Capítulo
Cuarenta y Cuatro
SKYE
Intenté concentrarme en Jackson y el nuevo poni, pero algo andaba mal. Había más hombres de los que había visto en mi vida, yendo y viniendo por todas partes. Algunos con walkie-talkies. Camionetas y hombres no paraban de llegar.
JD salió a zancadas de la casa principal con el teléfono sonando en la mano… entonces empezó a llover como un susurro, un suave siseo contra el pavimento, casi demasiado tenue para oírlo por encima del rugido de las motos y las órdenes a gritos.
JD no dijo ni una palabra. No hacía falta. Lo vi en sus ojos: ese filo duro como el pedernal que no estaba ahí cuando éramos solo unos críos enamorados. Este era el hombre en el que se había convertido. Un Royal Bastard. Un protector. Un guerrero.
Cogió a Jackson sin dudarlo, ladrándole a Colton que cargara el todoterreno con lo esencial que pudiéramos pillar. Corrí detrás de él, sin aliento, arrastrada por el torbellino de actividad.
—¿Adónde vamos? —exigí mientras cerraba de un portazo tras Jackson—. JD, ¿qué está pasando?
No me miró.
—A la sede del club. Estamos en alerta máxima.
—¿Pero por qué? JD…
Agarró el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Porque es el único lugar que me queda en el que confío para manteneros a salvo.
Y así, sin más… no me quedó más remedio que confiar en él también.
El viaje fue rápido y silencioso, con Jackson dormitando en el asiento trasero, felizmente ajeno a todo.
Me temblaban los dedos en el regazo. La sede del club apareció ante nosotros como un extraño híbrido de hogar y fortaleza: luces resplandecientes, hombres apostados en cada entrada, motos alineadas como centinelas.
Regan nos recibió en la verja, melena salvaje bajo una gorra de béisbol, sonrisa afilada.
—Bienvenidos al Palacio de Pijamadas de los Royal Bastards MC —bromeó, abriendo la puerta de un tirón y cogiendo a Jackson en brazos—. Venga, chico. Vas a ser nuestro catador oficial de helados.
Amber apareció, guiando a los niños de Tarak con palomitas y zumos en las manos.
Jackson nos saludó con la mano, adormilado.
—No te preocupes, mamá. Te guardaré una gominola.
Intenté sonreír. No me llegó a los ojos. Me quedé sola en medio del caos bullicioso. Me temblaban las manos mientras me sentaba en un rincón, intentando averiguar qué hacer. Cómo ayudar…
Y entonces lo vi.
JD, avanzando a zancadas por el pasillo, vestido de negro de pies a cabeza. Pantalones cargo. Chaleco de cuero. Mangas largas. Guantes sin dedos. Armas enfundadas a los costados. Una pistola sujeta a cada muslo.
Parecía la muerte viniendo a cobrar una deuda.
—JD —susurré, y mis piernas echaron a andar antes de que me diera cuenta. Lo seguí más allá de la sala de guerra, más allá del bar, más allá de la fila de mesas de billar, hasta la zona de carga donde las motos rugían quedamente, como animales gruñendo en la oscuridad.
—No hagas esto —le supliqué, agarrándole el brazo—. No vayas.
Se detuvo. La lluvia golpeaba el hormigón fuera en gotas dispersas, empezando a empapar el mundo en sombra y plata.
—Tengo que hacerlo.
—No —exclamé entre lágrimas, poniéndome delante de él—. Que vaya otro: Edge, River, alguien sin un hijo. ¡Alguien que no tenga todo por perder!
Sus ojos relampaguearon, salvajes y atormentados.
—¿Crees que no sé lo que está en juego?
—Entonces quédate. Por favor —dije con la voz quebrada—. Vuelve conmigo. Con nosotros.
Un trueno retumbó a lo lejos. La lluvia arreció, convertida ahora en una cortina constante que le empapaba el pelo y oscurecía la parte delantera de mi camiseta. Apenas podía respirar con el nudo que tenía en el pecho.
Me agarró la cara con las palmas ásperas, temblorosas.
—Si pasa algo…
—No —sollocé—. No hables así.
Apoyó la frente en la mía.
—Nada va a impedirme volver. Ni siquiera la muerte. Te lo juro, Skye. Aunque tenga que arrastrarme de vuelta como un fantasma, voy a volver a casa.
Se me hizo añicos el corazón. Lo besé como si fuera el último aliento que fuera a tomar.
La lluvia caía con más fuerza, pegándome el pelo a la cara.
Sus labios eran fuego, sus manos una tormenta sobre mi espalda, mis caderas, mi cara.
Nos devoramos el uno al otro. Sin promesas.
Sin mentiras. Solo una colisión desesperada de amor y miedo.
Él se apartó primero.
Montó en su moto.
Entonces se giró una última vez, con los ojos clavados en los míos, llenos de furia y devoción y algo ancestral y primitivo.
Las motos cobraron vida a su alrededor. Los motores rugieron. Un trueno estalló. La tormenta se tragó el sol.
Y el Royal Bastards MC salió cabalgando hacia la noche.
Me dejé caer de rodillas sobre el pavimento mojado, agarrándome los costados mientras las luces traseras desaparecían en la lluvia.
Por favor, vuelve.