Capítulo
Cuarenta y uno
SKYE
No estaba nerviosa. Al menos, eso me repetía mientras me plantaba frente al armario, mordiéndome el interior de la mejilla y descartando un conjunto tras otro como si fuera a presentarme a The Bachelor.
No iba de sexo. No iba de recuperar a JD solo para demostrarle algo a Evie.
Iba de recordarle que éramos más que pasión y desamor. Que hubo un tiempo en que nos divertíamos. En que nos reíamos. Que nuestro amor solía respirar libre y salvaje como un mustang galopando entre los vientos del cañón.
Así que elegí unos vaqueros oscuros, una camiseta de tirantes verde oliva que me favorecía los hombros y una camisa de franela para atármela a la cintura.
Le pregunté a Siri —sí, literalmente le pregunté a Siri— «ideas de citas divertidas y poco convencionales en Santa Fe», y después de darle al scroll un rato, di con una que gritaba nosotros: un tour en Jeep todoterreno por el Cañón del Diablo.
Le dije a JD que se pusiera botas y algo que no le importara ensuciar. Me respondió con un emoji de pulgar arriba sospechoso y «Más te vale que no me estés arrastrando a una clase de yoga con cabras».
Cuando llegué a su casa, ya estaba fuera apoyado en su camioneta negra, con los brazos cruzados, camiseta blanca, vaqueros negros, botas y gorra hacia atrás. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que juro que casi me provoca una arritmia.
—¿Conduces tú? —preguntó, con esa sonrisa de encanto perezoso que solía deshacerme en segundos.
Agité las llaves.
—Sí, sube.
Arqueó una ceja y se subió a mi camioneta usada sin decir nada más. Juro que hasta la forma en que se abrochó el cinturón rezumaba masculinidad.
Regan tenía a Jackson por el día —que Dios los ayudara a los dos— y JD seguía nervioso, mirando el móvil cada cinco minutos al principio. Le dije que íbamos a estar desconectados unas horas y que confiara en Regan.
—Es una auténtica dura —le recordé—. Una vez le cantó las cuarenta a un teniente del cartel por llamarla «mami».
Se rio y por fin se acomodó en el asiento.
—Vale, nena. Enséñame lo que tienes.
Conduje hacia el norte, saliendo de Santa Fe, dejando atrás pinos piñoneros retorcidos y vallas de ranchos polvorientos hasta llegar al Cañón del Diablo.
Nuestro guía, un hombre curtido por el sol llamado Rory, con más tatuajes que dientes, nos recibió con una sonrisa y una nevera llena de botellas de agua.
—Me seguiréis en vuestro Jeep durante unos dieciséis kilómetros —dijo Rory—. Luego iréis a pie por el cañón estrecho. El mirador panorámico está justo después. Perfecto para fotos... o lo que sea que hagan las parejas.
JD tosió.
—Solo venimos por las vistas, tío.
No se me escapó el destello de calor en su mirada.
El Jeep rebotaba sobre rocas y arroyos. Me agarré a la barra antivuelco y solté una carcajada cuando JD alargó el brazo para sujetarme, con su mano grande y cálida sobre mi muslo.
El sol caía a plomo, pero el viento nos azotaba el pelo mientras subíamos.
Era como una aventura, como algo real —como nosotros, antes de que la vida se complicara.
En un punto del camino, llegamos al muro de petroglifos. JD se quedó en silencio frente a los antiguos grabados —espirales, manos, flechas— tallados en piedra más vieja que el pecado.
—Es como si viajáramos en el tiempo —dije.
Me miró.
—Me acuerdo de esto... Solíamos perseguir estrellas, no consecuencias.
Se me cerró la garganta.
Caminamos por el cañón estrecho de la mano.
No dijo mucho, pero sus dedos se curvaron protectoramente alrededor de los míos, como si recordaran cómo encajar.
En el mirador, encontramos una roca plana donde sentarnos, con las piernas colgando sobre una vasta extensión de desierto ocre salpicado de arbustos y montañas rojizas a lo lejos.
—¿Planeaste todo esto? —preguntó, dándome un golpecito con el hombro.
—Quería que vieras que soy más que disculpas y errores.
Giró el rostro hacia mí, la sombra de su mandíbula oscura y áspera, el brillo de sus ojos indescifrable.
—Siempre lo fuiste.
El silencio nos envolvió, pero no era incómodo. Era de esos que dicen que quizás —solo quizás— todavía hay futuro. Algo que aún no se ha echado a perder.
—¿Quieres saber la verdadera razón por la que elegí este lugar? —pregunté.
Arqueó una ceja.
—Porque es donde las cosas perdidas hacen eco. Dicen que los sonidos no mueren aquí, solo rebotan hasta que alguien los escucha.
Se le cortó la respiración.
—Entonces escuchemos, Red.
Asentí.
No nos besamos. Todavía no. Pero la tensión se enroscaba como humo entre nosotros.
Y lo sabía —simplemente lo sabía— algo estaba cambiando.
Allí, en plena naturaleza, donde los corazones rotos vienen a respirar de nuevo.
El cielo se teñía de naranja y malva cuando llegamos a la cresta.
El viento me agitaba el pelo mientras extendía el picnic sobre una repisa de arenisca plana que daba al horizonte infinito.
Lo había preparado todo con cuidado —elegante pero sin pretensiones, justo como esperaba que pudiera ser esta nueva versión de nosotros.
Una caja de aperitivos con embutidos, dos botellas heladas de cerveza artesanal junto a agua con gas, y unas hamburguesas gruesas y jugosas que había preparado yo misma esa mañana a la parrilla y envuelto bien en papel de aluminio.
JD me observaba con los brazos cruzados, apoyado en la roca, con una leve sonrisa asomándole a los labios, como si no acabara de creerse que yo fuera real.
—¿De verdad has preparado todo esto?
Sonreí.
—Te dije que tenía capas.
Se dejó caer a mi lado y abrió una de las cervezas.
—Siempre has tenido capas. Solo que no me tomé el tiempo necesario para ir descubriéndolas como debía.
Comimos en un silencio cómodo. Los grillos cantaban y, a lo lejos, un halcón planeaba sobre los acantilados color óxido. Cuando desapareció el último bocado, JD se tumbó con los talones de las botas cruzados mientras el viento del cañón le agitaba la camisa.
—Entonces —dijo—, Carolina del Norte. ¿Qué tal te fue?
Dudé mientras pasaba el dedo por el borde de mi botella de agua.
—No fue fácil. Pero... sí. Me labré una vida. Saqué un título de formación profesional, llegué a ser jefa de oficina y trabajé duro. Conseguí ahorrar algo para Jackson.
Se volvió para mirarme de frente, entornando los ojos con una mezcla de admiración y dolor.
—Hiciste todo eso sola.
—No del todo sola. Malik y la abuela me echaron una mano. Pero nunca quise tu dinero, JD.
—Lo sé —dijo con suavidad—. Pero que te quede claro: Jackson y tú no vais a tener que preocuparos nunca más.
Me ardieron las mejillas.
—No es por eso que yo...
Negó con la cabeza.
—No hace falta. Ya te he dicho que lo sé.
El silencio incómodo que siguió solo se rompió cuando saqué una bolsita de almendras con chocolate.
—También aprendí a cultivar un huerto. En serio: tomates, calabacines, hasta melocotones en macetas. Y me enganché a un juego de palabras en el móvil. Word Blocks. Estoy bastante segura de que soy una genia.
JD soltó una risa grave.
—Skye Northport. Reina de las frutas y los pasatiempos.
Me encogí de hombros con gesto juguetón.
—Jackson y yo fuimos a Nueva Inglaterra unas Navidades. Quería que tocara la nieve. Que la probara. Hicimos muñecos de nieve. Pillé una congelación. Fue perfecto.
Su sonrisa se desvaneció y las sombras de su rostro se acentuaron.
—Mi madre me contó la verdad. Sobre mí. Que ni siquiera soy un Northport de sangre.
Alargué la mano y cubrí la suya con la mía.
—JD...
—Me lo soltó como si nada. Como tirarme una copa a la cara. No me enfadé por no formar parte de ese legado; me enfadé porque todo el tiempo que pasé intentando complacerla, intentando encajar, fue una mentira.
—¿Quieres encontrarlo? —pregunté con delicadeza—. ¿A tu padre biológico?
Asintió una vez.
—Ya he contratado a un detective privado. Pero resulta que era del Creed MC. Desaparecido hace tiempo. Puede que muerto. Da igual. Los Royal Bastards son mi familia ahora. Esta doble vida que llevo, traje y corbata de día, crimen de noche... me va como anillo al dedo.
Se levantó el viento, agitando los bordes de mi blusa. La mirada de JD se posó en mi clavícula, y lo sentí: eléctrico, como un fuego lento.
—Has cambiado —murmuró—. Pero... en realidad no. Sigues siendo la chica que me vio antes que nadie.
—Y tú sigues siendo el chico que me dio el primer hogar que conocí.
Se inclinó entonces, rozándome la mejilla con los dedos.
—Tú eres mi hogar, Red.
Su beso fue suave al principio, reverente. Luego su mano se deslizó hasta mi nuca, atrayéndome hacia él. Se me cortó la respiración, y en sus labios probé calor, perdón y años de arrepentimiento.
—Quiero ir despacio —susurré—. Quiero cenas tardías y llevar a Jackson al cole y un millón de cosas normales y aburridas contigo.
Apoyó su frente contra la mía.
—Lo tendremos. Todo.
Mientras el sol se hundía tras el borde del cañón, permanecimos abrazados en aquella roca, el mundo en silencio a nuestro alrededor, y por fin creí que quizá tendríamos nuestra segunda oportunidad.