Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Cincuenta y uno

SKYE

Risas, copas tintineando y rasgueos de guitarra lejanos flotaban en la brisa como banda sonora.

JD no se había apartado de mi vista desde el momento en que dije «sí».

Le había dicho que tenía que circular entre los invitados…

pero no, ahí estaba al otro lado del patio con su chaqueta de esmoquin, la corbata perdida hacía rato, los botones de arriba desabrochados, hecho pecado y salvación a partes iguales.

Pero antes de que pudiera acercarme, una voz afilada cortó la música.

—Vuelve a mirar a mi hombre y te arranco hasta la última extensión —siseó Regan—. Él ya tiene dueña, pero ese de allí junto a la barra no…

Giré la cabeza y parpadeé. Cómo no. Evie se acercaba sigilosamente a unos hombros anchos que me resultaban familiares, enfundados en una camisa de lino gris carbón arremangada hasta los codos. Él sonreía como si acabara de asestarle un golpe bajo al universo.

Malik.

—Regan… —empecé, pero ella levantó una mano, con los ojos clavados en ellos dos.

—Su acompañante apenas tenía pulso —dijo Regan encogiéndose de hombros—. Así que le conseguí uno nuevo. No digas que nunca hago obras de caridad. Siempre que se mantenga lejos de mi hombre.

—¿Cómo ha entrado en la lista de invitados? ¿En mi boda? No… no puede ser.

Regan se encogió de hombros.

—Esa tía es escurridiza, desde luego. Entró como acompañante de un viejo. Un socio comercial senil del club que se mete más Viagra que analgésicos.

Volví a mirar. Evie estaba haciéndose la interesante: riendo demasiado alto, enroscándose un mechón de pelo, inclinándose un pelín de más. A Malik no parecía molestarle lo más mínimo.

—Bueno —murmuré—. Eso no es… nada raro.

—Él sabrá lidiar con ella —Regan me guiñó un ojo y desapareció entre la multitud como una diosa del caos bañada en champán.

Antes de que pudiera siquiera asimilar ese giro, una mano fuerte envolvió la mía.

—Baila con la novia —dijo River con sonrisa de pirata mientras me arrastraba a la pista—. Es tradición.

Me hizo girar una vez y luego me inclinó hacia atrás hasta que mi pelo rozó la hierba.

—¡River! —chillé entre risas.

—¿Qué? —sonrió—. Solo le recuerdo a JD lo que tiene.

Cuando me enderezó, pillé a JD observándonos: mandíbula tensa, ojos ardientes. Una mirada que atravesaba la seda y la memoria, que decía mía sin pronunciar palabra.

Y Dios… lo sentí.

Habían pasado tres meses. Tres. Desde aquella noche junto a la hoguera, cuando nos destrozamos mutuamente y nos deshicimos en brazos del otro.

Tres meses de reconstrucción. De convertirnos en algo mejor de lo que éramos. Algo real. Estable. Tranquilo. Centrados en Jackson. Sin caos, sin sorpresas, sin distracciones.

Pero ahora, con la música envolviéndonos, la luz del fuego parpadeando sobre las piedras del patio y JD mirándome como si llevara días sin probar el agua… sentí que la tormenta volvía.

Tenía los pechos llenos. Pesados. Doloridos. Como si recordaran sus caricias antes de que mi mente pudiera reaccionar.

Mi cuerpo clamaba que lo tocaran de nuevo. Que lo reclamaran.

Y en el fondo, lo sabía.

Tenía un retraso.

Otra vez.

Otro bebé, quizá.

Otro capítulo.

Pero primero necesitaba a JD. Esta noche. Antes de que este secreto floreciera y lo cambiara todo otra vez.

Su mirada prometía calor y hogar a partes iguales, y cuando caminé hacia él, supe exactamente dónde acabaría esta noche.

Bajo las estrellas del desierto. En nuestra cama.

Donde cada voto susurrado ese día quedaría sellado piel con piel. Pero primero tenía que disfrutar de mi recepción de boda.