Capítulo 2
Nahia entró en el edificio y pudo apreciar que era algún tipo de templo antiguo.
Pese a estar construido de madera, ramas y hojas, como si fuera el nido de algún ave, había aguantado bien el paso de los años.
Era de lo más peculiar. Aunque bien pensado, ¿qué no era extrañísimo en el mundo de los Usik?
Asti se situó en el centro de la estancia principal.
—Aguardemos, no tardarán en llegar —dijo y señaló junto a ella.
—Muy bien —Nahia notó que los guerreros que las acompañaban se quedaban en el exterior haciendo guardia. Los observó y preguntó sobre ellos a Asti con un gesto de la cabeza.
—No pueden pisar el templo. Ningún guerrero puede, solo los sabios y los jefes de guerra.
—¿Y nosotras?
—Yo como líder guerrera de todos los Usik puedo, y tú eres mi invitada.
—Entendido —Nahia se situó a su lado mientras observaba.
El edificio tenía múltiples ventanas por las que entraba la luz.
Eran pequeñas, no había espacio para que pasara una persona.
Colgados en una sección de la pared había cuchillos, hachas, jabalinas y arcos adornados con plumas que tenían aspecto ceremonial.
En otra sección había máscaras de pájaros como las que llevaban los sabios.
También vio trajes confeccionados con grandes plumas.
Eran muy llamativos. Pero lo que más le llamó la atención fueron varios tótems terminados en una cabeza de ave tallada repartidos por el edificio central.
Estaban pintados con los colores de los Usik y adornados con grandes plumas.
Parecían guardias de madera que podían despertar en un momento dado.
—¿Y esos tótems? —preguntó Nahia extrañada observando uno que tenía cerca con gran interés.
—Son de la religión Usik. Los brujos o sacerdotes los usaban para diferentes finalidades… una de ellas los sacrificios humanos.
—Que prohibiste…
Asti asintió.
—Sí, están prohibidos, pero me han llegado rumores de que los brujos han comenzado a realizarlos de nuevo en secreto.
—Eso es terrible.
—Lo iba a investigar, pero con la llegada de los dragones no he podido hacerlo.
—Si me aceptas una sugerencia drástica, siempre puedes sacrificar a los brujos a los dragones y se acabaría el problema.
Asti sonrió.
—No es mala sugerencia, si no fuera porque llevaría a derramar sangre Usik, la de los que los apoyan, y ya la derraman los dragones. De todas formas, lo tendré presente.
Aguardaron un momento y Nahia estudió el círculo de asientos que tenían alrededor. En realidad, eran muñones de madera, seis con un cojín con cada uno de los colores de las tribus Usik, uno confeccionado con todos, y uno más sin cojín. Nahia se preguntó para quién serían estos dos últimos.
Llegó la primera delegación. Eran tres sabios y otros tantos jefes guerreros. Los sabios vestían el largo traje forrado de plumas gigantes y cubriendo el rostro llevaban sus características máscaras amarillas con un pico de ave. Los jefes guerreros llevaban la cara pintada de amarillo.
Los sabios avanzaron hasta Asti y saludaron inclinándose ante ella.
Asti se inclinó a su vez. Intercambiaron un saludo verbal y uno de los sabios, el que se movía con más dificultad e iba más encorvado, se sentó en el asiento que le correspondía.
Los otros dos se sentaron en el suelo sobre los cojines de plumas, detrás del muñón.
Los jefes guerreros saludaron a Asti con una rápida inclinación de cabeza y se situaron de pie tras sus sabios. A Nahia le pareció de lo más interesante la forma en la que aquellos salvajes de los bosques se organizaban respetando los rangos.
El resto de los sabios fueron llegando y, al igual que habían hecho los Usik amarillos, saludaron a la líder guerrera y luego tomaron asiento en la zona que les correspondía.
Los Usik azul, rojo, marrón, negro y blanco entraron y se sentaron.
Las delegaciones eran de tres o cuatro sabios y un jefe guerrero por cada, no más.
Finalmente llegó una delegación que Nahia observó con añadido interés.
Era la de los Brujos Pájaro, cuatro en total y no llevaban jefes guerreros.
Su vestimenta era similar a la de los sabios, pero había algo más agresivo en las máscaras que imitaban a cabezas de pájaro.
Sus trajes de plumas gigantes también tenían decoraciones tribales que a Nahia le parecieron hacer referencia a sangre y muerte.
Le dieron muy mala sensación. Los encabezaba un brujo alto que se situó frente a Asti y le dijo algo, pero no inclinó la cabeza ante ella.
Asti, a su vez, respondió y se mantuvo erguida con la barbilla alta.
El medallón Ilenio colgaba de su cuello a la vista, como una advertencia. El brujo se sentó en el muñón sin cojín y los tres brujos que lo acompañaban se sentaron detrás de él.
Asti se sentó en el muñón con el cojín multicolor y le hizo un gesto a Nahia para que se situara detrás. Nahia así lo hizo y comenzó la reunión.
Los sabios y el brujo líderes se quitaron las máscaras.
Los sabios líderes de cada tribu eran muy mayores, ancianos.
Le pareció que rozaban la centuria. Los surcos en sus pieles verdes eran tan profundos que parecían cincelados.
Sus ojos debían haber visto mucho y estaban hundidos, apagados.
Sus expresiones eran de pesar. Nahia se fijó en que no eran los que ella había visto, esos estaban sentados detrás.
Dedujo que los sabios Usik centenarios eran en realidad los verdaderos líderes de cada tribu.
Siendo tan mayores, entendió por qué no acudían a los consejos menores.
Cada sabio expuso su parecer. Por desgracia, Nahia no entendía nada de lo que allí se hablaba en aquel idioma cantarín.
Lo que vio fue que exponían con rapidez, pues todos eran conscientes de que el tiempo apremiaba.
No pareció haber discusiones hasta que llegó el turno del líder de los Brujos Pájaro.
Era más joven que los sabios, mucho más, e irradiaba poder.
Nahia captó magia en él. Cuando terminó de exponer, y lo hizo como gritando, el resto comenzó a decir cosas que parecían contrarias.
Se produjo una discusión. A Nahia no le gustó el cariz que tomaba la reunión.
Asti intervino y las cosas se fueron calmando.
Se dirigió al Brujo Pájaro y luego a los sabios.
Los ancianos líderes consultaron con sus sabios y luego cada uno volvió a exponer su posición.
Sin embargo, la calma no duró mucho. El Brujo Pájaro comenzó a gritar y gesticular de nuevo cuando le tocó el turno de expresar su opinión.
Se puso en pie, y al hacerlo los jefes guerreros también comenzaron a gritar y gesticular de forma airada.
El resto de los brujos también gritaba y Nahia temió que aquello fuera a terminar en derramamiento de sangre.
Asti se levantó y su medallón Ilenio destelló en dorado.
Todos se calmaron al momento, como si temieran que el medallón fuera a fulminarlos donde estaban.
El líder de los brujos lanzó una mirada de odio a Asti y se quedó observando el medallón con ojos entrecerrados.
Nahia no tuvo duda de que la mataría si tuviera la más mínima posibilidad y se quedaría con el medallón.
La líder guerrera tomó la palabra y se dirigió a los sabios por un momento. Estos comenzaron a asentir. El Brujo Pájaro, por el contrario, negaba con la cabeza. Asti continuó hablando y luego uno por uno los sabios se pronunciaron. Finalmente lo hizo el Brujo Pájaro líder.
Asti pareció dar la resolución final del consejo porque todos los brujos asintieron a sus palabras.
El Brujo Pájaro se opuso, eso Nahia lo entendió sin problemas.
Asti finalizó el consejo con rapidez y las delegaciones se fueron marchando en el mismo orden en que habían llegado.
La de los brujos se quedó la última y antes de partir el líder le dijo algo a Asti, algo malo.
Asti no se inmutó. Sería frágil de constitución y apariencia, pero era poderosa y eso la hacía fuerte.
—¿Ha ido bien? —preguntó Nahia a Asti una vez estuvieron a solas.
—Todo lo bien que se puede esperar dadas las circunstancias.
—¿Qué han dicho los sabios?
—Creen que la mejor opción es no enfrentarse a los dragones. Son demasiados.
—¿Qué han propuesto?
—Que los Usik se escondan en sus bosques y eviten ser vistos. Los dragones no pueden matar lo que no ven.
—Entiendo… ¿Estás de acuerdo? —Nahia miró a Asti a los ojos.
—Preferiría luchar, es lo que les he dicho. Pero los sabios opinan que no tenemos opción de vencer a semejante número de dragones.
—Ya, yo también quiero luchar, pero un centenar de dragones es una fuerza de destrucción descomunal. No sé qué pueden hacer los Usik contra ellos.
—Representa muerte y destrucción, sí. Yo puedo luchar, pero las tribus Usik serían aniquiladas si se enfrentaran a tal cantidad de dragones y yo también moriría —Asti suspiró con pesar.
—¿Qué protestaba el Brujo Pájaro? Parecía muy molesto. ¿Quería atacar?
Asti negó con la cabeza.
—Quería pactar una alianza con los dragones.
—¿Aliarse con los dragones? —Nahia no podía creerlo.
—Los ven como dioses alados.
—Los dragones no se alían, toman esclavos.
—Eso le he dicho. A él le ha parecido bien esa opción, servir y no morir. Cuando nos hemos negado ha estallado de rabia. No respeta a los sabios. Quiere ser él quien tome las decisiones por todos los Usik. Es peligroso.
—Y está muy equivocado —aseguró Nahia—. Los dragones esclavizarán a los Usik después de matar a cientos, si no miles.
Asti asintió con lentitud.
—Me siento perdida… Desde que los dragones llegaron supe que lo que tenía que hacer era combatirlos —se llevó la mano al medallón Ilenio—. Este medallón así me lo indicó. Así me lo dice todavía.
—¿Te lo indicó? ¿Te lo dice? —aquello sorprendió a Nahia.
—Este medallón… es de uno de los grandes reyes Ilenios. Tiene un gran poder y es sintiente. Piensa, ordena… y no es del todo benigno. Creo que fue creado para la guerra, para proteger a su señor. Si hay un dragón cerca, puede sentirlo y actúa.