Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Cuatro

JD

Once semanas después – Cambridge, Massachusetts

Mis botas desentonaban sobre los adoquines: cuero gastado y polvoriento contra ladrillo impecable.

El grupo de la visita al campus iba delante, charlando sobre el reparto de habitaciones y los prerrequisitos de Economía, mientras yo los seguía como una nube de tormenta que nadie nota hasta que estalla el primer trueno.

Llevaba las manos metidas en los bolsillos, los dedos rozando el borde gastado de la carta de Skye.

Habían pasado días interminables desde que desapareció, y aún cargaba con la maldita cosa como si fuera un talismán, o quizás una maldición.

Meses desde que desperté abrazando una manta que olía a miel calentada por el sol en lugar de a su piel.

Silencio absoluto de todos los investigadores privados que me habían prometido encontrar a cualquiera por el precio adecuado.

Resulta que el dinero no puede comprar fantasmas.

Me enfurecí con mis padres, con todo. Pero la rabia no trajo de vuelta a mi Skye.

Estaba claro que se había ido, y ver las expresiones de suficiencia en las caras de mis padres a todas horas solo avivaba mi rabia.

Así que me largué. Decidí usar su dinero para pagarme una carrera, conseguir un buen trabajo y cortar esas ataduras para siempre.

—¿Señor Northport?

Una animada embajadora estudiantil retrocedió trotando para ponerse a mi altura, con su polo carmesí tres tonos más brillante que el pintalabios.

—Ahora vamos a la Biblioteca Widener. ¡Solo quería avisarle!

Le solté un gruñido que podría haber pasado por agradecimiento.

No se inmutó ante mi falta de encanto, probablemente acostumbrada a niños ricos introvertidos que preferían la compañía de Nietzsche a la de los novatos.

Volvió con el grupo y la coleta le ondeó al girar.

La observé, medio impresionado. Guapa, sonrisa fácil.

Pero no era Skye.

No era la chica que decía que yo era su dios del sol y me besaba como si fuera el único futuro que jamás había querido.

No era la chica que huyó con nada más que mi corazón en el bolsillo y el aroma de salvia del desierto prendido en el pelo.

No era la chica que me dejó una carta en lugar de un adiós.

Debería haber estado furioso. *Estaba* furioso.

Pero esa rabia no dejaba de fundirse con el dolor hasta que ya no podía distinguir una cosa de la otra.

Así que hice lo único que pude. Subí al jet privado que envió mi padre, dejé que la secretaria de mi madre organizara mi habitación y me matriculé en tantas asignaturas que harían llorar al más empollón.

Porque si no podía encontrar a Skye, yo también me volvería imposible de encontrar.

Que pensaran que estaba entrando en vereda. Que el apellido Northport me abriera paso por pasillos cubiertos de hiedra, apretones de manos en sociedades secretas y prácticas de mierda con senadores que le debían favores a mi padre.

Que pensaran que me había rendido.

Pero no lo había hecho.

Este lugar, podían quedárselo. ¿Los fondos fiduciarios, las dinastías, el legado de cuna de oro? Cogería hasta el último céntimo y lo convertiría en mi propia vía de escape.

Porque algún día construiría una vida que no pudieran tocar. Una que jamás pudieran reclamar como suya.

Y cuando la encontrara de nuevo —si la encontraba— tendría algo real que ofrecerle. Mi nombre, libre del suyo. Mi dinero, ganado con mis propias manos. Mi mundo, no el de ellos.

Pero hasta entonces, caminaba por este lugar como un fantasma.

Skye se había desvanecido en el polvo del desierto.

Y yo había dejado mi corazón enterrado allí mismo, con ella.