Cicatrices 49. Nick
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49. Nick

Nick

La cara de Travis activó todas mis alarmas.

Miraba el reloj de una forma inquietante.

Phoebe puso la misma expresión cuando su jefe giró la esfera hacia ella.

Aumenté el ritmo para colocarme entre ambos, con Lúpulo y Cebada colgando del arnés.

Ya íbamos muy rápido, pero ahora habíamos aumentado considerablemente el ritmo.

—¿Qué estáis mirando? —quise saber.

—No lo entenderías —respondió Travis, con frialdad.

Agarré su muñeca y la giré yo mismo para ver la maldita esfera. Como bien había dicho, no entendí nada. Había puntos, uno de ellos en movimiento, pero también vi diferentes colores.

—¿Os cuesta mucho explicármelo?

Phoebe señaló diversos puntos con el dedo.

—Esto es un sensor térmico —resumió—. Detecta calor, pero no atraviesa superficies densas. Deberíamos ver dos figuras limpias y definidas, no esto.

Señaló el punto que se alejaba de la dirección a la que íbamos.

Pero lo que me confundió fue que su otro dedo se detuvo en una zona concreta, en una en la que el color era diferente.

No se movía, y marcaba una superficie con una temperatura alterna al resto del suelo. Lúpulo intentó morder la esfera.

—¿Qué es?

Cruzaron miradas.

—O una anomalía térmica o…

—No lo digas, Holmgren.

—Meyer, tiene diferente temperatura que el resto del suelo. El audio…

—¿Qué audio?

Por lo visto, estaban demasiado tensos aguantándose la mirada como para responderme.

—Meyer —cortó Travis—, no podemos perder ni un segundo más.

La esfera del reloj volvió a cambiar mientras corríamos a la sala de incautaciones. Un golpe metálico, como el de unas puertas de acero cerrándose, hizo vibrar el suelo bajo nuestros pies.

—¿Qué ha sido eso?

—Parece que viene de un pasillo lateral —observó Bill.

Phoebe y Travis volvieron a mirar la esfera.

—¿Puede ser que haya puesto inhibidores y esté llevándose los contenedores? —planteó Phoebe.

—Es probable. —Travis corrió más—. Aislamiento térmico, revestimiento o inhibidores activos. Está ahí, pero no lo vemos.

Otro golpe acompañado de un fuerte temblor.

—Se los va a llevar —confirmó Thelma, angustiada por su hija.

Lúpulo se agitó contra mi espalda y Cebada soltó pequeños chillidos que se juntaron con los gritos de Larry. No lo juzgué. Para ellos, su hija lo era todo en el mundo, y nada ni nadie —absolutamente nada ni nadie— estaban por encima de ella.

—¡¿Y si la lleva con él?! —Larry se descompuso en voces ahogadas—. ¡¿Y si lo del reloj es otra de sus trampas?!

Travis señaló la esfera sin detenerse.

—¡¿Y si no lo es?! ¡Dijo que la enterraría viva! ¡Viva!

Thelma también estalló entre jadeos, sin apartar la vista del túnel. La tensión era insoportable.

—¡No hay manera de saber si está en la sala o en los contenedores, la única certeza que tenemos es que, si se la lleva, no volveremos a verla!

Larry asintió, de acuerdo con su mujer.

—Nosotros vamos por ahí —decidió.

No era una pregunta, y por eso mismo, los demás no perdieron el tiempo. Echaron a correr por el otro pasillo, todos a excepción de Mason, que se ofreció a ir con ellos para que el grupo estuviera más igualado.

—¡Vamos! —instó Travis.

Seguí corriendo, aunque con el alta recién dada, mi condición física no era la mejor.

Cuando llegamos, la zona de incautaciones estaba abierta, y, amarrados en sillas, vi tres cuerpos de vigilantes, agentes, o lo que fuesen, muertos.

Lo sentí por ellos, pero me alegré de que ninguno de esos cadáveres fuera el de Brooke.

—Todo ha sido una trampa. —Travis soltó una maldición—. Han accedido al sistema y manipulado los accesos para desviar la atención y poder llegar aquí.

Phoebe, Travis y Bill gritaron el nombre de Brooke mientras buscaban el punto exacto de la esfera que mantenía una temperatura diferente al resto.

—Tiene que estar aquí —aseguró Phoebe.

—¡Brooke! —grité yo también—. ¡Brooke!

Bill señaló un punto concreto: un contenedor lleno de arena.

—Creo que es ahí, aunque ojalá me equivoque.

Travis corrió hacia allí. Lo seguí con Bill y Phoebe. El suelo irregular tenía marcas de arrastre. Me agarré al borde con las manos para impulsarme hacia arriba. El metal estaba frío, pero no me importó. Desde arriba, vi la arena compacta y una «K» dibujada sobre la tierra. Al lado, una pistola.

—¿Es de…?

No me salieron las palabras, y a ellos tampoco. Sus caras, mientras miraban la letra en la arena junto al arma, hicieron que me echara a temblar.

—¡Hijo de puta! —escupió Travis.

Phoebe no dijo nada. Bill tampoco. Todos, y yo con ellos, comenzamos a escarbar con nuestras propias manos. Los cerdos se revolvieron en el arnés, inquietos.

—Está aquí —logró decir Phoebe—. La ha…

No pudo continuar. La arena cedió al principio, pero cuanto más intentábamos escarbar, más pesada se volvía.

—¡Más rápido! —rogué, desesperado.

La arena se me metió bajo las uñas, llegando a la piel. Pero el problema no era ese, sino que cada puñado que echamos atrás, en algún momento volvía a caer.

—Es imposible.

Travis perdió la calma, y por un momento dejó de cavar.

—¡No pares! —exigí. Lúpulo y Cebada dieron un brinco en el arnés—. ¡No puedes rendirte tan rápido y abandonarla así!

Me apartó de un empujón y ordenó a Phoebe y Bill que parasen también. Los cerdos chillaron incómodos.

—¡No! —volví a encararlo—. ¡No les digas que paren!

Travis abrió la mochila que yo cargaba y sacó otro explosivo.

—Cállate de una puta vez, Nick.

Me empujó otra vez, para quitarme del medio. Yo a él también.

—¿Qué vas a hacer con eso, asegurarte de matarla?

No contestó, y yo no pensaba rendirme.

—¡¿He dicho que qué vas a hacer con eso?!

—¡Apártate, joder! ¡Fuera todos!

Activó la carga a pesar de que intenté evitarlo.

—¡¿Has perdido la cabeza?! ¡La matarás!

Me empujó con tanta fuerza que choqué contra Bill, haciéndole trastabillar.

—¡Si no la sacamos de ahí morirá igual! —se defendió—. ¡Fuera todos! ¡YA!

Travis lanzó la bomba. Phoebe y Bill me arrastraron hasta un punto seguro.

Antes de que explotara. Reventó formando una nube densa de arena que se nos metió en la boca y en los ojos.

Tosí sin ver nada y me arrastré hasta el punto inicial comprobando que la arena había cedido de manera diferente a la que pensaba.

El lateral se había hundido, arrastrando parte de ese montón hacia abajo.

Ahora, el hueco era muchísimo mayor. Me tiré dentro, de rodillas, y metí las manos, desesperado por encontrarla.

Bill, Travis y Phoebe hicieron lo mismo, hasta que nuestros dedos chocaron contra algo duro.

Madera. Sentí un miedo aterrador bajo la piel.

Aparté más arena e intenté abrir la maldita tapa cuando el ataúd apareció con claridad bajo nuestras manos.

No estaba intacto, tenía pequeñas fisuras que recorrían la parte inferior.

—¡Nick, espera! —gritó Phoebe.

Metí los dedos en la fisura hasta desgarrarme la piel y conseguir arrancar un ridículo trozo de madera. Lúpulo y Cebada no paraban de moverse en el arnés. Un puñado de arena salió del interior. Todo dentro de mí lo sentí vacío, como si el mundo hubiera perdido parte de su sentido.

—¡Sacadla! —supliqué—. ¡Sacadla, por favor!

Tiré otra vez de la tapa, pero no sirvió de nada. Incluso metí los dedos en la rendija, intentando hacer palanca aunque me los destrozara más. Solo logré introducir las manos en la zona inferior, y ahí todo estaba cubierto de arena.

—Tiene un cierre —observó Bill.

—¡Pues rómpelo!

—Nick —pidió Phoebe, con un hilo de voz—. Apártate, por favor.

Me moví ligeramente sin sacar la mano del ataúd.

Phoebe apuntó a la cerradura y disparó. Levantaron la tapa y hundí las manos sin pensar, sacando arena a puñados.

Buscándola hasta palpar su cara. Hice una especie de garra con los dedos para sacarla con ayuda de los demás.

Travis enloqueció, Bill se dio la vuelta para no seguir viendo a Brooke cubierta de arena.

Phoebe, a mi lado, me apretó el hombro mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

Seguí tirando de ella, pero la arena atrapaba sus piernas, incluso después de haberla encontrado.

Limpié la arena de su boca con manos torpes e hice lo mismo con la de la nariz.

—Nena. No me hagas esto.

Tiré otra vez de ella, de nuevo con la ayuda de Travis, Bill y Phoebe.

Dejaron su cuerpo en mis brazos. Los cerdos chillaron como si comprendieran lo que le pasaba, pero yo solo pude seguir apartando granos de arena de su piel.

Una cadena de acero estrangulaba su cuello.

El dolor fue tan intenso que me dobló por la mitad.

—¿Qué te ha hecho?

Phoebe, Travis y Bill apartaron la cadena de su cuello, dejando a la vista las atroces marcas en su piel.

—No me dejes, nena —supliqué.

Besé sus labios sin importarme que la arena se adhiriera a los míos. Travis me agarró por los hombros para apartarme, pero no lo consiguió. Permanecí con Brooke entre mis brazos y a Phoebe no le quedó más remedio que examinarla en esa posición.

—Sujétale la cabeza —indicó Phoebe a Bill.

Bill obedeció.

Phoebe inclinó la barbilla de Brooke hacia arriba, tapó su nariz y selló los labios con los suyos, antes de soplar repetidas veces. La abracé más fuerte.

—Nada —maldijo Phoebe.

—Otra vez —ordenó Travis—. Si tiene pulso puede tratarse de una hipoxia. La falta de oxígeno suele derivar en una pérdida de conciencia.

Phoebe lo repitió.

—Brooke —susurré, besando su frente—. Por favor.

Phoebe se apartó al no conseguir ninguna reacción, lo cual me hizo entrar en pánico.

—¡Otra vez, Phoebe! ¡Por favor!

Cedió obteniendo el mismo resultado.

—¡Inténtalo más! ¡Tiene pulso!

Phoebe apretó mi hombro con la cara descompuesta.

—Nick…

Zarandeé el cuerpo de Brooke antes de aferrarme a ella y hundir mi rostro en su pelo.

—Por favor, no me obligues a vivir con tu ausencia —Extendí la mano hacia Phoebe; que aún la mantenía sobre el hombro—. Por favor, una última vez.

Travis se acercó, arrodillándose también a mi lado.

—Una vez más —ordenó con los ojos descompuestos, fijos en Brooke.

Phoebe volvió a sellar sus labios con los de Brooke para pasarle oxígeno. Y entonces… Brooke se sacudió entre mis brazos antes de escupir arena y toser.

—Muy bien, Crowley. Eso es, eso es. —La felicitó Phoebe—. Tranquila.

Escupió una última vez y le aparté el pelo de la cara. Mis dedos, ensangrentados como los suyos, temblaron al tocarla. Sostuve su rostro y apoyé la frente contra la suya antes de depositar cientos de besos por sus mejillas, en su nariz, sobre las cejas y en los labios.

—Nena…

Travis miró a otro lado, y lo agradecí. Brooke escupió más arena.

—Eso es. —Seguí dándole besos en la cara—. Suéltalo. Suéltalo todo menos a mí.

Me miró directamente a los ojos y sonrió ligeramente antes de rascar las orejas a Lúpulo y Cebada.

—Te quiero, nena. Pero no vuelvas a hacerme pasar por esto porque me muero.

—Siento interrumpir. —Travis se interpuso para abrazar a Brooke—. Crowley, me alegro de que sigas con nosotros. —Luego giró el rostro hacia mí—. ¿Sabes disparar?

—¿Yo? ¿Por qué quieres saber eso?

—Necesitamos que te quedes con ella —explicó Phoebe con rapidez.

Bill buscó en las paredes hasta encontrar una palanca manual. La bajó y una alarma ensordecedora acompañada de luces rojas comenzó a sonar por la sala y por los pasillos.

—Salidas y entradas cerradas —confirmó Bill, estudiando ahora la esfera del reloj de Travis—. Vamos a por él.

Travis me dejó en la palma de la mano la pistola que el Káiser había colocado sobre la K en la arena.

—Ante cualquier amenaza, dispara.

Cogí el arma por inercia, casi sin mirarla. La idea de matar no me agradaba. Pero la de morir tampoco.

—No quiero perder a una de mis mejores agentes del SEDS —advirtió Travis con dureza—. Crowley no está en condiciones de empuñar un arma.

—¿Y qué te hace pensar que yo sí puedo disparar?

—Que la quieres. Y si tienes que elegir entre ella o el resto del mundo, sé cuál será tu decisión.

No pude replicar. Aunque Travis fuera un gilipollas engreído, en eso tenía razón. Él fue el primero en moverse hacia los pasillos subterráneos. Bill y Phoebe lo siguieron. Y yo bajé la vista hacia Brooke cuando oí disparos.

—Nena, no. —Impedí que se levantara—. No estás en condiciones de pelear.

Se oyeron más tiros, luego una explosión. Cogí el arma y recordé la clase que me dio sobre cómo disparar correctamente un arma.

Mason corrió sofocado hasta mí, con sangre salpicada en el rostro y en el uniforme. Miró a Brooke, después dirigió la mirada hacia mí.

—¡La palanca! —exigió apresurado— ¡Tenemos al Káiser!

—¿Dónde están los demás? —preguntó Brooke, desconfiada.

Mason evadió la pregunta.

—¡Hay que salir de aquí!

—¿De quién es esa sangre?

Brooke me apretó la pierna. Lo bueno de conocernos desde pequeños, es que bastaba un gesto para entendernos.

Algo no cuadraba, así que me levanté cuando Mason se acercó a la pared, dejando a Brooke la pistola.

Si Travis creía que en estas condiciones no podía empuñar un arma, es que no la conocía tanto como yo.

Cubrí con mi propio cuerpo la palanca.

—¡Nick! —maldijo Mason cuando intentó apartarme—. ¿Qué haces?

—¿Qué estás haciendo tú? —inquirió Brooke.

Mason intentó apartarme de nuevo.

—Apártate.

—¿Dónde están los demás? —insistió Brooke.

Mason desenfundó su arma.

—Quítate de en medio, Nick.

Brooke empuñó la suya a la vez. Y le apuntó sin vacilar.

—Eres el topo —lo acusó Brooke—. Por eso los demás no están aquí. ¿De quién es esa sangre?

Mason sonrió con malicia, llevando su dedo al gatillo, pero Brooke disparó antes.

Su brazo se sacudió con violencia cuando apretó el detonador.

La bala salió disparada hacia el cuello de Mason y su sonrisa se quebró.

El impacto hizo que retrocediera unos pasos, en los que Brooke le disparó dos veces más.

La pistola cayó al suelo con él. Mason no volvió a moverse.