Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Treinta y tres

JD

Llegamos como un circo: forajidos tatuados con botas y vaqueros, rugiendo carretera arriba por Carolina del Norte en un convoy de motos y camionetas. Los Royal Bastards MC nunca fueron de sutilezas. Pero esto... esto no era un simple viaje por carretera. Esto era la historia reescribiéndose.

Regan y Amber iban en el SUV que encabezaba la caravana, riendo como si fueran unas vacaciones de verano. River trajo el whisky, Tarak trajo el caos, y Edge... Edge cargaba con el peso de todo. Sabía lo que esto significaba para mí. Todos lo sabían.

Llegamos al lago, donde Skye había colgado guirnaldas de luces y extendido mantas de picnic bajo los altos pinos de Carolina. El aire era fresco, el cielo abierto y azul, y las risas de los niños rebotaban en el agua como música.

Él estaba allí.

Jackson.

Mi hijo.

Todavía no lo sabía.

Skye se agachó frente a él y le revolvió el pelo mientras abría regalos. Parecía confundido, con el ceño fruncido.

—Pero mamá, ya tuve un cumpleaños.

Skye sonrió con ternura y le acarició la mejilla.

—Lo sé, cariño. Pero este es diferente. Este es por los seis cumpleaños que tu papá se perdió.

Jackson parpadeó, encajando las piezas con esa imaginación que solo un niño puede tener.

—¿Por la historia?

—La historia —dijo ella—. La de la reina malvada. Pero ya la desterraron.

Me quedé paralizado. Las botas clavadas en la hierba, el corazón en un puño.

Skye añadió con suavidad:

—¿Y el príncipe? Ha vuelto. Así que podemos ir a casa.

Quería caer de rodillas.

Pero Jackson negó con la cabeza y se encogió de hombros.

—Pero si ya estoy en casa.

Casi me derrumbo.

Entonces Cal intervino y cortó el momento con su encanto vaquero de siempre. Se arrodilló frente a Jackson y sacó el móvil.

—¿Te gustan los caballos, chico?

A Jackson se le iluminaron los ojos.

—Sí.

—Este de aquí es Blackie —dijo Cal mientras le enseñaba una foto de su semental premiado—. El caballo más rápido del rancho.

A Jackson se le ensanchó la sonrisa de oreja a oreja, y Cal soltó una carcajada.

—Soy tu tío Cal. Y este payaso de aquí al lado es tu otro tío, Colton.

—Hola, campeón —dijo Colton mientras le revolvía el pelo—. Me han dicho que eres el nuevo sheriff del pueblo.

Uno por uno, fueron acercándose.

Tarak le dio a Jackson un cuchillo de madera tallado.

—Si alguna vez tienes que luchar contra dragones, con esto te apañas.

River le dio una pequeña moto de juguete.

—Algún día montarás una de verdad. Al fin y al cabo, llevas sangre real.

Edge fue el último. Se arrodilló y le ofreció el puño.

—Soy Edge. Yo le enseñé a tu padre a dar puñetazos.

Jackson le chocó el puño y se echó a reír.

Entonces la gente se apartó. Un silencio se extendió por el césped.

Y allí estaba yo.

A tres metros.

El corazón me latía como si estuviera en un combate de MMA.

Me miró.

Ojos que eran el espejo de los míos. La barbilla testaruda de su madre. Algo dentro de mí se rompió y sanó a la vez.

No sabía qué decir.

—Hola —dije con la voz ronca—. Soy...

—Eres mi papá —susurró Jackson, como si ya lo supiera.

Y entonces echó a correr.

Directo a mis brazos.

Uno por uno, los Royal Bastards me fueron dando palmadas en la espalda, murmurando felicitaciones a su manera, como si acabáramos de rematar un curro. Un curro de seis años. Edge sacó un paquete de puros como si fuera un anuncio de nacimiento. Y en cierto modo lo era.

Regan no se quedó atrás. Disparó un pequeño cañón de confeti y sacó de su bolso una caja con la etiqueta «¡Es un niño!», con todos los adornos de fiesta en azul marino y plateado.

Me reí y sentí que el nudo en el pecho por fin se aflojaba. Por una vez, no pensaba en lo que había perdido. Solo en lo que había encontrado.

Skye había montado una pantalla de proyector al aire libre, colgada entre dos pinos altos, con el móvil conectado.

Uno por uno, años de recuerdos perdidos fueron desfilando por el lienzo como una película para la que nunca había comprado entrada.

El primer diente de Jackson, sus primeros pasos, tarjetas de cumpleaños pintadas con los dedos.

Vi a mi hijo crecer en fragmentos de diez segundos, y cada uno me atravesó el alma.

Tarak había organizado un espectáculo de fuegos artificiales que iluminó el lago como en las fiestas del pueblo. Los estallidos resonaron entre los árboles. Todo un espectáculo. Así funcionaban los Bastards.

Los capítulos locales del MC fueron apareciendo como manadas de lobos: arrastraban parrillas, abrían barriles, descargaban regalos con lazos que quedaban ridículos sobre camiones de juguete y cajas de aparejos de pesca.

Pero nada de eso era ridículo. Era familia.

De la que no viene por sangre, sino por lealtad.

Encontré a Skye sentada en un tronco cerca del agua, con la luz del fuego pintándole las mejillas de dorado. Me senté a su lado, sin tocarla, mirando a Jackson correr en círculos con una bengala en la mano, muerto de risa, como si no acabara de conocer a la mitad de su familia.

—Gracias —dije—. Por mantenerlo a salvo. Y vivo. Y... querido.

Me miró con los ojos vidriosos.

—Intenté darle todo lo que pude. Solo desearía que hubieras estado ahí desde el principio.

Asentí lentamente. —Ya es hora de que vuelva a casa. A Nuevo México. Al rancho. Al Club. Le corresponde por derecho.

Se tensó. —JD... nunca ha salido de Carolina del Norte. Es lo único que conoce. Su escuela, sus amigos...

—No puede vivir en dos estados —dije, con la mandíbula apretada—. Pero va a conocer el mío.

No discutió. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, pero asintió. Ya no éramos extraños. Pero aún nos quedaba un largo camino por recorrer.