47. Nick
Nick
Mi teléfono sonó. Ah, no. Era el de Brooke. Acepté la llamada entrante de Travis metiendo el móvil por dentro del casco.
—¡Nick! —Su voz era urgente, descontrolada, y sonó por algún altavoz interno del propio casco.
Travis sonaba jodidamente cabreado.
—¡Escúchame, Nick! ¡Nos han encerrado, han bloqueado el sistema de acceso! —Hubo un silencio que me acojonó—. ¡Eres la única persona que puede ayudar a Brooke, aquí dentro no sé en quién puedo confiar y en quién no!
Reprimí las ganas de recordarle que hacía un momento había dicho que lo mejor que podía hacer por Brooke era quedarme en casa. Si no se lo dije fue porque la situación no era la adecuada para hacer reproches.
—Nick, no sé quién es el maldito topo.
Lo de ser adulto no me gustaba, pero, ¿qué más daba? Llevaba siéndolo los últimos años.
—¿Qué hago?
—Vas a tener que venir a la base.
Me llevé las manos a la cabeza.
—No tengo ni idea de dónde está eso. —Seguí viendo mapas en el panel—. Oye, Travis, he cogido la moto de Brooke. Y su casco.
—¿Tienes carné de moto?
—Sé montar en bici. Además, mi furgo está sin gasolina.
—Joder. —Apartó el teléfono un momento—. ¡Meyer!
¿Meyer quién era? Ah, sí. Phoebe. Con tanto nombre y apellido todavía me liaba. Me dejó solo uno o dos minutos. Después, un mapa diferente se extendió sobre la visera del casco.
—Ya tienes las ubicaciones.
—¿Cómo que las ubicaciones?
—La primera te llevará a mi piso. Pídele las llaves a Pétula —supuse que se refería a la vecina—. Tiene una copia.
—Entendido.
—No he acabado —me regañó—. En el armario del dormitorio hay un compartimento oculto.
Fruncí el ceño mientras el punto inicial del mapa parpadeaba.
—¿Y qué hay ahí?
—Equipo básico, pero suficiente.
—¿Suficiente para qué?
—Para que entres a por nosotros. Encontrarás una tarjeta de acceso antigua, cargas de humo y algún arma.
—¿Y qué pretendes que haga yo con eso?
—Entrar por los accesos subterráneos del hospital a la base. Desde ahí conecta un ascensor con todos los niveles.
—¿Y las bombas de humo?
—Cógelas por si hacen falta. Lo más importante es la tarjeta —recalcó—. Las actuales están monitorizadas.
—No entiendo.
Resopló.
—Es una tarjeta fantasma.
—¿Por qué tienes una tarjeta fantasma? Es raro de cojones.
—No es el mejor momento para hacer preguntas irrelevantes —me cortó.
Avancé con la moto con miedo de caerme, pero conseguí mantener el equilibrio y a los cerdos tranquilos en la cesta, aunque no sabía cómo lo había conseguido.
—Travis, ¿cómo quieres que entre en los pasillos subterráneos de una maldita base secreta del gobierno sin que me vean?
—Será fácil. Llámame cuando estés en la segunda ubicación.
—¡Hey, no! Necesito un plan. Un plan para entrar ahí sin que me peguen un tiro —grité—. ¡Muerto no ayudo a nadie!
—Cálmate y actúa como un hombre. No es tan difícil.
Colgó. Así que no me quedó más remedio que seguir sus órdenes.
Pétula era una señora mayor que me contó media vida antes de darme la puñetera copia.
Y me dio las llaves solo porque Travis la había llamado antes.
En su armario, aunque no en el compartimento secreto, vi una mochila tipo arnés.
La cogí por si en algún momento tenía que dejar la moto y cargar con Lúpulo y Cebada.
Otra cosa que tomé prestada fue una chaqueta negra, bastante gruesa.
Abrí el compartimento secreto, que me costó bastante identificar, y saqué la tarjeta fantasma, lo del humo, un spray que parecía de pimienta y una pistola.
Lúpulo y Cebada se mearon en la alfombra del dormitorio.
—Muy bien. —Rasqué sus orejas—. Se lo dejaremos de regalo.
Bajé las escaleras corriendo, aseguré a los cerdos en la cesta con sus gafas de natación y me colgué la mochila tipo arnés con todo lo que había cogido del compartimento secreto. Conduje la moto hasta la segunda ubicación y llamé a Travis cuando llegué al punto marcado.
—Solo veo un edificio de oficinas de recaudación.
—Lo mismo esperabas un letrero luminoso anunciando la entrada.
Apreté el manillar, armándome de paciencia.
—A ver, Nick —siguió—. Hay un nivel subterráneo que conecta con el hospital. Entra en el edificio y baja a la última planta. A la izquierda del vestíbulo verás el pasillo que lleva a la zona de mantenimiento.
—¿Me lo puedes mandar al móvil? Mi memoria bajo presión no funciona muy bien que digamos.
—Ya lo tienes. No te quites el casco y saluda como si supieras a dónde vas. Aunque a estas horas estará prácticamente vacío.
Aparqué la moto en el primer sitio que encontré.
Entré en el edificio intentando ocultar a Lúpulo y Cebada bajo la chaqueta, asegurados en el arnés y bajé las escaleras.
Giré a la izquierda, y vi el cartel del vestíbulo.
Levanté una de las manos para saludar a una señora de la limpieza antes de entrar.
La sala estaba llena de tuberías y olía ligeramente a lejía.
—Travis, estoy dentro.
—En el suelo hay una reja metálica. Parece un conducto para el agua, ¿lo ves?
—Sí.
—Levántalo y métete dentro. Bajarás por una escalera vertical.
—No me jodas…
—Asegúrate de colocar bien la reja antes de descender.
Hice exactamente eso antes de bajar por el estrecho conducto que daba a un pasadizo subterráneo. Ahí abajo el olor a humedad era muy fuerte.
—Sigue andando y no bajes la guardia, por si hay alguien cubriendo el perímetro. —Comenzó con las indicaciones de los pasillos—. Recto. Ahora derecha, Nick. Ve a tu izquierda.
Caminé durante más de veinte minutos. Por comodidad, desabroché la chaqueta de Travis y revisé a Lúpulo y Cebada en el arnés, pero esta vez, colocándolos hacia delante. El túnel comenzó a estrecharse. Después, una luz blanca marcó el paso a una zona con paredes limpias y suelo de hormigón.
—Ve hacia tu derecha. Al final hay una puerta.
—Sí. Parece un ascensor.
—Espera tres minutos y luego usa la tarjeta. Tira una bomba de humo cuando se abra.
—¿Qué? ¿Cómo voy a…?
—Tres minutos.
Oí un disparo y varias voces superpuestas, sin tener ni idea de qué estaba pasando.
—Me he disparado en el brazo para poder bajar a la planta del hospital —explicó.
—¿Que te has qué?
—La bala solo me ha rozado la piel, es superficial.
—No estás bien de la cabeza.
—Minuto y medio para llegar a la planta baja —indicó.
Esperé el tiempo exacto, coloqué la tarjeta en el lector y me guie por la intuición para activar la bomba de humo, quitando lo que parecía el seguro en cuanto las puertas del ascensor se abrieron.
—¿La lanzo dentro?
No sabía si Travis iba a contestarme o no, porque seguía oyendo voces a su alrededor. Ahora también ruedas, como de camillas de hospital.
—Sí. Tírala. ¡Ahora!
Antes de soltarla, el aparato vibró en mi mano.
—Oye —observé—, esto no suelta humo.
—Ya. Es una bomba, deberías correr.
—¡¿Qué?! ¡¿Me has engañado para que vuele un ascensor del SEDS?!
—¡¿Eres sordo además de imbécil?! ¡Que corras!
Me alejé todo lo que pude. En menos de quince segundos, una onda explosiva me hizo volar por los aires.
Mi espalda amortiguó la caída, por lo que Lúpulo y Cebada siguieron intactos gracias a que los había colocado hacia delante.
Cuando me puse de pie, vi el enorme agujero en la pared.
Oí gritos, movimiento, sombras corriendo hacia mí.
—¡Muévete!
Travis me agarró del brazo para que corriera tras él. Pero no vino solo. Lo hizo con Phoebe, Mason, Bill, Larry y Thelma. Me quité el casco y salté sobre los trozos del ascensor.
—¿Nick? —Larry no daba crédito—. ¿Qué haces aquí?
Thelma miró de reojo a los cerdos, pero se ahorró los comentarios.
—Según Travis, sacaros de la base.
—¡Vamos! —gritó Phoebe—. Nos quedan veinticinco minutos para llegar a la zona de incautaciones por los pasillos subterráneos.
—¡¿A la zona de qué?!
No llevaba ni dos minutos corriendo y ya sentía que se me iba a salir el corazón por la garganta. Travis mostró el reloj digital que llevaba en la muñeca. En él veía mapas de los túneles subterráneos, y en una zona —la que había dicho Phoebe—, se veían figuras moviéndose.
—¿Eso qué es?
—Son sensores térmicos. El Káiser nos ha encerrado aquí por una razón —concluyó Travis sin detenerse—, y el motivo no somos nosotros.