Cicatrices 48. Brooke
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48. Brooke

Brooke

Sabía que estaba en los túneles subterráneos por el olor.

Cuando el Káiser me quitó la venda de los ojos, parpadeé en varias ocasiones hasta conseguir enfocar las paredes de hormigón y el techo bajo.

Tres vigilantes estaban atados en sillas, igual que cuando encontré a Varok.

Con las mismas heridas, la misma K rasgada en la piel.

Estaban muertos. El olor a sangre, mezclado con el del metal, me confirmó que me había traído a la zona de incautaciones.

Intenté incorporarme y correr, pero tiró de la cadena, haciendo que los eslabones me ahogasen otra vez.

Me obligó a girar la cabeza hacia los seis contenedores negros, alineados y sellados. Listos para ser sustraídos.

—Míralos bien. —Me clavó los dientes en la oreja, haciéndome sangre.

Intenté zafarme, pero volvió a tirar de la cadena.

—¿Pensaste que podías quitármelos sin pagar por ello?

Noté cómo me soltaba con desprecio, antes de empujarme hacia atrás. Cogió un mando, presionó el botón y la puerta metálica de un séptimo contenedor se abrió.

—Te advertí que te enterraría viva, ¿recuerdas?

Se inclinó sobre mí, mirándome desde una posición más alta, y arrancó la cinta que cubría mi boca.

—¡¿Cómo has entrado?! —Necesitaba saber quién le había ayudado—. ¡¿Quién te ha facilitado el acceso?!

—Ya te lo dije en su día. Eres demasiado predecible.

Tiró de la cadena, arrastrándome hasta el ataúd que escondía dentro el contenedor. Forcejeé para evitarlo, pero fue inútil porque la cadena no solo me asfixiaba, sino que también el Káiser la había enredado alrededor de las muñecas, además de asegurarla después con un candado.

—¡No! —grité—. ¡Nooo!

Antes de cerrar el ataúd conmigo dentro, me agarró del pelo y me obligó a mirarlo una última vez. Sus ojos estaban aterradoramente vacíos.

—Recuerda, el cuerpo siempre convence a la cabeza, pequeña ladrona. Todos, ante una situación de amenaza, actuamos de una manera determinada. —Hizo una pausa, dándome tiempo a encajar las piezas—. El cuaderno te hizo bajar la guardia, aunque creyeras lo contrario.

—¡¿Quién es?! ¡¿Quién es el topo?!

No lo dijo.

—Estás donde quiero. He seguido tus pasos todo este tiempo.

—¡Dame un maldito nombre!

Ignoró mi petición.

—Fue demasiado fácil colocar los explosivos en el coche de Travis Holmgren mientras discutíais en el bar.

—Hijo de puta.

—Lo más divertido ha sido acceder al sistema interno del SEDS y jugar con toda la base a mi antojo.

Miré a nuestro alrededor. Eso explicaba que no hubiese nadie aquí.

—Sé todo, Crowley. Los cambios de turno, el funcionamiento interno, los protocolos… Llevo dentro mucho tiempo, ¿y sabes qué? —Me tiró brutalmente del pelo—. Que cuando vengan a por ti, te encontrarán enterrada en un mísero ataúd. Muerrrrrrta.

Lo peor se lo guardó para el final.

—Lamento que no puedas hacer nada por ellos. Tendrán el mismo final que tú, en cuanto recupere esto.

Señaló los contenedores y cerró el ataúd a pesar de mis gritos. La oscuridad fue inmediata, y la claustrofobia, aterradora. La ansiedad me pudo cuando oí caer la tierra encima.

—¡No! —Golpeé la tapa—. ¡Sácame! ¡Sácame de aquí!

Oí ruidos mecánicos, como si la tierra fuera vertida desde arriba con una máquina.

—¡Por favor!

La tierra siguió llenando el contenedor y empezó a costarme respirar.

El ataúd crujió levemente por el peso que acumulaba encima.

La arena siguió cayendo, hasta que la tierra cesó.

Oí otro tipo de ruidos, lo cual significaba que estaba enterrada a una profundidad de unos dos metros.

Parecían motores. Chirridos metálicos con los que supe que estaba usando algo para arrastrar los contenedores.

La cadena tiraba de mi cuello al intentar moverme, y empeoró cuando me esforcé por alcanzar la horquilla.

Conseguí cogerla, aunque casi me ahogo en el intento, porque los eslabones se tensaron sobre mi piel hasta casi estrangularme.

La sostuve contra la cerradura del candado, pero fallé y la punta se clavó en mi piel haciéndome sangrar.

Volví a intentarlo hasta que encontré la hendidura.

Con mucho cuidado, giré la muñeca en un ángulo doloroso, pero necesario, con el que conseguí liberarme las manos.

—Sí, sí, sí.

El candado se abrió. La oscuridad seguía siendo absoluta, y el espacio mínimo.

Apoyé las manos contra la madera, con los brazos temblando.

Cuanto más rápido respirara, antes me quedaría sin oxígeno.

Pero el pánico es biológico. Un impulso primario.

Intenté relajarme, controlar las inhalaciones, pero el aire que llegaba no me parecía suficiente.

Desesperada, arañé la madera primero con los dedos, luego con las uñas, hasta arrancarlas de la carne.

El espacio era el mismo, pero la claustrofobia estaba adherida en mi maldito cerebro.

La mente se fragmentó en escenarios dispersos hasta encontrar en algún recóndito lugar la frase célebre de mi padre:

«No rendir bien es la diferencia entre que mates o te maten».

Noté la sangre de las uñas resbalar hacia las muñecas. Mi pulso estaba disparado. Inspiraciones demasiado rápidas. El pánico se apoderó de mí y la presión de mi pecho aumentó.

—¡JODER!

Me desgarré la garganta para nada, porque mi voz rebotó contra la madera.

Doblé las rodillas lo que pude, ignorando la presión, y pataleé.

Asesté varias patadas con las punteras de las botas hasta que un crujido formó varias fisuras en la zona de los pies.

Noté el primer hilo de arena caer sobre mis piernas.

Después, otro sobre la rodilla. Había hecho rajas en el ataúd y la arena se estaba filtrando dentro de la caja.

—¡No, no, no!

Los huecos aumentaron por la presión, provocando que la arena se compactara a mi alrededor, ya a la altura de las caderas, empujándome hacia abajo y reduciendo aún más el espacio.

Lo peor fue cuando llegó a las costillas.

Mi aliento se transformó en jadeos angustiosos porque apenas podía expandir el pecho para coger aire.

Cuando los granos se deslizaron por la cara, sentí el verdadero terror.

Un sonido devastador salió de mi interior.

Fue parecido a un grito, pero en realidad era un intento fallido de regulación.

Escupí la arena cuando esta comenzó a cubrirme los labios.

Tosí en un intento de expulsarla, pero eso fue peor, porque después me entró directamente en la boca.