Capítulo 5
Con una maniobra rapidísima, Aroa giró y se lanzó de nuevo hacia los Masig.
«¿Vas a enfrentarte a ellos de forma directa?», Logan se aferró a la lanza.
«Han caído dos, ya solo quedan tres y uno tiene las defensas débiles. Debemos derribarlo antes de que consigan alcanzarnos». Aroa batió las alas con fuerza y ganó altura.
«Muy bien, pero ¿cómo lo hacemos?». Logan se inclinó sobre su cuello.
«Tenemos que aislar al dragón azul y atacar por separado», dijo Aroa.
«¿No deberíamos esperar a que vuelvan a perseguirnos?», Logan oteó el cielo a su espalda.
«Es mejor que seamos nosotros quienes les provoquemos. No podrán resistirse al insulto. Si algo les sobra a los dragones es orgullo». La dragona enfiló hacia el azul.
«Tú no tienes esa clase de orgullo», reconoció Logan.
«Te sorprenderías. Por suerte, sé controlarlo». Aroa plegó un ala y se ladeó.
Voló directa hacia el dragón azul, que, al verla acercarse, maniobró para encararla. Los dos dragones marrones giraron también para interceptarla. No iban a permitir que aquella traidora que les había atacado saliera de allí con vida.
Aroa se precipitó velocísima hacia el azul.
Iban a cruzarse de frente, se atacarían con los alientos elementales o con garras y fauces.
Logan no sabía qué pretendía hacer la dragona, pero afianzó la lanza y se preparó.
Los dos marrones quedaban algo más lejos, aunque ya habían completado la maniobra para encararles.
Tendría que ser un ataque relámpago y salir de allí antes de que los marrones los alcanzaran.
El dragón azul les envió un mensaje mental.
«Maldita traidora, te voy a congelar el corazón hasta que te deje de latir por esto».
Lanzó su aliento de hielo contra la cabeza de Aroa.
En lugar de responder con el suyo, la dragona se elevó en un quiebro rapidísimo y golpeó al azul en los ojos con las garras, sin dejar de volar a gran velocidad.
Logan, muy atento, le clavó la lanza en un ojo en el mismo instante.
El azul rugió de dolor. Un momento después, descendía malherido.
Logan habría jurado que lo habían dejado tuerto.
El ataque de la dragona había sido preciso, de una rapidez increíble, y por fortuna él también había acertado.
«Vienen los marrones».
Aroa aceleró para que no la alcanzaran por los flancos.
«¿Cómo osáis traicionar a los vuestros? Os arrancaremos las tripas».
Uno de los marrones ganó terreno. El otro fue más tajante y soltó una bocanada de escarcha.
«Date por muerta».
Los mensajes mentales no portaban carga de ataque, de modo que las defensas los dejaban pasar.
Lo que inquietó a Logan fue percibir, a través del vínculo, cuánto herían a Aroa aquellas palabras.
La dragona se sentía una traidora y combatir contra los de su especie le dolía de verdad.
Por un momento, dudó de si seguir adelante.
Aroa esquivó el ataque y puso rumbo directo hacia los Masig y hacia Iruki.
Los dos marrones fallaron. Maniobraron, dieron media vuelta y reanudaron la persecución, decididos a alcanzarla y matarla.
La dragona descendió hasta los doscientos pasos para obligar a sus perseguidores a volar bajo y hacer así que los guerreros Masig pudieran tirarles. Logan se preparó para recibir las flechas. Para su sorpresa, no le llegó ninguna.
«Parece que Iruki ha dado orden de no tirar contra nosotros», Logan soltó el aire que retenía.
«Fantástico. Así no tendré que cerrar los ojos y podré ver por dónde voy», Aroa viró hacia la Portadora.
Pasó por encima de Iruki, que ya conjuraba. Los dos marrones, cegados por la rabia, no cambiaron el rumbo y siguieron la estela de la rauda dragona blanca mientras cruzaban sobre Iruki, en medio de centenares de flechas que buscaban sus ojos.
El conjuro culminó y cayó sobre ellos. Se formaron dos enormes bolas de hielo de aristas sobre sus cabezas y, con un movimiento de la mano derecha, Iruki las hizo estallar.
La explosión de hielo cortante no solo trató de atravesar las defensas para rajar las escamas, sino que reventó helando el cuerpo entero de los dragones.
Ambos estallidos retumbaron en el aire. Los marrones tuvieron que virar y elevarse con cientos de heridas por todo el cuerpo y casi congelados.
Logan miró atrás. Aquel embate, además, les había costado buena parte de su energía.
Los ataques que Iruki lanzaba con el medallón Ilenio eran devastadores y no acababan con un dragón de un solo golpe, pero en dos o tres lo derrotaban.
Lo que estaban percibiendo era que no solo traspasaban sus defensas mágicas, sino que también las consumía. Todo sucedía en un instante.
Mientras los marrones se retiraban para intentar recuperarse, Aroa giró a gran velocidad y encaró al azul, que se mantenía apartado, fuera del alcance de las flechas.
«Aprovechemos y acabemos con el azul».
La dragona aleteó con fuerza para ganar velocidad.
«Adelante». Logan bajó la lanza.
El azul los vio acercarse y rugió de rabia.
«Venid y morid, malditos traidores», envió cuando estaban a doscientos pasos.
«Soltemos el aliento los dos a la vez», dijo Aroa.
«De acuerdo», confirmó Logan.
Los alientos elementales de ambos brotaron hacia la cabeza del azul, que a su vez lanzaba su aliento de hielo.
Los dos caudales de tormenta y rayos chocaron contra el de agua y hielo del dragón.
El encontronazo fue breve, los chorros de Aroa y Logan eran más poderosos y deshicieron el del dragón azul alcanzándole en la cabeza.
La dragona frenó en seco abriendo las alas de golpe, necesitaban vaciar del todo la defensa del enemigo y no convenía pasar de largo.
Sin dejar de volcar su chorro sobre la cabeza del dragón, Aroa se mantuvo casi inmóvil y Logan dirigió el suyo al mismo punto.
Un momento después, la defensa innata del azul se quedó sin energía.
Ambos remataron el golpe. Los rayos atravesaron lo que quedaba de su barrera y le golpearon de lleno en la cabeza.
El dragón se desplomó, ya sin vida, y se estrelló contra el suelo.
A través del vínculo, Logan percibió que Aroa lamentaba aquella muerte. Una pena honda lo envolvió y se compadeció de ella.
«Ya vienen. Sus defensas están algo tocadas, pero aún aguantarán. Las nuestras están mejor que las suyas, aunque ellos son dos».
«Nosotros también», Aroa ladeó la cabeza.
Aquel comentario reconfortó a Logan.
«Ataquemos los dos a una».
Aroa encaró al marrón que se aproximaba por el este.
Ambos descargaron sus alientos de tormenta sobre él.
Los dos alientos volaron hacia su cabeza, mientras el dragón enviaba un caudal de piedras y rocas.
Al dirigirse al mismo punto, ambos ataques se combinaron y produjeron un efecto extraño: se ondulaban más de la cuenta.
Los chorros siempre arrastraban una ondulación que parecía impulsarlos, pero, al encontrarse, la curvatura variaba.
Logan no tuvo tiempo de pensar más. Recibió el ataque de refilón y tuvo que cubrirse con el escudo y volcar energía en sus defensas, que se agotaban deprisa.
Aroa se desvió mientras el ataque pasaba de largo y se toparon con el siguiente marrón, que ya atacaba.
«Lancémoslo ya».
Aroa abrió las fauces y ambos lanzaron de nuevo sus ataques a la vez.
Como en la ocasión anterior, al juntarse los dos chorros de tormenta sus crestas volvieron a interactuar y a alterarse.
Aquello le recordó a Logan algo que había sucedido en el mundo de los gryphos y le dio qué pensar.
En lugar de apuntar a la cabeza del dragón, unió su torrente al de Aroa y trató de encajarlo en la misma onda.
El marrón los atacó primero a la dragona y luego a él, pero Logan seguía concentrado en su experimento, aun sabiendo que no era el momento, pues sus defensas flaqueaban.
Y entonces sucedió. Las dos ondas de tormenta se fundieron en una sola, mucho mayor y más potente.
Funcionaba. Entraron en amplitud y, al hacerlo, el ataque resultó mucho más demoledor que los dos por separado.
Tanta fue su fuerza que las defensas del marrón se desvanecieron casi al instante y, al pasar, el ataque le destrozó el costado con quemaduras profundas.
El dragón rugió de dolor y los ojos se le dilataron de asombro.
«Síguelo», Logan señaló al marrón en fuga.
La dragona rauda giró con brusquedad y, batiendo las alas con fuerza, se lanzó tras él en su huida. En cuanto se puso a distancia de ataque, Logan se inclinó hacia delante.
«Ataca tú, yo me uniré a tu golpe».
Aroa así lo hizo y envió su chorro de rayos contra el ala izquierda, cerca de donde ya lo habían herido.
Logan siguió el flujo de la dragona y acopló el suyo al de ella, calibrándolo, moviendo la cabeza arriba y abajo como si dibujara una onda.
Le costó un momento, pero consiguió que encajara y, de nuevo, se produjo el mismo efecto.
Hubo un enorme destello plateado y el ataque se multiplicó por diez.
El ala del marrón quedó por completo achicharrada.
El dragón soltó un rugido de agonía y cayó a tierra, donde se estrelló y levantó una nube de polvo y roca.
«Estás amplificando nuestros ataques», Aroa dejó escapar un sentimiento de asombro.
«Acabo de darme cuenta de que es posible. Lo he intentado y ha salido bien. Tenemos la fortuna de compartir el mismo tipo de ataque. Solo pensaba en combinarlos, pero si se hace bien, se multiplican».
«No solo eres valiente, también muy inteligente», envió Aroa.
«Gracias, aunque creo que ha sido más suerte que otra cosa», le restó mérito Logan.
«La suerte no existe, la suerte se busca», respondió ella.
El último dragón que quedaba en el aire vaciló un instante. Luego se decidió y fue directo a por Aroa.
«Parece que no ha aprendido de sus compañeros. Su orgullo es demasiado grande. Sabe que, si se retira, quedará marcado como un cobarde y eso no ocurrirá. Aunque la situación le sea desfavorable, vendrá a por nosotros y, si nos vence, irá a por Iruki, aunque le cueste la vida».
Logan no apartó la vista de él.