50. Brooke
Brooke
El último disparo hizo que Mason quedara inerte sobre la arena. No perdí tiempo. Le pedí a Nick que sacara la navaja de mi bota para rasgar el cuero de la chaqueta, recordando que Mason me la había regalado después de que la mía quedara inutilizable en el Himalaya.
—¿Nena, qué haces?
Agarré la empuñadura con ambas manos, apenas sin fuerza, hasta encontrar lo que sospechaba: un micro diminuto, casi imperceptible, y un chip de rastreo más pequeño que un garbanzo, ambos ocultos en el forro interior.
Los arranqué consciente de que, desde mi llegada, el Káiser y Mason habían tenido constancia de cada paso que daba. Y eso explicaba todo.
—Nick, siempre han ido un paso por delante.
Habían usado a Varok como distracción, convirtiéndolo en el cebo. Extendí las manos hacia Lúpulo y Cebada. Necesitaba explorarlos a ellos también.
—Dámelos. —Tosí.
Nick miró la navaja en mi mano, y dudó.
—¿Para qué?
—Nick, dame a los cerdos.
Lo hizo a regañadientes. Sacó del arnés a Lúpulo y Cebada y los dejó en mis brazos sin soltarlos del todo. Bajo la piel del cuello, noté un bulto en cada uno. Mis dedos incidieron sobre esa ligera elevación cutánea. Acerqué la navaja. Podría hacer un corte limpio y rápido para extraer los chips.
—¿Nena? —preguntó, asustado.
Acerqué la navaja. Cebada hizo: oink, oink, oink. Lúpulo se removió ligeramente, apoyando el hocico contra mi brazo. Besé sus cabezas antes de colocarlos de nuevo en el arnés de Nick.
—Tienen chips subcutáneos. —Guardé la navaja en la bota, girándome para toser—. Cuando volvamos a Ashmoor tendremos que quitárselos.
No quería hacerles daño, la extirpación tendría que posponerse para poder administrarles previamente una anestesia.
—¿Los cerdos llevan chip?
Parecía que el Káiser lo había previsto todo, todo menos que Travis me diera el dispositivo de rastreo antes de subir al avión, algo que al principio solo supieron él y Phoebe.
Seguí atando cabos y entendiendo cada jugada: el cuaderno del hospital, la manipulación de las cámaras.
Metí la mano en el ataúd y rebusqué entre la arena hasta encontrar la horquilla, colocándola en mi pelo.
—Nick, tengo un plan.
—¿Cuál?
Me ayudó a ponerme en pie y a no pisar el cadáver de Mason. Bajé del contenedor con su ayuda sin poder dejar de toser y cogí el spray de pimienta por si lo necesitaba.
—¿Tienes hora?
—Sí, espera.
Buscó hasta encontrar los móviles. Me tendió el mío antes de explicarme cómo lo había desbloqueado para llamar a Travis. También confesó que mis padres estaban en los pasillos subterráneos, lo cual me inquietó porque los disparos no cesaban.
—Ven conmigo.
Nick me ayudó a caminar. Busqué un pasillo alternativo, que conectara con la salida exterior. Cuando lo encontré, me quedé con mi pistola y a Nick le entregué la que llevaba en la mochila. Cogí los explosivos antes de pedirle que volviera a la zona de incautaciones y activara la palanca.
—No voy a dejarte aquí sola.
—Nick, ve.
—Nena, ni de coña.
Se oyó otra ráfaga de disparos.
—¡Ve! ¡Esta es la única salida! ¡Si el Káiser quiere huir, tendrá que hacerlo por aquí!
—¡No!
—¡Nick, sí!
—¡¿Y tú?!
—¡Yo estaré bien! Sube la palanca, y en un minuto como mucho, la bajas —señalé la puerta metálica que cortaba el paso detrás de mí—. Mi plan va a funcionar, pero necesito tu ayuda.
—¡Vale! ¡Pero que no te maten!
Me besó antes de correr a la sala de incautaciones, con los cerdos botando en el arnés. Si salíamos de esta, Lúpulo y Cebada tendrían que ser recompensados de alguna manera.
Controlé el tiempo desde que Nick activó la palanca.
La puerta ascendió y apenas treinta segundos después, oí el ruido del motor.
Me pegué a la pared. La puerta empezó a bajar cuando las luces iluminaron el conducto subterráneo, tal y como le había pedido a Nick; subir la palanca y bajarla después de un minuto exacto.
Cuando el metal descendió, apareció en el túnel el camión con la caja cerrada, lo cual significaba que los contenedores estaban dentro.
Me aparté antes de que el Káiser me arrollara con el camión.
Derrapó al pisar el freno, a centímetros de la puerta.
—¿Sorprendido de verme? —Le sonreí desafiante en cuanto intentó bajar.
Uno de los dos iba a morir hoy. Y no pensaba ser yo.
Levanté el brazo para dispararle, pero cerró la puerta antes de que la bala lo alcanzara.
Le vi bajar por el otro lado y volví a disparar, esta vez por debajo del vehículo, pero solo le rocé la punta del zapato.
Rodé por debajo y enfundé el arma, pero el brazo me tembló.
Con los dientes apretados, apoyé el codo en el suelo para estabilizar la dirección.
—Pequeña ladrona. —Tiró de mis pies, arrastrándome fuera y mi pistola cayó—. Ya deberías estar muerta.
—Tú primero.
No estaba en condiciones de forcejear, pero hice lo que pude: accionar el spray de pimienta sobre sus ojos.
El chorro le salpicó las pupilas, logrando que me soltara.
Intenté retorcerle el brazo, pero mi estado no me permitió ejercer la suficiente fuerza.
Eso le dio la ventaja que necesitaba para asestarme varios puñetazos en la boca del estómago, antes de lanzarme brutalmente hacia atrás.
Mi cadera y parte del hombro izquierdo amortiguaron la caída recibiendo el mayor impacto.
—¡Arrrg! —gruñí.
Al ser un pasillo cerrado, la garganta y los ojos se me irritaron por la pimienta.
Tosí doblándome sobre mí misma y me colé rodando por debajo del camión para escapar de él.
El Káiser chocó contra la caja, privado de su visión.
Vi mi pistola al lado de la rueda delantera derecha y me arrastré a por ella.
Alcancé el arma en el momento en que sentí sus manos sobre mí.
Me sacó a rastras, tirándome del pelo y asestándome patadas.
—Pequeña ladrona. —Siguió tirando—. Voy a llevarte conmigo para molerte a palos después de follarte el culo hasta cansarme.
Busqué el gatillo, apunté sin vacilar y disparé. El grito me indicó que la bala le había alcanzado, pero no matado. Aproveché el momento en que me soltó para alejarme a rastras. Perdí la pistola al sacar la bomba, pero no había tiempo. Quité el seguro del explosivo y apunté al techo del camión.
Oí el «clac» al caer.
—¡Brooke!
Me llegó la voz de Nick desde el fondo del pasillo, acompañada de los gruñidos de los cerdos. Extendí los brazos instintivamente hacia él cuando llegó a mí.
—¡La bomba! —Señalé el camión—. ¡No hay tiempo!
Phoebe apareció tras él. Y vi a Travis y a Bill aparecer también por el pasillo. El Káiser disparó en mi dirección. Bill y Travis cubrieron mi posición mientras Phoebe y Nick me ayudaron a ponerme en pie. El Káiser falló, disparaba prácticamente sin ver, y eso fue lo que me salvó.
—¡Moveos! —gritó Travis.
Mi pecho ardió con cada bocanada como si me rasgara la tráquea con cristales. Nick se dio cuenta y me cargó en brazos con el apoyo de Phoebe.
—Estarás bien, nena —susurró en mi pelo.
Me aferré a su chaqueta con cuidado de no hacer daño a Lúpulo y Cebada, que botaban como pelotas en el arnés. Una bala alcanzó a Nick por la espalda. Lo supe por el sonido del impacto, por cómo su cuerpo se tensó conmigo en brazos antes de doblarse sobre sí mismo.
—¡Nick!
No respondió, pero tampoco me soltó. Sus brazos se aferraron con más fuerza a mi alrededor.
Bill nos cubrió, Travis corrió hacia nosotros y con ayuda de Phoebe nos arrastraron hacia el pasillo lateral, apartándonos de la línea de tiro en el momento en que la bomba explotó.
Primero sentí la presión, acompañada del sonido.
Después la ola de calor y el temblor. Todos giramos el cuerpo contra la pared.
Nick, a pesar del disparo, nos cubrió a Lúpulo, Cebada y a mí con el suyo.
Se desplomó, y tuve que darle la vuelta con ayuda de los demás para que no asfixiara a los cerdos con su propio peso.
Phoebe sacó a los cerdos del arnés y cogió en brazos a Lúpulo y a Cebada.
—¡Nick! —Mi mano tembló cuando la llevé a su mejilla—. ¡Nick, levántate!
Abrió los ojos, dolorido. Travis se acercó en ese momento y con ayuda de Bill lo giró para mirar el disparo.
—Robarme la chaqueta te ha salvado la vida. —Travis mostró el proyectil que sostenía en su mano—. Es antibalas.
Nick movió los labios formando una pequeña sonrisa. Su boca se abrió en repetidas ocasiones, pero no fue capaz de hablar.
—No fuerces —aconsejó Travis—. El impacto puede dejarte sin aire parcialmente, incluso bloquear la respiración por completo. Te has desplomado por eso.
Nick movió la cabeza, indicando que lo había entendido. Y Phoebe acomodó a Lúpulo y Cebada contra su pecho.
—Tenemos que movernos. —Phoebe siguió avanzando, y habló a Travis—. Hay que ir a por sus padres.
Giré la cabeza hacia ella.
—¿Mis padres siguen aquí?
Todos cruzaron miradas entre sí.