellas.

Quedarse y defender la ciudad no le parecía la mejor opción.

No se atrevió a decirlo en voz alta, pero era lo que pensaba.

Volvió a observar la gran nube y confirmó lo que ya sabía: defender Rilentor era una locura.

Las trompetas sonaban ahora con mayor intensidad y los gritos de los soldados transmitían una creciente histeria. El caos provocado por el terror pronto se extendería entre tropas y civiles.

—Me temo que esta vez no podremos detenerlos —dijo Haradin con voz calmada, aunque cargada de pesar mientras contemplaba al enemigo en el cielo—. Son demasiados. Si atacan todos juntos la ciudad, su fuerza combinada será catastrófica e imparable.

—Nunca habían intentado algo así. ¿Por qué ahora? Además, es una suerte terrible —preguntó Komir.

—La mayor debilidad de los dragones, y la que hemos explotado durante años, es su increíble prepotencia —explicó Haradin—.

Los cinco reyes siempre han creído que podían conquistar por sí solos las regiones en las que dividieron Tremia sin necesidad de enviar demasiados dragones.

Creo que finalmente se han dado cuenta de su error y han decidido colaborar entre ellos, enviando una gran formación.

Es algo que siempre he temido. Por desgracia, parece que finalmente ha sucedido.

—Pero algo podremos hacer —dijo Aliana con angustia.

—No podemos permitir que esos monstruos sin entrañas nos destruyan —añadió Komir con ímpetu.

Haradin volvió a contemplar la nube de muerte que avanzaba lentamente en la distancia. Todavía se encontraba lejos, pero cada instante la acercaba más a la ciudad.

—Hay que proteger al rey y evacuar la capital.

—¿Evacuar? —Aliana abrió mucho los ojos—. Rilentor ha resistido hasta hoy.

—No resistirá semejante ataque.

—Lucharemos —insistió Komir—. Como siempre hemos hecho.

Haradin apoyó una mano en el hombro de ambos.

—Esta vez no, mis amigos. Esta vez debemos retirarnos. No nos rendimos ni abandonamos la lucha. Solo nos retiramos para reagruparnos y decidir una nueva estrategia. No tenemos tiempo para prepararla ahora, nos han cogido por sorpresa.

Aliana y Komir bajaron la cabeza.

—Es una tragedia enorme —murmuró Aliana.

Komir observó la horda de dragones.

—¿Cuándo creéis que llegarán?

—Es una formación tan grande que parece más cercana de lo que realmente está. No creo que lleguen antes del amanecer —explicó Lasgol.

—Me alegro de que estés de vuelta con nosotros —dijo Haradin—. Yo pensaba que estaban mucho más cerca, eso nos concede algo de tiempo.

—Debemos organizar una retirada. Hay que salvar todo lo que podamos de la ciudad y, sobre todo, a sus gentes —dijo Aliana.

—Sin duda debemos planificar cuidadosamente la evacuación. Mucho me temo que no podremos salvar la ciudad, pero sí a quienes aún permanecen en ella. Esa debe ser nuestra prioridad. Todavía hay miles de soldados y civiles aquí.

Lasgol resopló por lo bajo algo aliviado. Intuía que Haradin pensaba como él, y ahora podía constatarlo. No le sorprendió que el mago de batalla quisiera preparar un plan de evacuación antes de que los dragones llegaran y arrasaran la ciudad.

—¿Creéis que Gerart aceptará retirarse? —preguntó Komir—. No es propio de él.

Haradin resopló.

—Tendré que convencerlo.

—Gerart siempre antepondrá su pueblo a la corona, no es un hombre vanidoso —afirmó Aliana con convicción.

—Entonces vayamos a verlo. Debemos preparar un plan con prontitud y necesitamos del rey. Estoy seguro de que lo entenderá —dijo Haradin.

Lasgol miró a sus compañeros de las Panteras de las Nieves y estos asintieron.

Todos compartían la misma sensación. Sabían que la situación era insostenible y que intentar enfrentarse a los dragones para salvar la ciudad equivalía a una sentencia de muerte.

No necesitaba que lo dijeran en voz alta, podía leerlo en sus ojos.

Incluso Viggo pensaba lo mismo, aunque jamás lo admitiría.

—Seguidme —ordenó Haradin antes de echar a correr.

El grupo abandonó la torre y descendió rápidamente las escaleras hasta alcanzar la base.

Desde allí recorrieron los pasillos en dirección a la sala real.

Todo el castillo se encontraba en estado de alarma.

Los soldados se preparaban para la batalla corriendo de un lado a otro transportando suministros, transmitiendo órdenes y ocupando posiciones defensivas.

La inquietud era visible en todos los rostros.

Llegaron a la sala del trono y la Guardia Real les permitió el paso.

Haradin pidió a uno de los oficiales que avisara al rey.

El soldado salió corriendo a cumplir la orden.

Poco después entraron tres magos reales.

Resultaban inconfundibles con sus largas túnicas y los cayados rematados por enormes gemas.

Uno era joven, apenas tendría dieciocho años; los otros dos eran bastante mayores.

Saludaron a Haradin con respeto y ocuparon sus posiciones mientras aguardaban la llegada del monarca.

Observaban a las Panteras de las Nieves de reojo y estas hacían exactamente lo mismo.

Lasgol aprovechó la espera para dirigirse a sus compañeros.

—¿Qué creéis que deberíamos hacer?

—Veamos primero qué decide el rey de Rogdon —respondió Ingrid—. Pero debemos tener en cuenta algo. Si los dragones están atacando este reino, es muy probable que también estén atacando el nuestro.

—Estoy de acuerdo —dijo Astrid—. Lo más probable es que Norghana también esté siendo atacada.

—Eso sería terrible. Esperemos que no sea así —murmuró Nilsa con expresión de estupor.

Gerd negó lentamente con la cabeza. Sabía que Ingrid y Astrid tenían razón. Norghana era uno de los reinos más fuertes que aún resistían a los dragones. Si estaban coordinando una ofensiva de semejante magnitud, era lógico pensar que también actuarían contra su reino.

Lasgol soltó un largo suspiro.

—Debemos asumir que los dragones proceden del Continente Renacido. Si es así, y todo indica que lo es, habrán utilizado la Gran Perla que existe allí. Eso significa que también podrían haberse dirigido a Norghana. Es el reino más cercano.

—No necesariamente —replicó Nilsa—. Si han utilizado las perlas menores podrían haber aparecido aquí, en el sur de Rogdon, usando la perla del Oeste.

—Tiene sentido —admitió Gerd—. No creo que crucen océanos enteros volando, incluso los dragones se cansan. Las perlas son la forma más rápida de desplazarse por Tremia.

—Pues Norghana tiene una perla… con lo que estamos acabados —dijo Nilsa con evidente nerviosismo.

—Yo creo que lo mejor que podemos hacer es matar cuantos dragones podamos aquí y luego regresar a Norghana para matar a todos los que nos encontremos allí —declaró Viggo con absoluta tranquilidad.

—Debemos asumir que los dragones también han aparecido en Norghana —dijo Ingrid—. Es nuestra obligación contemplar esa posibilidad. Debemos considerar que nuestro reino está en peligro.

—Estoy de acuerdo —afirmó Astrid.

—Yo quiero creer que este es el único gran grupo de dragones desplegado en Tremia —dijo Nilsa—. Que no existe ningún otro.

Parecía más un deseo que una convicción real.

—No lo sabemos —intervino Lasgol—. Lo único que tenemos claro es que debemos averiguarlo. Yo también deseo que esta sea la única hueste de dragones presente en Tremia, pero no podemos basar nuestras decisiones en deseos. Si Norghana está siendo atacada, tenemos que regresar cuanto antes.

—Podemos enviar palomas mensajeras —propuso Gerd.

—No creo que cuando regresen sigamos aquí —respondió Ingrid—. Ni siquiera creo que la ciudad siga existiendo.

Gerd comprendió inmediatamente lo que quería decir y asintió.

Mientras ellos debatían sobre Norghana, Haradin, Aliana y Komir discutían la situación de Rogdon.

—¿Seguro que no podremos detenerlos? —preguntó Aliana con voz tensa.

Haradin negó despacio.

—Me gustaría decirte que sí, pero no podremos. Son demasiados.

—Hay miles de soldados y refugiados en la ciudad. Si no la defendemos, morirán.

—Tenemos que protegerlos —añadió Komir.

—Y lo haremos —respondió Haradin—. Pero debemos aceptar una realidad evidente. Aunque defendamos la ciudad, esa defensa será breve. Después seremos arrollados por la fuerza imparable y demoledora de un centenar de dragones.