Capítulo
Dos
JD
El sol se coló entre mis párpados, ardiendo en rojo tras los ojos cerrados. Boca seca. Lengua pastosa. Arena en las pestañas.
Pero no me importaba.
Porque ella estaba en mis brazos.
Aún podía sentirla: cálida, suave, apretada contra mí como si ese fuera su lugar. El aroma de su pelo, cómo se le curvaban los dedos mientras dormía, el peso de su muslo sobre el mío.
Sonreí y la apreté más fuerte.
Solo que no era ella.
Era una maldita manta.
Tanteé la tela arrugada mientras la confusión me subía por la garganta. Abrí los ojos, desorientado, y el corazón me corcoveó en el pecho como un potro salvaje. La manta olía a ella —a sol, a vainilla, a ese champú que siempre me hacía perder la cabeza—, pero ella no estaba.
—¿Skye?
Silencio.
—¿Red? ¿Cariño?
Me incorporé demasiado rápido. La sangre se me bajó de la cabeza y todo empezó a dar vueltas. Mis botas seguían en el suelo. Su sujetador seguía medio escondido bajo el borde de la manta. Pero ella no estaba.
Recorrí con la mirada los matorrales y la pendiente de la cresta donde habíamos aparcado.
Ninguna silueta contra el sol de la mañana. Ni rastro de su tarareo, ese que siempre soltaba cuando creía que no la oía.
Subí la colina a la carrera.
La camioneta había desaparecido.
—¡Skye! —grité al vacío inmenso con la voz ronca. La única respuesta fue viento y polvo, y el aguijón del pánico clavándose en mis entrañas.
Ella no se habría ido sin más. No sin...
Entonces lo vi.
Estaba metido bajo el termo que nunca abrimos. Un trozo de papel de cuaderno doblado con mi nombre garabateado en tinta.
Lo agarré. Mi nombre era lo único escrito por fuera.
¿Dentro? Un solo párrafo que me atravesó como una motosierra.
«Te quiero más de lo que el desierto quiere al sol, JD. Por eso tuve que irme. Naciste para algo más grande, y no puedo ser yo quien te arrastre hacia abajo. Siempre te llevaré conmigo. Por favor, no me busques. Vete a Boston. Ese es tu sitio».
Y una mierda.
Las lágrimas me nublaron la vista mientras la rabia me crepitaba bajo la piel, a punto de estallar.
Le di un puñetazo al poste oxidado más cercano con tanta fuerza que se me abrieron los nudillos. La sangre goteó sobre la tierra.
—Esto es cosa tuya —gruñí mientras buscaba el móvil, pero también había desaparecido. Claro. Se lo había llevado.
Para cuando conseguí que alguien me llevara de vuelta al pueblo, estaba que ardía. Entré en la finca como un incendio forestal, con los puños apretados y la voz tronando.
—¿Qué le dijisteis? —bramé mirando a mi madre y a la sonrisa engreída de mi padre.
Mi madre parpadeó, pillada desprevenida por la furia de mis ojos.
—¿De qué estás hablando, cariño?
—¡No te hagas la inocente conmigo! —rugí—. Siempre la odiaste. ¿La amenazaste? ¿Le pagaste para que se fuera? ¿Mandaste a alguien a asustarla? ¡Os juro que os mato a los dos!
—JD, no...
—¡Se ha ido! —estampé la carta sobre la mesa de cristal—. Ha desaparecido. Se llevó mi camioneta, mi móvil, todo. Y lo único que me queda de ella es este maldito trozo de papel y una manta que todavía huele a ella.
Mi padre se levantó con la mandíbula apretada.
—Nadie en esta familia se rebajaría a ese nivel. Si la chica se fue, es porque sabía lo que hacía. Considéralo un regalo. Te has librado de una buena.
Me lancé hacia él.
La única razón por la que no lo dejé inconsciente de un puñetazo fue que mi hermano mayor, Cal, se interpuso entre nosotros y me sujetó a la fuerza.
—Como os acerquéis a ella —gruñí entre dientes—, juro por Dios que quemaré todo este legado hasta los cimientos.
Contraté a todos los investigadores privados que merecían la pena.
Transferí el dinero esa misma mañana. También hice unas cuantas llamadas y di con unos hackers de primera que trabajaban bajo cuerda.
Rastrearon cada cámara de carretera, cada gasolinera en la que podría haber parado, cada transacción con mi nombre o con mi camioneta.
Nada.
Ni rastro digital. Ni rastro en papel. Ni un solo avistamiento.
Se había esfumado.
Como un fantasma.
Lo único que quedaba era polvo en la boca y el dolor sordo de un hueco del tamaño de un anillo donde antes estaba mi corazón.
El cielo del desierto se tiñó de crepúsculo y yo seguía sin respuestas. Cerré los puños con rabia. Red estaba ahí fuera, pero ¿hacia dónde había ido?