Epílogo. Brooke #2
No me oyó. El olor a carne me guio hasta la cocina.
Empujé la puerta y la encontré de espaldas.
Me fijé en la hermosa figura que resaltaba su pantalón negro.
Brooke llevaba el delantal atado a la espalda y un jersey de lana.
Terminó de colocar las hamburguesas en sus respectivas cajas antes de girarse, como si me hubiera presentido.
Sonreí.
Cuando quiso darse la vuelta, yo ya estaba tras ella.
—Mmm… —gimió, haciendo el tonto—. Qué sigiloso.
Bajé la mirada a sus labios, y los saboreé aprovechando que nadie nos veía.
—Hola, nena —dije, bajo.
—Hola, Nick.
Sujeté su barbilla con la mano y volví a besarla como si llevara días conteniéndome, cuando en realidad había dormido en su casa. La subí sobre la encimera con suavidad, solo para que el beso fuera más profundo.
—Te he echado de menos toda la mañana —murmuré contra su boca.
—Calla.
Hizo una especie de pinza con las piernas para retenerme y así seguir besándome. Sus dedos se me enredaron en el pelo. Mis manos bajaron a su cintura, acercándola a mí. Me separé de sus labios respirando más fuerte de lo normal, pegando mi frente a la suya.
—Tengo tres críos pegados al cristal del Nickmóvil.
—Que esperen un minuto.
—También está mi padre.
—Que espere también.
Seguí besándola, más lento esta vez.
—¡Sois novios, sois novios!
Los gritos de Madi hicieron que nos separásemos. Mi hermana estaba en la puerta de la cocina, con los ojos como si se le fueran a salir y una sonrisa demasiado maliciosa para lo buena que era.
—¡Lo sabía! —chilló.
—¿El qué? —disimulé.
—¡Os he visto! ¡Os estabais besando!
—¿Qué? ¡No! Brooke se estaba ahogando —improvisé, pero no se lo creyó—. ¿Qué haces aquí?
—¡Me hago pis!
Me fijé en cómo mi hermana apretaba las piernas. Brooke se tapó la boca un segundo, riéndose por lo bajo.
—Vamos, Madi —dijo, aguantando la risa—. Te llevo al baño.
Desaparecieron de la cocina y aproveché para terminar de preparar las bolsas. Volvieron minutos después. Madi llegó primero, mucho más tranquila y con Brooke detrás. Se cruzó de brazos y nos miró a los dos con esa cara pícara de «os he pillado».
Brooke me señaló delante de ella.
—Esto es culpa tuya, que lo sepas.
—¿Mía?
Levanté los brazos con teatralidad, lo que provocó que Madi rompiera en carcajadas.
—¡Se lo voy a contar a papá y mamá! ¡A Emma! ¡A…!
—No vas a contar nada a nadie —la interrumpí.
—¡Sí!
Me arrodillé para quedar a su altura.
—Está bien, pequeña chantajista. ¿Qué quieres por tu silencio?
Se llevó un dedo al moflete, pensativa.
—A ver que piense… ¡Ah, ya sé! Quiero… Un furby.
—¿Un qué?
Brooke se dobló de la risa al ver mi cara.
—Un fur-by —repitió, vocalizando en exceso.
—¿Eso qué es?
—¡Un furby! Canta, habla, baila. ¡Y tiene los ojos redondos como Lúpulo y Cebada!
Brooke me enseñó una foto del juguete en el móvil. Miré la imagen de la pantalla. Luego a Madi. Y acabé devolviendo el móvil a Brooke.
—Eso da miedo.
—¡No! —se indignó—. Es lo más adorable del mundo.
Alcé los brazos de nuevo.
—¿Adorable, Madi? ¿Eso es adorable?
Cruzó los brazos, inflando los mofletes.
—Pues… Si no me compras el furby, lo cuento.
Antes, esta conversación no habría existido porque en ocasiones no habíamos tenido ni para comprar un brik de leche. Ahora era distinto. Teníamos una economía normal, con la que sí podíamos permitirnos algo más.
Madi hizo otro puchero.
—Emma tiene uno.
Exhalé por la nariz.
—Eres una chantajista.
—¡No lo soy!
—Un poco, sí. —No pude evitar sonreír—. Te compraré el furby, Madi. Pero no porque me hayas chantajeado, sino porque te lo mereces.
Sus ojos brillaron.
—¿De verdad?
—De verdad. Ahora, al coche; enseguida voy.
Salió disparada de la cocina.
—Te ha sacado un furby —dijo Brooke, de nuevo sobre mis labios—. Voy a recordártelo siempre.
—Lo sé.
La besé antes de coger las bolsas y rocé su cintura con la mano, apartándome a regañadientes.
—Gracias por esto, nena. Te veo en media hora.
Antes de cruzar la puerta, miré atrás una última vez. Brooke estaba preciosa.
Salí con las bolsas en las manos, comprobando que las tres caras seguían pegadas al cristal.
—Ya era hora —se quejó Noah, en cuanto abrí el maletero.
—¡Tengo hambre! —añadió Jack.
—¿Dónde está mi furby? —preguntó Madi.
Arranqué sin hacerles ni caso.
Cuando llegamos a casa, todo estaba bien.
La rampa, las puertas, las ventanas… todo estaba como debía estar.
Y eso, hace no tanto, era muy diferente.
Ya no teníamos humedades ni goteras. La cocina funcionaba.
En el frigorífico no faltaba de nada. Y mamá tenía una silla nueva, eléctrica, que podía dirigir ella misma.
—Hola, mamá —saludé al entrar, besando su mejilla.
Revolví el pelo a Claire y a Juliet.
—Entretenedlos—pedí a mis padres—. Y abrid a Brooke cuando llame.
Fui a la cocina a inflar globos, cintas, velas… Coloqué todo rápido, sin pensarlo demasiado, nervioso porque por primera vez desde hacía años, podíamos celebrar los cumpleaños. Llamaron al timbre. A pesar de estar en la cocina, oí los gritos de Madi.
—¡Broooooooooke! ¡Nick está en la cocina preparando una fiesta! ¡Pero tranquila, sé que no puedo contar lo del beso!
El globo que tenía en la boca se me escapó. Mi novia entró después y el timbre volvió a sonar de nuevo. Jess, Vicky, Walter, Larry y Thelma estaban invitados.
—Vale, creo que ya está —dije a Brooke, que acababa de entrar en la cocina.
Retocó un par de detalles antes de salir al pasillo a llamar a todos.
—¡Monstruitos, podéis entrar! ¡Los demás también!
El pasillo tembló cuando los niños y los cerdos vinieron corriendo. Y no me extrañó, entraron a la cocina como una estampida de elefantes.
—¡Está priceoso ! —dijo Emma, jugando con los globos.
Madi subió a la silla e intentó meter un dedo en la tarta.
—¡Woooooow!
—¡Ni se te ocurra! —La bajé de ahí.
Jack y Noah intentaron lo mismo.
—¡¿Pero es que no tenéis modales?!
Mamá entró, ligeramente emocionada. Thelma y Larry cogieron una cerveza de la nevera.
Juliet empezó a reír. Claire dio palmas.
Mi padre se quedó con Walter en la entrada.
Vicky y Jess intentaron poner un poco de orden.
Y las hamburguesas duraron lo que tardaron en sentarse.
Las patatas fritas volaron. El bote de kétchup desapareció.
—¡Esta es mía! —gritó Madi.
—¡No! —replicó Emma—. ¡Mía!
—Es verdad —intervino el padre de Brooke—. Es de Madi.
—¡Papá! —Brooke llamó la atención a Larry—. No metas cizaña.
Thelma y mamá rieron. Encendimos las velas de la tarta y cantamos a Juliet y Claire el cumpleaños feliz.
Me quedé un paso atrás, mirando la vela con el número tres, hasta que mis hermanas apagaron la llama.
Miré a mamá, y la vi feliz. Mi padre volvía a disfrutar de su mujer y de sus hijos.
Brooke estaba agachada junto a las mellizas.
Se volvió a por Madi y Emma, para hacerlas girar como un helicóptero.
Me fijé en todos, pero los ojos siempre volvían a ella.
—¡Eh, usurpadores! —gritó cuando Jack y Noah robaron de la mesa el plato entero—. ¡Eso es para después!
Pero Noah ya había salido corriendo con la boca llena hacia el salón. Lúpulo y Cebada fueron tras él, colándose por sus piernas hasta que Noah tropezó.
—¡Mis tortitas! —lamentó Jack.
Lúpulo y Cebada mordieron varias de las que habían caído al suelo.
—¡Las están robando! —chilló Madi, corriendo ahora junto a Emma.
—Vale —intervino Brooke—. Monstruitos, fuera. Adultos, también.
—¡Eran mías! —protestó Noah.
—Han pasado a mejor vida —respondió—. Venga, a la sala de estar.
Lúpulo levantó la cabeza con media tortita colgando del hocico. Cebada, igual.
—Confirmado —añadió, muerta de la risa—. Han pasado a mejor vida.
Poco a poco, la cocina se fue vaciando hasta quedarnos solo nosotros. Repartimos la tarta en pequeños platos antes de llevarla a la sala de estar. Y Brooke jugó con mi mano después de coger las cucharas.
—Se te da bien esto —comentó.
—A ti también.
El caos del salón nos llegó amortiguado. Las risas, los gruñidos de los cerdos, algo cayéndose. La agarré por la cintura para atraerla hasta mí.
—Antes ni siquiera podía llenar la nevera —recordé—. Gracias por estar, nena.
—Nunca te he amado por lo que tienes, Nick, sino por cómo eres.
—¡La tartaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! —gritaron Madi y Emma desde el salón.
Al coro se unieron Jack, Noah, Juliet y Claire.
—¿Cuándo quieres que se lo contemos?
Brooke negó despacio. Me moría por gritarle al mundo que estaba con ella.
—Aún no. Hemos pasado por mucho, Nick.
—Tienes razón.
—Nos merecemos un tiempo para nosotros, solo tú y yo. Sin presión. Sin que nadie esté pendiente de si sale mal o no.
Escondió sus dedos en mi pelo.
—Lo entiendo, nena. Solo nosotros.
Por ahora, no hacía falta que nadie más lo supiera. Le di un último beso. Corto, pero intenso.
—Será mejor que vayamos —sugerí, estrechándola contra mí—. Nos van a desmontar la casa.
Lúpulo y Cebada aparecieron por la cocina con un gorrito de paja con flores pegadas.
—Van a salir en las fotos mejor vestidos que nosotros —bromeó Brooke.
Cogimos los platos. Antes de salir, Brooke se giró coqueta.
—¿Duermes conmigo esta noche?
—Todas las noches que no estés en el SEDS.
Volví a retenerla entre mis brazos, con cuidado de no tirar los platos.
—Te amo, nena. Somos lo que queda después de todo —murmuré contra su boca.
Estaba perdidamente enamorado de ella.
—De todo lo que hemos sido —dijo.
—De todo lo que hemos sobrevivido.
—Somos… —susurró.
Devoré sus labios sellándolos con los míos.
—Cicatrices.