Cicatrices 52. Brooke
97%

52. Brooke

Brooke

Mi madre salió del quirófano y se recuperó antes de lo que los médicos habían previsto. La bala no había causado tanto daño como parecía.

En cuanto a mi puesto en la base, hubo muchas semanas de tratamiento psicológico previo, evaluaciones e informes, además de reuniones interminables con altos cargos hasta hoy; el día de mi reincorporación.

Para Paul Jefferson y Guy Macklean, Mason y el Káiser murieron en un enfrentamiento, en defensa propia.

Nadie habló de más, y lo ocurrido en los pasillos subterráneos se quedó enterrado allí para siempre.

Tampoco se cuestionó la versión oficial, ya que a raíz de descubrir que Mason Smith era el topo, investigamos hasta hallar su verdadera identidad.

El que había sido nuestro compañero, ni siquiera se llamaba así.

Era un hacker. Uno lo bastante bueno como para construir una identidad desde cero, completamente falsa.

Y lo bastante peligroso como para hacer que todos creyéramos en ella.

Con Nick todo se trató de forma interna, como debió haber sido desde el principio.

Travis no volvió a Ashmoor. Cuando alguien del pueblo preguntaba por él, me limitaba a decir: ni idea, no lo veo desde que volvió a la ciudad. Pero era mentira. Seguíamos trabajando juntos. Algunas historias no terminan mal, simplemente terminan. Y lo nuestro quedó donde tenía que quedarse.

Tal y como le prometí a Nick, no hubo nadie más entre nosotros. Y tal y como Travis me había prometido a mí, me reconstruyó física y mentalmente con ayuda del grupo, antes de mi incorporación oficial a la base.

Volví a mi trabajo. A lo que soy. Y la casa de Nick también volvió a ser lo que había sido años atrás: un hogar lleno de vida, de caos y de monstruitos, pero ahora sin goteras, sin humedad, con calefacción y suficiente comida en la nevera.

Las reformas terminaron. Y aunque Donna tendría que pasar su vida en esa silla, su mirada perdida había desaparecido.

Y parte de esa tristeza constante, también.

Seguía teniendo días difíciles, pero poco a poco estaba volviendo a ser ella.

Lúpulo y Cebada se adaptaron mejor que nadie. Corrían por la casa, metiéndose donde no debían y aparecían cuando menos lo esperábamos. Los chips ya se los habían extraído, y solo les quedó una marca diminuta.

Entré en el vestuario después del entrenamiento.

Era mi primer día oficial como agente del SEDS tras mi reincorporación y lo que sentí tras sacar el uniforme fue orgullo.

Me habían vejado, maltratado, golpeado, acuchillado, perseguido, ahogado, quemado, enterrado viva y, aun así, estaba de vuelta aquí. De pie. Entera.

Deslicé los dedos por la tela antes de vestirme.

El uniforme no era solo ropa. Era lo que representaba. Lo que había conseguido.

Cuando salí al pasillo, me encontré a toda la base formando filas.

Agentes, jefes de grupo, enfermeros, sanitarios, el director del SEDS, el jefe de Operaciones, el equipo de psicólogos, mis padres…

Todos en silencio. Me detuve en el centro del pasillo, sin comprender lo que estaban haciendo, hasta que al mismo tiempo, todos se llevaron la mano a la sien.

Espalda recta, talones firmes, hombros alineados.

El saludo reglamentario, ese que se reserva para mostrar respeto a altos cargos.

Di un paso más, pero nadie bajó el brazo.

Y entonces los vi. Phoebe Meyer, con los ojos brillantes y su melena del color del fuego, emocionada.

Guy Macklean, dedicándome por primera vez una cálida sonrisa.

Paul Jefferson, contenido, aunque a la vez vanidoso.

Travis Holmgren, engreído como nadie, se atrevió a guiñarme un ojo.

Bill Davis, con una mano sobre el pecho, y las lagrimillas a punto de brotar de sus ojos.

Y mis padres, irradiando la más absoluta admiración.

Aquello no era por mi rango. Era por haber vuelto, a pesar de todo.

Por haber sobrevivido a lo que debería haberme destruido.

Seguí el protocolo y avancé hasta el final, donde me detuve antes de dar media vuelta, devolviéndoles el saludo con la misma firmeza y respeto que ellos mostraron por mí.

Paul Jefferson rompió filas, acompañado de Guy Macklean.

—Bienvenida a casa, agente Crowley.

Mantuve el saludo reglamentario. Firme. Con la cabeza alta. Orgullosa.

—¡Gracias, señor!

—Agente Crowley, haz los honores.

Levanté la barbilla y alcé con seguridad la voz con el lema del SEDS.

—¡No somos civiles, somos armas del Estado! ¡Entrenados para resistir, preparados para todo! ¡Prevalecemos donde otros caen, aunque el precio sea la muerte! ¡Servir, resistir y permanecer hasta el final, leales al SEDS!

Las filas se rompieron cuando bajamos los brazos, y el pasillo estalló en vítores y aplausos. Ninguno de los que trabajábamos en el SEDS éramos invencibles, pero sí éramos lo bastante duros como para sobrevivir juntos a todo el que intentara destruirnos.