Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Veintisiete

JD

El aire en la sede de los Royal Bastards estaba cargado de testosterona y rabia.

Tarak lanzó una silla a través del bar con un rugido que hizo temblar las paredes. —¡Nos la jugaron! ¡Nuestras mujeres nos la jugaron!

Edge estrelló una botella de bourbon contra la pared; el cristal se hizo añicos igual que su orgullo. —¡Regan, maldita mujer! ¡Siempre removiendo la mierda!

River se apoyó en la barra, dando sorbos a su whisky con una sonrisa socarrona, claramente divertido. —Joder, ya era hora de que las mujeres montaran una operación mejor que vosotros, capullos.

Estaba plantado en el centro, con los puños tan apretados que las venas de mis brazos sobresalían.

La mandíbula me latía, los ojos negros de furia.

—Se acabó el buen tipo. ¿Skye quiere jugar?

Bien. Voy a soltarle toda la artillería motera.

Quiere ponerme a prueba, aprenderá lo que pasa cuando le tocas las narices a un North...

Me callé, con un destello de amargura en los ojos. Las mujeres llevaban más de un día desaparecidas sin dar señales de vida, salvo emojis burlones y otros igual de irritantes que llegaban desde móviles desechables. Estaban a salvo, pero no lo estarían de nosotros en cuanto les echáramos el guante.

—Lo siento —murmuró JD dirigiéndose a todos—. No pretendía que Skye les metiera estas ideas en la cabeza a vuestras mujeres.

Edge resopló, pasándose una mano por el pelo. —Regan no necesita a Skye para liarla. Esa mujer ha sido pura dinamita desde el primer día.

Un fuerte estruendo resonó por el pasillo. Uno de los aspirantes llegó corriendo, empapado y farfullando. —¡El váter se ha desbordado y alguien ha echado azúcar en los depósitos de las motos de atrás!

Otro se quejó desde detrás de la barra. —Me han puesto de niñera porque las dejé escapar. Menuda mierda.

Hacker se estaba volviendo loco en su puesto, cables y monitores parpadeando en medio del caos. —¡No las encuentro! ¡Es como si se hubieran esfumado... otra vez!

Entonces, un pitido.

El teléfono de Hacker se iluminó. Una llamada de Regan.

Lo puso en altavoz.

—Chicos —arrulló Regan con dulzura—, no os estreséis demasiado. Ya hemos salido de España. Tenemos postales y recuerdos para todos.

Edge gruñó: —Regan, te lo juro, trae a Skye ahora mismo o...

—Oooh —ronroneó Regan, con voz provocadora y juguetona—. Estoy deseando que me castigues, cariño.

Se me hincharon las aletas de la nariz, pero estaba demasiado furioso para hablar. —Ponedla en silencio un momento.

Luego me volví hacia Edge, con voz baja y letal. —Cuando aterricen, lleva a Skye a la vieja casa franca en las montañas. Ya la he aprovisionado. Estaré esperando.

Edge arqueó una ceja. —¿Estás seguro?

—Se acabaron los juegos. Ha llegado la hora del ajuste de cuentas.

La sala se quedó en silencio.

Le hice una seña a Edge para que activara el sonido. Edge golpeó la barra con la mano. —¿Qué coño hay en España, Regan? ¿Para qué cojones habéis volado al otro lado del mundo?

La voz de Regan sonaba fría, calculadora, pero con fuego latente. —Fantasmas. Los viejos fantasmas de Skye. Los que deberían haber seguido enterrados, pero no fue así.

Todo mi cuerpo se tensó. La comprensión me golpeó lenta, peligrosa, cargada de furia. —Mami querida —gruñí—. ¡Lo sabía, joder!

Agarré el vaso más cercano y lo lancé contra la pared, haciéndolo añicos en cien pedazos. La sala se quedó inmóvil.

Edge entrecerró los ojos. —¿Crees que Clarissa tuvo algo que ver con que Skye se fuera?

Volví a apretar los puños, la sangre hirviéndome. —No lo creo, lo sé. Es ella. Siempre ha sido ella. Lo envenenó todo.

River silbó bajo. —Parece que no somos los únicos que vamos de caza.

Me volví hacia Edge. —Cuando Regan la traiga, es mía. ¿Y Clarissa? De ella me encargo yo personalmente.

La tormenta no se acercaba.

Ya estaba aquí.