Capítulo
Veintiséis
SKYE
La cerradura chasqueó y la pesada puerta se abrió con un quejido. —Hola, soy Amber. Ella es Regan —señaló a la mujer menuda a su lado. Detrás de ellas, las sombras de otras mujeres del MC se movían como una tormenta silenciosa.
Se me cortó la respiración. Ni siquiera me atrevía a albergar esperanza.
—Vamos a sacarte de aquí —dijo Amber sin más, mientras abría los grilletes.
El alivio me inundó como una ola rompiendo contra la orilla. Me desplomé hacia delante en sus brazos, con las piernas temblándome por el peso del agotamiento, el dolor y algo peligrosamente cercano a la esperanza.
Pero el consuelo no duró mucho.
En cuanto volví a ponerme en pie, me condujeron —no con brusquedad, pero sí con determinación— escaleras arriba hasta una de las suites de la Casa Club.
Olía a cuero y lavanda, a limpiador de pino y a humo de cigarro viejo.
La lámpara proyectaba un suave tono dorado sobre el espacio, pero la calidez era engañosa.
Aquello no era un refugio seguro.
Regan cerró la puerta tras de sí con un chasquido que sonó demasiado definitivo.
Amber se dejó caer en el borde de la cama, con los ojos fijos en cada uno de mis movimientos como una pantera acechando a su presa. Otra mujer —a la que no conocía— permanecía de pie junto al tocador con los brazos cruzados y una expresión que no prometía piedad.
Me humedecí los labios resecos. —¿Debería preocuparme? Esto parece una emboscada.
—No —dijo Regan con frialdad mientras se acercaba y se apoyaba en la cómoda—. Esto es un interrogatorio.
Solté una risa seca, sin pizca de gracia. —Casi preferiría enfrentarme a los hombres. Al menos ellos reparten puñetazos en vez de puñaladas verbales.
No se rieron. Ni siquiera asomó una sonrisa en sus rostros.
—Siéntate —ordenó Amber.
Obedecí.
Y entonces comenzó el bombardeo verbal.
—¿Cómo pudiste dejarlo así?
—Lo destruiste.
—Te esperó, se destrozó día tras día por tu culpa.
—Dejaste que creyera que estabas muerta.
Cada acusación golpeaba más fuerte que la anterior, como puñetazos en el pecho. Intenté mantenerme entera, pero mi compostura se desmoronó con cada amarga verdad que me escupían.
—¡Estaba intentando protegerlo! —grité al fin, con la voz quebrada por la presión.
Regan entrecerró los ojos. —¿De qué? ¿Del amor?
—No —negué con la cabeza mientras se me nublaba la vista—. De su familia. De lo que harían si se enteraban.
Amber cruzó los brazos. —¿Qué hicieron?
—¿Enterarse de qué? —Regan arqueó una ceja.
Inspiré hondo, con un temblor en el aliento; las palabras eran como espinas en mi garganta.
—De nuestro bebé. La madre de JD vino al parque de caravanas.
Me encontró arrancando las malas hierbas del maldito parterre.
Dijo que yo era basura. Que si no me largaba, nos enterraría a mí y a mi bebé.
Me puso una pistola en la sien. Dijo que su familia tenía comprados al sheriff y a todos los jueces.
Que me mataría a sangre fría y después iría directa al club de campo a tomarse un martini.
Me tendió un cheque, como si yo fuera un problema que se podía comprar y hacer desaparecer.
Nunca acepté su dinero, pero sí hice caso de la advertencia.
La habitación quedó en silencio.
—Huí —susurré—. No sabía qué otra cosa hacer.
—¿Estabas embarazada? —La voz de Regan era apenas audible.
Las lágrimas me corrían por el rostro. —Sí. De JD. Un niño. Jackson. Ahora tiene seis años.
Amber dejó escapar un leve jadeo y su dura fachada se resquebrajó.
—Di a luz sola. Malik me ayudó a desaparecer. Lo arriesgó todo para mantenernos a salvo a mí y a mi bebé.
El rostro de Regan pasó de la sorpresa a la furia. —¿Esa zorra amenazó a un niño?
Asentí, temblando. —No podía decírselo a JD. Ni siquiera podía mirar atrás.
—Tenemos que ir a por ella —dijo la mujer desconocida—. Esto es la guerra.
—No —supliqué entre lágrimas, dando un paso adelante—. Por favor. Dejad que sea yo quien se lo diga. Merece escucharlo de mi boca.
Regan miró a Amber y luego a mí. —¿Estás segura de que estás preparada para eso?
—Le debo la verdad —dije—. Toda.
Amber me tocó el brazo. —¿Te das cuenta de que, en cuanto lo sepa, hará estallar el mundo entero para recuperar a su hijo?
Regan añadió: —Y puede que no te perdone nunca.
Cerré los ojos, con un peso en el corazón. —Lo sé. Pero tengo que intentarlo. He vivido entre sombras demasiado tiempo.
Por un momento, nadie se movió.
Entonces Regan dio un paso adelante y asintió. —Eres fuerte. Te daremos esta oportunidad. Pero solo tienes una.
La miré directamente a los ojos. —No la desperdiciaré.
Y en aquella suite silenciosa, rodeada de mujeres feroces que momentos antes querían mi cabeza, encontré algo inesperado—
Aliadas.
Me froté los brazos, tratando de entrar en calor contra un frío que nada tenía que ver con la temperatura.
—No lo entendéis —dije—. La familia Northport…
no son solo ricos. Son poderosos. Vengativos.
Despiadados. La madre de JD tiene conexiones en cada rincón polvoriento de Nuevo México.
Sobornó a una enfermera en la consulta de mi ginecóloga.
Consiguió copias de mis historiales. Mis ecografías.
Así fue como se enteró. Así supo antes incluso de que yo se lo dijera a JD.
Amber abrió la boca de par en par. La expresión de Regan se ensombreció.
—No vino a razonar conmigo. Vino a destruirme. A borrarnos a mí y al niño como si fuéramos manchas en su imagen perfecta.
Las miré a los ojos, una por una.
—Dijo que nadie me creería. Y tenía razón. Todos en ese pueblo adoraban el suelo que pisaba su familia. Habría bastado un susurro, una mentira, para que JD se viera obligado a odiarme.
Amber se acercó, con la voz ronca de emoción.
—Se metió con la madre equivocada.
Regan asintió lentamente, con los puños apretados a los costados.
—Esto lo cambia todo.
—Aún quiero ser yo quien se lo diga a JD —dije en voz baja—. Por mucho que duela.
La voz de Amber sonó feroz.
—Entonces será mejor que estés preparada. Porque cuando se entere de la verdad, vete a saber qué tormenta desatará ese hombre.
La tensión en la habitación era densa. Amber paseaba de un lado a otro, mordiéndose la uña del pulgar, mientras Regan se apoyaba contra la pared con los brazos cruzados y toda la tranquilidad del mundo.
—No podemos quedarnos aquí sentadas —dijo Regan—. No somos de las que esperan a que los hombres lo arreglen todo.
—Estoy de acuerdo —dijo Amber, aunque le tembló un poco la voz—. Pero ¿ir a por Clarissa Northport? Eso son palabras mayores.
—No es invencible —respondió Regan con una sonrisa de suficiencia—. Y Edge sabe que yo no recibo órdenes. Las doy. ¿Y Tarak? Por favor. Ya he hecho esto antes.
Un suave clic rompió la tensión. La esposa de Hacker había abierto su portátil y ya tecleaba a toda velocidad.
—Me sé todas sus contraseñas. Dadme un minuto.
Nos apiñamos a su alrededor mientras trabajaba.
La pantalla mostraba rutas de vigilancia, cuentas bancarias, rastros de correos encriptados y, finalmente, una ubicación.
Clarissa Northport, viuda de Charles Northport, vivía a todo tren en la costa de España.
En una villa. Pagada en efectivo. Se escondía a plena vista.
—Ahí está —dijo la esposa de Hacker, señalando la pantalla—. Con vistas al acantilado, a cuarenta y ocho kilómetros de Marbella.
Amber soltó el aire de golpe.
—Joder. Vive como una reina.
—Yo no puedo ir —susurré—. Ni siquiera tengo pasaporte. Y Jackson...
—Eso lo tenemos cubierto —interrumpió Amber—. Enviaré a Tank. Está en Maine, escondido con su chica, pero me debe una. Irá a Carolina del Norte a vigilar a tu hijo junto con Malik.
La miré fijamente, abrumada.
—Yo... Necesito llamar a Tyler. Tiene derecho a saberlo.
Me dieron un teléfono desechable.
Tyler contestó al primer tono.
—Hola. Soy yo —se me cerró la garganta—. Estoy bien.
Sonaba aliviado, pero cauteloso.
—¿Dónde estás?
—En un lugar seguro. Escucha, Tyler... lo siento. Por todo. Quizá podríamos haber sido algo, pero... es complicado. Demasiado complicado.
—Me lo imaginaba —dijo en voz baja—. Pero tenía esperanzas.
—Gracias por todo. Es hora... es hora de contárselo a los dos. A Jackson y a JD. Malik y Tank estarán contigo pronto. Vete a casa. Protege a mi hijo.
No se despidió, solo dijo:
—Ten cuidado.
Me volví hacia las mujeres.
—Nos vamos a España.
El aire en España olía a cítricos y sal marina. La villa costera se erguía alta y moderna, reluciente como la suficiencia de la mujer que vivía dentro.
Clarissa Northport.
Alquilamos un avión privado. No se lo dijimos a nadie.
Amber, Regan, la esposa de Hacker y yo llegamos sin avisar.
Los hombres estaban que se subían por las paredes.
Pero nos daba igual. Regan les dijo muy educadamente que era asunto del Club de mujeres.
Y que no fueran misóginos, que a veces las chicas tienen que encargarse de cosas de chicas.
Ni siquiera puedo describir los colores que se le pusieron a Edge en la cara cuando todo esto pasó por FaceTime.
Hacker no puede hackear ni sus propias cosas desde que su esposa le cambió todas las contraseñas.
Fue sorprendentemente fácil. Les desinflamos las ruedas mientras Regan servía copas.
Amber sugirió una noche de póker. Así, sin más, tuvimos vía libre para escaparnos.
Fue una emboscada interna que los hombres jamás esperaron.
Las mujeres iban a llevarse una buena bronca por esto, pero en secreto, creo que aún les encanta que las persigan.
JD cree que está enfadado ahora; que espere a saberlo todo. Pero es hora de que libre mis propias batallas, y luego podremos terminar las nuestras.
Clarissa abrió la puerta con un vestido de lino vaporoso, copa de rosado frío en mano, claramente sin esperar un grupo de mujeres cabreadas.
—¿Skye? —su boca se torció con desprecio—. Me llegaron rumores. Pero no esperaba que volvieras arrastrándote.
—No me estoy arrastrando —dije con frialdad—. Estoy aquí para acabar con esto.
Regan abrió la puerta de par en par de una patada.
—Amenazaste a un niño, zorra. Eso no te lo vamos a consentir.
Clarissa frunció los labios.
—Esta es mi casa.
—Hoy no —espetó Amber.
—¿Qué queréis? —preguntó Clarissa—. ¿Dinero? ¿El corazón de JD otra vez? Porque ese tren ya pasó.
—No —dije—. Quiero que sientas lo que yo sentí. Impotente. Sola.
Se rio.
—¿Crees que me asustas? Sigues siendo una muerta de hambre jugando a ser lo que no eres.
Eso fue todo.
Regan actuó primero: rápida como un rayo, empujó a Clarissa hacia su pasillo de mármol blanco. Clarissa trastabilló y yo la seguí con los puños apretados.
—Sobornaste a las enfermeras. Intentaste borrar a mi hijo —escupí furiosa.
—¡Me aseguré de que mi hijo tuviera un futuro! —gritó.
—¡Se lo robaste! —Me abalancé sobre ella a puñetazos, con la rabia ardiendo en cada nervio.
Ella contraatacó con arañazos, sorprendentemente fuerte. Uñas que rasgaban. Tirones de pelo. Muebles que se estrellaban. Rodamos por el suelo pulido, gritando y gruñendo como animales salvajes.
Amber atrapó un jarrón antes de que se estrellara contra mi cabeza, gritando:
—¡La cara no, la cara no!
Clarissa me escupió.
—Tú lo arruinaste. JD era mío, yo debía moldearlo. ¡Era nuestro legado!
La inmovilicé contra el suelo, jadeando.
—Ya no es tuyo.
—Fuera —siseó—. No tienes lugar en su vida.
—Sí lo tengo —dije con la voz temblando de furia—. Porque le di un hijo.
Eso la dejó muda.
Silencio absoluto.
—Tú... ¿qué?
—Tuve un hijo de JD. Tiene seis años. Y no sabe nada por tu culpa.
Clarissa parecía aturdida: pálida, con los labios entreabiertos.
Regan se agachó junto a nosotras.
—Ahora déjame explicarte cómo va esto. Mantienes la boca cerrada. Desapareces para siempre. O descargamos toda la fuerza del MC sobre tu perfecta villa.
Clarissa parpadeó despacio, calculando.
Amber añadió:
—Y si alguna vez vuelves a intentar hacerle daño a Skye o a Jackson, no habrá playa en el mundo donde puedas esconderte.
Clarissa finalmente asintió, con los labios temblando.
—Bien. No volveré.
Me levanté temblando. La pelea me había dejado sin aliento, pero libre.
—No puedes reescribir el pasado —le dije—. Pero yo estoy escribiendo el futuro. Y tú no estás en él. No intentes contactar a tu primer nieto, al que amenazaste con matar. No mereces su alegría en tu vida. ¡NUNCA! Y si JD y yo arreglamos las cosas, tú te mantienes alejada.
Regan entrelazó su brazo con el mío.
—Te dije que nos encargaríamos.
Clarissa chilló de repente, forcejeando para liberarse.
—¿Crees que has ganado? ¿Crees que contarle a JD lo de tu hijo bastardo te da poder?
Me quedé helada.
—No es ningún bastardo.
—Oh, cariño —siseó, riendo salvaje y rencorosa—. ¿Crees que eres la única que guardó secretos? Déjame contarte algo... JD ni siquiera es un Northport.
La habitación pareció tambalearse.
—¿Qué? —preguntó Regan con brusquedad, dando un paso al frente.
Los labios de Clarissa se curvaron con un placer retorcido.
—Así es. No es hijo de Charles. JD es el resultado de mi pequeño... acto de rebelión. Mi venganza. Le di a mi marido otro heredero, solo que no era suyo.
Se me abrió la boca y se me heló la sangre.
—¿Tuviste una aventura? —preguntó Amber, atónita.
Clarissa se echó el pelo hacia atrás con una risa amarga.
—JD nunca encajó en el molde. Nunca le gustaron los caballos, nunca le importó la política ni el legado. Le gustaban las motos y las carreteras secundarias y esa maldita chica del barrio de caravanas. Siempre supe por qué: porque nunca fue uno de nosotros. Mi mayor triunfo, mi mayor pecado.
—Y lo castigaste por ello toda su vida —dije asqueada.
Clarissa se encogió de hombros.
—Era un error que no podía borrar, así que intenté moldearlo. Luego llegaste tú y lo pusiste todo en peligro.
—Querrás decir que ella lo liberó —corrigió Regan.
La máscara de Clarissa se desmoronó entonces, con la amargura grabada en cada línea de su rostro.
—Tal vez. Pero si él se entera... todo cambia.
—Voy a contárselo —dije—. Se merece la verdad.
Clarissa se rio, pero ahora sonaba hueco.
—Pues adelante. Deja que me odie. Estaré bebiendo rosado con mi culpa mucho después de que hayas vuelto arrastrándote a tu miseria y tu arrepentimiento.
Amber se acercó, con la voz baja y peligrosa.
—Tienes suerte de que no te tiremos al maldito océano.
Regan añadió:
—Esto queda enterrado. O la próxima vez no llamaremos a la puerta.
El rostro de Clarissa palideció y, por una vez, se quedó callada.
Salimos de aquella villa por última vez, pero la verdad que llevábamos era explosiva, y JD sería el siguiente en conocerla.