Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Cuarenta y nueve

JD

El sol aún no había asomado sobre las montañas Sangre de Cristo cuando me até las botas. El suelo todavía estaba frío. El rocío besaba la hierba. Pero mi cuerpo vibraba como un cable pelado: mitad nervios, mitad adrenalina, puro amor.

No había dormido mucho la noche anterior. Demasiados pensamientos. Demasiados recuerdos. Demasiados «y si».

¿Ahora? Se acabó la espera. Se acabaron los fantasmas. Se acabaron los secretos.

Hoy, Skye vuelve a ser mía, esta vez para siempre.

Crucé el amplio porche de la casa del rancho y saludé con la cabeza a los dos guardias que Regan había contratado: tipos duros exmilitares con gafas de espejo y pinganillos con cable en espiral. Me devolvieron el gesto con la barbilla. Todo despejado. Sin amenazas. Hoy no.

—Parece que te preparas para ir a la guerra —bromeó Regan, colocándose a mi lado con una bata de satén negro, el pelo ya en rulos.

Le lancé una mirada agradecida.

—Supongo que en cierto modo sí.

Sonrió con picardía.

—Una guerra que ya ganaste, JD.

—No habría podido hacer esto sin ti.

Me guiñó un ojo.

—Ya lo creo que no. Espera a que vea las rosas. Ah, ¿y el coro? Han estado ensayando toda la semana.

—¿Todo listo?

—Seguridad comprobada tres veces. Los invitados están entrando por detrás. Todos los proveedores han jurado guardar silencio. Skye cree que va a un brunch de cumpleaños. Más te vale casarte con ella antes de que me mate.

Sonreí de medio lado.

—No lo hará. No cuando vea a Jackson con su trajecito sosteniendo el cojín de los anillos.

—Hablando de eso…

—hizo una pausa dramática—. ¿Eso que veo es una lágrima, machote motero?

Le hice una peineta con cariño.

—¿No tienes una novia que vestir?

Regan volvió a guiñarme el ojo y se dirigió hacia la casa principal.

—Nos vemos en el altar, galán.

La casa ya bullía de actividad. Olía a rollos de canela en el horno: la abuela había insistido.

Shaniqua ladraba órdenes por el walkie talkie como si dirigiera una operación de rescate de rehenes.

Malik repasaba el perímetro por segunda vez, pura profesionalidad con su traje negro, el pinganillo colocado detrás de la oreja como si fuera del Servicio Secreto.

¿Y yo?

Iba de un lado a otro. Como un loco.

Edge, Tarak y River se habían quedado a dormir en el barracón, todavía recuperándose del caos de la despedida de soltero en Malibú. Incluso con resaca, esos cabrones aparecieron al amanecer, con los esmóquines a medio poner y café en mano, listos para ayudarme a dar el paso definitivo.

Acabé en la parte de atrás, con las manos en los bolsillos, viendo cómo el equipo del rancho colgaba hileras de luces blancas sobre la pradera.

El montaje de la ceremonia era sencillo pero perfecto: un arco de madera envuelto en flores frescas, sillas alineadas en la hierba dorada, todo orientado hacia el borde del cañón.

Las agujas del reloj parecían correr. Era hora de vestirse.

Entré en el pajar reconvertido donde los chicos se estaban preparando. Cal estaba plantado, corbata recta, botas relucientes, el puñetero hombre Marlboro en carne y hueso.

—¿Estás bien, hermano? —preguntó, dándome una palmada en el hombro.

—Mejor que bien —dije, mirando a los tres hombres con los que iría al infierno sin pensarlo.

Edge estaba peleándose con su corbata frente al espejo mientras River se reía y encendía un puro. Tarak, ya vestido, me pasó una petaca de plata.

—Por el cabrón que tuvo los huevos de organizar una boda sorpresa —brindó.

Nos reímos y bebimos. Pero entonces el ambiente cambió, se cargó de emoción. Cal me pasó los anillos. El diminuto de Jackson estaba guardado en una bolsita de terciopelo. El más grande, con el escudo de Northport, lo habían engastado con un rubí del color del pelo de Skye a la luz del sol.

Edge me ajustó el cuello.

—¿Listo para prometerle la eternidad?

Asentí.

—Ya lo hice. Ahora solo lo hago oficial.

Fuera, las sillas blancas se alineaban en la pradera. Los pétalos de rosa formaban un pasillo carmesí. Los invitados llegaban en silencio, con las manos entrelazadas, los ojos muy abiertos. El aire olía a heno dulce, polvo de verano y peonías.

La abuela estaba sentada en primera fila, secándose los ojos.

Malik permanecía tieso como un palo con su traje, como si custodiara un palacio.

¿Shaniqua? Estaba radiante de lavanda, con los labios apretados como si fuera a estallar de orgullo.

Jackson, con tirantes y botitas, ensayaba su caminata una y otra vez con Amber.

Me miró.

—¿Papi?

—¿Sí, campeón?

—¿Camino despacio o rápido?

Me arrodillé a su lado.

—Caminas orgulloso. Como si llevaras algo mágico.

Se le iluminó la cara.

—Ahora solo falta la novia. ¡Regan acaba de escribir! ¡Todos a sus puestos! Están a veinte minutos. ¡Repito, veinte minutos! —Edge organizó a la gente mejor de lo que Cal arreaba a sus caballos.

—Empieza el espectáculo —dijo River, dándome una palmada en la espalda mientras nos dirigíamos a nuestros puestos.