Capítulo
Cuarenta y tres
JD
El teatro vibraba de color, de ritmo, de algo ancestral y eléctrico que me recorría la columna vertebral. El espectáculo de flamenco ya había comenzado cuando nos colamos en nuestros asientos, con las luces de la sala bajas y el escenario ardiendo en rojos, dorados y sombras.
Un único foco iluminaba a la bailaora mientras pisaba el desgastado suelo de madera.
Su vestido se desplegaba como llamas. Sus tacones golpeaban con fuerza, ritmos rápidos y cortantes que me resonaban en el pecho.
Detrás de ella, un hombre tocaba la guitarra española como si fuera una mujer a la que amó y perdió, arrancando cada nota como una confesión.
Un cantaor lloraba en el micrófono, no en inglés, pero entendíamos cada palabra.
Dolor. Pasión. Deseo. Arrepentimiento.
Era nuestra historia, desenvolviéndose al compás.
La mano de Skye descansaba sobre su muslo, los dedos aferrados al dobladillo de ese vestido rojo como si fuera lo único que la mantenía anclada.
Su rostro brillaba bajo la tenue luz, los ojos fijos en el escenario, abiertos y resplandecientes.
Yo la observaba más que al espectáculo. Cómo su pecho se elevaba con cada compás, cómo sus labios se entreabrían ligeramente como si estuviera conteniendo la respiración.
Me incliné y susurré contra su oído:
—¿Lo sientes?
Asintió.
—Como si lo llevara en la sangre.
—Igual.
La actuación terminó con los brazos de la bailaora alzados en triunfo, el sudor brillante en su frente, el pecho agitado como si acabara de abrirse el corazón y derramarlo sobre el suelo.
Y entonces nos tocó a nosotros.
Cambiamos de lugar: del escenario al estudio.
El Espacio de Danza Flamenca era íntimo, con luces tenues y suelos de madera pulida que olían a sudor e historia. Las parejas fueron entrando: mayores, más jóvenes, nerviosas, emocionadas. Una mujer vestida de negro de pies a cabeza dio unas palmadas y nos pidió que nos pusiéramos de pie.
—El flamenco es emoción —nos dijo—. Es fuego. No lo bailas, te conviertes en él.
Busqué la mirada de Skye.
—¿Estás lista para esto?
Sonrió con suficiencia, los labios brillantes como el pecado.
—Nací lista.
La música comenzó. Lenta al principio, la guitarra inquietante, casi melancólica. La instructora nos guió en los pasos básicos: tacón, planta, punta. Pero no iba de zapateado. Iba de cómo se movían nuestros cuerpos juntos.
Nos enfrentamos. Las manos de Skye se alzaron, las muñecas girando como seda. La imité y avancé. En el momento en que nuestras palmas se encontraron, el calor explotó. Sus caderas se balancearon, las mías siguieron. El ritmo se apoderó de nosotros. Más rápido. Más intenso.
Giramos. Avanzamos. Retrocedimos.
No era un baile, era una pelea.
Una seducción.
Un recuerdo.
Nuestra historia.
Le apreté la mano con fuerza y luego la solté. Giró para alejarse y volvió, su pecho contra el mío, el corazón latiéndole tan fuerte que lo sentí a través de mi camisa. El ritmo se aceleró, el rasgueo salvaje. Su pie golpeó con fuerza el suelo, desafiándome.
Invadí su espacio. Le rodeé la cintura con la mano y la atraje hacia mí. Jadeó, alzando los ojos hacia los míos, con el desafío brillando en ellos.
Estábamos en llamas.
La incliné hacia atrás, con el cabello rozándole el suelo, y cuando la levanté, nuestros labios casi se encontraron.
Casi.
Tras el movimiento final —ambos jadeantes, sudorosos, atrapados en los brazos del otro—, la sala estalló en aplausos. No oí nada. Solo la vi a ella.
Skye.
Mejillas sonrojadas. Cabello salvaje. Ese maldito vestido pegado a cada centímetro de su cuerpo como si perteneciera allí.
Y por un segundo, no me sentí traicionado. Ni confundido. Ni enfadado.
Solo me sentí enamorado.
Como siempre lo había estado.
Pero en cuanto la música se detuvo, la realidad volvió a colarse.
No éramos solo dos amantes en un estudio de baile. Éramos un desastre de desamor y años perdidos. Un hijo entre nosotros. Mentiras. Medias verdades. Dolor.
Aun así, mientras la ayudaba a recoger sus cosas, le cogí la mano —solo una vez— y entrelacé nuestros dedos.
Y joder, ella me dejó.
El bar en la azotea estaba tranquilo, encaramado sobre la extensión de adobe de Santa Fe, iluminado solo por hileras de bombillas Edison colgadas de las vigas y el fuego moribundo de un brasero de gas cerca de nuestra mesa.
Debajo de nosotros, la ciudad brillaba. Arriba, las estrellas parecían tan cerca que podías tocarlas.
Necesitábamos aire y unas copas frías. Así que después de una cena rápida de tapas, propuse subir.
Skye se apoyó en la barandilla, la brisa seca jugueteando con su pelo. El vestido rojo se le ceñía a las curvas, ese tipo de tela suave y peligrosa que pedía a gritos que la tocaran. Giró la cabeza hacia mí, los labios brillantes, los ojos ardientes.
Me coloqué detrás de ella.
Le rodeé la cintura con un brazo.
Me incliné y le besé detrás de la oreja.
Se estremeció, susurrando mi nombre como un secreto que no estaba segura de tener derecho a pronunciar.
—JD...
Ese susurro me encendió la sangre.
—Sabes a fuego y melocotón —murmuré contra su piel mientras arrastraba la boca por la elegante curva de su cuello, sobre las delicadas líneas de su clavícula. Echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome más.
Le bajé la parte de arriba de ese maldito vestido, lo justo para revelar esos pezones perfectos color melocotón que aún me perseguían en sueños.
Jadeó cuando mi boca se cerró sobre uno, suave y lenta, mi lengua provocándola, saboreándola, reclamándola.
—Dios —exhaló, enredando los dedos en mi pelo—. JD, alguien podría...
—Me da igual —gruñí, rozándola con los dientes antes de volver a besarla—. Que vean lo que me haces.
Me pegué a su espalda, dejando que sintiera cuánto la deseaba, cuánto la había deseado siempre. Sus caderas se movieron en respuesta, su respiración se aceleró.
Mi mano se deslizó bajo su falda. Hacia arriba, lenta, segura.
Encontré sus bragas y las aparté a un lado; mis dedos se deslizaron por el calor que ya sabía que me esperaba.
Gimió. Intentó contenerlo y fracasó.
Tracé pequeños círculos, besé su cuello con más fuerza. Se arqueó contra mi mano, ávida de más, restregándose contra mi palma mientras la llevaba al borde.
—Mírate —susurré con voz ronca—. Sigues siendo mía. Sigues deshaciéndote por mí.
—No pares —suplicó con voz ronca y entrecortada.
Se corrió con un gemido suave contra mi boca, contrayéndose alrededor de mis dedos como si hubiera contenido ese orgasmo durante seis años.
Entonces la besé en los labios: lento, sucio, dulce.
Apenas tuvimos tiempo de arreglarnos antes de que el camarero saliera con la cuenta.
Skye se rio como la chica que yo conocía antes, sonrojada y radiante, y volvió a la mesa con el vestido un poco torcido.
—Eres peligroso —susurró con las mejillas encendidas.
—Y tú vales cada segundo de peligro —dije, y le tomé la mano mientras salíamos a la noche.
Por una vez, no éramos el Royal Bastard y la chica que le rompió el corazón.
Éramos solo dos personas que volvían a enamorarse.
Habían pasado unos días desde lo de la azotea.
Desde que volví a saborear su risa... y otras cosas.
Skye y yo estábamos encontrando nuestro ritmo, pero era como afinar una guitarra que había estado demasiado tensa durante demasiado tiempo: cada nota necesitaba un manejo cuidadoso.
Cada conversación, cada caricia, tenía peso.
Aun así, ella lo hacía más fácil. Hacía que pareciera que quizá no lo habíamos perdido todo.
Jackson siempre era el ancla. El hilo que nos unía más cada día, incluso cuando las palabras fallaban.
Por eso estaba en mi cocina el jueves por la mañana, con el café en una mano y el móvil en la otra, escribiéndole.
Yo:
¿Qué hacéis el pequeño y tú el sábado?
Los puntos empezaron a bailar en la pantalla de inmediato.
Skye:
Ni idea todavía. ¿Por qué?
He pensado que quizá sea hora de una salida en familia. Solo nosotros. Sin MC. Sin dramas de Northport. Solo nosotros tres.
Skye: Me encantaría. A Jackson también.
Solté el aire que, sin darme cuenta, había estado conteniendo.
El sol apenas despuntaba cuando aparqué frente a su casa.
Skye salió con unos vaqueros ajustados, un jersey color crema y unas botas que parecían sacadas de Pinterest. Jackson iba a su lado con una camisa de franela a cuadros y un gorro, sujetando una pequeña taza reutilizable llena de chocolate caliente.
Apenas podía mirarla sin sonreír. Los dos parecían... míos.
Se sentó en el asiento del copiloto; Jackson iba detrás, con el cinturón abrochado.
—¿Has traído algo para picar? —bromeé mientras arrancaba.
—Por favor —dijo con una sonrisa de suficiencia—. Soy madre. Llevo aperitivos, toallitas, tiritas, una sudadera de repuesto y un bote de ibuprofeno de viaje.
Me reí.
—O sea que voy servido.
—Siempre —dijo con dulzura.
El huerto de calabazas era una estampa perfecta de otoño. Hojas doradas esparcidas entre hileras de calabazas naranjas, rojizas y blancas. Los niños correteaban entre fardos de heno, y el aroma a canela y sidra caliente flotaba en el aire.
Jackson salió disparado hacia el laberinto de maíz, gritando sin volverse:
—¡Vamos, tortugas!
Skye puso los ojos en blanco.
—Eso lo ha sacado de ti.
Le cogí la mano.
—El carácter lo ha sacado de ti.
Sonrió, pero la sonrisa le tembló en las comisuras.
Recorrimos el laberinto, nos reímos hasta que nos dolieron los costados cuando Jackson intentó «guiarnos» y nos perdió sin remedio, y al final nos dejamos caer en un carro de paseo tirado por dos caballos castaños.
Skye se apoyó en mi hombro mientras Jackson se sentaba entre nosotros, parloteando sin parar: la escuela, sus chuches favoritas de Halloween...
Era doméstico. Simple.
Era todo lo que siempre había querido.
El restaurante al que fuimos después era un local escondido que recordaba del instituto: reservados retro, patatas fritas cortadas a mano y los mejores batidos de la zona.
Nos sentamos en un reservado junto a la ventana.
Skye pidió un sándwich de queso fundido y sopa. Jackson quería una hamburguesa «tan grande como la mano de papá». Yo pedí chili con carne y una cerveza.
Hablamos del proyecto del cole de Jackson, un diorama de volcán, y Skye prometió ayudar a pintarlo mientras yo me encargaba de la parte de la explosión.
—¿Por qué tú te llevas la parte divertida? —dijo entre risas, con el sándwich en la mano.
—Porque soy el padre divertido —dije guiñándole un ojo.
Jackson se rio con la boca llena de patatas.
—¡Los dos lo sois!
Su mirada se encontró con la mía. Había ternura en ella. Y arrepentimiento. Pero, más que eso, había algo nuevo.
Después del almuerzo fuimos al rancho. Jackson quería enseñarme sus habilidades de vaquero.
Skye, que antes detestaba el lugar, me dijo que cada vez lo siente más como su hogar.
Todo gracias a Cal. Canalizó su culpa en tableros de Pinterest y en convertir aquello en un hogar.
El maldito necesitaba una novia. Joder, después de mí es el soltero más cotizado.
En cuanto bajé de la camioneta, supe que algo iba mal.
Demasiados guardias. Demasiadas miradas de reojo. ¿Y Cal? Solo apretaba la mandíbula así cuando la cosa estaba a punto de irse a la mierda.
—Quédate cerca —le murmuré a Skye mientras alargaba el brazo hacia el asiento trasero para desabrochar a Jackson. Mantuve la mano en su espalda, protegiéndola, mientras nos acercábamos al porche.
Cal me salió al encuentro a mitad de las escaleras. Su rostro, normalmente curtido por el sol y afable, parecía tallado en piedra.
—Tenemos que hablar —dijo en voz baja—. Adentro.
—¿Por qué siento que ya he vivido esto antes? —murmuré entre dientes, mirando hacia el establo justo cuando los caballos volvían a revolverse nerviosos, con las orejas en alerta. Déjà vu. A lo lejos se levantaban nubes de polvo.
Edge y River llegaron a toda hostia, con los motores rugiendo y las motos escupiendo grava. Se me encogió el pecho.
Jackson señaló.
—¡Son el tío Edge y el tío River! ¿También vienen a comer?
Skye le revolvió el pelo y sonrió, pero me miró a los ojos y lo vi: ella también lo notaba.
Colton apareció por un lado de la casa con los brazos abiertos.
—Ven aquí, campeón. ¿Quieres ver a la potranca nueva? Es bravísima.
A Jackson se le iluminó la cara al instante.
—¿Puedo ponerle nombre?
—Depende de lo que se te ocurra —se rio Colton, echándome una mirada rápida que no me pasó desapercibida.
Asentí.
—Adelante. Pero no salgas del establo.
Skye vaciló.
—¿Estás seguro?
—Te llamo en un minuto —le apreté la mano con suavidad—. Te lo prometo.
Cuando desaparecieron tras la esquina, me volví y seguí a Cal al estudio. River y Edge venían justo detrás.
No nos sentamos.
River se apoyó en la repisa de la chimenea, con los brazos cruzados y el gesto serio. Edge cerró de un portazo detrás de nosotros.
Cal fue directo al grano.
—Clarissa se ha ido completamente de la olla.
—Eso no me sorprende —gruñí.
—Esta vez es más que intrigas y llamadas venenosas —dijo Edge—. Está en la ruina total. Cuentas congeladas. ¿El fideicomiso que dejó tu padre? Vacío.
—Y una mierda —espeté—. Siempre hay dinero. Siempre tiene un as en la manga.
—Ya —dijo River con sorna—. Este as tiene acento español y conexiones con el cártel.
Se me revolvió el estómago.
—Se buscó a un príncipe del cártel venido a menos, jugando a rey jubilado en la Costa del Sol —dijo Edge—. Lo sedujo. Le mintió sobre por qué tú y los chicos la repudiasteis. Lo convenció de que es una pobre madre traicionada por su propia sangre.
Apreté la mandíbula.
—¿Qué está haciendo él?
—Financiando a un MC rival —dijo Cal con gesto sombrío—. Uno con el que ya nos hemos cruzado. Los Buitres Negros de El Paso.
—Joder —murmuré mientras me acercaba a la ventana—. ¿Cuál es el plan? ¿El ganado? ¿Envenenar los pozos?
—Aún no lo sabemos —dijo River—. Pero han estado merodeando. Podrían ir a por el Clubhouse. O el rancho. Pero con su obsesión por destruirte, y todo lo que sabe... Skye es un objetivo prioritario.
Me volví despacio.
—Siempre estuvo obsesionada con Skye —dijo Edge—. La culpó de apartar a su niño de oro del camino que ella había trazado.
—Le apuntó con una pistola a Skye —murmuré—. La amenazó a ella y al bebé. Tendría que haber sabido que esto no acabaría nunca.
—JD —Cal se acercó—, tenemos que sacarla de aquí. Esta noche. Llevarla a un sitio seguro.
Solté el aire. El peso de la locura de mi madre me oprimía el pecho.
—Ya agotamos la casa franca de las montañas. La mandaré de vuelta a Nuevo México. Se quedará en el Clubhouse. Guardias armados. Estilo Fort Knox.
—No le va a gustar —dijo River.
—Me importa una mierda lo que le guste. Es mía, y la voy a proteger.
Edge me miró fijamente.
—¿Ella lo sabe? ¿Que vuelve a ser tuya?
No respondí. No porque no quisiera.
Sino porque aún había demasiadas variables en el aire, como metralla.
Esto ya no era solo la venganza de una madre. Esto era la guerra. Y en la guerra proteges lo que amas, aunque eso implique encerrarlo tras puertas de acero.
Aunque te odien por ello.