Capítulo 3
Logan miraba con los ojos entrecerrados la gran nube negra que crecía en la distancia.
Se hallaban en la cima de la montaña, sobre el lago sagrado, junto a la impresionante catarata, cuyo estruendo obligaba a alzar la voz y les empapaba el rostro con una fina neblina de agua. Lo acompañaban Aroa e Iruki.
—Ya llegan —Logan se volvió hacia Iruki—. ¿Está todo preparado?
—Sí, el pueblo Masig está preparado —Iruki señaló el horizonte, donde la mancha negra se hinchaba sobre las praderas—. He enviado jinetes a todas las tribus para avisarlas.
—Lo más probable es que esos dragones vengan aquí, a la fuente de la vida —dijo Logan.
Aroa ladeó su cabeza de escamas blancas y siguió el avance de la nube negra.
«Sabrán que este es el lugar desde el que se dirige a los Masig».
—Sí, y no se equivocan —Iruki señaló los dos lagos, el del pie de la montaña y el de la cima pasando por la gran cascada—. Desde aquí dirijo a los pueblos de las estepas, pues este es un lugar sagrado.
—Rehuiréis a los dragones, ¿verdad? —Logan frunció el ceño.
—Es lo único que podemos hacer en estas circunstancias —Iruki contempló el lago con la mandíbula apretada y tardó un momento en seguir, como si las palabras le pesaran—.
El pueblo Masig es noble de corazón, fuerte y fiero, pero no podemos luchar con semejante cantidad.
Aunque nos duela en el alma, tenemos que dejar que el invasor se adueñe de nuestra montaña sagrada.
Si fuera otro tipo de enemigo le haríamos frente.
El pueblo Masig no se retira de sus tierras, de sus praderas, de sus lagos sagrados.
Logan le situó una mano en el hombro.
—En esta situación debéis hacerlo. Es la elección correcta, aunque sea la que no queréis tomar, la que vuestros corazones os dicen que no deberíais seguir. Hay que vivir hoy para poder luchar mañana. Si hacéis frente a esa horda de dragones, moriréis todos. No tendrán piedad, os exterminarán.
—Los Masig cabalgan raudos por las praderas —Iruki alzó el mentón con orgullo—. Los dragones dominan los cielos, pero mi pueblo cruza la hierba a galope tendido. No podrán alcanzarlos, no a todos.
«Debes hacer que las tribus se dispersen cuanto sea posible», intervino Aroa.
—Es lo que haremos. Y si algún dragón decide descender de los cielos y mancillar la pradera, acabaré con él —Iruki llevó una mano al medallón Ilenio que pendía de su cuello y la otra a la espada que colgaba de su cintura.
A Logan le extrañó que la Masig portara una espada. La observó con atención y percibió en ella una magia que no provenía del medallón, aunque se le asemejaba.
—Esa espada no es un arma normal —señaló con su mano.
—Es la espada de uno de los reyes Ilenios —Iruki la desenvainó hasta la mitad, lo justo para que el filo atrapara la luz, y la devolvió a la vaina—. Con ella puedo cortar la cabeza de un dragón o atravesarle el corazón.
—¿Es eso cierto? Me cuesta creerlo —Logan se volvió hacia Aroa, que inclinó la cabeza con duda en los ojos.
—Lo es, y no solo eso —Iruki acarició la empuñadura—. Me convierte en una guerrera formidable. Con esta espada he dado muerte a los enemigos de mi pueblo y con ella mataré a quienes vengan a hacer el mal a los Masig, ya sean humanos, dragones o cualquier otra criatura que amenace a mi gente.
—Un arma poco común y valiosa —comentó Logan.
—Los reyes Ilenios poseían medallones y espadas poderosas para defenderse y para regir sobre los suyos —Iruki posó la palma sobre el pomo—. Ahora las tenemos los cinco portadores.
—Me alegro de que estén en buenas manos —dijo Logan.
—Lo están, y así debe ser —afirmó Iruki.
Logan observó de nuevo la nube negra, ya más próxima, y calibró la distancia.
—Todavía tenemos algo de tiempo hasta que lleguen —señaló las orillas, donde se agolpaban los guerreros junto al agua—. Veo que muchos guerreros se están reuniendo frente al lago. ¿Crees que es buena idea?
—Es parte de la estrategia que he ideado para este día de horror en que tenemos que abandonar nuestra fuente de la vida —Iruki volvió la vista hacia las aguas de la cima—. Desciendo, es hora de partir y afrontar un futuro incierto, uno que el pueblo Masig superará.
—Suerte, Iruki —deseó Logan.
«Protege a tu bravo pueblo. Que no os alcancen» envió Aroa.
—Espero veros en mejores circunstancias se despidió la líder Masig.
Varios millares de guerreros Masig aguardaban junto al lago la llegada de su líder montados en caballos pintos de manchas blancas y marrones.
Al verla descender, todos irrumpieron en chillidos y aullidos de guerra que sonaban más animales que humanos.
Un clamor rebotó en las paredes de roca y se confundió con el estruendo de la catarata.
Alzaban los arcos cortos, las hachas y los cuchillos, y los sacudían sobre las cabezas, fieros y desafiantes pese a la retirada que les aguardaba.
Iruki montó sobre un precioso caballo pinto que le tenían preparado.
Antes de hincar los talones, volvió la cabeza hacia las aguas sagradas de la cima y reparó un instante en ellas, luego dio la espalda a la montaña y se adelantó para liderar a los guerreros.
Gritó como sus guerreros y desenvainó la espada Ilenia.
Dio la orden y, en un abrir y cerrar de ojos, los Masig se lanzaron a galope tendido y se dispersaron en todas direcciones, alejándose de la montaña a la mayor velocidad que daban sus monturas.
Iruki, rodeada por más de un millar de jinetes, cabalgó hacia el noroeste.
Aroa y Logan los observaron alejarse desde lo alto, junto a la gran cascada.
«Es una valiente», comentó Aroa.
«Lo es, y de corazón fiero. Espero que puedan sobrevivir, lo deseo de verdad». Logan apretó las manos sobre la silla.
«Yo también. Son un pueblo digno. Espero que tengan suerte», deseó Aroa.
«Son un pueblo que merece vivir y prosperar. Confío en que se salven».
Otra imagen mucho menos inspiradora se acercaba amenazante, como si las propias nubes se hubieran corrompido por el mal.
«La gran horda se acerca. No sé cuáles serán sus intenciones», Aroa torció la cabeza.
«Conquista y destrucción total».
Aroa asintió.
«Eso marca la Senda de los Dragones».
«Todos los dragones deberíais abandonar esa senda. Solo os conducirá a un final trágico. Puede que no ahora, pero un día».
«No digo que no… pero es lo que nos han enseñado».
«A veces hay que romper con el pasado para lograr un futuro mejor» dijo Logan convencido.
Aroa no lo rebatió.
Logan y Aroa permanecieron un poco más viendo a los Masig marchar al galope antes de partir.
«Me siento mal por ellos. Me gustaría poder hacer algo más», transmitió Logan y resopló dejando salir toda la frustración que sentía.
«Voy a seguirlos un poco, aquí no podemos quedarnos. Pronto llegará la horda» propuso Aroa.
«De acuerdo».
Logan prefería asegurarse de que Iruki y los suyos lograban huir que ver llegar a cien dragones para arrasar la montaña sagrada de los Masig, cosa que sabía que harían.
La dragona blanca se elevó para seguirlos en la distancia y a través del vínculo Logan supo que ella sentía lo mismo.
«Son gentes fieras y nobles. No merecen abandonar sus hogares ni que los maten sin motivo. Viven aquí, cazan y disfrutan de la vida sin buscar conquistas ni gloria. Son justo lo contrario que los dragones», respondió Aroa y batió las alas con un coletazo de rabia contenida.
«No lo habría dicho mejor», dijo Logan y dejó descansar la vista en el grupo de jinetes y la polvareda que levantaban en su huida.
«No hacen daño a nadie. Mientras se los deje tranquilos, no suponen ninguna amenaza».
De pronto, mientras los veían marchar hacia el noroeste, por el sur aparecieron cinco dragones.
«Tenemos compañía» avisó Aroa.
«Una avanzadilla. Esperemos que no vayan tras Iruki y los suyos».
Logan se tensó sobre la silla.
«Esperemos», contestó Aroa.
Logan no estaba tan convencido. Si aquella avanzadilla rondaba la zona era por alguna razón. La gran hueste alada aún no había llegado.
Los cinco dragones, en lugar de dirigirse hacia la fuente de la vida giraron hacia el noreste, siguiendo a Iruki y sus guerreros, que escapaban a galope tendido.
«Los han debido ver, van tras ellos», dijo Logan a Aroa.
«Esperemos que no sea así. Quizá solo estén de reconocimiento», Aroa no apartaba la mirada de las cinco siluetas.
«Sigámosles y veamos si es cierto», Logan oteó el horizonte.
«De acuerdo. Los seguiré a distancia, desde su cola, para que no nos descubran. Pero, si nos ven tendremos que dar explicaciones. No les hará gracia que los sigamos», dijo Aroa.
«Esperemos entonces que no se den cuenta».
Los siguieron un buen rato a distancia prudencial, y pronto quedó claro que no estaban de reconocimiento. Habían visto al grupo de Iruki y volaban tras ellos. La trayectoria que seguían no dejaba dudas.
«Van a darles caza», dijo Logan a Aroa.
«Están iniciando una maniobra de aproximación. Por mucho que galopen esos caballos pintos no escaparán», inclinó el vuelo para no perderlos.
«Tenemos que hacer algo. No podemos dejar que los maten» Logan apretó la lanza.
«No deberíamos intervenir...».
Un temblor recorrió el cuerpo de Aroa.
«Por el vínculo noto que, en realidad, tú también sientes que deberíamos hacerlo. Quieres evitar que los maten, igual que yo», dijo Logan.
«Puede que así sea, pero mi mente me dice que si ataco a los míos no solo cometo un acto antinatural, sino alta traición. Atacar a otro dragón es algo impensable para mí», respondió Aroa, y Logan sintió el escalofrío que le recorrió el lomo a la dragona.
«No quiero dejar a Iruki sola ante cinco dragones», dijo apretando con fuerza la lanza.
«Sus guerreros poco podrán hacer contra ellos».
«Lo sé…».
Las alas de Aroa parecieron moverse más lentas por un momento.
«Vamos, Aroa, ha llegado el momento de tomar partido. No puedes seguir neutral. Hay gente muriendo. Los dragones matan sin sentido. No seas cómplice», dijo Logan y se inclinó sobre el cuello de la dragona.
«No lo soy…», Aroa sacudió la cabeza.
«Si no haces nada por impedirlo, lo eres. No actuar es lo mismo que permitirlo».
Logan sentía lo desgarrada que estaba Aroa.
Su corazón era noble, dejar que mataran a aquellos Masig, a Iruki, iba contra su alma.
Él no quería forzarla, pero si no actuaban Iruki moriría.
Cinco dragones eran demasiados para ella, incluso con su medallón dorado.
El problema era que, si Aroa no se decidía ya, sería demasiado tarde.