Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Cuarenta

JD

Había tres cosas de las que estaba seguro en ese momento:

Uno: Jackson acababa de devorar un sundae triple como si fuera un concurso de comer.

Dos: Evie llevaba esa camiseta de tirantes roja a propósito.

Tres: Skye iba a besarme o a matarme antes de que acabara la noche.

La tensión crepitaba como cables pelados por todo el patio de la heladería. Ninguna hoguera le llegaba a la suela del zapato al calor en los ojos de Skye cuando salió de ese baño, con los hombros erguidos como una maldita guerrera.

Y tal vez me merecía ese fuego.

Pero demonios… qué bien se sentía.

Evie se inclinó un poco más en el banco a mi lado, con una risa suave y baja, mientras me limpiaba una mancha de helado de la mandíbula con la servilleta. No se me escapó. Ni a Skye tampoco, apostaría.

—Tienes virutas en la cara —bromeó Evie, lanzándome un guiño que había tumbado a cien hombres antes que a mí—. ¿Quieres que te las lama?

Solté una risa y me eché hacia atrás solo un poco. No lo suficiente para resultar grosero. Pero lo suficiente.

—No hace falta —dije, mirando a mi hijo, que ahora intentaba equilibrar una cuchara en la nariz—. Creo que mi hijo ya nos entretiene bastante a todos.

La sonrisa de Evie vaciló. Era guapa. Ese no era el problema.

Piernas bronceadas cruzadas, botas de motociclista bien ajustadas, melena oscura que le caía por la espalda como una tormenta.

Era el tipo de mujer que gritaba problemas y sabía a tequila.

Con ella no había cargas. Ni pasado complicado. Ni desamor.

Solo sexo. Viajes rápidos en moto. Y paz.

Pero paz no era lo que había conocido con Skye.

La paz no era lo que hacía que la sangre me hirviera y el alma me gritara «mía».

Skye estaba sentada al otro lado del patio, callada, con los labios apretados y los brazos cruzados como una fortaleza. Las gafas de sol le ocultaban los ojos, pero aún podía sentirlos clavados en mí. Observando. Midiendo. Sangrando.

Tenía todo el derecho a odiar esto. A odiarme.

Pero no intentaba hacerle daño.

Bueno. Tal vez sí.

Solo un poco.

Porque necesitaba que recordara lo que se sentía. Que viera cómo era cuando otra persona deseaba lo que una vez fue suyo. Que se preguntara «¿y si...?».

Fue ella quien se largó, no yo.

Me agaché y le revolví el pelo a Jackson.

—¿Estás bien, campeón?

Asintió con la cuchara pegada a la nariz.

—¡El tío Cal dice que mañana puedo volver a montar a Blackie!

—¿Ah, sí?

—Sí. Pero mamá dice que todavía no puedo galopar.

—Seguro que tiene razón.

Sonrió. Y Dios, tenía su sonrisa. Me destrozaba el pecho cada maldita vez.

El patio bullía de risas y bromas del MC. Regan y Amber recogían servilletas como soldados. Colton bromeaba con hacerle un tatuaje a Jackson. ¿Y Edge? Fingía no estar cotilleando desde la esquina mientras le tenía la mano puesta en el culo a su mujer.

Y luego estaba Skye. Quieta. Callada. A punto de estallar.

Por fin se levantó, despacio y con determinación, y se acercó. El vestido de verano le bailaba alrededor de las rodillas con la brisa, y esa melena pelirroja le atrapaba la luz como un incendio.

—Hola —dijo con una voz demasiado tranquila.

—Hola —respondí, tenso.

—Creo que me voy a ir. Mañana Jackson tiene faenas en el rancho, y ya es tarde.

La miré. La miré de verdad. Tenía los labios suaves y rosados, mordisqueados por los nervios hasta dejarlos en carne viva. Le temblaban ligeramente los brazos. Y odiaba ser yo la causa.

—¿Quieres que vuelva contigo?

Se le tensó la mandíbula.

—Estás ocupado.

Le agarré la muñeca con suavidad antes de que pudiera alejarse.

—Skye...

Se inclinó hasta quedar a un palmo de mi cara y susurró:

—¿Querías que ella viera que todavía te deseo? Misión cumplida.

Y se fue, con el taconeo resonando en el patio como disparos en mi cerebro.

Evie la vio alejarse y arqueó una ceja.

—¿Es tuya?

—Depende del día —murmuré.

Pero siempre lo sería.

Ese era el problema.

Skye se alejó como si no acabara de matarme con un susurro. Como si sus palabras no me hubieran atravesado el cuero del chaleco hasta clavárseme en las malditas costillas.

«¿Querías que ella viera que todavía te deseo? Misión cumplida».

Sí. Misión cumplida.

Ni siquiera se dio la vuelta.

Evie se removió a mi lado mientras lamía una mancha de chocolate de la cuchara, fingiendo que no acababa de presenciar todo un baño de sangre emocional en un patio lleno de moteros y globos de cumpleaños.

—¿Vas a ir tras ella?

No contesté.

Suspiró, se levantó y se alisó los vaqueros ajustados con las manos.

—¿Me acompañas al coche?

Dudé lo justo para que fuera una elección y me levanté.

—Sí. Claro.

La grava crujía bajo nuestras botas mientras caminábamos hacia el aparcamiento lateral, dejando atrás filas de camionetas y motos, con la brisa tardía del desierto acariciándome fresca el cuello.

—Te tiene en un puño —dijo Evie—. Debe de ser agradable.

La miré de reojo. —¿Y eso qué quiere decir?

Evie se detuvo junto a su coche, se cruzó de brazos y ladeó la cadera. —Lo que digo es que... ella huye, desaparece, se lleva a tu hijo, y aun así vuelve a hacerse la víctima. Se te mete en la cabeza otra vez como si nunca se hubiera ido.

Se me tensó la mandíbula. —No es tan simple.

Evie se acercó más y bajó la voz. —No, JD. No lo es. Tú y yo nunca tuvimos una oportunidad real. No porque no conectáramos. Sino porque ella te ha perseguido como un maldito fantasma desde el primer día.

Me puso una mano en el pecho con suavidad. —Pero después de esa última llamada... Después de que me contaras la verdad... me pregunté: ¿por qué Skye se lleva todas tus segundas oportunidades... y yo no?

La miré fijamente, partido en dos.

Evie se inclinó y me dio un beso suave en la mandíbula, prolongado, casi suplicante.

—No soy ella. Nunca lo seré —susurró—. Pero estoy aquí. Y no estoy rota. No huyo. No miento. Sería una mujer estupenda para ti y una madrastra estupenda para tu hijo.

No respiré.

Retrocedió. —Piénsalo. Cuando vuelva a quemarte, y los dos sabemos que lo hará, yo seguiré aquí.

Abrí la boca. La cerré.

Y por fin: —Lo estoy intentando... por Jackson. A ver si Skye y yo podemos reconstruir algo.

Evie parpadeó, y el dolor le cruzó la mirada como una nube tapando el sol. Pero no lloró. No gritó.

Solo asintió. —Entonces espero que funcione. De verdad.

Abrió el coche, se deslizó dentro y cerró la puerta con un clic definitivo. El motor arrancó. Los faros se encendieron. Y se fue.

Me quedé allí, en el aparcamiento de grava a oscuras, con la mandíbula apretada, el corazón hecho pedazos, preguntándome qué demonios estaba haciendo.

Skye no me vio irme con Evie. No supo que volví solo.

Que se lo pregunte.

Que lo sienta.

El móvil se iluminó a las 12:13 de la madrugada.

Skye.

Se me retorció el estómago y el pulgar respondió antes de que me diera cuenta. —¿Qué pasa? ¿Está bien?

Silencio durante un segundo. Luego su voz, suave, temblorosa.

—Está bien.

Me dejé caer contra el cabecero y me pasé la mano por la cara. Solté todo el aire. —Joder, Skye. Me has dado un susto de muerte.

—Lo sé —susurró—. Lo siento. Es que... no sabía si responderías si no.

Cerré los ojos y me mordí la respuesta cortante que casi se me escapó. No se equivocaba. Últimamente me había encargado de que solo habláramos cuando no me quedaba más remedio. Con Jackson delante. Con gente alrededor.

Nunca así.

Nunca solos los dos.

—¿Por qué has llamado? —pregunté, con la voz más áspera de lo que pretendía.

No respondió enseguida.

Entonces, casi en un susurro, dijo: —Necesito que dejes de apartarme, JD.

Se me paró el corazón.

—¿Este juego al que llevamos jugando? ¿Las sonrisas educadas? ¿Los roces que no llegan a nada? ¿Tú buscando excusas cada vez que intento hablar de lo nuestro? —Se le quebró la voz—. Estamos dando vueltas en círculos y me está matando. No llamo para discutir. Llamo porque todavía te quiero.

Dios.

Me froté el pecho, donde se me acumulaba el dolor. Cada maldita palabra me desgarraba.

—Si no puedes perdonarme hoy —dijo—, quizá puedas mañana. O la semana que viene. Me da igual cuánto tarde, JD. Pero se acabó fingir que esto que hay entre nosotros ya no existe.

Tragué con dificultad, mirando el techo como si allí hubiera alguna respuesta.

Siguió hablando.

—No te pido todo. Todavía no. Solo una noche. Una oportunidad de verdad. Una cita. El fin de semana que viene. Tú y yo. Sin distracciones. Sin club, sin llamadas, sin escondernos detrás de nuestro hijo como si fuera un escudo.

—Skye...

—Sé que te hice daño. Y puede que no estés listo para abrir esa puerta otra vez. Pero estoy al otro lado. Esperando. Dispuesta. Todavía tuya, si me quieres.

Soltó un suspiro.

—Tenía que decirlo en voz alta. Porque no quiero mirar atrás y arrepentirme de haberme quedado callada cuando todavía tenía algo por lo que luchar.

Tenía la garganta como si me la hubieran lijado en carne viva.

El silencio se extendió entre nosotros, lleno de todo lo que no sabía cómo decir.

No pidió una respuesta.

No suplicó.

Solo lo dejó ahí.

Y antes de que pudiera encontrar las palabras, añadió, con la voz apenas audible:

—Buenas noches, JD.

Clic.

Colgó.

Y me quedé ahí sentado, con el teléfono en la mano como si pesara cien kilos, preguntándome por qué demonios era más fácil enfrentarme a soldados del cartel que dejar que la mujer a la que aún amaba volviera a mi corazón.