Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 4
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Capítulo 4

Los cinco dragones ya planeaban sobre Iruki y sus guerreros, que comprendieron que no lograrían dejarlos atrás. Iniciaron una maniobra defensiva: rodearon a Iruki y formaron un remolino justo cuando los dragones descendieron rugiendo.

Los guerreros formaron un círculo alrededor de Iruki, la única que se había detenido.

La líder Masig señalaba a los dragones con la espada en alto mientras conjuraba.

Sus guerreros formaban una espiral a su alrededor sin parar de cabalgar y levantaron los arcos hacia los cinco dragones que se acercaban.

Aroa seguía volando hacia allí, pero aún no se decidía a intervenir.

Las flechas de los Masig alcanzaban los trescientos cincuenta pasos, pues eran grandes tiradores a caballo.

Apuntaron a las cabezas de los monstruos alados en busca de los ojos y soltaron.

Más de un millar de flechas volaron hacia las bestias aladas, que todavía no podían usar sus ataques elementales ni mentales por estar fuera de alcance.

Recibieron las flechas como si las propias estepas les lanzaran espigas de acero a la cara, pero eso no los detuvo.

Continuaron su descenso. Al llegar a doscientos pasos, atacaron con alientos elementales de fuego, tierra y tormenta.

Alcanzaron a parte de los guerreros, que lanzaban gritos de guerra a pleno pulmón mientras cabalgaban en aquella extraña espiral y tiraban sin descanso.

Las criaturas encajaron varios centenares de flechas cada uno. Los jinetes las dirigían a la cabeza, y algunas acertaron en los ojos, justo lo que pretendían. Por desgracia, no las suficientes. Los alientos elementales sesgaron a muchos guerreros y a sus indefensos caballos pintos.

Una tormenta tremenda estalló entonces sobre los dragones.

No una de rayos, sino de agua helada. Descomunales trozos de hielo en forma de lanzas cayeron sobre ellos a su paso por encima de Iruki.

La Portadora del medallón del agua, protegida por su esfera antimagia, no sucumbió a los alientos de sus enemigos.

Las lanzas heladas no rebotaron contra las defensas innatas de los dragones, sino que las traspasaron por efecto de la magia del medallón Ilenio castigando sus cuerpos.

Los tres del centro de la formación se llevaron la mayor parte del ataque, la tormenta apenas alcanzó a los dos de los costados, que se abrieron al ver lo que sucedía.

Los dragones terminaron la pasada de ataque sobre la espiral Masig. Los guerreros continuaban aullando y cabalgaban en círculos concéntricos sin detenerse, tirando sin tregua contra las bestias pese a las bajas que estaban sufriendo.

Logan entendió la táctica: pretendían distraer a los dragones para que no atacaran a la vez a Iruki. La protegían con sus vidas. Sabían que iban a morir y no les importaba; lucharían por ella hasta el último jinete. A Logan se le hinchó el pecho de orgullo por aquellos guerreros.

Los cinco dragones dieron la vuelta a la vez, trazando un amplio círculo, sin prisa, pues sabían que sus presas no huirían. Iban a plantar batalla y los iban a aniquilar.

Logan quería gritarles que siguieran galopando hacia el norte, que no presentaran batalla.

Cinco dragones eran demasiados y ninguno era precisamente joven, así que las posibilidades de los Masig de sobrevivir resultaban casi nulas.

Incluso con la magia del medallón Ilenio de Iruki, no veía cómo podrían salvarse.

Los dragones terminaron de girar y encararon a los Masig para una nueva pasada, dispuestos a arrasarlos con sus alientos combinados.

Los bravos jinetes mantenían la espiral defensiva, y más guerreros que habían visto lo que ocurría retrocedían para sumarse a la defensa.

Era un gesto que los honraba y los condenaba a todos.

Mientras los dragones se acercaban volando paralelos al suelo a doscientos pasos de altura sobre las estepas, la espiral crecía con los refuerzos. Más guerreros llegaban dispuestos a hacer frente a las bestias que ansiaban acabar con Iruki y los suyos.

Los dragones estaban tan obcecados en terminar con los Masig que se les enfrentaban que ni se percataron de la llegada de Aroa. Repitieron la maniobra y, de nuevo, los jinetes los obligaron a cerrar los ojos y atacar a ciegas a fuerza de mil flechas que enviaron a sus rostros.

Los dragones cruzaron sobre la espiral y mataron a cientos de guerreros con sus alientos.

Iruki volvió a conjurar una tormenta de gran poder que alcanzó a los tres del centro de la formación.

No consiguió derribarlos, pero Logan intuyó que estarían heridos.

Iruki podría acabar con ellos en otro ataque.

La estrategia le pareció muy acertada. En lugar de derribar un único dragón con tres ataques sobre él, estaba buscando derribar a tres a la vez. Iruki era toda una guerrera.

Durante la pasada mortal, las saetas no dejaban de golpear la cabeza de los dragones en busca de los ojos.

Sin embargo, eran dragones con experiencia: sabían a qué se enfrentaban y los guerreros no los sorprenderían ni acertarían con facilidad.

De haber sido jóvenes inexpertos, varios estarían ya ciegos o malheridos, pero no era el caso y solo unas pocas flechas habían atinado, insuficientes para cegarlos o forzarles a abandonar el ataque.

Los dragones prosiguieron su embestida y se dirigieron hacia el norte para girar y volver a atacar en dirección sur. Logan no podía soportarlo más. Sabía que en esa pasada morirían otros cientos de Masig y el corazón le martilleaba en el pecho: no podía quedarse mirando aquella carnicería.

«Tengo que pedírtelo, Aroa. Sé que no quieres, pero no podemos dejar que masacren a esos valientes guerreros y a Iruki.

Ayúdame, por favor, únete a mí, luchemos contra ellos.

Por nuestro vínculo siento que tú también sufres con cada muerte que causan esos dragones.

No te lo pediría si hubiera otra forma, pero sabes tan bien como yo que no la hay.

Si no intervenimos morirán todos y todo por la codicia y la brutalidad insensata de los dragones».

Las palabras de Logan habían calado en Aroa. A través del vínculo la sentía mucho más inquieta, presa de un malestar que a él casi le dolía.

Aroa se decidió por fin.

«Está bien. Intervendremos. Va contra todo lo que me enseñaron, pero no puedo soportarlo. No permitiré que masacren a Iruki y a sus guerreros», un escalofrío recorrió su cuerpo.

«Gracias, Aroa. No sé si sobreviviremos, pero es lo correcto. Estoy orgullosísimo de ti, no habría podido pedir una señora dragona mejor».

Logan apoyó la frente contra el cuello de la dragona.

«La que tiene que agradecértelo soy yo por hacerme reaccionar. Y la que tiene el mejor jinete que podía desear, también. Ataquemos a esos dragones y salvemos a Iruki».

Aroa enderezó el vuelo con renovada firmeza.

«Vamos, estoy contigo».

Logan cogió la lanza y el escudo que colgaban a los lados de la silla y se preparó para la batalla.

«No nos han visto todavía. Me colocaré a su espalda y volaré rauda, así que prepárate para atacar».

Aroa viró en un amplio arco.

«Entendido. Estaré preparado».

Los dragones descendieron desde el norte y los guerreros Masig los recibieron con centenares de flechas.

No se percataron de que, velocísima, Aroa se había situado a su espalda.

Como en las pasadas anteriores, atacaron con sus alientos y cerraron los ojos para que las flechas no los alcanzaran.

La dragona blanca vio la ocasión de acercarse aún más, los dragones no solo desatendían su cola, sino que volaban con los ojos cerrados, convencidos de que nada podía dañarles.

Los alientos de los cinco abatieron de nuevo a cientos de guerreros y golpearon a Iruki con fuerza, lo que la obligó a volcar gran parte de su energía para mantener las esferas protectoras. Si las perdía, moriría. Mientras se defendía no podía conjurar contra los dragones.

«Voy a elevarme para que no me vean y atacaré cayendo sobre ellos», dijo Aroa.

«Sí, mejor. Además, así evitaremos que los guerreros tiren contra nosotros».

Logan escudriñó la espiral de jinetes allá abajo.

«Me gustaría avisar a Iruki de que somos nosotros para que no tire ni mande tirar a sus guerreros. Pero, dada la situación, me parece imposible».

«Sí. Mejor salgamos de la distancia de tiro».

Aroa ganó altura con potentes aletazos y se situó sobre los dragones, que volaban despacio para que sus alientos elementales causaran el mayor daño posible. Necesitaban sostenerlos tanto tiempo como pudieran. Aquello favorecía a la dragona rauda, mucho más veloz que ellos.

«Prepárate, voy a descender sobre el dragón del centro. Iruki ya le ha alcanzado dos veces. Nosotros no tenemos magia dorada, pero si agotamos su defensa será nuestro. Intuyo que los ataques de Iruki habrán afectado a su reserva de energía».

«Adelante, atacaré contigo». Logan tensó cada músculo.

Dragona y jinete se dejaron caer en picado hacia la espalda del dragón del centro, uno rojo y de mediana edad.

Aroa atacó con su aliento elemental de tormenta y Logan se sumó con el suyo.

Los dos caudales de rayos cayeron sobre la espalda del dragón rojo, que ni se percató de que le daban caza.

Logan y Aroa sostuvieron la descarga y, antes incluso de que el dragón comprendiera lo que ocurría, se quedó sin energía y sus defensas cayeron.

Los dos ataques penetraron en su ala derecha.

Los rayos golpearon por doquier y le quemaron escamas y carne hasta el hueso.

El dragón rugió de dolor, abrió los ojos y giró la cabeza hacia arriba. De reojo vio a Aroa, que volaba doscientos pasos por encima de él. Los dragones de ambos extremos reaccionaron con una maniobra evasiva y ascendieron a la vez que se abrían. Eran marrones de tamaño medio.

«El dragón rojo ha avisado a sus compañeros».

Logan siguió con la mirada las dos siluetas que ascendían.

«Así parece. Vendrán a por nosotros. Tenemos que acabar con este ya, antes de que los otros se nos echen encima».

«De acuerdo, intensifiquemos el ataque».

Aroa y Logan volcaron más energía. Los caudales de tormenta causaron mayores estragos en el ala del dragón rojo, que ahora intentaba esquivarlos ascendiendo casi en vertical.

Lo que aún no había advertido era que se enfrentaba a una dragona rauda, imposible de esquivar con semejante maniobra, pues era mucho más rápida que él.

Aroa lo siguió en su ascenso sin detener el aliento elemental, en busca del ala herida para derribarlo.

Logan, a su vez, afinaba su caudal con el mismo fin.

El dragón rojo rugió y fue a iniciar otro movimiento evasivo cuando los dos ataques le destrozaron el ala.

No pudo completar el quiebro y empezó a caer, girando sin control.

«Lo hemos conseguido».

Logan y Aroa detuvieron sus ataques.

«Tenemos compañía», advirtió Aroa, y ladeó la cabeza hacia los flancos.

Los dos dragones marrones se les echaban encima por la izquierda y la derecha.

«Desciende en picado, esquívalos», avisó Logan y se sujetó con fuerza un instante antes de que la dragona blanca hiciera un quiebro brusco y se lanzara hacia abajo plegando las alas.

Los dragones marrones soltaron sus alientos demasiado tarde y estuvieron a punto de alcanzarse entre sí, cuando Aroa ya había desaparecido de su alcance.

La dragona se descolgó en vertical hacia Iruki. El dragón azul y el blanco, que volaban en el centro junto al rojo caído, la vieron y maniobraron para atacar.

Aroa bajó deprisa, aunque no tanto como era capaz. Logan se percató.

«¿Qué vas a hacer?»

«Vamos a llamar la atención de Iruki y, con un poco de suerte, esos dragones, bajos de defensa, intentarán interceptarnos».

«Entiendo. Por eso no vas a toda velocidad», dedujo Logan.

«No, necesito que nos alcancen». Aroa moderó el descenso.

Logan entendió la jugada y se preparó.

A medida que bajaban directos hacia Iruki, las flechas de los guerreros empezaron a ascender como una lluvia metálica invertida. Ellos caían en picado y centenares de saetas subían a su encuentro.

Aroa cerró los ojos un momento y Logan bajó el visor de su yelmo.

Continuaron bajando y las flechas les golpearon por todas partes.

Logan las notaba repicar contra su escudo, su lanza, los brazos, las piernas, el yelmo y hasta el torso.

Se mantuvo firme sobre la silla. No le preocupaban demasiado porque la armadura de jinete de dragón era durísima y ninguna flecha podría perforarla.

Lo mismo ocurría con las escamas de Aroa.

El único punto débil de la dragona blanca eran los ojos, y los llevaba bien cerrados.

Tampoco abría la boca, pues sabía que de hacerlo entrarían flechas a decenas y le herirían la garganta.

Los dos dragones que se habían lanzado a interceptarlos estaban a punto de poder emplear sus alientos contra ellos.

«Tienes que elevarte ya, los tenemos encima», avisó Logan aferrado a la silla.

Aroa ni siquiera abrió los ojos, pues las flechas seguían golpeándole en la cabeza, y ejecutó una maniobra de frenado con las alas muy abiertas.

La calculó para detenerse justo encima de Iruki con la esperanza de que la valiente líder Masig la reconociera y no atacara. Era un riesgo que debía correr.

Los dragones se le echaron encima volando tan rápido como podían y atacaron. Logan, que mantenía activa su defensa física y antimagia, envió de inmediato energía para reforzarla.

El azul alcanzó a Logan con su aliento. Él interpuso el escudo contra el caudal y se aferró con fuerza a la silla para no caer. A su vez, el blanco golpeó a Aroa en el costado con su caudal de rayos. Las defensas de ambos aguantaron el primer embate.

En ese momento, de Iruki brotó un terrible cono de hielo del tamaño de la cabeza y el cuello de un dragón que fue directo a estrellarse contra el torso del dragón blanco.

Le golpeó con tanta fuerza que la bestia se desequilibró en el aire.

No solo eso, sus defensas mágicas se vinieron abajo, sin energía que las sostuviera.

Intentó huir con una maniobra ascendente para salir del alcance de la Masig, pero ella no se lo permitió.

Mientras ascendía, le lanzó un rayo de escarcha sostenido contra el ala izquierda que en un instante quedó congelada y recubierta de hielo.

El dragón blanco perdió el uso del ala y se precipitó al suelo, donde se estrelló con un estruendo tremendo.

El dragón azul no se acoquinó y persiguió a Aroa.

«Será mejor que uses toda tu velocidad, tenemos al azul en la cola», dijo Logan.

«De acuerdo, agárrate».

La dragona blanca batió las alas con fuerza y se lanzó hacia el sur a toda velocidad.

El dragón azul quedó muy atrás, incapaz de seguirla.

Los dos marrones maniobraron para cortarle el paso, pero volaba tan rápido que no tuvieron ocasión.

Los tres se perdieron atrás en la distancia, incapaces de igualar la velocidad de la dragona rauda.