Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
15%

Capítulo

Ocho

SKYE

La tetera silbaba en el fuego, pero no me moví.

Estaba encorvada sobre el lavabo del baño, sin vomitar —aunque lo parecía—, aferrándome a la porcelana con los nudillos blancos mientras el corazón me latía como una campana de alarma. Las náuseas no eran del embarazo esta vez.

Eran los remordimientos.

A los siete meses, el bebé había empezado a patear con determinación. Golpecitos suaves al principio, ahora pequeños empujones que me recordaban que estaba ahí dentro. Creciendo. Prosperando. Necesitando que yo siguiera adelante.

Pero hoy —hoy era diferente.

Por fin entendí lo que Malik quiso decir cuando dijo:

—Si quieres permanecer oculta, tendremos que borrar el rastro tan a fondo que nadie se moleste en seguirlo.

En ese momento, acepté. Desesperadamente.

Aterrada de la familia de JD. De Clarissa Northport y las amenazas que aún me perseguían en sueños.

De la idea de que me encontraran, se llevaran al bebé y me hicieran desaparecer para siempre.

Igual que habían hecho con los camioneros, no me cabía duda de que a mí y al bebé nos harían algo peor.

Pero saber lo que habíamos hecho... lo que habíamos plantado...

Se me revolvió el estómago. Malik y yo lo habíamos preparado todo hacía tiempo... pero JD acababa de descubrirlo. Fue cruel cómo Malik y yo plantamos pistas falsas. Pistas que no dejaban de rompernos el corazón.

Apagué la tetera y me senté despacio en el borde de la cama, con la mano en el vientre. El bebé pateó de nuevo, suave pero firme, como recordándome que no tenía el lujo de arrepentirme.

Malik había sido tan metódico.

Había encontrado a un tipo —tatuajes, botas desgastadas, gafas de sol rotas— de esos que la madre de JD despreciaría a un kilómetro de distancia. Malik dijo que trabajaba a tiempo parcial en un taller mecánico y tenía suficientes antecedentes para encajar en el papel.

Luego montó el material. Fotos fijas. Vídeos granulados.

Yo inclinándome hacia el tipo. Su mano en mi espalda baja. Un clip con nuestras frentes rozándose como amantes. Nunca nos besamos. Nunca hablamos. Pero seguí adelante porque era necesario.

Y luego vino el golpe final: Malik lo coló en las grabaciones de seguridad de la biblioteca. El lugar donde la madre de JD *creía* que yo iba tan a menudo. Su fuente en la biblioteca había sido engañada, le habían dado las imágenes que necesitábamos que creyera.

Que creyera que yo no estaba destrozada.

Que creyera que nunca había amado a JD.

Que creyera que lo había dejado por alguien del lado malo de la ciudad.

Cerré los ojos y me apreté el pecho con el puño. El dolor no había disminuido. Ni un poco.

—Bebé —susurré, con voz temblorosa—, espero que algún día entiendas por qué hice esto.

El plan era simple: darle a JD una razón para dejar de buscar. Romperle el corazón de tal manera que me dejara marchar. Nadie persigue a una chica que lo ha engañado. No cuando desaparece con otro hombre.

Que piensen que lo usé.

Que piensen que era exactamente como las chicas de las que su madre le había advertido.

Que piensen... lo que sea, menos la verdad.

Porque la verdad... ¿Que lo amaba tan profundamente que renuncié a él por su propio futuro? ¿Que elegí el exilio para protegerlo a él y a nuestro hijo? ¿Que me alejé del único hombre que me ha visto de verdad?

Eso lo habría mantenido buscando.

Y si seguía buscando... tarde o temprano lo encontrarían a él. Y luego a mí. Y luego al bebé.

Prefería que JD me odiara a que me enterraran.

El fuego de la estufa de leña chisporroteó en la esquina. El bebé se movió de nuevo —lento y ondulante esta vez—. Me froté la curva del vientre y contuve las lágrimas.

—Soy la villana en su historia ahora —susurré.

Unos golpecitos suaves sonaron en la puerta de la cabaña.

Shaniqua.

—Pasa —dije con voz ronca.

Entró con una taza humeante de té de jengibre. Me miró y no dijo nada al principio —solo me tendió la taza y se sentó a mi lado.

—¿Estás bien? —preguntó con dulzura.

Asentí demasiado rápido.

No insistió. Solo me puso una mano en el hombro.

—No eres mala persona, Skye —dijo con suavidad.

—Dejé que pensara que lo era.

—A veces la verdad es un lujo —dijo—. A veces sobrevivir te cuesta el corazón.

Di un sorbo al té. No ayudó mucho.

—¿Crees que se lo creerá? —pregunté tras un momento.

Shaniqua vaciló.

—Querrá creérselo.

Y esa era la peor parte. Saber que JD sufriría. Que cuestionaría todo lo que tuvimos. Que tal vez empezaría a sanar, pero nunca entendería del todo por qué me fui.

A menos que algún día pudiera contárselo.

Pero ese día no podía llegar hasta que estuviéramos a salvo. Hasta que el bebé naciera y el mundo no pudiera quitarnos lo que habíamos creado.

Así que cargué con el peso de la mentira.

Del amor convertido en cenizas ante los ojos de otro.

Y me mecí despacio, susurrándole a mi bebé:

—Lo cargaré por los dos. Todo el tiempo que haga falta.

El resto de mi embarazo transcurrió sin incidentes. La primera contracción me golpeó como una ola estrellándose contra la roca —lenta al principio, luego profunda, palpitante, retorciéndose por toda la columna—. Se me cayó la cuchara de madera en la olla de sopa y me agarré al borde de la encimera.

Era el momento.

Llevaba meses sabiendo que este día llegaría, pero ni todas las técnicas de respiración ni todo el té de hierbas del mundo podían prepararte para el momento en que te das cuenta de que tu bebé está listo para conocer el mundo.

Shaniqua vino corriendo cuando la llamé.

No le tembló la voz mientras me ayudaba a llegar al sofá y llamaba a su abuela, luego a la doula y a la enfermera que habían organizado meses atrás.

Nada de hospitales. Ni historiales. Ni enfermeras preguntando por mi identificación o mi seguro.

Ningún riesgo de que una recepcionista curiosa avisara a quien no debía.

Igual que habían conseguido mi documentación falsa, consiguieron un certificado de nacimiento para Jackson y una tarjeta de la seguridad social.

Por debajo de la mesa. Al estilo de las operaciones encubiertas. Así funcionaban las cosas ahora.

No podíamos arriesgarnos.

No con la familia de JD ahí fuera. No con la posibilidad de que alguien —cualquiera— lo descubriera y alertara directamente a la finca Northport.

Este bebé tenía que nacer en secreto. A salvo.

La cabaña se convirtió en un santuario. La abuela de Shaniqua puso agua a hervir en la estufa mientras murmuraba oraciones y el fuego crepitaba.

La doula llegó, serena y firme. La enfermera trajo su equipo, preparada y lista.

Luces suaves, voces tranquilas, toallas calientes. Todo lo que habíamos planeado.

El parto se alargó durante horas. El sudor me perlaba las sienes. La espalda me gritaba. Me dolían las manos de tanto aferrarme a las sábanas y al brazo de Shaniqua. Pero seguí respirando. Seguí empujando.

Entonces, en un instante tan crudo y luminoso que me robó el aliento—

Ya estaba aquí.

Un llanto agudo. Pequeños puños arrugados. Una voz que nunca había oído pero que, de algún modo, ya conocía. Me lo pusieron sobre el pecho, piel con piel, húmedo y perfecto y mío.

Reí y sollocé a la vez.

—Hola —susurré—. Hola, pequeño. Hola.

—Lo conseguiste —dijo la doula con lágrimas en los ojos—. Es perfecto.

Shaniqua se secó la cara y susurró:

—Es precioso, Skye. Lo has hecho de maravilla.

Lo miré mientras le recorría con el dedo el puente de la nariz, la curva de los labios. Ya se parecía a JD. El corazón se me rompió y floreció a la vez.

—Se llama Jackson —susurré—. J-A-C-K-S-O-N.

La enfermera parpadeó.

—Eso es... muy concreto.

—Es por su padre —dije con la voz quebrada—. Pero no es el mismo nombre. Es el suyo propio. Su propia historia.

Malik llegó unas horas después, con sus hombros anchos y su aire callado de siempre. Traía un osito de peluche azul desteñido al que le faltaba un ojo de botón. Cuando miró a Jackson, algo cambió en su rostro, como si viera la redención en aquel bultito envuelto en mantas.

—Lo has mantenido a salvo —dijo Malik—. Eso es lo único que importa.

Esa noche, todos nos sentamos alrededor de la chimenea: yo, Shaniqua, su abuela, la enfermera, la doula y Malik. Comimos sopa y nos fuimos pasando a Jackson como si fuera un príncipe. Lo mecí suavemente en brazos y lloré —no de miedo ni de dolor— sino de alivio.

Este bebé. Esta vida.

Había valido cada segundo del infierno que habíamos atravesado.

Porque es el heredero de un imperio del que nadie quiere que forme parte, y precisamente por eso es libre.