Cicatrices 46. Nick
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46. Nick

Nick

Harina por los aires, diez manos intentando agarrar cualquier cosa que hubiera en la mesa y los gruñidos de Lúpulo y Cebada como banda sonora de fondo eran justo lo que necesitaba.

Miré la puerta de la cocina, esperando ver a Brooke entrar por ella, pero fue mi padre el que apareció en su lugar.

¿Cómo podía tardar tanto en coger la mantequilla?

Mi padre volvió al salón y miré el reloj de la pared. Había pasado demasiado tiempo.

—Voy a ver si Brooke se ha perdido por el camino —bromeé con mis hermanos.

Salí a la calle y pisé algo en el jardín. Me agaché para apartar las malas hierbas, encontrando el manojo de llaves de Brooke. Lo crucé dando grandes zancadas hasta llegar a su puerta.

—¿Brooke?

Nadie contestó, así que insistí.

—¡¿Brooke?!

Usé las llaves para entrar. Recorrí cada habitación gritando su nombre, pero en casa no había nadie. Corrí hasta la mía.

—Nick —susurró Madi cuando entré en la cocina—, ¿cuándo viene Brooke?

— Le duele la tripa —mentí—. Vendrá otro día.

—Jo… Pero yo quería…

Madi siguió hablando, pero ya no la oía. Estaba demasiado nervioso llamando a los padres de Brooke, pero ninguno respondió. Colgué y volví a llamar, sin obtener respuesta de ninguno.

—Hostia puta —mascullé.

—Hostia puta, hostia puta, hostia puta…

Las mellizas comenzaron a repetir esas dos palabras, mientras Jack y Noah seguían llenándose la boca de nata. Madi, pegada a mi pierna, tiraba del pantalón mientras repetía que quería hacer tortitas con Brooke.

—Te he dicho que otro día, Madi.

La cogí en brazos y la senté en la silla con sus otros hermanos. Al dejarla vi el móvil de Brooke sobre la mesa. Me lo llevé con la esperanza de poder hablar con Travis, pero la pantalla estaba bloqueada con un pin de seis números.

Pensé en lo que Brooke decía cuando aprendió criptografía: que no sea obvio pero que tenga sentido.

Y recordé los mensajes que nos enviábamos cuando éramos pequeños, con nuestro propio abecedario numérico.

El truco para que nadie entendiera lo que escribíamos era usar uno propio, en vez de genérico.

Porque entonces todo el mundo sabría que 1 es A, que 2 es B, que 3 es C…

Guardé los móviles en el bolsillo y pedí a mi padre que echara un ojo en la cocina.

Fui directo al estante de mi habitación donde tenía todas las carpetas y los apuntes de mi breve época de estudiante.

Encontré papeles sueltos, cuadernos, sobres…

—Vamos, hostia.

Volqué todo y busqué hasta que encontré el folio con nuestro código. Reconocí los garabatos a pesar de que la tinta estaba demasiado desgastada. Me llevé las manos a la cabeza.

A = 1.

E = 2.

I = 3.

O = 4.

U = 5.

B = 7.

C = 9.

D = 20.

F = 22.

G = 13.

H = 21.

J = 19.

K = 12.

L = 14.

M = 23.

N = 16.

Ñ = 17.

P = 25.

Q = 15.

R = 27.

S = 26.

T = 18.

V = 11.

W = 6.

X = 10.

Y = 24

Z = 8.

…

No tenía ninguna lógica la numeración, y eso es lo que hacía que nadie más entendiera nuestras cartas de la infancia. Volví a coger su móvil y desbloqueé la pantalla. Tenía que ser algo corto, importante para ella, pero no demasiado obvio. Probé algo que encajara en un margen de seis dígitos.

Ashmoor.

A = 1.

S = 26.

H = 21.

M = 23.

…

Demasiados. Borré y lo intenté con su nombre.

B = 7.

R = 27.

Lo dejé en la segunda letra. «Brooke» tenía seis. Si la segunda ya era un número de dos dígitos, era imposible que fuera la contraseña.

Mantuve la calma, no por mí, por ella.

—Piensa, Nick. Piensa.

Cerré los ojos y recordé: «Que no sea obvio pero que tenga sentido». Pensé opciones de cosas, lugares o nombres que solo nosotros usaríamos.

—Por favor…

Probé con: 16. 3. 9. 12.

La pantalla se desbloqueó con mi nombre.

Marqué el número de Travis.

—Cógelo… —rogué.

—Crowley.

Sabía que iba a ser incómodo que oyera mi voz, pero no podía acudir a nadie más.

—Soy Nick.

Colgó. Apreté el móvil contra mi oreja y volví a llamar.

—¿Qué quieres?

—Brooke no aparece. Estábamos haciendo torti…

—No me interesa lo que estuvieseis haciendo.

Vale, no estaba de humor y lo entendía. El Káiser le había quemado el coche.

—Salió a por mantequilla —resumí—. Tardaba en volver, así que salí a busc…

—Ahórrate lo que no aporte a su búsqueda —volvió a interrumpir.

—Sus llaves estaban en mi jardín. No está.

—¿Por qué tienes su móvil?

—Lo dejó en mi casa.

—¿Señales de forcejeo? ¿Algo que llame tu atención?

Me asomé por la ventana para revisar esa zona del jardín.

—No. Solo las llaves.

—¿Quiénes han estado con vosotros? ¿Jess? ¿Vicky?

—Mi familia.

Oí voces de fondo, como si Travis hablara con alguien.

—No les cuentes nada.

—Les he dicho que se encuentra mal.

—Bien.

Oí nuevas voces de fondo y a alguien decirle que no podía abandonar todavía el hospital.

—¡¿Te atreves a cuestionar las decisiones de uno de los jefes de equipo del SEDS?! —gritó, antes de retomar la conversación conmigo—. Ten el teléfono a mano.

—¿El teléfono a mano? Oye, no pretendas que espere de brazos cruzados.

—No te he dicho que esperes, me estoy asegurando de que no hagas el imbécil.

Le hice una peineta aunque no pudiera verme.

—Lo mejor que puedes hacer por Brooke es quedarte en casa, no vaya a ser que te pongas a correr por el jardín con los cerdos, borréis posibles pruebas y me jodáis el trabajo.

Creo que nunca me había caído nadie así de mal. Me aparté el teléfono de la oreja, creyendo que había colgado.

—Gilipollas engreído.

—Te he oído.

Me disculpé porque lo único que importaba ahora era Brooke.

—Perdón. Pensaba que habías colgado.

—Va a ser verdad que el amor es ciego —vaciló—, no sé qué ve en ti.

—Suerte la mía.

—No puedes salir, Holmgren —se oyó al otro lado de la línea.

—Apártate.

—Son órdenes de arriba. Las entradas y salidas no son seguras.

Presté atención a la conversación. Por la voz, creo que se trataba de Mason. Lo había conocido, igual que al resto del grupo de Brooke, en mi ingreso en la base del hospital del SEDS.

—¿Por qué?

—Ha habido nuevos intentos de accesos no autorizados al sistema del área subterránea y al de la base.

—¿Qué?

Seguí con la oreja puesta.

—No tenemos más información, Holmgren. Pero nadie entra ni sale hasta nuevo aviso.

—Escúchame bien. O estás con tu equipo o estás contra él.

—Contigo, jefe.

Oí voces de otras personas. No sé si se le cayó el teléfono o si se lo quitaron, pero la llamada se cortó. Volví a llamar, pero nadie respondió. Observé el manojo de llaves y el teléfono. Ubicaciones. Eso es. Me metí en el teléfono de Brooke hasta dar con el historial de sus movimientos.

—¡Papá, mamá! —grité—. ¡Haced vosotros el postre, tengo que irme!

—¡Saca a los cerdos! —respondió mi padre.

—¡Luego!

—¿Luego cuándo?

—¡Papá, luego!

Le vi aparecer por el pasillo, entrar en la cocina y salir con Lúpulo y Cebada.

—¿En serio?

—Te los llevas. No quiero que tus hermanos les den tortitas ni que caguen o meen dentro.

Resoplé.

—Genial. Perfecto.

Salí con ellos en brazos y fui directo a la furgoneta. El indicador del depósito marcó que estaba casi vacío.

—Mierda. ¿Qué más va a pasar hoy?

Miré las llaves de Brooke. No era una buena idea coger su moto, pero era mejor que pedir el coche a mi padre y tener que dar explicaciones en caso de destrozo. Corrí a su casa. Al lado del casco, estaban las llaves de la moto, pero no las de la maleta trasera.

—Vale —dije a Lúpulo y Cebada—, necesitáis algo.

Subí a la habitación de Brooke y rebusqué entre sus cosas.

En el armario encontré varias cajas en las que guardaba juguetes de hacía años, entre ellas, una cesta de las que se ponían delante en las bicis, amarilla y con pompones.

Tendría que bastar. También encontré gafas de natación.

Bajé corriendo a la moto y metí a los cerdos en la cesta.

Les puse las gafas para proteger su vista del aire y metí la cabeza a presión en el casco.

Al arrancar, en la pantalla del casco aparecieron mapas y un montón de cosas raras.

—Hostia puta.

No entendía nada, así que empecé a tocar la pantalla.

Perfecto. No tenía ni puñetera idea de lo que estaba haciendo.