Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Treinta y Cinco

El plan de Regan era una locura. Lo que significaba, naturalmente, que tenía todas las papeletas para funcionar.

¿Su primer paso? Operación Cambio de Imagen.

Me llevó a su estilista, el mismo que le hacía ese rubio platino tan característico y esas uñas afiladas como dagas.

Salí del salón seis horas después con un cabello castaño rojizo tan brillante que resplandecía como oro rojo bajo el sol de Santa Fe.

Mis uñas, esmaltadas en un rosa cremoso.

Mis cejas, moldeadas a la perfección. ¿Y mi piel?

Radiante, gracias a un tratamiento facial que costaba más que el alquiler de mi piso en Carolina del Norte.

Luego vino el vestuario.

Faldas de tubo ajustadas que se ceñían a mis caderas y se subían ligeramente cada vez que me estiraba para coger un archivo.

Blusas de seda y satén con escotes lo bastante pronunciados para provocar.

Tacones de infarto que resonaban en el suelo de baldosas como un metrónomo, atrayendo la atención con cada paso seguro.

No me sentía yo misma.

Me sentía como alguien más valiente. Alguien capaz de entrar en la oficina de los RBMC Santa Fe y enfrentarse al hombre al que había destrozado tantos años atrás.

Y eso fue exactamente lo que hice.

Regan lo había orquestado todo: un nuevo trabajo como gerente de oficina del club. Archivar, programar citas, gestionar facturas y organizar viajes para asuntos del club. Sobre el papel, era legítimo. Pero ambas sabíamos que era una encerrona.

—Estate cerca de él —susurró como el diablo en mi hombro—. Deja que sienta lo que perdió.

¿El problema?

JD apenas me miraba.

Pasaba junto a mi escritorio, asentía una vez y se enterraba en números e informes financieros. Se sentaba en su oficina de paredes de cristal —esas malditas mangas arremangadas mostrando tinta y músculo— y jamás dejaba que su mirada se demorara.

Ni una sola vez.

Pensé que quizá el plan no estaba funcionando.

¿Pero Regan? Regan tenía ojos y oídos en cada pasillo.

—Lo estás volviendo loco —dijo una noche mientras tomábamos copas, con una sonrisa asomando tras el borde de su margarita—. Solo que es demasiado orgulloso para demostrarlo.

Puse los ojos en blanco.

—Ni siquiera se inmuta cuando me inclino sobre su escritorio. ¿Segura de que hablamos del mismo JD?

—Es un Royal Bastard, no un santo —dijo, removiendo su bebida—. Te desea, Skye. Solo te está castigando. Estás en su espacio. Estás en su territorio. Pero dale tiempo. Un fuego así no se apaga... arde bajo las cenizas. ¿Y al final? Explota.

Y que Dios me ayudara... yo quería que lo hiciera.

La mudanza de vuelta a Santa Fe había sido un torbellino.

Logística, papeleo, transferir los expedientes de Jackson, coordinar con los hermanos de JD y los Royal Bastards: todo pasó en un borrón de movimiento y emoción.

Apenas tuve tiempo de respirar, y menos aún de procesar lo que significaba estar de vuelta en el mismo lugar del que una vez huí.

JD me había instalado en una pequeña casa de estilo adobe a solo unos minutos del complejo de los RBMC SANTA FE. Tenía cálidas paredes de estuco, suelos de terracota y amplios ventanales que daban al desierto. Las sombras de los cactus pintaban los suelos cuando se ponía el sol.

El sol del desierto le hacía algo a Jackson que no había visto en Carolina del Norte. Florecía. Como algo salvaje e indomable. Tenía las mejillas doradas, los brazos y piernas fuertes, y su risa —Dios, ese sonido— resonaba por los acres abiertos como si perteneciera a este lugar.

Cal se había encariñado con él al instante.

Lo llamaba «pequeño vaquero» y ya tenía al niño ensillando ponis y lanzando fardos de heno como si hubiera nacido en la montura.

Jackson ahora corría con los caballos, sus piernitas levantando polvo mientras daba gritos y alaridos, persiguiendo al preciado semental negro de Cal, Blackie, por los corrales como si fuera medio potro.

Los observaba desde el porche, con una taza de café enfriándose en las manos, y sentí esa punzada. Esa punzada lenta y profunda de orgullo... y culpa.

Jackson estaba prosperando. Esa prosperidad con la que toda madre sueña.

Pero no era solo la tierra, eran las personas.

Tenía familia aquí. Cal y Colton lo trataban como al hermano pequeño que nunca tuvieron.

JD... JD mantenía las distancias. Profesionalmente cortés.

Frío. Como si esa noche entre nosotros nunca hubiera sucedido. Pero mi cuerpo lo recordaba.

Algunas noches no podía dormir. Me retorcía entre las sábanas de la pequeña casa de adobe. Me daba la vuelta, con los puños apretados en el lino, el corazón desbocado como el de una presa acorralada mientras el recuerdo de su voz me perseguía:

«Mía. Este cuerpo. Esta alma... estos muslos. Todo mío».

Lo había gemido contra mi cuello, embistiéndome con las caderas como si pudiera marcarme desde dentro. Posesivo, furioso, ardiente como el pecado, y yo había deseado cada maldito segundo.

Pero ahora, ni siquiera me miraba. Salvo en esos momentos en que lo pillaba observándome cuando creía que no me daba cuenta.

O cuando su mano rozaba la mía demasiado rato al pasarme archivos.

O la forma en que apretaba la mandíbula cuando me inclinaba sobre su escritorio, fingiendo no notar cómo mi blusa se entreabría justo lo necesario.

Pero no pasaba nada.

Ni besos. Ni exigencias. Ni promesas susurradas.

Solo silencio. Y distancia.

Y el fantasma de un amor que una vez nos consumió a ambos.

Regan juraba que todo era fachada. Que JD se desmoronaba por dentro cada vez que me inclinaba con una de las faldas que ella había elegido.

Tal vez.

Pero cuando pasaba junto a mí en el pasillo, lo único que recibía era un asentimiento seco.

Solo hablábamos de horarios: cuándo lo dejaba, cuándo lo recogía.

Jackson y yo pasábamos tiempo en el rancho los fines de semana hasta que se sintiera lo bastante cómodo para quedarse sin mí.

JD lo recogía del colegio y pasaba con él todo el tiempo que podía.

Sabía que no tardaría en exigir dividir la semana; que Jackson se quedara en la habitación que JD no creía que yo supiera que estaba preparando para un niño de casi siete años en su lujoso ático.

Echaba de menos las noches tranquilas en Carolina del Norte, la paz, pero la culpa seguía ahí.

Nunca se fue. Así que estaba decidida a hacer que estas fiestas fueran las mejores para todos.

El Día de Acción de Gracias lo pasaríamos en Carolina del Norte.

Malik, Shaniqua y la abuela ya estaban planeando el festín.

Un segundo hogar. Una segunda familia. Querían ver a Jackson, abrazarlo, empaparse de la prueba de que todo el infierno que habíamos atravesado había valido la pena.

Pero la Navidad... La Navidad sería aquí. En el rancho. Regan y Amber ya estaban planeando una fiesta gigantesca y exagerada. Estaban arrastrando a toda la banda del RBMC a la finca Northport, convencidas de que el desierto merecía una celebración de proporciones épicas.

Dos mundos colisionando. Carolina del Norte y Santa Fe. El pasado y el presente.

No sabía qué pasaría. No sabía si JD llegaría a perdonarme de verdad.

¿Pero Jackson? Jackson era feliz. Y por ahora, eso bastaba para mantener la cabeza bien alta, aunque mi corazón siguiera latiendo por un hombre que no me había tocado desde la noche en que me recordó cuánto seguía siendo suya.

La mañana siguiente fue más de lo mismo. Nosotros en el rancho con Cal y Colton, y JD en algún lugar de Santa Fe hasta que me marchara.

Bebía mi café a sorbos en el porche delantero, mientras el cielo del desierto se teñía de melocotón y oro con el sol asomando por el horizonte.

Desde el establo, ya oía la voz de Jackson estallar en carcajadas y el barítono de Cal respondiendo, relajado y cálido.

Estaban cepillando a los ponis juntos; Jackson se estaba convirtiendo en todo un chico de rancho, botas incluidas.

Debería haberme llenado de pura alegría.

Pero hoy... solo sentía vacío.

Miré el teléfono, donde el pequeño cursor parpadeante en mi mensaje a Regan parecía burlarse de mí.

Skye: No creo que el plan esté funcionando.

Apenas pasaron unos segundos antes de que apareciera su burbuja, tecleando furiosamente.

Regan: Ay, cariño, el plan está funcionando. Pero JD es demasiado orgulloso para admitirlo. Es hora de la Fase Dos.

Skye: ¿Qué demonios es la Fase Dos?

Regan: Hoguera de otoño. Sábado. Casa club. Ponte los leggings de cuero que dejé en tu armario y ese crop top negro con las tachuelas doradas. Confía en mí.

Skye: No sé...

Regan: Dejamos a Jackson con Cal. A salvo. Querido. Tú apareces, hecha un pecado, y dejamos que los otros chicos del MC revoloteen.

Skye: ¿Los que no conocen nuestra historia?

Regan: Exacto. Enciende la cerilla, Skye. A ver si tu chico arde.

Dejé caer la cabeza hacia atrás contra el poste del porche, la taza caliente entre las manos, el estómago hecho un nudo.

¿De verdad iba a hacer esto?

¿De verdad iba a meterme en la boca del lobo con cuero ajustado y un top que haría que todos los hombres se giraran a mirar, solo para provocar al hombre que no me había tocado en semanas?

Sí.

Porque, joder, lo echaba de menos. Echaba de menos lo nuestro. Echaba de menos cómo solía mirarme como si yo fuera lo único que importaba en el mundo.

Y si esta era la única forma de atravesar esa cabezota suya, entonces quizá merecía la pena.

El sábado por la noche llegó volando.

Jackson no tenía ni idea de lo que su madre iba a hacer esa noche. Me dio un beso en la mejilla, rodeándome la cintura con sus bracitos, antes de que Cal se lo echara a los hombros y se lo llevara a la cama con una linterna y un libro de vaqueros.

Respiré hondo una última vez frente al espejo del baño.

Los leggings de cuero se ceñían a las curvas como si estuvieran pintados.

El crop top negro tenía un escote pronunciado y se ataba por los lados.

El cabello castaño rojizo me brillaba bajo la luz del tocador, en ondas suaves que caían en cascada sobre los hombros desnudos, con los reflejos rojos centelleando como llamas.

Me apliqué un brillo de labios color cereza y me giré de lado. El corazón me latía con fuerza.

No hay segundas oportunidades si no luchas por ellas.

La hoguera de la casa club ya ardía con fuerza cuando llegué.

La música retumbaba. Las botellas tintineaban.

Miembros de capítulos de fuera se paseaban por el aparcamiento de grava, con kuttes desconocidos y caras nuevas.

Vi a River y Tarak junto a una pila de leña, ya con sus cervezas.

Amber me saludó con la mano, y Regan, cómo no, estaba en pleno modo reina del cotarro, reinando como si el lugar fuera suyo.

Me vio, sonrió como el mismísimo diablo y señaló hacia un grupo de moteros altos y musculosos que se reían junto a la hoguera.

—Carne fresca —articuló con los labios.

Genial.

Entré en el círculo de luz con el corazón desbocado, mientras el calor del fuego me lamía la piel. Algunas cabezas se giraron. Luego más. Un silencio lento cayó sobre el grupo más cercano al fuego a medida que, uno por uno, los hombres de los capítulos de Texas, Nevada y Arizona reparaban en mí.

¿Y JD?

Aún no lo veía.

Pero lo sentí.

Esa vibración en el aire. La tormenta que se avecinaba.

Uno de los chicos de Texas —rubio ceniza, alto, con tatuajes que asomaban bajo la camiseta henley— se acercó con una cerveza en la mano.

—¿Eres nueva por aquí, preciosa? —dijo con voz arrastrada, recorriéndome con la mirada.

Le dediqué una sonrisa educada.

—Acabo de volver.

—Bueno, bienvenida a casa.

Me tendió la botella.

—¿Te apetece una?

La acepté. Justo cuando mis dedos rodearon el cuello de la botella, lo sentí.

El calor.

La furia.

El inconfundible crepitar de él.

Giré la cabeza lentamente... y ahí estaba.

JD se encontraba justo al otro lado del fuego, con las llamas proyectándole sombras sobre la mandíbula, como si estuviera tallado en ira y deseo. Vaqueros oscuros. Camiseta negra tensa sobre el pecho. El chaleco colgado de un hombro, las botas plantadas como un depredador a punto de abalanzarse.

Sus ojos, esos ojos tormentosos, clavados en mí. Y en el hombre que estaba demasiado cerca.

Regan se deslizó a mi lado y susurró sin apenas mover los labios.

—Boom.

JD echó a andar.

Lento. Deliberado. Rabia contenida en cada fibra de su cuerpo.

El pobre motero a mi lado ni siquiera se dio cuenta de que estaba a punto de morir.

Contuve la respiración.

JD no se detuvo hasta quedar entre nosotros, de espaldas a mí. Su voz sonó baja y fría.

—Tiene dueño.

El motero levantó las manos.

—No lo sabía. Sin ofender.

JD no se movió. Se limitó a fulminarlo con la mirada hasta que el tipo se esfumó en la noche.

Entonces se volvió hacia mí.

Su mirada me recorrió de pies a cabeza.

—¿Te has puesto eso por él?

No pestañeé.

—Me lo he puesto por mí.

Apretó la mandíbula.

Regan, biendicha sea su alma de manipuladora, desapareció entre las sombras.

¿Y JD?

Se quedó ahí plantado, mirándome.

—¿Crees que esto cambia algo? —dijo con voz ronca.

Me acerqué un paso.

—Creo que significa algo.

Alargó la mano, me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia él. Su voz era fuego y aspereza.

—¿Quieres jugar, nena? Se te ha olvidado quién te enseñó.

Se me cortó la respiración.

Se inclinó hasta rozarme la oreja con los labios.

—El cuero te sienta bien. Pero desnuda te sienta mejor.

Entonces me soltó y se marchó.

Y yo me quedé allí —con el corazón desbocado, la piel ardiendo, la sangre bullendo— sabiendo una cosa con certeza.

La cerilla estaba encendida.

Y el hombre al que amaba estaba ardiendo.