Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

«No entiendo ese orgullo desmedido». Aroa negó con un giro de la cabeza.

«Para entenderlo tendrías que ser un dragón. Tú tienes la fortuna de ser un humano».

«Ahí viene. ¡Atenta!».

Logan afianzó la lanza.

El marrón lanzó embates mentales mientras se acercaba.

Logan los soportó, pero hubo de mantener las defensas y eso le impidió contraatacar.

Aroa lo advirtió y, con un quiebro brusco, fingió emprender la huida.

El marrón, creyendo que escapaba, la siguió sin cesar en sus ataques mentales, que golpeaban por igual a Aroa y a Logan.

Para los dragones, no resultaban tan poderosos como los elementales y podían resistirlos mejor, para Logan, en cambio, eran igual de dañinos.

Le costaba un enorme esfuerzo mantener las defensas activas y aquella criatura enviaba un ataque tras otro.

La estrategia apenas haría mella en Aroa, pero a él podía matarlo.

La dragona voló más rápido y forzó al marrón a acelerar. Tan obcecado estaba en acabar con ellos que no reparó en que ya entraban en la espiral defensiva de los Masig.

Las flechas lo alcanzaron y entonces lo vio.

Intentó salir de inmediato girando tan rápido como pudo, pero no fue suficientemente veloz.

Una gigantesca gota de agua se formó a su alrededor surgiendo de la nada.

La bestia no pudo respirar. Dentro de la esfera no había aire, solo agua.

El dragón comprendió que la gota se cerraba en torno a él y temió morir ahogado.

Trató de salir del alcance de la hechicera, que tejía magia de agua con energía dorada y, justo cuando estaba a punto de lograrlo, Iruki movió la mano y el agua se congeló por completo.

El dragón quedó atrapado dentro de una gota de hielo.

Intentó volar, pero no pudo mover las alas, aprisionadas igual que el resto del cuerpo.

Cayó como un peñasco y se estrelló contra el suelo.

Al golpear la superficie, la gota se rompió en mil pedazos y el dragón quedó libre, aunque con todo el cuerpo congelado y sin poder moverse.

La espiral Masig avanzó hacia él y lo engulló. Antes de que el hielo cediera, Iruki volvió a conjurar y una enorme estalactita se desplomó desde los cielos y le aplastó la cabeza contra el suelo. Los guerreros Masig detuvieron la espiral e irrumpieron en gritos de victoria.

Iruki dio una orden y la espiral se puso en movimiento. Acudieron el lugar donde había caído cada dragón. Iruki los remató uno a uno con su espada Ilenia. No dejó ninguno con vida.

Cuando terminaron, hizo una seña a Aroa y Logan para que bajaran a hablar con ella.

«No estoy muy segura de que sea buena idea bajar», Aroa dudó.

«Somos amigos, aliados. No te preocupes, Aroa». Logan le palmeó el cuello.

«Un poco sí que me preocupo, pero, en fin, descendamos».

Al bajar, vieron los centenares de cadáveres de guerreros Masig que habían perdido la vida en el ataque de los cinco dragones. Era una imagen terrible. Logan calculó que allí yacían más de un millar de muertos. El poder destructivo de aquellas bestias aladas resultaba espantoso.

«Al ver esta carnicería no me extraña que Iruki los haya rematado a todos». Logan contempló el reguero de cuerpos.

Tomaron tierra junto a Iruki, en medio de los guerreros Masig, que les hicieron sitio.

—Gracias por la ayuda —Iruki inclinó la cabeza con respeto.

—No podíamos dejar que os mataran —respondió Logan.

—Y eso os honra. De ti lo esperaba, tu valor ya lo había visto. Pero la dragona me ha sorprendido mucho —Iruki señaló la hierba alta a su alrededor—. Nuestra madre, la estepa, ha sido hoy testigo de algo que jamás creí que vería, un dragón atacando a otro. Y no solo eso, defendiendo a los Masig.

«Yo tampoco pensé que algún día me volvería contra los míos, que atacaría a otro dragón, pero ha ocurrido. No podía permitir que cometieran semejante masacre, que os mataran».

Aroa bajó el morro.

Iruki abrió los brazos hacia los suyos.

—Es un día importante. Hoy una dragona se convierte en amiga y aliada de los Masig.

Pronunció unas palabras en su lengua y todos los guerreros lanzaron vítores y aullidos al aire.

«Es un honor que me consideréis amiga de los Masig». Aroa dobló el cuello ante ella en señal de respeto.

—Que las estepas y sus moradores sepan que la dragona Aroa y su jinete Logan son, desde hoy, defensores del pueblo Masig —Iruki lo repitió a los suyos y los guerreros volvieron a aullar y a vitorear.

—Debéis tener cuidado y esconderos en lo más profundo de las estepas —pidió Logan.

—Eso haremos. No nos queda otra opción, hemos perdido la fuente de la vida —Iruki miró hacia la gran montaña, a lo lejos.

«No creo que los dragones la ocupen mucho tiempo. Buscarán otros objetivos ahora que os han dispersado». Dijo Aroa con una certeza casi plena.

—Sin embargo… —Logan frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

—Me parece extraño que estos cinco os hayan perseguido hasta aquí —dijo Logan.

—¿Crees que no ha sido casualidad?

Logan negó con la cabeza.

—Creo que saben sobre los medallones y han venido a matarte.

«Podría ser, sí», Aroa resopló.

—Debes tener cuidado —insistió Logan.

—Lo tendré. Si me buscan sabré esconderme, las estepas son inmensas —dijo Iruki mirando hacia el oeste.

Logan siguió su mirada.

—Hazlo. Algo me dice que querían matarte y que volverán a intentarlo.

«Ese medallón es muy poderoso. Querrán destruirlo», Aroa entornó los ojos.

—¿Qué vais a hacer vosotros? —inquirió Iruki.

Logan y Aroa se miraron.

—Visto lo ocurrido aquí, nos quedaremos un poco a ver qué sucede con la horda —dijo Logan.

«Lo veo bien».

Aroa desplegó las alas, lista para alzar el vuelo.

—Os deseo suerte. Mi corazón Masig solo guarda gratitud hacia vosotros —Iruki se llevó el puño al pecho.

—La amistad de los Masig es algo que siempre valoraremos —respondió Logan, e inclinó la cabeza.

Iruki se acercó y posó la mano derecha sobre el torso de Aroa.

—Tienes un corazón valiente y noble. Consérvalo siempre así, dragona.

Aroa asintió.

«Lo intentaré».

—Has obrado bien. No lo dudes nunca, fueron ellos quienes hicieron el mal, no tú —dijo Iruki.

«Gracias, Iruki».

A través del vínculo, le llegó a Logan la gratitud sincera de Aroa hacia las palabras de la líder Masig.

Los Masig atendieron a sus heridos y quemaron a sus muertos para devolverlos a las estepas. Luego se perdieron en las praderas sin fin.

Aroa y Logan pusieron rumbo a la fuente de la vida.

Se acercaron lo justo para ver qué sucedía y se ocultaron.

Desde su escondite contemplaron cómo los dragones se lanzaban sobre la montaña con todas sus fuerzas.

Toda la superficie, desde el lago inferior hasta el lago superior, pasando por la cascada, recibió el embate de cien dragones y sus alientos elementales, que buscaban acabar con cuanto siguiera con vida en ella.

No fue un ataque fugaz, sino todo lo contrario.

Las bestias castigaron la montaña durante todo el día.

Trazaban círculos a su alrededor y azotaban la roca tanda tras tanda.

Allí donde golpeaban los alientos, la piedra se resquebrajaba y se desprendían lascas que rodaban ladera abajo, ni siquiera la columna de la catarata se libró del acoso.

El fragor llegaba hasta el escondite en oleadas, y a Logan se le revolvía el estómago al imaginar lo que habría sido de los Masig de haberse quedado allí.

Aroa, a su lado, seguía el asalto sin moverse.

Aquello no era un ataque cualquiera, sino una embestida destinada a aniquilar cuanto allí quedara. Por fortuna, Iruki y los suyos ya se hallaban lejos. El castigo se prolongó hasta el ocaso.

Cuando llegó la noche, los dragones tomaron la montaña hasta cubrir la roca de cuerpos y alas plegadas.