Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Nahia abrió mucho los ojos.

—Vaya… eso es increíble. ¿Puedes controlarlo o toma decisiones por sí mismo?

—De momento he podido, pero es porque no lo he usado de manera continua. Cuanto más se usa, más afecta a la mente. Es difícil de explicar… es como si quisiera imponerme lo que debo hacer.

—Luchar contra los dragones.

—Así es, pero los sabios han decidido no hacerlo, lo que me deja en una situación compleja.

—Te entiendo. Tampoco sabemos qué van a hacer los dragones. Vienen hacia aquí, sí, pero si no les hacemos frente puede que se marchen. No sabemos cuál es su nueva estrategia. Creo que deberíamos averiguar qué se proponen, antes de nada.

—Creo que arrasarán los bosques. Será algo terrible, estos parajes tan hermosos llenos de vida destruidos… —Asti se llevó las manos a los ojos.

Nahia bajó la mirada.

—Sí, es lo más probable… Pero los bosques son inmensos, no podrán arrasarlo todo, ni con un centenar de dragones.

—Con tiempo lo lograrán. Necesitamos alguna forma de detenerlos, pero no se me ocurre nada que pueda hacer frente a semejante poder enemigo.

—Si tuviéramos cien medallones como ese…. —Nahia señaló al medallón que colgaba del cuello de Asti.

—Solo hay cinco, por desgracia.

—Y cinco Portadores que los medallones han elegido, ¿correcto?

—Correcto, sí.

—Con solo cinco no creo que se pueda parar a un centenar de dragones —Nahia sacudió la cabeza.

—Sería un suicidio. Necesitamos más aliados que puedan combatir a los dragones con nosotros.

—En eso estoy contigo.

—Regresemos con tu dragón plateado y vigilemos la llegada de los dragones.

—Me parece bien —Nahia asintió.

—Antes de ir déjame coger un arma. La vamos a necesitar.

—¿Un arma? —se extrañó Nahia.

Asti hizo un gesto para que la siguiera.

Pasaron al interior de uno de los edificios adyacentes. Era también circular, pero más pequeño y tenía mostradores de madera sobre los que había objetos tribales, parecían de rituales.

—Estos son objetos preciados para los Usik —explicó Asti.

—Hay de todo tipo, ropajes, máscaras, collares, pulseras y armas ceremoniales —comentó Nahia mientras pasaba de un mostrador a otro observándolos—. Se conservan bien.

—Los cuidadores del templo se encargan de que no sufran el paso del tiempo —Asti señaló con la mirada a tres mujeres que estaban trabajando en el edificio siguiente que conectaba con el que estaban por una puerta doble que estaba abierta.

Nahia observó a las mujeres Usik, con delicadeza arreglaban un traje de plumas de aspecto antiguo.

Asti fue hasta un mostrador en el que solo se exhibía un objeto. Era una espada con inscripciones en filo y mango. Parecía más un largo estoque que una espada, pero tenía filo cortante. Brillaba con destellos dorados, como si tuviera poder.

—Esa espada… ¿es un arma Ilenia? —preguntó Nahia, que ya había deducido que debía ser así.

Asti sonrió.

—Lo es. ¿Notas su poder?

—Sí… irradia magia… peligrosa.

Asti la cogió y la situó sobre sus dos palmas para mostrársela a Nahia.

—Esta es una de las espadas de los grandes reyes Ilenios, cuyas tumbas encontramos.

—¿Te refieres a los Portadores?

—Así es. Encontramos cinco medallones, uno en cada templo Ilenio, pero también había una espada en cada tumba perteneciente a los reyes allí enterrados.

—Y los portadores la cogisteis.

Asti negó con la cabeza.

—Cogimos algunas, pero no todas, porque no las hallamos cuando obtuvimos los medallones.

O, mejor dicho, por las circunstancias no buscamos con detenimiento.

Sin embargo, Haradin, el gran Mago de batalla de Rogdon, y Lindaro, un hombre de fe también Rogdano, estudiaron las tumbas con más tiempo y calma. Y las encontraron.

—Y os las dieron.

—A todos menos a Komir. La suya la tiene su gran amigo Hartz.

—Recordaré esos nombres.

—Hazlo. Algo me dice que tarde o temprano, de una forma u otra, los conocerás.

Nahia asintió.

—Espero que sí. Entonces esas cinco espadas, si son Ilenias, podrían matar dragones —razonó estudiando el arma sin cogerla.

—Sí, pueden. Pero son más poderosas y complejas que las armas Ilenias como el arco que lleva Lasgol.

—¿Más poderosas que el arco de Lasgol? Eso es muy interesante.

—Estas son espadas de grandes reyes Ilenios. Al igual que los medallones tienen mucho poder y son sintientes.

Nahia pasó la mirada de la espada a los ojos de Asti.

—Déjame adivinar, también son problemáticas.

—Lo son, y mucho. Intentan apoderarse de la mente y yo diría que hasta del alma de quien las empuña.

—Eso no suena nada bien.

—Creemos que fueron creadas para ser usadas por grandes señores Ilenios. Nosotros, humanos, no estamos hechos para utilizarlas, si bien son muy poderosas.

—Y como los tiempos que vienen son terribles, vas a usarla.

—Así es. Ningún Portador lo hace habitualmente, pues el medallón ya es suficientemente poderoso y problemático, pero creo que es el momento.

Nahia miró el arma, interesada. Luego a Asti.

—¿Tú sabes usar una espada? —preguntó extrañada de que la Usik supiera.

Nahia había tenido que aprender practicando durante años en la academia de Drakoros. En medio de los bosques Usik no veía cómo podía haber aprendido un arte de guerra tan complejo.

—No, no tengo ni idea de cómo luchar con una espada.

Nahia frunció el ceño.

—Entonces… ¿Cómo vas a usarla?

Asti cogió la espada y la empuñó. Al momento se produjo un resplandor dorado que recorrió todo el arma y luego a ella.

—Intenta atacarme.

—¿En serio? No creo que sea buena idea.

—A veces una demostración es mejor que una explicación. Hazlo. Tranquila, no pasará nada.

Nahia dudó, pero como Asti insistía con la cabeza, sacó su espada.

Apuntó al torso de la Usik, pero dejó un palmo de separación.

No iba a hacer daño a Asti, ni por accidente.

Asti movió su espada con una velocidad tremenda y golpeó la de Nahia apartándola a un lado.

El despeje había sido rapidísimo y certero.

No era un movimiento de suerte, sino entrenado.

—Vamos, ataca —pidió Asti.

Nahia resopló y lanzó un tajo lateral al torso, pero también dejando un palmo de separación. No pudo terminar la ejecución del ataque. La espada de Asti lo desvió tan rápido que Nahia casi ni vio el movimiento.

—¿Qué…? —aquello no era normal.

Esta vez fue Asti la que atacó.

—Defiéndete —dijo y le lanzó una estocada al torso seguida de un tajo al brazo izquierdo.

Nahia se defendió con toda su destreza y entrenamiento.

Consiguió desviar el primer ataque, pero no así el segundo que impactó contra el antebrazo de su armadura.

Nahia dio un paso atrás muy sorprendida.

Ella era bastante buena con la espada y no había podido defender el segundo ataque.

De no ser por la armadura hubiera podido perder el brazo.

Asti sonrió y lanzó otro ataque. Esta vez desplazándose a un lado y luego al otro a enorme velocidad, zigzagueando en total equilibrio y lanzando estocadas y tajos con una precisión sublime.

Nahia intentó defenderse y solo consiguió hacerlo en los primeros ataques.

Los movimientos finales encontraron su armadura.

—Esto… no es normal…

—No lo es —le dio la razón Asti que, retrasándose, cogió un cinturón y envainó la espada para luego colocársela a la cintura.

—Luchabas con una maestría excepcional.

—No es mía, es de la espada.

—¿La espada te concede maestría en su uso? —Nahia sacudió la cabeza sin poder creerlo.

—La espada toma mi cuerpo y mi mente para luchar y lo hace con una habilidad extraordinaria, como si un maestro espadachín me poseyera.

—Impresionante.

—Sí, pero peligroso. Cuanto más se usa esta espada, más control coge sobre tu mente. Hay que tener mucho cuidado. Yo he podido controlarla para que no te hiciera daño, pero un día puede pasar lo impensable.

—Oh… ya entiendo.

—Ahora marchemos. Tenemos problemas graves que atender.

Nahia asintió.

—Muy graves.

Las dos abandonaron el templo y se dirigieron a reunirse con Eki. Nahia no podía dejar de pensar que contra un centenar de dragones no tenían opción alguna. Y esto la angustiaba sobremanera.