Capítulo
Treinta y ocho
JD
Debía de estar colocado. Es lo único que tiene algún maldito sentido.
Ni siquiera recuerdo haber dado más de un par de caladas al porro de Tarak, pero conociéndolo, esa mierda probablemente estaba mezclada con su última cosecha casera, o peor aún, con su infame cruce de peyote al que llama «la cuarta dimensión». El tío no se limita a liar porros, diseña experiencias.
Porque nada más explica qué cojones pasó allí fuera.
Un segundo estaba junto al fuego pensando en rellenarme la cerveza.
Al siguiente, Skye estaba debajo de mí —suave, salvaje y real— y yo me corría dentro de ella como si las consecuencias no existieran.
Como si volviéramos a tener dieciocho años, sin cargas, con un manto de estrellas dándonos permiso para reescribir el pasado.
Como si el dolor nunca hubiera existido.
Pero existió.
Y todavía duele, joder.
Por eso no dije nada a la mañana siguiente. No la miré demasiado rato. No le pregunté si quería beicon con sus tortitas mientras echaba sirope extra en las de Jackson. La perfecta unidad familiar.
Qué fácil era ponerme esa máscara cuando había pasado toda la noche desmoronándome en el asiento de atrás.
Ella intentó hablar después. Por supuesto que sí.
Esperó a que Jackson estuviera en el establo ayudando a Cal a dar el biberón a un potro recién nacido, y entonces me acorraló con esa mirada, la que hace que los hombres hechos y derechos olviden hasta cómo se habla.
—JD —dijo en voz baja—. ¿Podemos hablar?
Miré el móvil como si acabara de vibrar. No había vibrado. Pero toqué la pantalla de todos modos, fruncí el ceño fingiendo preocupación y murmuré:
—Tengo una llamada de negocios en cinco minutos.
Apretó la mandíbula y dejó caer los hombros.
Esa pequeña reacción casi me mata.
No pretendía ser cruel. Tampoco pretendía desaparecer de su vida. Simplemente... no podía. Todavía no.
No cuando cada vez que la miraba, el corazón se me quedaba como carne picada. Crudo y pasado por la trituradora.
No me presionó. Nunca lo hace cuando sabe que estoy al límite. Se limitó a asentir y se alejó hacia la casa, con los brazos bien cruzados, el pelo atrapando la luz del sol como una estela de fuego.
Joder, era preciosa.
Joder, cómo odiaba que todavía tuviera ese poder sobre mí.
Así que me centré en Jackson.
Me volcué en ser el mejor padre del mundo. Lo llevé a las jaulas de bateo, le hice tortitas con forma de motos, construí una casa en el árbol con Cal que juré que era «a prueba de tormentas» aunque el techo goteó en la última.
Sonreí más. Me reí más alto.
Hice el papel del tío que lo tiene todo controlado.
¿Pero por dentro? Estaba hecho mierda.
Cada vez que me la cruzaba en la cocina o la veía reírse con Regan en el porche, me partía por dentro. Porque la verdad es que no fue el porro lo que me hizo perder el control esa noche.
Fue ella.
La curva de su mejilla cuando sonreía. Cómo me miraba con esperanza, como si quizá, solo quizá, tuviéramos otra oportunidad.
Y sí, yo también lo sentí.
Lo sentí en cada puta célula de mi cuerpo cuando me hundí en ella y gimió mi nombre como si aún significara algo.
Pero los sentimientos no arreglan lo que está roto.
Necesitaba tiempo. Espacio. La oportunidad de recomponerme antes de siquiera plantearme dejarla entrar de nuevo.
Porque si volvía a abrir esa puerta y ella la cruzaba solo para destrozarme otra vez...
No lo sobreviviría.
Esta vez no.
Así que sí. Me hice el educado. Me hice el tranquilo.
Cada vez que ella empezaba con «¿Podemos hablar de lo nuestro?», tenía una reunión que atender, o novedades del club de parte de River, Tarak o Edge, o alguna excusa preparada que me permitía aplazar lo inevitable.
Vi su frustración. La sentí emanar de ella como el calor.
Pero mejor su frustración ahora que otro desastre que me destrozara después.
¿Verdad?
Eso es lo que me decía cuando me quedaba despierto por las noches pensando en el sabor de su piel y en que ni siquiera pensé en salirme. En la curva de su vientre y en su mirada cuando susurró mi nombre como si fuera una oración.
Eso es lo que me decía cuando la pillé llorando en el lavadero y me fui antes de que me viera allí plantado.
Porque aunque ella todavía tenía mi cuerpo —joder, era suyo—, mi corazón seguía hecho trizas después de haberlo pasado por la batidora.
Y no estaba preparado para entregarle los pedazos solo para ver si volvía a hacerlos añicos.
Me di la vuelta en la cama con un gemido y me pasé una mano por la frente...
La polla me palpitaba, pidiendo alivio mientras revivía los recuerdos de esa noche.
Mañana iba a ser complicado. Jackson tenía su primer partido de béisbol aquí en Nuevo México con su nuevo equipo y, por supuesto, me había apuntado como entrenador principal.
Skye seguro que aparecía con vaqueros ceñidos y botas camperas.
—Estoy jodido —gemí mientras me agarraba la polla, deseando que fuera su mano—. Va a ser una noche larga y solitaria —murmuré, cediendo a la tentación de buscar alivio.