Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 7
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Capítulo 7

Nahia y Eki se reunieron con Asti bajo una de las atalayas de vigilancia cercana a la montaña sagrada de los Usik.

Para despistar a los dragones por si los seguían, habían volado primero al centro de los inmensos bosques para luego retroceder.

La líder guerrera de los Usik estaba acompañada de seis guerreros.

—Me alegro de veros de vuelta. ¿No han sospechado nada? —preguntó Asti en cuanto Nahia se bajó de la espalda de Eki.

—Todo bien, no sé si han sospechado, pero creo que las respuestas que le hemos dado a ese general eran convincentes. Eki ha estado muy bien.

«No creo que sospeche» envió el dragón.

—¿Qué habéis averiguado? —había angustia en el tono de la Usik.

—Van a arrasar la zona alrededor de la Perla y luego se dirigirán al este.

—¿No van a perseguirnos? ¿A quemar nuestras aldeas?

—No, su táctica ha cambiado. Las órdenes que tienen son las de asegurar la Perla, destruir solo lo que vean y conquistar reinos más avanzados… —Nahia intentó que la última frase no sonara tan mal como lo hacía en su mente, pero no lo logró.

—No te preocupes, sé que todos nos ven como salvajes de los bosques, incluidos los dragones. No me molesta.

—Tienen orden de atacar las ciudades de los reinos importantes que todavía resisten y matar a todos los humanos que encuentren.

«También a rebeldes» indicó Eki.

Nahia se volvió hacia el dragón plateado.

—Eso no lo especificó.

«No, pero estoy casi seguro de que así será».

—Dijo reinos importantes, no rebeldes.

«Para los dragones la traición de los rebeldes es una mancha a su honor que no pueden permitirse. Irán a destruirlos, estoy convencido».

—Tenemos que avisarles —Nahia no quería ni imaginarse a un centenar de dragones atacando Jafarika y las Montañas de la Sangre. El Escuadrón Rojo no podía morir, sus compañeros no podrían caer.

Hubo un impasse mientras Nahia asimilaba lo que aquello significaba. Asti se pronunció.

—Entonces parece que dan por hecho que no podrán encontrarnos entre los bosques y no van a perder el tiempo con nosotros —dedujo Asti.

—Eso parece. Deben tener prisa, me dio la sensación de que tienen poco tiempo para esta última campaña en Tremia. Quieren tomarla y acabar con la poca oposición que queda.

«El tono del general denotaba prisa. Quiere terminar aquí y dirigirse al este lo antes posible» comentó Eki.

—¿Crees que puede deberse al gran número de dragones que están usando para la campaña? —preguntó Nahia.

«Sin duda. Cuatro regimientos de semejante tamaño dejarán a Kraido y otros mundos con pocos dragones en ellos para defenderlos».

—¿Hay otros tres grupos como el que está aquí? —preguntó abriendo mucho los ojos.

—Por desgracia… —se lamentó Nahia y bajó la cabeza.

—Es horripilante. La destrucción que van a causar va a ser terrible.

—Sí, es inevitable.

«A menos que surjan problemas en otro mundo importante para los dragones, o el propio Kraido, y tengan que regresar».

—De ahí la prisa por arrasar Tremia —entendió Asti.

«Los cinco reyes están en una posición de debilidad ahora mismo al haber enviado tantas fuerzas a Tremia. Y eso no les tendrá nada contentos».

—Temo por mi pueblo, pero también por el resto de los pueblos de Tremia. Tantos dragones… es una catástrofe… —Asti sacudió la cabeza.

—Yo temo contigo —Nahia le puso la mano en el hombro a la frágil Usik.

«Debemos entender también que lo más probable sea que cada uno de estos regimientos de dragones esté compuesto por fuerzas combinadas de los cinco reyes.

Me extrañaría mucho que consiguieran trabajar en conjunto.

Un solo regimiento de dragones con fuerzas de varios reyes va a tener muchas complicaciones.

Debemos recordar que los cinco desconfían los unos de los otros y también sus tropas.

Ahora tienen que colaborar y dudo que lo consigan, o al menos no será de una forma sin altibajos.

No es mucho, pero es algo que puede ser beneficioso para nosotros.

Habrá riñas, luchas internas, incluso muertes entre los dragones por puntos de vista encontrados».

—Me parece un análisis muy acertado y teniendo en cuenta que eres muy inteligente y conoces muy bien a los dragones no voy a rebatirlo. Espero que así sea y que tengan infinidad de peleas entre ellos —dijo Nahia a Eki.

«Es solo una suposición. Tendremos que comprobarlo, aunque puede resultar complicado. No tenemos espías entre esos regimientos de dragones».

—Si se matan entre ellos, cosa que aplaudiré a rabiar, dejarán cadáveres que podremos ver —dijo Nahia con optimismo.

«Lo dicho, no es mucho, pero es algo. Habrá luchas internas y las órdenes no se ejecutarán de la forma rápida y tajante que deberían».

—Es poco, pero es algo… —Nahia deseaba tener mejores opciones, pero no era el caso y se agarraría a la más pequeña de las esperanzas.

«Creo que queda claro que están asegurando primero las perlas para mover gran cantidad de dragones de un lugar a otro de este mundo con mayor rapidez» expresó Eki.

—En cualquier caso, sabemos que hay un regimiento en estos bosques y están haciendo bastantes estragos alrededor de la Perla —dijo Nahia.

—Ahora mismo sabemos lo que pretenden los dragones gracias a vosotros y debemos actuar en consecuencia.

Nos esconderemos en lo más profundo de los bosques y aguantaremos.

Podemos incluso crear allí nuevos poblados.

Eso no es algo que nos produzca demasiados problemas.

Es mucho más grave el daño que harán a los bosques que arrasen —dijo Asti.

—¿Tenéis alguna forma de reforestar lo que los dragones destruyen? —preguntó Nahia.

—No de manera rápida, pero podemos hacerlo.

Nuestros sabios llevan generaciones, miles de años de hecho, trabajando para repoblar la naturaleza de las zonas que por alguna razón han sido deforestadas.

Para nosotros nuestros bosques son sagrados, son nuestra forma de vida, donde nacemos y morimos.

Pero no solo eso, también son nuestra alma.

Si el bosque muere nosotros morimos con él.

Por ello, todas las tribus han buscado la forma de plantar nuevos árboles, vegetación, y tenemos mucho conocimiento sobre cómo hacerlo.

El gran problema es que, como todo en la naturaleza, requiere de su tiempo.

Podemos plantar árboles por donde los dragones han pasado y arrasado, pero llevará una generación o dos que esos árboles se hagan fuertes.

Nahia asintió.

—Me alegra escuchar eso. Al final hay esperanza, pese a todo este horror, y eso me anima.

—Los Usik tenemos esperanza —aseguró Asti.

—Parece que se ponen en movimiento —dijo Nahia mirando hacia la montaña. Podían verla en la distancia incluso desde el suelo de lo grande y puntiaguda que era. Los dragones parecían estar levantando vuelo.

«Hay movimiento de dragones. Voy a cercarme y ver qué hacen» envió Eki.

—¿Voy contigo? —preguntó Nahia.

«No hace falta, solo voy a ver si marchan y vuelvo pronto».

—De acuerdo. Te esperaremos aquí.

Eki dio un brinco y echó a volar.

—Esperemos que Eki nos confirme que se van —deseó Asti.

—Sí, ya han destrozado bastante boscaje.

—Al menos no hemos perdido vidas —dijo Asti con optimismo.

De pronto, de entre las ramas de la copa del árbol se escuchó un ruido y apareció uno de los guerreros Usik. Se descolgó utilizando una liana y cayó al suelo entre Asti y Nahia. Quedó agazapado. Tanto la líder guerrera de los Usik como Nahia se quedaron completamente sorprendidas.

No tuvieron tiempo para llegar a una conclusión.

El guerrero dio un brinco potente y se lanzó sobre Asti.

Las había cogido por total sorpresa. No consiguieron reaccionar a tiempo para detenerlo.

Nahia pensó que iba a intentar matar a Asti, pero en lugar de atacar con cuchillo o hacha, lo que hizo fue lanzarse y derribarla al suelo.

Los guardaespaldas de Asti, los guerreros que la protegían, corrieron a ayudarla.

Varias flechas surgieron de entre el boscaje y los árboles y los alcanzaron antes de que llegaran a poder socorrerla.

Siguiendo a las flechas, aparecieron más guerreros Usik con arcos cortos y avanzaron tirando con ellos contra los guardaespaldas de Asti.

Para hacer la escena todavía más irreal, de las atalayas cayeron los vigías atravesados por flechas.

Nahia solo pudo mascullar.

—¿Qué…?

El guerrero que había derribado a Asti se levantó y de un fuerte tirón arrancó el medallón del cuello de la líder Usik y salió corriendo con él.

—¡El medallón! ¡No! —gritó Asti.

Nahia desenvainó espada y daga y avanzó para proteger a Asti, que ya se incorporaba.

Los seis guardias murieron en un abrir y cerrar de ojos acribillados a flechazos.

Una veintena de guerreros Usik se dejaron ver. La mayoría iban armados con arcos cortos y unos pocos con hachas y cuchillos. Venían a matar a Asti, y por estar ella acompañándola, también a Nahia.

—¡Nos defendemos! —dijo Nahia a Asti.

—¡Pagarán por esta traición! —clamó Asti e invocó una esfera de defensa contra ataques físicos.

Nahia también levantó sus defensas y, acto seguido, acabó con dos de los guerreros que estaban cerca de Asti lanzando varios ataques certeros.

Al primero le atravesó el corazón con una estocada de su daga después de desviar el cuchillo del Usik, y al segundo le cortó el cuello de un tajo directo de su espada a la yugular.

Asti lanzó un ataque de energía pura. De sus manos salió un proyectil casi transparente en forma de media esfera y se llevó a dos tiradores que la apuntaban por delante. Se estamparon contra los árboles y se oyó cómo se rompían huesos.

—¡Que no escape con el medallón! ¡Los míos están perdidos sin él! —dijo Asti a Nahia—. ¡Mi poder mágico es muy limitado sin el medallón!