Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 6
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Capítulo 6

Con la llegada del amanecer y su brillante luz que las flores Usik recibían con brazos abiertos, también llegó la gran masa oscura de muerte que ensombreció con su presencia los cielos.

Un centenar de dragones alcanzó los bosques.

Nahia y Asti observaban desde una gran atalaya a la que también se había subido Eki.

Vigilaban con cuidado, rodeados de la protección que las copas de los árboles les proporcionaban.

—Vuelan sin ninguna formación establecida —se dio cuenta Nahia.

«Parecen una horda aérea» comentó Eki.

—¿Es eso significativo? —preguntó Asti con expresión de extrañeza en el rostro.

—Por lo general los dragones usan formaciones aéreas cuando vuelan en grupo —explicó Nahia.

«Sobre todo los raudos» aclaró Eki.

—Parece que no van a atacar… —comentó Nahia viéndolos volar sobre los árboles a unos mil pasos de altura.

—¿No? —Asti abrió mucho lo ojos.

—Vuelan sin formación y alto. No parece que su intención sea descender y atacar.

—¿Entonces por qué están aquí? —Asti observaba la trayectoria con ojos entrecerrados.

—No sé qué pretenden. Quizá sea que no ven Usik que atacar…

—Todos los Usik están escondidos y no se dejarán ver, como estableció el consejo de sabios —dijo Asti.

«Si buscaran Usik que matar volarían más bajo, raseando sobre los árboles» dijo Eki.

—Es de lo más extraño —Nahia no sabía qué pensar. Había dado por hecho que tal cantidad de dragones solo podía significar que lo iban a arrasar todo.

«Lo es, pero también el hecho de que sean tantos».

—Veamos qué hacen —Nahia sabía que no sería nada bueno.

La sombra aciaga de dragones sobrevoló los bosques durante todo el día. Tan grandes eran los dominios de los Usik que los dragones no podían cruzarlos en una sola jornada. Con la llegada de la noche vieron que alcanzaban el Pico del Águila.

Y se produjo lo que temían. Los dragones descendieron hasta cien pasos y comenzaron a atacar el Pico.

Fuego, rocas, hielo y relámpagos cayeron sobre la montaña en cantidades increíbles y con potencia sobrecogedora.

Era como si los dioses hubieran decidido castigar aquella montaña y la fueran a destrozar.

—Espero que los tuyos no estén escondidos en esa montaña porque la van a arrasar —dijo Nahia a Asti.

—Esa montaña es un lugar sagrado y los Usik no la pisan. Hay una tumba de los reyes Ilenios en su interior, la del Rey del elemento tierra. Aliana tiene su medallón.

«Y está la Perla» comentó Eki.

—¿Creéis que están arrasando la montaña para despejar la Perla? No hay nada de interés para los dragones ahí —preguntó Asti.

—Podría ser, sí, para asegurarla. Desde esa Perla pueden moverse a todo Tremia sin tener que volar. —Razonó Nahia.

El ataque continuó hasta bien entrada la noche. Los dragones arrasaron la montaña y luego se posaron sobre ella, como tomando posesión. El fuego disperso de los alrededores los iluminaba, dando la sensación de que eran un grupo de enormes aves rapaces infernales sobre su última conquista.

Nahia, Asti y Eki aguardaron la llegada del amanecer. Permanecieron vigilantes, para ver qué hacía la horda de dragones. Pero, para su sorpresa, no hicieron nada, no sé movieron en toda la noche. Tampoco ocurrió nada en toda la mañana, ni sé movieron hasta el mediodía.

—Hay movimiento —avisó Asti.

Los dragones se elevaron a los cielos como un enjambre de gigantescos murciélagos y dieron varias vueltas alrededor de la montaña. Luego comenzaron a arrasar la zona que rodeaba la montaña sagrada de los Usik.

—¿Qué pretenden? —Asti fruncía la frente.

—Están volando en círculos y arrasan la base de la montaña —se dio cuenta Nahia.

«Están limpiando la zona. Seguirán ampliando el círculo y destruyendo todo lo que haya alrededor» explicó Eki.

—Pero ahí no hay Usik, ¿por qué lo hacen? —preguntó Asti.

«Me parece que están asegurando la zona. Quieren control total sobre la Perla y sus alrededores», razonó Eki.

Vieron cómo los dragones destruían los parajes que rodeaban la montaña, acabando con árboles, boscaje y toda la vegetación. Lo hicieron por horas, hasta entrada la noche.

—El círculo de destrucción que están creando es terrible —se lamentó Asti con lágrimas en los ojos.

El centenar de dragones se estaba empleando a fondo y destruyendo todo cuanto veían. El bosque moría bajo sus ataques combinados, indefenso ante la maldad y el poder de destrucción de aquellas bestias aladas.

«Lo lamento…» se disculpó Eki.

—No es tu culpa —dijo Asti.

«Pero sí la de los míos, y me apena mucho ver cómo destruyen vuestros bosques. Estos parajes salvajes son una maravilla. Esto no debería suceder. Tanta destrucción sin sentido…».

Eki bajó la cabeza muy apenado.

Nahia podía sentir la pena de Eki a través del vínculo que los unía.

Estaba segura de que él podía sentir la suya también.

Una cosa que alegró a Nahia fue comprobar que Eki sentía rechazo ante lo que aquellos dragones estaban haciendo.

Esto la llenó de orgullo. Eki cada vez veía con más claridad las malas acciones de los suyos.

—Me rompe el alma presenciar esto —dijo Asti.

—Debemos averiguar qué órdenes tienen —dijo Nahia.

«Estoy de acuerdo», Eki asintió moviendo su cabeza.

—¿Creéis que podéis averiguarlo? ¿No sospecharán nada raro si preguntáis? —Asti los miró con esperanza en los ojos.

—Podemos intentarlo. Estamos aquí en una misión del Gran Oráculo. No pueden decirnos nada, ¿no es así Eki?

«Así es. Estamos en una misión oficial. Tenemos derecho a estar aquí y saber qué planean por si interfiere con nuestra misión».

—En ese caso, os lo agradecería.

—Nos acercaremos a la horda al amanecer —propuso Nahia.

«Sí, será menos sospechoso».

Con la salida del sol, Nahia montó sobre Eki y el dragón plateado echó a volar.

Se dirigieron a la montaña sagrada. El centenar de dragones descansaba sobre las rocas, forrando de escamas rojas, marrones, azules y blancas toda la superficie.

Según se acercaban pudieron apreciar mejor el gran anillo de destrucción alrededor de la formación rocosa.

No quedaba nada con vida, ni animal ni vegetal, solo terreno arrasado.

«Si alguien se acerca a la Perla lo verán sin problema».

«Ese debe ser el motivo», respondió Eki y Nahia pudo sentir por el vínculo que los unía que la visión no le agradaba nada.

Al acercarse a unos dos mil pasos, tres dragones jóvenes salieron a interceptarlos, uno azul, el otro marrón y el último rojo. Eki voló despacio y sin realizar movimientos bruscos.

«¿Qué haces aquí, dragón raudo?» le dio el alto el dragón azul.

«Estoy en misión para el Gran Oráculo».

Los dragones volaron a los lados de Eki, escoltándolo. No le cerraron el avance, pero los vigilaban.

«Que misión es esa?».

«No te incumbe. Lo discutiré con tu superior al mando».

Nahia se sorprendió del temple con el que Eki estaba actuando. Había enviado ese mensaje con mucha firmeza.

«Está bien. Aclaradlo con el general Zuri-Oihan-Ezabatu».

«Llévanos con él».

«Síguenos, te escoltaremos».

El dragón azul se puso al frente y el marrón y el rojo a los costados de Eki. Se dirigieron a la cima de la montaña. En lo más alto del Pico vieron a un dragón blanco muy grande, enorme. Algo más abajo había otro rojo y uno marrón también muy grandes.

Tomaron tierra junto al dragón blanco, que los observó descender.

«General Zuri-Oihan-Ezabatu, este dragón raudo pide audiencia».

El general miró a Eki de arriba a abajo. No parecía agradarle la visita.

«¿Quién eres y qué haces aquí, dragón raudo? Yo no he requerido de ninguno de los de tu clase» preguntó Zuri-Oihan-Ezabatu.

«Soy Eki-Ilargi-Ausar, general, y estoy aquí en una misión para el Gran Oráculo».

El dragón lo miró con ojos intensos por un largo rato.

«¿Qué misión es esa?».

«Busco un gran mal que se oculta en estos bosques. El Gran Oráculo me ha ordenado hallarlo y destruirlo».

«¿Un gran mal? Aquí no hay más que bosques y asquerosos salvajes de piel verde».

«Eso es lo que también pienso, pero debo cumplir con mi misión, por mi honor».

«Sin duda, debes. No se cuestionan las órdenes. Además, si es importante para el Gran Oráculo, debe completarse».

«¿Habéis hallado algo que pudiera ser lo que busco? ¿Lo buscáis vosotros también?».

Nahia vio la jugada de Eki. Intentaba sacarle información sin que se percatara.

«No. Nuestra misión es la de asegurar la Perla y los alrededores».

«Entiendo. ¿Y los salvajes? Matarlos, imagino».

«Hay nuevas órdenes. No son un riesgo y no nos interesan» aclaró Zuri-Oihan-Ezabatu.

«¿No vais a atacar?».

«Solo se matará a aquellos salvajes que se nos crucen.

No perderemos tiempo en perseguirlos. Nuestra misión es asegurar las perlas y acabar con los grandes reinos.

Este bosque y los gusanos verdes que lo habitan son insignificantes.

No se perderá tiempo con ellos. Así lo quieren los cinco reyes y así se ha ordenado».

«Entiendo. Sabia decisión. Más teniendo en cuenta este despliegue grandioso de fuerzas».

«Tan grandioso como el fin que persigue. Derrotar a todos los reinos que quedan en Drameia».

«Un fin que sin duda el general logrará».

«Lo haré y rápido. Los cinco reyes quieren la conquista terminada de inmediato».

«¿Va el general a conquistar todas las ciudades que quedan?».

«Eso pensé, pero no. Los cinco reyes han creado cuatro ejércitos. Este es uno de ellos. Hay tres más y entre los cuatro arrasaremos lo que quede de resistencia».

«Una noticia estupenda».

«Lo será cuando terminemos con toda oposición».

«Por supuesto, general. Intentaré no molestar en mi búsqueda por estas tierras».

«No molestarás, nos vamos en breve hacia el este. Aquí poco más hay que hacer».

«Entendido, general. Con vuestro permiso, regreso a mi misión».

«Suerte, y no defraudes al Gran Oráculo, no suele tomarse bien los contratiempos» advirtió Zuri-Oihan-Ezabatu.

«No fallaré» aseguró Eki.

Un momento más tarde Eki y Nahia volaban hacia el interior de los bosques.

«Son noticas horribles. ¡Cuatro huestes masivas!» envió Nahia a Eki.

«Sin duda lo son».

No conversaron más, los dos sabían que la situación era dramática.