Epílogo. Brooke
Epílogo
Brooke
Meses más tarde
Me ajusté los guantes de un tirón. Travis habló en ese momento por el comunicador, porque cubría con Bill la otra parte del edificio.
—En posición.
Fue una orden clara. Apoyé la espalda contra el muro exterior. A mi izquierda, Phoebe cubrió conmigo la entrada trasera.
Travis volvió a hablar.
—Cortamos luz y entramos en tres… dos… uno…
Negro. El edificio quedó a oscuras. Se oyeron voces desde dentro, que estallaron al instante. Llantos. Bajé las gafas de visión nocturna.
—¡Avanzamos!
Los vimos antes de que ellos detectaran nuestra presencia. Dos en el pasillo, girando sobre sí mismos. Phoebe disparó dos veces, una bala para cada uno. Cayeron casi a la vez.
—Pasillo limpio, Holmgren —comunicó.
—Tercer piso —gritó Travis—. ¡Ya!
Subimos al tercero, donde el aire comenzó a ser denso. Percibí un claro olor a sudor mezclado con otros fluidos en los que preferí no pensar demasiado, y la intensidad empeoró cuando nos acercamos a la sala roja.
—Movimiento a la izquierda —detectó Bill, uniéndose con Travis a nosotras.
Un hombre paseaba desnudo. Nos disparó cuando oyó las pisadas, pero falló.
Apunté directamente a su miembro y disparé.
Y no sentí ningún remordimiento cuando le volé el pene.
Se lo merecía. Avanzamos hasta la sala roja.
La habíamos llamado así porque era donde la red de prostitución llevaba a las chicas secuestradas. En esa sala, las violaban en grupo.
—Disparad a matar —ordenó Travis.
Empujamos la puerta de la sala, confirmando el horror: colchones tirados por el suelo, cadenas colgando de las paredes, cubos, toallas con sangre y semen, que confirmaban lo evidente. Demasiados hombres. Chicas muy jóvenes, de entre doce y catorce años de edad con claros signos de abuso y maltrato.
Algunos de los pederastas se giraron al oírnos, aunque no nos pudieran ver.
La mayoría caminaban a tientas por la sala.
Y otros… ni siquiera se detuvieron. Abatí primero a esos, sin fallo en el tiro.
El resto del equipo fue igual de letal. Disparos certeros.
Controlados. Uno intentó correr. Otro saltó por la ventana, matándose en el acto.
Hubo uno que llegó a empuñar un arma, pero antes de disparar, Bill le voló la mano y Travis lo remató con un tiro entre ceja y ceja.
Las fotos y los vídeos que nos habían llegado mostrando lo que hacían en esa sala estaban en nuestras cabezas.
Otro se abalanzó hacia una de las chicas, usándola para cubrirse, pero eso no le sirvió de nada.
Me moví hasta tener un ángulo limpio y disparé, haciéndolo caer.
Phoebe y Bill ya estaban cubriendo a las chicas, colocándose entre ellas y agrupándolas para explicarles que éramos agentes del SEDS.
Travis y yo acabamos con los que quedaban.
—¡No dispares! —imploró el último, de rodillas—. Por favor, tengo mujer e hijas…
Travis agarró su pelo sin piedad y bajó a su altura.
—Estas chicas también podrían ser tus hijas, pedazo de mierda.
Me miró, asintiendo ligeramente, indicando que acabara con él. No lo retrasé. Apreté con gusto el gatillo.
—Sala limpia —informé.
Travis accedió a base por el comunicador para activar las luces.
Se encendieron de golpe. Con luz, aquello era muchísimo peor.
Phoebe y Bill habían cubierto a seis de las chicas con mantas limpias que habían encontrado.
A las otras cuatro les dejamos nuestras chaquetas del uniforme para que se cubrieran.
Algunas lloraban. Otras no tenían ni siquiera expresión, solo miradas vacías, perdidas en algún punto al que nosotros no podíamos llegar.
—Necesitamos transporte para la extracción inmediata de diez menores —ordenó Travis por el comunicador—. Necesitan atención médica y psicológica. Evaluación de carácter confidencial.
—Vamos, chicas. —Phoebe habló con suavidad.
Salimos del edificio cuando llegó el transporte con los equipos médicos. Travis condujo hasta la base. Dimos parte de los hechos a Thelma y Larry antes de irnos a los vestuarios.
—Meses detrás de esos cabrones —maldijo Travis al salir de la ducha.
Yo ya estaba preparada para irme, pero antes apreté su hombro.
—Has hecho un excelente trabajo. Quédate con eso.
—Tú también —admitió—. Buena puntería, Crowley.
—Crowley. —Phoebe me llamó. Estaba con Bill en la puerta—. Vamos a tomar algo, ¿vienes?
Decliné la invitación.
—Otro día. Esta noche tengo planes con Nick, y mañana tenemos celebración doble.
Phoebe esbozó una sonrisa cansada.
—Disfruta. Holmgren, ¿te animas?
—Joder, sí. —Se vistió enseguida—. Necesito un par de botellas de whisky para olvidar toda esta mierda.
Bill levantó la mano a modo de despedida y Travis abrió la puerta para que Phoebe saliera con Bill. Cerré mi taquilla y salí con ellos al aparcamiento para coger mi moto.
Conduje hasta Ashmoor y entré en casa corriendo.
Mis padres pasarían la noche en la base, así que preparé algo rápido de cena y busqué una peli para ver con Nick en el salón.
El timbre sonó. Apareció con un ramo de flores que había ido encontrando en el trayecto de su casa a la mía.
La mayoría estaban mal cortadas, pochas incluso, ni siquiera combinaban entre sí, pero…
eran de él. Y eso fue suficiente. Era un ramo desaliñado, imperfecto. Y no pudo gustarme más.
—Me encantan.
Tiré de su cazadora y lo besé antes de que pasara.
—Huele bien. —Nick siguió el olor hasta el salón.
—He hecho algo rápido y he elegido una peli.
Serví la cena sin complicarme demasiado y Nick trajo lo que faltaba: agua, cubiertos y servilletas. Nos sentamos el uno junto al otro.
—¿Día duro, nena?
Lo miré de reojo, consciente de que me conocía muy bien.
—Demasiado.
No hizo más preguntas, solo me apretó la mano.
Cenamos viendo una película de acción y luego nos tumbamos acurrucados.
Apoyé la cabeza en su pecho y acabé cerrando los ojos a los pocos minutos de que comenzara a masajearme los hombros.
Desperté a la mañana siguiente, en mi cama.
Nick estaba cambiado, preparado para irse al trabajo que había conseguido en la sucursal en la que trabajaba su padre.
—Te quedaste dormida —dijo, colocándose bien la camisa—. Te subí como un saco de patatas.
—Gracias.
—Y he ido a por mi ropa mientras dormías.
Se inclinó y me besó.
—Tengo que irme —añadió—. Nos vemos luego, nena.
—Haré hamburguesas para la fiesta.
Se acercó más, como si no pudiera evitarlo y me besó otra vez.
—Nick, vas a llegar tarde si sigues haciendo eso.
—¿Sí?
Lo atrapé suavemente en la cama. Sus manos se aferraron a mi cintura por debajo del pijama. Nick se desabrochó el pantalón y la sacó por un lateral del bóxer.
—Tengo tres minutos.
—Suficientes.
Tuve cuidado de no arrugar su ropa cuando me puse sobre él.
Mis manos guiaron la erección hasta mi cavidad después de que se pusiera el preservativo, acabando con el poco espacio que quedaba entre nosotros.
Subí y bajé mientras nos besábamos con respiraciones entrecortadas hasta que la necesidad nos hizo convulsionar.
Apoyé mi frente contra la de él mientras alcanzamos el punto que queríamos.
—Nos hemos pasado cinco minutos —observé, ayudándole a arreglarse a toda prisa.
—Han merecido la pena, nena.
Salí con él hasta el pasillo y reí cuando bajó las escaleras de cuatro en cuatro.
Nick
Esa misma mañana
Salí de la sucursal de Nueva York con mi padre cuando terminó nuestro turno.
No tenía estudios para trabajar en un banco todavía, pero mi padre se enteró de que necesitaban a alguien de confianza para tareas sencillas: recibir a los clientes, derivarlos a caja o a los despachos, ayudar a las personas mayores con los formularios y mantener un flujo constante para que la sucursal no colapsara.
No era un puesto importante, pero pagaban más que lo que cobraba como repartidor y hacía menos horas.
En pocos meses había aprendido cómo funcionaba todo, de forma que ahora me dejaban echar una mano en caja.
El banco iba a pagarme la formación de un curso certificado, para en el futuro poder ascender a un puesto como el de mi padre.
Saqué las llaves del Nickmóvil, papá montó en el asiento de copiloto y conduje hasta el colegio de Ashmoor para recoger a mis hermanos.
Los vi salir como siempre: mochilas mal cerradas, chaquetas y cazadoras sin abrochar.
Tenían esa energía inagotable que algún día echaría en falta porque la infancia era demasiado efímera.
—¡Nick! ¡Papá! —gritó Madi.
Noah y Jack saltaron dentro del coche. Noah llegó primero. Jack empotró a Noah contra la puerta. Y Madi casi se cae en un charco, por darse la vuelta para despedirse de su amiga Emma.
—Orden, chicos —pidió papá.
—Cinturones —recordé.
Arranqué cuando se los pusieron, oyendo las voces de la señorita Figueroa.
—¡Nickolas! ¡Nickolas!
Pisé el acelerador antes de que llegara al coche, fingiendo no haberla oído. Cuando la distancia fue prudente, aflojé y miré por el retrovisor hacia mis hermanos.
—¿Qué habéis hecho esta vez?
—Nada —dijo Noah.
—Has respondido demasiado rápido.
Papá se mantuvo al margen, acostumbrado a que tomara el rol de padre.
—¡Han llenado el aula de barro! —Madi se echó hacia delante.
—¡Mentirosa! —se defendió Jack—. ¡Solo han sido unos cubos de arena!
—¡Nooo! —gritó, ofendida por lo de mentirosa.
Papá resopló por la nariz.
—Hijos míos, ¿os cuesta mucho portaros bien dos días seguidos? Dos. No pido más.
Les echó el sermón hasta el bar.
—No bajéis —advertí, señalándoles con el dedo—. Quiero vuestras manos lejos de la comida.
Salí del coche. Nada más cerrar la puerta, vi tres caras pegadas al cristal. Negué con la cabeza antes de entrar. El cartel de «cerrado» colgaba de la puerta. Pese a eso, abrí. Sabía que Brooke estaba dentro.
—¿Hola?