Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Cincuenta

SKYE

El golpe en la puerta llegó exactamente a las nueve de la mañana, fuerte e insistente.

Abrí y me encontré a Regan plantada allí, como si acabara de salir del rodaje de un videoclip. Vestido verde esmeralda ceñido al cuerpo, pintalabios rojo sangre, tacones de aguja y actitud de sobra para llenar un estadio.

—Hora de celebrar, cumpleañera —canturreó mientras hacía girar un llavero en el dedo.

Parpadeé mirándola.

—Mi cumpleaños no es hasta dentro de un mes.

Puso los ojos en blanco.

—Se llama celebrar por adelantado. Además, has tenido un año de locos. Te mereces que te mimen.

—No me fío de ti —dije sin rodeos, apartándome para dejarla pasar—. Como me vistas con algo horrible, te juro por Dios que…

—Que me rajas. Sí, sí, ya lo has dicho antes —me guiñó un ojo y echó un vistazo alrededor—. Jackson está esperando a que su mami vaya a su fiesta sorpresa de cumpleaños. Ha inflado cien globos.

—Es el mejor niño del mundo. Vale, seguiré el juego. Es solo que no esperaba que aparecieras hecha un huracán de pasarela.

Regan sonrió de oreja a oreja.

—Vámonos. Conduzco yo. He pensado que igual luego estás demasiado achispada para volver al volante.

—¿Achispada a las diez de la mañana? —entrecerré los ojos—. A ver, ¿qué clase de fiesta es esta?

—De las de cerrar el pico y dejarme hacer de hada madrina. Venga, date la vuelta.

Vi la venda en su mano y retrocedí de inmediato.

—Ni hablar. Ni de coña. De eso nada. Esa no es una venda normal. Es de grado militar, de las que usa el MC con los chivatos.

—Pues claro, ¿qué esperabas? La he tomado prestada. Venga ya, Roja. No me obligues a placarte. Es una sorpresa. Una buena. Confía en mí.

—Te juro que como acabe con zapatos de payaso y un tutú…

Regan soltó una carcajada mientras me ataba la suave tela sobre los ojos.

—Tranquila. Vas a parecer una reina.

El viaje al rancho transcurrió en silencio, solo roto por el zumbido del motor y el tintineo ocasional del hielo en la bebida que Regan me había puesto en la mano.

No veía nada, pero sentía la brisa de la ventanilla abierta, olía el aroma fresco de las flores silvestres y oía el crujido de la grava al detenernos.

Regan me ayudó a bajar y me guio hacia lo que supuse que era la casa del rancho.

—Cuidado —murmuró—. Hay un escalón.

Cuando nos detuvimos, bajó la voz.

—Nada de espiar. Respira hondo. Y confía en mí.

Oía risitas. Muchas.

Entonces unas manos cálidas tiraron de las mías para guiarme hacia delante. Alguien me bajó la cremallera de la sudadera. Otra persona me desató las zapatillas. Me metieron a toda prisa en una habitación que olía a laca, perfume y risas.

—Ni se te ocurra quemarme con ese rizador —solté en broma, todavía con los ojos vendados.

Amber se rio.

—Deja de moverte o vas a acabar pareciendo un caniche.

—Te juro que como note lentejuelas o tul…

—Tranquila —me susurró una de las mujeres del MC al oído—. Estás en buenas manos.

A pesar de mis quejas, las dejé hacer. Me quitaron la ropa con la eficiencia de un equipo de boxes de Nascar y me enfundaron en algo sedoso, ceñido donde tenía que ceñir, con vuelo en la parte de abajo.

Notaba cómo la tela me abrazaba la cintura, la cremallera del corpiño, cómo la falda susurraba con cada movimiento. Parecía… caro. Elegante.

Contuve el aliento cuando sentí el cierre de un collar en la nuca.

Después vino el maquillaje. Olía la base y los polvos, sentía los pinceles danzar sobre mi piel. Pintalabios. Fijador en spray. El arsenal completo.

Después me calzaron unos tacones.

Por fin, bajaron la venda.

Parpadeé para adaptarme a la suave luz dorada que se colaba por las ventanas entornadas.

Amber y tres de las mujeres del MC me miraban con una sonrisa de oreja a oreja, como si acabaran de completar el montaje de transformación definitivo.

—Joder —susurró Regan.

—Estás hecha una maldita diosa —dijo Amber con orgullo.

La mujer de Hacker silbó.

—¿Lista para dejarlo con la boca abierta?

—Vamos allá.

—¿Qué? —grazné mientras volvían a atarme la venda y unas manos me guiaban hacia la puerta.

Me llevaron escaleras abajo. El corazón me latía desbocado, ya no por desconfianza, sino por expectación.

Por fin me quitaron la venda.

La luz me inundó la vista. Cálida luz dorada que se derramaba sobre hileras de gardenias en flor, sillas plegables blancas envueltas en satén, el brillo de las copas de champán reflejando el destello del cielo de Nuevo México.

Había velas encajadas en hornacinas de adobe, rosas silvestres del desierto entrelazadas en los enrejados, y un cuarteto de cuerda tocando suavemente el Canon en Re.

Parpadeé con fuerza.

Una vez. Dos.

Y entonces los vi: todos los rostros que quería. Shaniqua. La abuela. Malik. Amber. Jackson con un trajecito y pajarita, sonriendo como si llevara el mundo entero en el bolsillo mientras caminaba por el pasillo con una cajita de terciopelo.

Y al final del pasillo: JD.

Con un esmoquin que le sentaba de muerte, de pie bajo un arco de gardenias y llamas del desierto, con los ojos clavados en los míos como si yo fuera el último milagro sobre la faz de la tierra.

El corazón se me estrelló contra las costillas.

—Esto es… —musité sin aliento, girando sobre mí misma—. Dios mío.

Bajé la vista y, por primera vez, vi de verdad el vestido.

Seda marfil. Pura y suave, ciñéndose a mis curvas antes de caer en una dramática cascada a mis pies. El tipo de vestido que te hacía erguirte más. Sentirte sagrada. Como la realeza. No solo llevaba un vestido... llevaba puesto el para siempre.

Las lágrimas me nublaron la vista mientras la realidad iba calando, centímetro a glorioso centímetro.

Esto no era una fiesta de cumpleaños.

Era una boda.

Mi boda.

Con él.

Con JD.

Mis rodillas flaquearon ligeramente, pero el fuerte brazo de Malik me sostuvo.

Se inclinó hacia mí y susurró con ternura:

—Esta vez puedo acompañarte hacia algo, no alejarte de algo.

No podía hablar. Tenía la garganta cerrada, el corazón desbocado.

Regan me lanzó un guiño desde la primera fila, articulando con los labios: ¡Sorpresa, perra!

Se me escapó una risa entrecortada, atónita.

Todo, todo, encajó de golpe. El vestido. El silencio. El secretismo. La forma en que JD me había besado como una despedida antes de desaparecer en un «viaje».

Me llevé la mano al pecho, tratando de recuperar el aliento. Era tan romántico... y casi pierdo a esta joya de hombre. La certeza me golpeó de lleno.

—¿Cómo merezco esto? ¿Cómo lo merezco a él?

Me tembló el labio.

—Él cree que lo vales, y todos los que están aquí también.

Malik me guio hacia delante y la suave música me arrastró pasillo abajo como una corriente.

Paso a paso, el mundo se fue estrechando hasta que solo vi a JD.

Su expresión era indescifrable, devastada de la forma más hermosa, como si no pudiera creer que yo fuera real. Como si este momento, este milagro salvaje y desafiante, de algún modo se hubiera hecho realidad.

Cuando llegué a su lado, tomó mis manos entre las suyas, acariciándome los nudillos con los pulgares. Se le quebró la voz cuando por fin habló.

—No podía preguntar. No podía esperar. No podía respirar sin ti. Así que te traje a casa de esta manera.

Las lágrimas cayeron antes de que pudiera detenerlas.

—Pensé que estaba soñando —susurré.

—Lo estás —dijo JD—. Y yo también. Pero esta vez, podemos quedarnos.

Alguien sorbió la nariz. Probablemente Amber.

JD no apartó la mirada de la mía. Ni siquiera cuando su hijo, nuestro hijo, se acercó para entregarle los anillos.

Los tomó despacio, con reverencia, y luego se inclinó para susurrar algo al oído de Jackson que hizo que nuestro niño sonriera radiante y corriera hacia los brazos abiertos de la abuela.

JD se enderezó.

Y cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los míos, me sentí abrasada. Marcada. Suya.

Mi garganta ardía.

—¿Estás seguro de esto?

Sus ojos se suavizaron, y por una vez, su acero habitual se derritió.

—Nena, nunca he estado más seguro de nada.

Me tomó de la mano y me atrajo hacia delante, bajo el arco de flores, hacia el espacio donde cada sueño que creí haber enterrado florecía de nuevo.

El aroma era embriagador: flores dulces, el olor seco y especiado del heno, la colonia de JD, cuero calentado por el sol. Y debajo de todo, algo aún más intenso: nosotros. Esa atracción peligrosa y eléctrica que nunca se apagaba.

El pulgar de JD se deslizó sobre el dorso de mi mano, y me di cuenta de que estaba temblando.

—Respira, cariño —murmuró, tan bajo que solo yo podía oír—. Te tengo.

Su tacto era áspero, calloso, familiar. Pero fue la mirada en sus ojos lo que me deshizo.

Sin palabras.

Solo calor.

Fuego.

Amor, forjado en cicatrices y segundas oportunidades.

Apenas registré la voz del oficiante mientras daba la bienvenida a todos. JD me apretó la mano mientras nos guiaban a través de la ceremonia, cada palabra cargada, sagrada. Pero fue la forma en que me miraba lo que hizo que me flaquearan las rodillas.

Posesivo.

Tierno.

Como si no pudiera decidir si quería besarme... o echarme sobre su hombro y terminar lo que habíamos empezado bajo mil estrellas.

Cuando llegó el momento de decir nuestros votos, JD dio un paso al frente. No necesitaba un papel. Nunca lo necesitaba.

—No soy hombre de muchas palabras —dijo, con la voz grave cargada de emoción—. Pero tengo una promesa, Skye.

Hizo una pausa.

—Tú y Jackson sois mi vida ahora. No hay futuro sin vosotros. No te pido que olvides el pasado; lo vivimos juntos. Pero sí te pido que camines a mi lado el resto del camino.

Su mandíbula se tensó mientras deslizaba el anillo en mi dedo.

Contuve un sollozo.

—JD...

Negó con la cabeza.

—Shhh. No llores. O yo también lo haré.

Apenas pude pronunciar mis votos, demasiado abrumada por la emoción. Pero lo conseguí: algo sobre el perdón, el para siempre, y elegirnos el uno al otro pasara lo que pasara.

Entonces el oficiante dijo esas palabras.

—Puede besar a la novia.

JD no perdió ni un maldito segundo.

Dio un paso al frente, me estrechó contra su pecho duro y me reclamó.

Sus labios eran fuego y terciopelo y hogar.

La gente vitoreó. Alguien silbó. Regan probablemente volvió a gritar.

Pero todo lo que sentí fue a él. Sus manos acunando mi rostro. Su beso volviéndose más oscuro, más profundo, hasta que volvimos a ser solo nosotros dos.

Sus labios rozaron mi oído.

—Espera a que te tenga a solas, señora Northport.

Me estremecí, riendo sin aliento mientras me tomaba en brazos y me llevaba por el pasillo como un hombre que hubiera esperado toda su maldita vida para hacer exactamente eso.

Y bajo aquel luminoso cielo azul, por fin creí en el para siempre.