51. Brooke
Brooke
—Mason Smith ha disparado a Thelma antes de huir —explicó Phoebe—. Tu padre está con ella, intentando controlar la hemorragia.
Bill y Travis cargaron con Nick. Miré hacia el origen de la explosión.
Phoebe dirigió la mirada allí también, y no tuve que decir nada porque me entendió.
Cubrió a los cerditos antes de avanzar conmigo, entrecerró los ojos por la intensidad de las llamas y me acompañó.
El fuego crepitó y un trozo del túnel cayó al fondo, levantando una nube oscura de ceniza y polvo.
Seguimos avanzando a pesar de eso, hasta que vimos al Káiser con la ropa quemada.
También la piel. Gran parte de su cuerpo estaba en carne viva.
Respiraba como un animal moribundo mientras se arrastraba.
Phoebe sacó su arma y me la ofreció.
—Te dije que no te quitaría este privilegio.
Cogí la pistola. El Káiser seguía arrastrándose, con vida. Me acerqué más. El calor de las llamas me golpeó la cara, pero no retrocedí. Apunté al punto exacto en el que él había apuñalado a Nick y apreté el gatillo. Por primera vez, no me sentí mal por arrebatarle la vida a alguien.
El disparo rompió el crepitar del fuego, seguido del crujir de sus costillas al hacerse pedazos.
Aun así, respiraba. Nick avanzó hasta nosotras con ayuda de Travis y de Bill.
Se colocó a mi lado y empuñó la pistola que antes guardaba en la mochila.
Apuntó al Káiser con la misma decisión que yo, y sabíamos que nadie, ni Phoebe, ni Travis, ni Bill, iban a impedir que acabáramos con él.
Le devolví a Phoebe su pistola y coloqué la mano sobre la de Nick.
Los dos apuntamos al Káiser, que se removía agónico sobre su propio charco de sangre.
Nick no dejó de mirarme.
—Por ti, nena.
—Por nosotros.
No le dejé apretar el gatillo por una razón: no quería que alguien como él se convirtiera en lo que no era. Así que lo hice yo, con su mano sobre la mía.
—Púdrete, K.
El impacto hizo eco en las paredes del túnel y, por un momento, el único sonido que oímos fue el estallido de la bala atravesar el cráneo, antes de que los sesos acabaran esparcidos por las paredes del pasillo y se oyeran los gruñidos de los cerdos.
Se desplomó igual que haría una marioneta si le hubieran cortado los hilos.
Las llamas envolvieron su cuerpo antes de que le diéramos la espalda y avanzamos por el túnel, Nick con la ayuda de Bill y Travis.
Ignoré las protestas del cuerpo, apoyándome en Phoebe para continuar.
Los animales estaban inquietos, removiéndose en los brazos de Phoebe mientras emitían pequeños gruñidos.
Giramos donde el túnel se bifurcó en dos pasillos, y ahí los vi.
Papá estaba de rodillas en el suelo, con las manos completamente cubiertas de sangre, presionando el abdomen de mi madre.
—¡Papá, mamá!
Phoebe me ayudó a avanzar más deprisa hasta ellos.
—Hija —dijo papá, antes de devolver la mirada a mi madre—. Mira, Thelma. Cariño. Brooke está aquí, no te duermas.
Me arrodillé.
—¿Mamá?
La sangre se filtró entre los dedos de mi padre.
—Ha entrado —explicó papá, refiriéndose a la bala—, pero no ha salido. Necesita atención médica, pero si la movemos mucho, la hemorragia puede empeorar.
—Si no la movemos, también. —Travis fue tajante—. Los pasillos están inestables, hay que salir.
Travis estaba en lo cierto, pero mover a mamá implicaba ponerla en riesgo.
—No podemos quedarnos —añadió Phoebe, con bastante más empatía que Travis.
—Papá, tienen razón.
Nick y yo nos apoyamos el uno en el otro, para que los demás ayudaran a mi padre a cargar con Thelma. Los techos temblaron cuando la levantaron.
—Tenemos que salir por donde está el camión —advirtió Phoebe—. Alguien tiene que activar la palanca para que la puerta se abra.
Bill se ofreció, pero antes de que echara a correr, lo llamé delante de todos.
—Espera.
Bill giró su rostro hacia mí y esperó a que se me pasara la tos. Todavía tenía arena en la garganta.
—Mason Smith está muerto —confesé—. Le disparé cuando supe que era el topo. Su cuerpo está allí.
Usé su nombre porque un traidor no merecía ningún respeto. Y usar el apellido para el SEDS era eso.
—Smith era un traidor —determinó—. Id a la salida.
En el SEDS no había lugar para los traidores. Ni para llantos. Ni para lamentos. Bill se fue para activar la palanca y los demás avanzamos cuando Travis terminó de mandar nuestras coordenadas a la base, solicitando atención médica inmediata.
Cuando llegamos al camión, el acceso ya se estaba abriendo. Bill llegó poco después, y enseguida ayudó a los demás con el traslado de Thelma.
—¡Por aquí! —Travis avanzó—. ¡Vamos, vamos, vamos!
Las llamas del camión ahora eran más altas. Y ni Nick ni yo teníamos uniformes ignífugos.
—¡Brooke —mi padre dirigió la mirada hacia mí—, no paréis!
Se tapó la nariz con la camisa, para no respirar el humo.
Los demás hicimos lo mismo. Incluso nos agachamos para gatear, porque por arriba el aire ya era irrespirable.
Avancé con Nick, apoyándonos el uno en el otro.
Travis apartó un trozo del camión a patadas para poder seguir, pero ni Nick ni yo pudimos continuar.
—¡Brooke! —gritó mi padre.
Parte del techo se derrumbó entre medias. Nick y yo nos pegamos a la pared en un intento por huir del calor no solo en la piel, sino dentro, con cada respiración.
—Nena —tosió—, hay que continuar.
Gateé un par de metros. El suelo quemaba y otra parte del techo, mucho más grande que la anterior, se desplomó a unos centímetros de nosotros. Los bloques de hormigón y tierra levantaron una nube de polvo, dándonos una pequeña tregua.
Lo que podía habernos matado, nos permitió sobrevivir. Aprovechamos que el polvo aplacó unos segundos el fuego para pasar ese tramo en el que las llamas nos alcanzaban.
—¡Crowley! ¡Nick! —Nos animó Phoebe—. Cien metros para la salida.
Bill gritó también.
—¡Ya lo tenéis, seguid!
Avanzar ya no era cuestión de fuerza, sino de voluntad.
A pesar de las quemaduras y de la inhalación de humo, lo conseguimos. Nick y yo dimos los últimos pasos a gatas, antes de intentar incorporarnos cuando el aire cambió a uno más puro. El suelo dejó de quemar.
Me desplomé en la salida. Nick cayó a mi lado, de costado.
Sin aire. Estábamos hechos polvo, con quemaduras por gran parte de la piel y una importante inhalación de humo.
Oímos las aspas del helicóptero al descender en el bosque y las sirenas de la ambulancia acercarse a toda velocidad.
Nick me agarró la mano, sin poder parar de toser.
—Sin pestañas… —volvió a toser, mirándome por el rabillo del ojo— estás igual de guapa.
—¿Has dicho sin pestañas?
Me llevé la mano libre al párpado. Mierda, se me habían chamuscado.
—Casi nos convierten en menú del día —continuó—. Pareja a la brasa —miró su brazo—, aunque yo estoy más bien churruscado.
Nos dio un ataque de risa y de tos. Los sanitarios se distribuyeron. Varios «oinks» nos hicieron mirar al otro lado. Phoebe apareció entre nosotros, con Lúpulo y Cebada, sanos contra su pecho. Los había cubierto con la chaqueta del uniforme para protegerlos.
—Están bien —confirmó, dejándonos más tranquilos.
Luego miré hacia el helicóptero. Mi madre ya estaba en una camilla, rodeada de sanitarios para controlar la hemorragia. Mi padre no se separaba de ella, pero con frecuencia miraba hacia mí. Sonrió con los ojos, reteniendo las lágrimas cuando le devolví la sonrisa.
—Thelma también va a ponerse bien. —Phoebe me acarició el cabello.
Nos colocaron máscaras de oxígeno y nos subieron a Nick y a mí también a diferentes camillas. A mi madre se la llevaron en helicóptero con mi padre. Los demás, fuimos en la ambulancia.
Nick levantó la mascarilla.
—Nena. Creo que estaba equivocado.
Fruncí el ceño al no entender de qué estaba hablando.
—No te quiero.
Ni los cerdos hicieron ruido en ese momento. Guardé silencio y acepté lo que decidiera. Nick sí me quería, pero entendía que después de todo no quisiese aceptar lo que implicaba mi trabajo.
—No te quiero —repitió, apretando los dedos—. Y no voy a poder quererte nunca porque querer se me queda corto cuando se trata de ti.
Lo miré de verdad, más allá de lo que los demás podrían ver jamás. Sabiendo que todo lo anterior casi nos cuesta la vida. La suya. La mía. Y entonces recordé lo que le dije tiempo atrás. Me aparté la mascarilla y lo repetí:
—Odian las cicatrices porque les recuerdan algo que no quieren recordar. Porque significan dolor.
Los ojos de Nick se humedecieron ligeramente, antes de responder con amor:
—A mí me gustan porque significan que sigues aquí. —Miró la K en su pecho—. Te amo, nena. Te amo.
Me incliné hacia su camilla y susurré sobre sus labios:
—Te amo, Nick.
Lo besé, y habría seguido haciéndolo si no fuera porque todavía necesitábamos la mascarilla para respirar. Por eso, y porque un sollozo rompió el silencio. Nos giramos hacia Phoebe, que abrazaba a Lúpulo y Cebada contra su pecho, limpiándose los mocos y las lágrimas con la manga del uniforme.
—Joder… —dijo entre el llanto y la risa—. Sois insufriblemente bonitos.
Hundió la cara entre los cerdos para que no la viésemos emocionarse.
Bill apartó la mirada para que no lo pilláramos también con la lagrimilla.
Por el momento, Travis permaneció con los codos apoyados en las rodillas, la máscara de oxígeno y los ojos sobre mí, pero de una manera diferente; con aceptación.
Exhaló despacio, pasando la mano por su cara sin ninguna prisa.
—Al final —murmuró relajado por fin—, siempre haces lo que te da la gana, Crowley.
Acabó la frase con una media sonrisa. La suya. Sostuvo la mirada un segundo más, sin reproches ni rencor. Y yo le sonreí también. Por fin, todo estaba como debía.