Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Doce

JD

La mayoría de los tipos consiguen su parche y se entierran en el rugido de los motores, el escozor de los puños y el subidón de adrenalina fuera de la ley.

¿Yo? Yo me enterré en los números.

No estaba hecho como los demás, no del todo.

Llevaba mi parche con orgullo, pero no ansiaba el caos: lo calculaba.

Por eso me confiaban los libros. Los Royal Bastards MC necesitaban a alguien capaz de convertir el dinero sucio en futuros limpios.

Me convertí en el hombre en la sombra, el híbrido entre forajido y tiburón de Wall Street.

Mis días empezaban con camisas de vestir, mangas enrolladas, botas caras y vaqueros a medida.

Nada llamativo, solo lo justo para parecer peligroso.

Vivía en un rascacielos de Santa Fe con paredes de cristal y vistas al horizonte, pero aun así sacaba tiempo para el club, sobre todo cuando Tarak o Edge me llamaban para hablar de estrategia o ahogar viejos fantasmas en whisky.

¿Quién iba a decir que River Cruz, el nuevo Prez de los Royal Bastards, se convertiría en mi mejor amigo?

Las mujeres bromeaban diciendo que parecía el desamor hecho carne, envuelto en cuero, con ojos ensombrecidos y mandíbula afilada.

Su ex lo había destrozado, y nos unimos por la miseria compartida.

Estábamos tirando dardos en el bar detrás del club, bebiendo un whisky que costaba más que la mayoría de los coches de segunda mano.

—Has limpiado bien los libros —murmuró River, mirándome.

Me encogí de hombros.

—Entre otras cosas. También invertí los activos del club. Bitcoin. ETFs. Algo de inmuebles legales. Estamos construyendo un futuro.

River se rio.

—Nunca había conocido a un motero vestido de Armani.

—Armani pica. Esto es Tom Ford.

Eso le arrancó una carcajada.

Unos tragos después, acabamos en el centro. Noche de micrófono abierto. El bar de mala muerte estaba a reventar, la gente meciéndose al ritmo de la música en directo, las luces de neón reflejándose en las mesas mojadas.

Entonces ella subió al escenario.

Evie.

Rizos negros, guitarra colgada baja, voz de bourbon y pecado. Me quedé paralizado a medio servir, con el corazón martilleándome las costillas.

Cantaba como si hubiera vivido cada letra dos veces. Como si supiera exactamente lo que era arder por alguien que nunca volvió.

—¿Quién es esa? —preguntó River, señalándola con la barbilla.

—Problemas —dije sin aliento.

Cuando terminó, la sala estalló en aplausos. No esperé.

Me abrí paso entre la multitud y la intercepté cuando bajaba del escenario.

—JD —dije, tendiéndole la mano.

Me repasó de arriba abajo con una sonrisa lenta y perversa.

—Te recuerdo.

—¿Sí?

—Viniste a uno de mis conciertos. Te fuiste pronto. Parecía que se te estaba rompiendo el corazón.

Me reí.

—Puede que sí.

—Bueno, esta vez te has quedado.

Asentí.

—Y quiero invitarte a una copa.

Ladeó la cabeza, divertida.

—¿Eso es una pregunta o una afirmación?

—Un poco de las dos cosas.

Sonrió.

Y me permití devolverle la sonrisa.

El aire del desierto era seco y cortante, de esos que te agrietan los nudillos y te dejan polvo en el alma.

Me senté en los escalones traseros del club, con el chaleco de cuero crujiendo sobre los hombros y una cerveza sudando en la mano. La noche estaba tranquila, demasiado tranquila para que mi cabeza se quedara quieta.

Quizá era el silencio. Quizá era el dolor de recordar demasiado, durante demasiado tiempo. O quizá simplemente había llegado el momento.

Fuera como fuese, saqué el móvil y busqué el número de Cal.

Sonó dos veces antes de que contestara.

—JD. —Su voz era plana. Cautelosa.

—Hola. —Me aclaré la garganta—. No pensaba que fueras a contestar.

—Casi no lo hago —dijo con franqueza—. No estaba seguro de si iba a ser una llamada a cobro revertido desde el calabozo.

Solté una risa seca.

—Todavía no.

Hubo un momento de silencio, cargado de cosas sin decir.

—Me ha llegado el rumor —dijo Cal por fin—. De que te has metido en un club de moteros. ¿Es verdad?

Me recosté contra el poste de madera, viendo salir la luna sobre las colinas.

—Es verdad.

Otra pausa. Más larga esta vez.

—¿En serio, JD?

—Sí.

—Tenías un fondo fiduciario, cinco empresas haciendo cola por ti, y elegiste... ¿esto?

No me inmuté. Ya no.

—Elegí algo que por una vez se sintiera real.

—¿Crees que los moteros forajidos son reales? —espetó Cal—. Ahora estás metido hasta el cuello en sabe Dios qué mierda ilegal, ¿y para qué? ¿Por una crisis de identidad?

—No es una crisis —dije con voz de acero—. Es claridad.

Exhaló con fuerza al otro lado de la línea.

—Te dan un chaleco y una familia postiza, ¿y de repente todo lo que construimos, todo lo que sacrificó nuestra familia, ya no significa nada?

—Querrás decir lo que tú construiste —dije—. Tú siempre tuviste el rancho. Tú siempre tuviste tu sitio. Yo era el repuesto. La cara bonita en un traje, estrechando manos en galas benéficas, sonriendo para las fotos y fingiendo que no me ahogaba con cada respiración.

—¿Y esto es mejor? —preguntó, incrédulo—. ¿Hacer de matón para una hermandad criminal?

Eché un vistazo al club, a los hombres con parches riéndose dentro, a esa lealtad forjada en cicatrices que calaba más hondo que cualquier Navidad con la familia Northport. —Sí. Lo es.

—Estás tirándolo todo por la borda.

—No. —Apuré la cerveza y estrujé la lata con la mano—. Por fin estoy viviendo.

Silencio de nuevo.

Entonces la voz de Cal se suavizó, una grieta inusual en su coraza. —Podrías haber hablado conmigo primero.

—¿Habría cambiado algo?

—No —admitió—. Pero habría intentado detenerte.

—Lo sé —dije—. Por eso no llamé.

Hubo otra pausa. Entonces, en voz baja, casi avergonzado, añadió: —Mira... sé que crees que tuve algo que ver. Con lo que pasó. Con Skye.

—Y lo tuviste —dije sin rodeos.

—Estaba bajo presión. De mamá y papá. De los abogados. Dijeron que si no te mantenía a raya, me quitarían el rancho. ¿Sabes cuánto tiempo llevaba esperando para hacerme cargo de esas tierras?

Apreté la mandíbula. —Lo sé. Y no creíste que yo mereciera que lo perdieras.

Se le quebró la voz. —No fue así.

—Claro que sí —dije, pero ya no estaba enfadado. No como antes. Solo estaba cansado—. Pero no llamo para restregarte el pasado. Solo... necesitaba que lo oyeras de mí. Ya no soy el que era.

—¿Crees que este club va a arreglar todo eso?

—No —dije con franqueza—. Pero es el primer sitio en el que he entrado donde nadie me ha pedido que sea otra cosa que yo mismo. JD. Sin títulos. Sin trajes. Sin gilipolleces.

Cal se quedó callado un buen rato.

Entonces, por fin: —Siempre fuiste un cabrón rebelde.

—Supongo que ahora es oficial.

Suspiró. —Si el agua te llega al cuello, llámame. Me da igual si estamos peleados. Me da igual lo que hayas hecho. La sangre es la sangre.

Tragué el nudo que tenía en la garganta. —Gracias, Cal.

Colgamos unos minutos después. Sin grandes dramas. Sin desfile de disculpas.

Pero algo se asentó después de esa llamada.

Algo se desanudó en lo más hondo de mis entrañas.

Porque por primera vez en un puto montón de tiempo... no me sentía como una sombra en el mundo de otro.

Estaba construyendo el mío.

Y joder, qué bien se sentía.