Capítulo
Treinta y Nueve
SKYE
El aroma de la hierba recién cortada se mezclaba con el olor a mantequilla de las palomitas y los perritos calientes del puesto de comida.
El sol se ocultaba tras las montañas del desierto, bañando el campo de las Ligas Menores en un cálido tono dorado, mientras los niños con camisetas que les quedaban enormes correteaban por las bases como si fuera la Serie Mundial.
El polvo se levantaba con cada paso, y el sonido de los bates de aluminio golpeando las pelotas reverberaba en el aire cálido.
Me senté en silencio en las gradas metálicas, con las gafas de sol caladas, ocultando mucho más que el resplandor.
Porque lo que no podía ocultar era el dolor que sentía en el pecho.
JD estaba en el plato con una gorra de entrenador azul marino, agachado, hablando con Jackson, que se parecía tanto a él que se me cortaba la respiración.
La misma mandíbula obstinada, los mismos ojos intensos.
Mi hijo lo miraba radiante, como si JD fuera su héroe.
JD le devolvió la sonrisa con un choque de manos y una palmada en el casco, luego se giró y dio al resto del equipo un discurso motivador antes de que salieran corriendo al campo.
Todo el club de moteros Royal Bastards MC llenaba las gradas como si fueran los dueños del lugar: Edge con los brazos cruzados, estoico pero orgulloso.
Tarak con un chaleco de cuero sobre una camiseta de béisbol, echándose palomitas a la boca y abucheando al árbitro en broma.
River apoyado en la valla, con las gafas de sol en la frente y una media sonrisa en los labios, como si acabara de apostar dinero a que el equipo de Jackson ganaría.
Incluso Colton y Cal estaban allí, con sombreros vaqueros y todo, saludando a Jackson cada vez que miraba hacia ellos.
Eran ruidosos. Eran alborotadores. Y, de alguna manera, encajaban.
Amber y Regan estaban sentadas a mi lado, ambas con gafas de sol oscuras y camisetas de tirantes ajustadas, riendo como si el local del club fuera solo una extensión de las gradas. Regan me pasó un refresco y sonrió con picardía.
—A este partido solo le falta una cosa —dijo con voz burlona.
Arqueé una ceja.
Señaló hacia JD con la cabeza.
—Él sin camiseta. ¿Esos brazos? Madre mía.
—Regan —siseó Amber, riendo, y le dio un codazo—. Deja en paz a la pobre chica.
Sonreí, pero fue una sonrisa tensa. Porque justo entonces, una voz familiar sonó desde la banda, demasiado melódica para ser bienvenida.
Evie.
Su cabello brillaba bajo el sol, ondas oscuras que le caían sobre el hombro como en un anuncio de champú. Se apoyó contra la valla cerca del banquillo, saludando a un niño que gritó:
—¡Tía Evie!
Su sobrino, aparentemente. Pero no era al niño a quien seguía mirando. Sus ojos se clavaron en JD como si estuviera hambrienta y él fuera su próxima comida.
Ella no sabía nada de mí. De Jackson. De la historia escrita en cada mirada entre JD y yo. Solo veía lo que tenía delante: un hombre con el que había salido un par de veces, un hombre que quizá estaba recién soltero.
Se acercó a él con una sonrisa demasiado amplia por algo que JD había dicho. Se me clavaron las uñas en las palmas. No podía oírlos, pero no me hacía falta. Su lenguaje corporal era claro. Lo quería.
Y él no se alejó.
Yo era una extraña al margen de mi propia vida. Un fantasma con gafas de sol, fingiendo que esto no me destrozaba. Regan se dio cuenta. Se inclinó hacia mí y susurró:
—¿Quieres que le derrame un granizado encima «sin querer»? Soy bastante torpe.
Solté una risa ahogada pero negué con la cabeza.
—No vale la pena.
Amber me apretó la mano con suavidad.
—Estás jugando a largo plazo, cariño. Ya tienes lo que ella quiere: su corazón. Solo que él todavía no lo ha vuelto a descubrir.
El partido transcurrió como un sueño febril. Jackson conectó un sencillo, se deslizó hasta la tercera base como un profesional y la multitud rugió. JD lo levantó de la base después de la entrada y lo hizo girar en el aire. Parpadeé para contener las lágrimas tras las gafas. Era demasiado.
Después, alguien gritó:
—¡HELADO!
Y todo el club decidió descender sobre la heladería local como un ejército de cuero, vaqueros y antojos de azúcar.
Nos amontonamos en las camionetas; los niños fueron con Cal y Colton, que los dejaron sacar la cabeza por el techo solar como cachorros.
Regan y Amber fueron con Tarak y River, que discutían sobre si eran mejores los cucuruchos o los sundaes.
Estaba a punto de ofrecerme a ir sola cuando JD se acercó y me preguntó en voz baja:
—¿Vienes?
Dudé.
—¿Estás seguro?
Apartó la mirada, con la mandíbula tensa.
—Por Jackson.
Y de momento, fue suficiente.
La cola de la heladería era un caos: dedos pegajosos, niños chillando por las virutas de colores y botas de motero golpeando el suelo de linóleo.
Jackson estaba en algún lugar del principio con Cal y Colton, discutiendo si dos bolas o tres, mientras JD se inclinaba sobre el mostrador, cameándose a la chica del delantal para que le diera una muestra de cada maldito sabor.
Sentí su presencia antes de verla. Evie.
Puro piernas, cabello brillante y labios rojo fuego.
Llevaba un vestido de tirantes tan ajustado que rozaba lo indecente, y entró como si fuera la dueña del lugar.
Como si tuviera todo el derecho a estar allí junto a JD y sonreírle.
Me hirvió la sangre al verla reírse de algo que él había dicho.
Su mano le rozó el brazo. Fue un gesto ligero. Natural. Y me revolvió el estómago.
Apreté los dientes y me disculpé, con el corazón martilleándome en el pecho. El frío del baño me golpeó como una bofetada. Apoyé ambas manos en el lavabo, intentando respirar.
La puerta crujió detrás de mí.
—Me preguntaba si vendrías a esconderte aquí —dijo Evie con voz cantarina—. ¿Tienes algo que decir?
Me giré lentamente para encararla.
—Sí, de hecho. Aléjate de JD.
Arqueó una ceja, y sus labios rojos se curvaron en una media sonrisa.
—¿Te refieres al JD que abandonaste? ¿Al JD que dejaste sin decir ni una maldita palabra? ¿Ese JD?
Me estremecí, pero sostuve su mirada.
—Me fui para proteger a nuestro hijo. No sabes nada de lo que realmente pasó.
—Claro —se burló, y dio un paso hacia mí—. ¿Y ahora que ha vuelto a tu vida, esperas sin más que todo vuelva a ser como antes? ¿Crees que basta con aparecer con una historia triste y un niño?
Tragué saliva.
—No lo entiendes. JD y yo... hubo un tiempo en que lo éramos todo el uno para el otro.
Evie se inclinó hacia mí.
—Está soltero. Y buenísimo. Y tiene ese punto de hombre herido que me encanta. Me gustan las cosas rotas. Yo las arreglo.
Sonrió con suficiencia.
—Tuviste tu oportunidad, chica. Y la cagaste.
—No voy a pelear contigo —susurré, intentando aferrarme a mi dignidad.
Inclinó la cabeza.
—Deberías. Porque he decidido que lo quiero. ¿Y tú? Vas a tener que luchar con uñas y dientes para recuperarlo.
Sus tacones resonaron mientras se daba la vuelta y se marchaba, dejándome sin aliento, furiosa... y aterrada.
Porque en el fondo, sabía... que no iba de farol.
Me quedé mirando el espejo, intentando calmar la respiración agitada y rabiosa que escapaba de mi pecho. Tenía los nudillos blancos de aferrarme a los bordes del lavabo de porcelana de la heladería. Las palabras de Evie resonaban como un coro de demonios en mi cabeza.
«Está soltero. ¿Y tú? Fuiste la imbécil que lo dejó escapar».
Dios, tenía razón. Quizás no en lo de imbécil. Pero ¿en lo de dejarlo escapar? ¿En no haber luchado lo suficiente?
Al otro lado de la puerta del baño, oía el murmullo grave de la conversación, risas, la voz de JD elevándose por encima del resto mientras bromeaba con Jackson sobre los fideos de colores que había echado en su helado. Sonaba como la vida con la que había soñado cada noche durante seis años.
Y ahora estaba aquí.
Pero no estaba segura de si todavía pertenecía a ella.
La puerta crujió al abrirse y Regan se coló dentro, con su coleta brillante balanceándose a su espalda y la mirada afilada mientras me observaba.
—¿Estás bien, Roja?
Le lancé una mirada.
—¿Estabas escuchando?
Ni siquiera parpadeó.
—¿Crees que voy a dejarte en un baño a solas con Evie? Esa tía ve demasiado Revenge. ¿Qué te ha dicho?
Tragué saliva.
—Que no va a echarse atrás. Que no le doy miedo.
Regan sonrió con suficiencia y cogió las toallas de papel.
—Pues debería.
—No voy a meterme en una pelea de gatas en una heladería.
—No estaba sugiriendo eso —dijo con ligereza, pero había acero en su voz—. Pero sí vas a salir ahí fuera con los hombros hacia atrás, la cabeza alta, y recordarles a todos, incluido JD, que ya no eres una chica asustada escondida en una caravana.
—No sé si todavía me quiere de esa manera —susurré—. No después de lo que hice. De lo que le oculté.
Regan arrugó la toalla y la tiró.
—Todavía te mira como si fueras la octava maravilla. Ese hombre solo está enfadado y confundido. Dale claridad y te seguirá a donde sea.
Me tembló el labio.
—Lo echo de menos. Echo de menos... lo nuestro.
Me agarró de los hombros, obligándome a mirarme en el espejo.
—Entonces ve a luchar por tu familia.
Asentí lentamente. Me sequé las lágrimas. Me alisé la blusa.
Y juntas salimos al cálido crepúsculo del patio de la heladería, donde JD estaba junto al mostrador de helados y Jackson sentado en un banco a su lado, con la barbilla embadurnada de chocolate.
Evie estaba sentada frente a ellos, con las piernas cruzadas, riéndose de algo que había dicho Colton.
JD alzó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos.
El mundo se detuvo por un instante.
Entonces caminé hacia él. Hacia ellos.
Y esta vez, no estaba huyendo.