Capítulo
Siete
JD
Las vacaciones de Navidad en la finca Northport seguían significando lo mismo: presión.
Presión para sonreír, para hacer de heredero del imperio familiar, para asentir durante las discusiones sobre fusiones y negocios inmobiliarios como si me importara un comino. Cada mañana desde la gala, mi padre no me dejaba en paz.
—Ya va siendo hora de que pienses en las prácticas —dijo durante el desayuno, sin levantar la vista del periódico—. La junta necesita ver que te lo tomas en serio.
—Acabo de cumplir diecinueve años.
—Eres un Northport.
—A Cal y Colton no los presionan para que se involucren.
—Porque ellos son diferentes. No tienen tu cabeza... Cal lleva el rancho familiar. De ti espero que lleves el imperio financiero de la familia.
Y ahí terminó la conversación.
Mi hermano mayor, Cal, se quedó callado, dándole sorbos a su café con tierra todavía bajo las uñas. Amaba el rancho. Siempre lo había amado. Caballos, ganado, campos abiertos: ese era su mundo. Pero ¿las hojas de cálculo y las salas de juntas? Las odiaba a muerte.
—Al menos podrías echar una mano con el herraje de invierno esta semana —murmuró Cal cuando nos quedamos solos, apoyado en la isla de la cocina.
—Sabes que eso no es lo mío.
—Sí —dijo, sin malicia—. Lo sé.
—Vamos, hijo.
Agaché la cabeza y me vestí. Traje y corbata. Listo. Reloj de veinte mil dólares en la muñeca izquierda, regalo de cumpleaños. Seguiría su juego por ahora, solo porque me convenía ver cómo se hacía realmente nuestro dinero. Y quizá encontrara algo con lo que darles la vuelta a mis padres.
Seis horas después empezó a asomar una migraña.
El dolor latía lento y constante detrás de mis ojos.
No encajaba en ninguno de los dos mundos: ni en el del petróleo y la política de juntas que adoraba mi padre, ni en la vida ruda del rancho donde Cal se sentía como pez en el agua.
Yo prefería los motores a los caballos. El cromo a las monturas de cuero.
Así que hice lo que siempre hacía cuando las paredes empezaban a cerrarse.
Monté mi caballo de metal.
La vieja Ducati seguía en el fondo del garaje, enterrada bajo lonas y adornos navideños. Negro mate con detalles plateados. La compré en tercero de instituto con la Amex negra de mi padre y se lo conté después. Casi le da un infarto. Nunca me arrepentí.
La saqué rodando al sol frío y la arranqué de una patada. El rugido me vibró en el pecho, salvaje y vivo. No me puse cazadora de moto ni nada. Solo me quité la americana, me eché una sudadera encima de la camisa de vestir y dejé que el viento hiciera el resto.
El aire quemaba de frío, pero me daba igual.
Rodé kilómetros y kilómetros. Más allá del límite de la finca. Más allá de los arroyos secos del invierno y las tiendas con la persiana echada. Santa Fe se difuminó a mi espalda.
Las palabras de mi madre volvieron arrastrándose: «Quizá te estaba engañando. Escabulléndose entre las estanterías con su cuadernito».
No cuadraba. Ni un poco.
Skye no era mentirosa. Era muchas cosas —salvaje, impulsiva, terca como una mula—, pero no *fingía* el amor. Yo conocía esa mirada que me dedicaba. Sabía cómo temblaba cuando la tocaba.
Aun así, la duda me susurraba al oído como el viento de la carretera.
Al final, reduje la velocidad. La carretera se curvaba hacia un lugar que no había planeado, pero quizá una parte de mí sabía que acabaría allí desde que salí del garaje.
El bar del club de moteros Royal Bastards MC estaba en las afueras como un gruñido hecho carne. Edificio bajo, ventanas tintadas, un parking de grava lleno de Harleys y actitud. Aparqué la Ducati a un lado, ya levantando cejas entre la neblina de humo que salía por la puerta abierta.
Dentro olía a cuero, whisky y testosterona. Todas las miradas se volvieron hacia mí cuando entré, todavía medio vestido como un pijo de gala.
—¿Te has perdido, esmoquin? —soltó un tipo desde detrás de la barra, secando un vaso.
No me inmuté.
—Depende. ¿Sirven escocés?
Unos cuantos resoplidos. Un tipo se levantó, hombros anchos, barba espesa.
—Esto no es ningún club de campo. Aquí no servimos martinis con hielo.
—Pues me lo tomaré solo.
Eso arrancó una risa. Justo cuando el barbudo dio un paso adelante como para echarme a patadas, una voz cortó el ruido.
—Eh, eh, que está conmigo.
Me di la vuelta, y ahí estaba.
Edge.
Habíamos jugado juntos en el equipo de fútbol americano en segundo de instituto. Por entonces era todo pómulos afilados y caos. Ahora, más mayor, más ancho, con un chaleco de cuero sobre la sudadera. Su parche decía *Enforcer* del Scorpion MC.
—JD Northport —dijo con una sonrisa, y me atrajo hacia un abrazo rápido—. No te he visto desde que el entrenador White te tiró la carpeta a la cabeza.
—Tú reventaste la máquina expendedora por un Snickers —le solté, sonriendo.
—Y no me arrepiento.
Disipó la tensión como por arte de magia y señaló un reservado al fondo.
—Venga. Vamos a ponernos al día. Vas demasiado elegante para este antro.
Mientras nos sentábamos, Edge me pasó un chupito sin preguntar.
—Y bien, ¿qué hace un niño rico de postín en un bar de moteros?
—Necesitaba salir a rodar —dije, echándome el whisky de un trago—. Y algo de perspectiva.
Asintió como si lo pillara mejor que la mayoría.
—Tienes una pinta horrible —dijo sin rodeos—. ¿Ha pasado algo?
Exhalé. —Una chica.
Fingió una mueca de dolor. —¿No son siempre ellas las que más nos atormentan?
Hablamos. No de banalidades, sino de cosas importantes. De cómo no encajaba en el imperio Northport. De la chica que había perdido. De cómo nada en mi vida tenía ya sentido.
Edge escuchó. No interrumpió. Solo bebía su cerveza y asentía como si supiera lo que significaba sentirse a la deriva.
Me contó algo del camino que estaba recorriendo como aspirante en un Club rival de los Royal Bastards, mientras los dos MC intentaban negociar treguas que siempre acababan fracasando.
De vez en cuando su mirada se desviaba hacia una morena delgada.
A mí me parecía menor de edad, pero con Edge nunca se sabía, de ahí su apodo.
—¿Alguna vez has pensado en dejarlo todo? —le pregunté tras un largo silencio.
—Todos los días —dijo—. Pero hay fantasmas que tienes que perseguir antes de que encuentren la paz. ¿Estás buscando el tuyo?
Asentí.
—Entonces sigue persiguiéndolo. Pero no dejes que los cabrones te llenen la cabeza de mentiras por el camino.
Crecí en la vida del Club. Era demasiado joven para ser aspirante hasta ahora, pero te diré una cosa: esa chica tuya tuvo ayuda.
No hay manera de que una chica sin nada de los barrios bajos desaparezca de tu vida sin dejar rastro.
Y menos con los mejores investigadores que el dinero puede pagar buscando cualquier pista y sin encontrar nada.
—Tienes razón. Mis padres están detrás de esto —siseé—. La quitaron de en medio y a mí me metieron en una universidad de la Ivy League. Justo lo que querían.
—Apuesto a que contrataron a alguien para asustarla. Seguro que le pusieron una pistola en la cara y le dieron un buen susto. —Dio un trago a su cerveza mientras vigilaba las puertas a mi espalda.
—¿Estás bien? —Estaba que echaba humo por lo que insinuaba, pero Edge miraba a su alrededor como si esperara problemas en cualquier momento.
—Mi MC odia a los Bastards. Tienen una reunión en Church... nuestra versión de una sala de juntas. Como solo soy aspirante, no me invitan. Mi trabajo es asegurarme de que nadie tienda una emboscada a mi gente.
—Entonces te dejo con lo tuyo.
—Cuando quieras salir a rodar conmigo y mi gente, avísame.
—Lo haré. Me alegro de verte, Edge. Feliz Navidad y eso.
—Yo nunca he tenido una de esas, JD. Ni pavo asado con todos los acompañamientos, y desde luego nunca un regalo del gordo del traje rojo.
—Joder, pues. Considérate invitado al Rancho Northport la mañana de Navidad.
—Preferiría caer en un nido de víboras. Sin ánimo de ofender.
—No te preocupes. —Le di una palmada en la espalda mientras me iba.
Ya había pasado a mis investigadores privados la información sobre los avistamientos en la biblioteca. Con suerte, darían con alguna pista.
Aunque nuestro amor fuera solo una canción que había terminado, aún necesitaba saber por qué.