Capítulo
Cuarenta y cinco
JD
En cuanto las puertas del Clubhouse se cerraron de golpe a nuestra espalda, lo sentí: la guerra flotaba en el aire.
La lluvia resbalaba sobre el asfalto como aceite sobre cristal, pero mis neumáticos mordían la carretera igual que mi mano aferraba la Glock ceñida al muslo. Edge rodaba a mi izquierda, River y Tarak detrás. Pero aquella noche no era una simple redada local.
Big Rafe había venido desde Arizona, la barba empapada y trenzada sobre el pecho como un dios nórdico extraviado en la tormenta. Wrench y Jigsaw de Las Vegas flanqueaban nuestra derecha, el cromo destellando entre el aguacero como ojos de depredador.
¿Yo? Vestía de negro de las botas al chaleco. Sin ostentación. Sin flashbacks. Solo función. Esa noche no llevaba el parche de Enforcer: era la venganza montada sobre acero.
Habíamos seguido el rastro de la rata hasta un patio de carga abandonado al borde de la meseta, vagones oxidados alineados como lápidas olvidadas. Las luces de movimiento parpadeaban moribundas. Las sombras se movían. Las vi. Agazapadas. A la espera.
—Trampa —murmuró Edge, los ojos barriendo la vía, el cuchillo ya suelto.
—Que salte —dije con voz plana. Corazón de hierro.
Aparcamos escalonados, las botas chapoteando en el barro mientras nos desplegábamos.
Hice una señal silenciosa con la mano. A las dos. Movimiento.
Y entonces, como fuego estallando en un barril, Wrench ladró:
—¡Royal Bastards MC, hijos de puta!
Se desató el infierno.
Los disparos iluminaron el patio. Fogonazos estroboscópicos sobre acero retorcido y charcos de sangre. Me agaché tras una cargadora oxidada y devolví el fuego, tumbando a uno que llevaba pintura de guerra en la cara como si aquello fuera un juego.
Edge era una máquina: un cuchillo, un objetivo. River desapareció entre las sombras y reapareció dejando cuerpos a su paso como trigo segado. Tarak recibió un balazo en el hombro, pero no aflojó. La escopeta de Rafe tronó y salpicó el lateral de un vagón de rojo.
—¡Seis más acercándose! —gritó Tarak, cojeando.
—¡Rodead! ¡Proteged la furgoneta! —grité.
Esa furgoneta llevaba nuestro arsenal de reserva, y si llegaban primero, acabaríamos a cuchilladas y puñetazos en el barro.
Rafe y Jigsaw se separaron. Rafe tumbó a dos de un solo disparo.
Un punk con cresta se me echó encima blandiendo un bate.
Me agaché, rodé y le metí dos balas en las tripas. Cayó. Aún respiraba. No era mi problema.
El humo se aferraba al aire como una maldición. Tarak volvió entre maldiciones y sangre.
—Los cabrones no eran del cartel —escupió—. Son Red Iron MC. Chusma de poca monta.
River arrastró a uno de ellos por el cuello.
—Este todavía respira.
Lo agarré del pelo y le alcé la cara.
—¿Quién te envió?
Tosió sangre.
—Solo un curro. Buena pasta. Nos dieron coordenadas GPS. Nos dijeron que viniéramos con todo.
—¿Quién? —gruñó Edge—. Danos un nombre.
—Un intermediario. Se hace llamar... Ghost.
Se me heló la espalda.
Clarissa.
Demasiado cobarde para dar la cara, así que contrató basura desesperada para provocarnos.
Jigsaw estudió sus chalecos.
—Estos no son perros del cartel. Son de poca monta. Ni siquiera están afiliados.
Edge pateó un cargador roto por el suelo.
—Les pasó información falsa. Les hizo creer que teníamos mercancía guardada.
—No queríamos meternos en vuestro camino, tío —murmuró el herido.
Me quedé de pie sobre él, empapado, los nudillos sangrando.
—Dile a tu club: la próxima vez que aceptéis un trabajo en territorio de los Royal Bastards... cavad vuestras tumbas primero.
Asintió, apenas.
Le hice un gesto a Wrench con la barbilla.
—Átalo a la valla. Que reconsidere sus opciones profesionales hasta que llegue la pasma.
Nos reagrupamos. Magullados. Ensangrentados. Vivos.
Sin bajas.
Me dolían las costillas, me palpitaba el dedo del gatillo y tenía las botas llenas de agua helada y gravilla.
—Ella no estaba aquí —dijo Edge con voz dura.
—No —gruñí—. Esto era humo. Distracción.
River se masajeó el hombro.
—Entonces, ¿dónde coño está?
—Se ha esfumado —dije—. Por ahora. Pero ha tocado las narices a quien no debía.
Edge encendió un cigarrillo con los dedos ensangrentados.
—¿Y ahora qué?
—Volvemos a casa —murmuré—. A comprobar que todo está bien. Que nuestra gente está bien.
Tarak gimió.
—Joder, menos mal.
Alcé la vista al cielo amoratado, los relámpagos lamiendo el filo del horizonte.
Su voz me perseguía.
Vuelve a mí. A nosotros.
Tragué saliva.
—No digáis nada todavía... pero voy a pedirle que se case conmigo.
River silbó por lo bajo.
—¿Va en serio?
Jigsaw sonrió.
—¿Quieres el especial de la capilla de Las Vegas? Todavía tengo el traje de Elvis de la despedida de soltero de Tarak.
Negué con la cabeza.
—Red es más de flores silvestres y sol. Se merece el vestido blanco. Todo.
River resopló.
—Vaya, un novio quisquilloso.
Solté una carcajada seca.
—En marcha.
Aparqué el último. Dejé que los demás entraran primero. Las costillas me gritaban, la ropa se me pegaba al cuerpo empapada de sangre y sudor.
Subí los escalones traseros en silencio, como un hombre que regresa de la guerra... y quizás así era.
Dentro, el Clubhouse estaba en calma; solo el zumbido de la nevera y el tic-tac del reloj del pasillo rompían el silencio.
Abrí la puerta de mi habitación y me detuve.
Estaban allí.
Skye y Jackson.
Acurrucados en mi cama como si fuera su lugar.
Como si nunca se hubieran ido.
La cabeza de mi hijo encajada bajo su barbilla. El brazo de ella sobre él como un salvavidas. Su rostro sereno en el sueño, el pelo revuelto, la boca ligeramente entreabierta. Mi parche... mi chaleco... doblado con cuidado en el borde de la cama, como si ella me hubiera estado esperando.
Y así, sin más... la tormenta dentro de mí amainó.
Todo lo que había estado conteniendo, cada muro que había levantado, cada miedo a que volver a amarla pudiera matarme... todo se derrumbó.
Mi corazón no dolía. Latía. Firme. Constante. Entero.
Me incliné y besé primero la frente de Jackson. Luego la de ella.
Susurré tan bajo que ninguno de los dos pudiera oírme:
—Soy el cabrón con más suerte del mundo.
No merecía esta segunda oportunidad. Pero iba a ganármela.
Mañana empezaría a hacer planes.