Capítulo
Nueve
JD
Cinco años y medio después…
—Las mujeres siguen echándote el ojo.
Me encojo de hombros, ignorando a la rubia que tengo detrás mientras le guiño un ojo a Tess justo cuando mis labios tocan la botella fría que acaba de dejar en la barra.
—Y tú te has vuelto más guapa.
Dejo un billete de cien sobre la barra de roble desgastada y aparto con un gesto su mano cuando intenta darme el cambio.
—No necesito limosna, JD.
—Nunca dije que la necesitaras.
—Entonces, ¿qué es esto?
Sostiene los billetes en su mano pequeña.
—¿Una propina?
Con la mano libre me levanto el ala del Stetson, uno hecho a medida que me costó más de mil doscientos pavos.
—Disculpa —ronronea una voz sensual demasiado cerca de mi oído.
Un aliento empalagoso me golpea cuando me giro. Unas uñas de siete centímetros, rosa fucsia, junto con una palma cálida, aterrizan en mi pectoral izquierdo y el músculo se me tensa involuntariamente.
Entrecierro los ojos al recorrer su rostro excesivamente maquillado. Sus pupilas azul bebé se dilatan a medida que su mano empieza a deslizarse lentamente por mi pecho.
—No, discúlpeme usted, señora —dejo que mi acento sureño de Texas amortigüe el rechazo que estoy a punto de soltarle mientras le aparto la mano con destreza.
—¿No vas a invitarme a una copa? Tengo mucha sed —se lame los labios carnosos mientras me devora con la mirada, recorriendo mis abdominales y pectorales antes de bajar la vista para ver qué escondo debajo del cinturón.
Que no está nada mal, aunque esta jamás lo va a averiguar.
—Estoy sedienta y tú, guapo desconocido, eres justo lo que necesitaba para refrescarme.
—Ya lo veo —sonrío con suficiencia, le doy la espalda a la rubia y pongo los ojos en blanco mirando a Tess, que sigue atendiendo la barra mientras observa mi interacción con la mujer—. Ayúdame, por favor... —articulo en silencio mientras las uñas rosa fucsia se me clavan en el antebrazo esta vez.
Los ojos de Tess brillan con picardía mientras se apoya en la barra y ladea la cadera.
—Piper, vaya, no has perdido el tiempo. JD acaba de volver al pueblo ayer. No lo he visto por estos lares en... ¿qué, cinco años?
—Más bien seis —gruño mientras Piper invade aún más mi espacio personal y las puntas de sus tetas, que seguro son de mentira, me rozan la espalda.
—¿Y está disponible?
Joder, la tía está en celo, ni siquiera se molesta en disimularlo mientras sus uñas bailan arriba y abajo por mi brazo.
—¿Lo está? —responde Tess con una media sonrisa mientras pasa un trapo por la barra.
—Tengo una parienta en Austin —respondo secamente mientras aparto la mano de Piper por segunda vez en menos de dos minutos.
—Qué lástima que no esté aquí —canturrea esa voz irritante, pisoteándome cada nervio de la columna.
—Y que lo digas —repito, me doy la vuelta y esta vez me llevo la cerveza conmigo.
—¿Cuál es su problema?
Oigo a Piper ocupar mi sitio en la barra.
—Nunca le gustó este pueblo.
—¿Por qué no?
—Está embrujado.
La risa de Piper es demasiado aguda.
—Nunca había oído eso. Lo único que da miedo aquí es una serpiente de cascabel si se te mete en el garaje.
—Los fantasmas de aquí solo persiguen a JD —responde Tess.
Suelto una maldición, me doy la vuelta, apuro la cerveza y me largo hacia la puerta.
Tess sabía cómo tocarme las narices, seguramente cabreada por todos los billetes de cien que le metí en el bote de las propinas.
Pero maldita sea si no me tenía bien calado.
Estoy huyendo de fantasmas que todavía me persiguen. Pensé que alejarme de los lugares donde ella caminó a mi lado aliviaría algo del dolor. Pero no fue así. Este pueblo es una herida que nunca cicatriza y ahora mismo es como si brotara sangre fresca de ella.
No había vuelto desde aquella Navidad de mi primer año de universidad. Nunca quise hacerlo.
Odiaba que mi madre y mis hermanos nunca me entendieran... que no comprendieran por qué no aceptaba con los brazos abiertos el imperio que prácticamente me servían en bandeja de plata.
El sol del desierto me apuñala los ojos en cuanto salgo de debajo del toldo de madera desvencijado que hay sobre la puerta del bar.
Es como si un millón de hormigas de fuego me mordieran a la vez.
Un dolor de cabeza agudo me taladra las sienes.
Bebí demasiado whisky de Tess. Hago una mueca y saco las gafas de aviador polarizadas mientras camino hacia mi camioneta.
A la mierda este pueblo polvoriento.
A la mierda Tess por ser la única amiga que creía que aún tenía aquí. Seis años desde que entré en el bar de su padre y la muy cabrona no ha perdido ni un segundo en vacilarme mientras me hurgaba en heridas viejas que, no sé cómo, sabía que aún llevaba encima.
Las heridas del corazón nunca sanan. La gente dice que el tiempo lo cura todo y toda esa mierda, pero ni todo el sexo, el dinero o el estatus del mundo han podido apagar la quemazón que me dejó cuando me abandonó.
¿Por otro hombre?
No me lo creí. Pero vi las cintas y las fotos. Algunas incluso tenían audio de mi Skye —mi mundo— diciéndole a otro hombre que solo estaba conmigo por el dinero. Se reían mientras se besaban.
Fue como si me hubiera muerto.
Al chico que fui y todo lo que había creído... lo enterré aquella noche a orillas del río Charles y nunca miré atrás.
Pero ahora que me había visto obligado a volver a casa, los recuerdos me inundaban la mente y no dejaban de joderme.
Ojos de cervatillo. Cabello como el fuego.
Cuerpo esbelto que temblaba cuando nos tocábamos.
Boca que sabía a cerezas maduras.
Piel que olía a lluvia de primavera.
Red me dejó hecho polvo.
Esa chica me tenía tan pillado que una vez caminé cinco kilómetros cuando mi primera camioneta se averió, solo para darle un beso de buenas noches.
Mis hermanos se reían de mí; me llamaban calzonazos y toda clase de gilipolleces.
Tenía diecinueve años.
Temerario.
Chulo como yo solo, convencido de que Red nunca querría soltar lo que teníamos, porque yo desde luego jamás lo haría.
Nunca quise mirar a otra chica. Nunca lo habría hecho si ella no hubiera desaparecido, dejándome el sabor de nuestro amor aún fresco en la lengua. Con el cuerpo ardiendo y anhelando fundirse con el suyo.
Lo hicimos en todas partes.
En la parte trasera de mi camioneta.
En su ducha.
Sobre una manta mexicana a medianoche bajo las estrellas, nuestra primera vez.
Pero esos recuerdos parecen de otra vida.
Los guardé todos.
Bajo llave, tras los barrotes.
Porque cada uno está empapado de ella.
Su sabor.
Cómo me hacía sentir.
Invencible como un dios.
Hasta que se fue del pueblo.
Esfumándose como una voluta de humo, dejando solo la quemadura de nuestro amor.
Gasté miles intentando localizarla. Pero Red era más lista de lo que nadie le reconocía. Huyó tan lejos que ni todo el dinero e influencia de mi familia pudieron encontrar rastro de ella.
Mi madre era una esnob del norte de buena cuna, mi padre un magnate ganadero que heredó cuatrocientas hectáreas, los mejores mustangs de pura sangre y el oro que quedaba de la fiebre que enriqueció a mi tatarabuelo. Se conocieron en ciertos círculos…
Mi familia no solo era dueña del rancho aquí en Nuevo México, sino también de minas de piedras preciosas a lo largo de los Apalaches.
Anunciar en la cena familiar mis intenciones de pedirle matrimonio a mi novia del instituto, cuya madre era camarera en el bar de camioneros junto a la interestatal, no sentó nada bien.
A mi madre se le arrugó la cara cuando le pedí que abriera la caja fuerte para sacar el anillo de mi abuela.
El que quería ponerle a Red en el dedo.
La idea la horrorizaba tanto que cada pequeña arruga que ninguna crema cara podía evitar le transformó el rostro.
Nunca conseguí ese anillo. En su lugar, mi padre y mis hermanos me sentaron para una charla seria. Con bourbon en mano y el fuego crepitando, me echaron la bronca sobre linajes, estirpes y genética.
Yo repliqué que Red y yo sabíamos mucho de reproducción. Mi padre lanzó su vaso al fuego.
Ardió como el infierno recibiendo un alma fresca.
Mis hermanos decidieron apoyarlos a ellos en lugar de a mí.
Yo era joven e imprudente y estaba demasiado cegado para ver lo que tenía delante de las narices: mis padres probablemente le habían pagado y ella se había largado con la pasta y con su amante secreto.
Fin de la historia. No el final que yo esperaba.
Mis manos descansan sobre el volante mientras miro por el retrovisor y me encuentro con las esquirlas heladas de mis propios ojos azules. El presente no se siente mejor que el pasado.
A las mujeres les gusta lo que ven.
Mi rostro está tan cincelado como mi cuerpo.
Mis pómulos son bronceados y prominentes gracias a la cheroqui con la que supuestamente se acostó mi tataratatarabuela cuando mi tataratatarabuelo estaba en la guerra.
Él nunca volvió, pero de algún modo la línea familiar continuó.
Heredé las raíces noruegas de mi madre mientras que mis hermanos sacaron el ADN cheroqui.
Después de unas cuantas generaciones de «reproducción» adecuada, algunos genes se mantienen firmes.
La mayoría de los hombres Northport son altos, bronceados, con pelo y ojos oscuros.
Todos educados en la Ivy League para dirigir los negocios familiares.
Yo estoy cortado por el mismo patrón, pero mi pelo y mi barba tienen vetas de oro oscuro.
Luzco los genes y el dinero como se espera de mí, pero nunca me he sentido cómodo en mi propia piel.
Red lo entendía.
Ella me veía.
Red notaba todas las grietas en la fachada perfecta que mi familia quería que presentara al mundo.
Niego con la cabeza y piso el acelerador. No tiene sentido revivir toda esta mierda. Tierra y polvo se levantan de los neumáticos sobredimensionados de mi camioneta mientras salgo disparado del aparcamiento.
A la mierda este pueblo y todo el dinero de mi padre.
Nunca quise nada más que a ella.
Pero ella se fue y también el chico que yo era.
En cuanto termine este asunto con mi hermano mayor Cal, me largo de aquí cagando leches, y esta vez no vuelvo. Mi vida en Austin me viene perfecta.
Mujeres fáciles.