Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Trece

SKYE

El sol caía a plomo sobre las gradas del campo de béisbol comunitario, entre risas de niños, palomitas crujientes y el agudo *crack* de los bates de aluminio cortando el aire.

Jackson era el siguiente: seis años, flacucho con su camiseta enorme, pero decidido.

Sus pequeños tacos levantaban polvo mientras trotaba hacia el plato, los ojos clavados en el lanzador como si se enfrentara a la Serie Mundial.

—¡Vamos, Jack! —grité, ahuecando las manos para amplificar mi voz. Saludó con el bate antes de colocarse en posición.

A mi lado, Tyler también animaba, aplaudiendo con una sonrisa juvenil que no encajaba con su habitual pinta de ejecutivo trajeado. Sin corbata, las mangas de la camisa remangadas, las gafas de sol en la nariz. Parecía... normal. Relajado. Como un padre.

Pero no era el padre de Jackson.

No lo era.

Solo el hombre que me traía café cada mañana desde hacía seis meses.

El que siempre se aseguraba de que saliera del trabajo a una hora razonable.

El que se había dado cuenta cuando estaba cansada y preguntaba cómo le iba a Jackson en las Ligas Menores.

El que llevaba semanas invitándome a cenar, primero con sutileza y luego sin ella.

Cuando se ofreció a llevarnos a los dos al partido, le dejé algo claro. —Esto no es una cita.

—Claro que no —respondió sin inmutarse—. Solo béisbol. Me gusta el béisbol.

Ahora, al verlo chocar los cinco con Jackson después de anotar una carrera y gritar ánimos desde las gradas... no parecía *solo* béisbol.

Parecía algo más.

Algo suave.

Algo estable.

Después del partido, los tres fuimos a por helado.

Jackson pidió un cono de chocolate y acabó con la mitad en la cara.

Tyler le pasó una servilleta con toda naturalidad.

Cuando nos sentamos bajo el gran roble junto al campo, con la brisa trayendo el aroma a césped recién cortado y protector solar, me puse las gafas de sol.

No por el sol, sino por el nudo en la garganta.

Esto no era JD.

No era el desierto.

No era ese amor salvaje que dejaba cicatrices de fuego.

Era fácil.

Seguro.

Jackson se apoyó en mi costado, su mano pegajosa en la mía, mientras Tyler lanzaba piedrecitas cerca de la valla y hablaba con él en voz baja sobre el partido.

Miré hacia ellos, con las lágrimas escociendo bajo las gafas oscuras, y me pregunté: ¿había estado tan absorta en sobrevivir, en esconderme, en proteger mi corazón, que había olvidado lo que era vivir de verdad?

¿Cómo podía ser *amar*?

Sin fuego. Sin peligro.

Quizá solo... alegría.

Carraspeé. —¿Tyler?

Se volvió hacia mí con una sonrisa tranquila. —¿Sí?

—Si me pidieras salir a cenar otra vez —dije despacio—, solo nosotros esta vez... puede que dijera que sí.

Arqueó ligeramente las cejas antes de que su sonrisa se ensanchara, lenta y sincera. —Pues no pienso desaprovechar la oportunidad.

Y así, sin más, algo cambió.

Quizá no era la vida que había imaginado. Pero era *una* vida.

Nuestra.

Y tal vez, solo tal vez, era hora de darle una oportunidad. Seis años eran tiempo suficiente para superar un primer amor, ¿no? Seis años desde que sentí la pasión desatada de un amante.

Me estremecí al recordar aquella sensación.

Lo necesitaba de nuevo.

Las manos fuertes de un hombre... suspiros entrecortados en la oscuridad... colchones que crujen y luciérnagas en la noche.

No sé si alguna vez superaré a JD, pero quizá lo mejor era encerrar lo nuestro en lo más profundo de mi corazón.

Algún día, cuando Jackson fuera un hombre, le contaría la verdad.

JD me odiaría, pero para entonces tendría una vida plena y una familia propia que aliviarían el dolor de haberse perdido a un hijo que nunca supo que existía.

Y Jackson podría juzgarme por las decisiones que tomé.

Pero ojalá me quiera lo suficiente para perdonarlas.

—Qué bien se está aquí.

A Tyler se le arrugaron los ojos al sonreírme. Nuestra primera cita fue en un bar de tapas con terraza en una azotea de Raleigh. El ambiente era joven y fresco como aquella noche de verano.

Me sentía a años luz de aquella joven cajera que vivía de amor y aire.

Era madre.

Había sacado un grado medio en administración de empresas en la escuela de formación profesional.

Me había labrado un futuro mientras construía una vida.

El hombre rubio y guapo que tenía enfrente adoraba pasar tiempo con mi hijo.

Sería tonta si no intentara que esto funcionara. Alargó la mano sobre la mesa y cubrió la mía con suavidad. —Gracias por dejarme entrar, Skye. No sé nada de tu pasado. Pero eres una madre maravillosa con un niño increíble y la mejor puñetera jefa de oficina que he tenido en mi vida.

No había chispa, pero sí un brillo cálido. Era seguro. Guapo, pero no de los que te dejan sin aliento y el corazón hecho trizas.

Un buen hombre.

Un hombre estable.

Uno del que podría sentirme orgullosa y que sería un padrastro estupendo. Reprimí la culpa. Podría haberle pedido a Malik que investigara a JD. Habría hecho un seguimiento discreto, sin preguntas.

Pero no me fiaba de mí misma para no contactarlo.

No me fiaba de que mi corazón no volviera a romperse, sobre todo si el informe incluía fotos de compromiso o de boda.

El sol se había ocultado tras los pinos, proyectando franjas doradas sobre las tablas del porche. El aire era cálido pero no sofocante, cargado de olor a agujas de pino, madreselva y lo que quedaba de mi té de manzanilla, que se enfriaba en la barandilla.

Tyler estaba a unos metros de distancia, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, observándome con esa misma mirada suave de siempre. Esa que me hacía sentir que no solo me veía, sino que reparaba en mí. Que me grababa en su memoria.

Llevábamos semanas rondándonos. Cafés. Cenas tranquilas. Paseos lentos hasta el lago con Jackson parloteando entre nosotros. Y ahora aquí estábamos, solos, el sol poniéndose, el porche en silencio.

—Sabes —dijo Tyler, con voz baja y cálida—, aún no te he besado.

Se me encogió el estómago.

—Lo sé.

—He querido hacerlo.

Levanté la vista y le sostuve la mirada.

—Entonces, ¿por qué no lo has hecho?

—Porque estaba esperándote —dijo simplemente—. Esperando a que tú también lo quisieras.

El corazón me latía rápido y lento a la vez. Dio un paso hacia mí. El porche crujió bajo sus botas y se me cortó la respiración. Olía a cedro, a jabón limpio y a algo que me hacía querer acercarme sin pensarlo dos veces.

—Tengo miedo —admití, con voz apenas audible.

—Seré delicado —dijo—. Lo prometo.

Entonces se inclinó.

Sus labios rozaron los míos como una pregunta: suaves, lentos, tanteando. Y cuando no me aparté, me besó más hondo, con más firmeza. Su boca era cálida y segura, y su olor me envolvió como el humo de una hoguera.

Pequeñas punzadas de fuego me recorrían la piel con cada beso, con las manos aún pegadas a los costados, como si no se atreviera a tocar demasiado, demasiado pronto.

Me derretí en él, perdida en el ritmo, en la sensación desconocida de ser deseada, no por ser hermosa ni por estar rota ni porque alguien tuviera que salvarme, sino simplemente porque volvía a sentirme mujer.

Cuando por fin nos separamos, no me eché atrás. No hablé. Solo lo miré, con los labios hormigueándome, el corazón latiéndome con fuerza.

—Valió la pena la espera —murmuró Tyler.