Cicatrices 45. Brooke
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45. Brooke

Brooke

Los destellos de las sirenas, azules y rojos, fueron lo único capaz de apagar un instante el ruido de mi cabeza. El equipo médico del SEDS irrumpió con rapidez, bajando del vehículo para subir a Travis a una camilla y trasladarlo al hospital de la base.

—¿Agente Crowley? —preguntó una de las enfermeras, confirmando mi identidad.

—Sí, soy yo.

—Voy a examinarla.

—No estoy herida.

El camión de bomberos llegó. Desvié la vista a Travis. Le habían cortado la camiseta a la altura del pecho. Había sangre, pero no parecía grave. Abrasiones por la explosión, algún cristal clavado y probablemente contusiones.

—El Káiser le había puesto un explosivo en el coche. Por suerte, Holmgren estaba fuera cuando se activó el detonante.

—Posible politraumatismo leve —dijo alguien—. Iniciamos el traslado.

Travis cruzó una mirada conmigo antes de que se lo llevaran.

—Lo siento. —Me acerqué—. Perdóname.

Extendió el brazo para coger mi mano.

—No le des lo que quiere. Está jugando contigo.

Me aparté para que se lo llevaran. Una vez sola, saqué el móvil. Tenía que asegurarme de que Nick estuviera bien. La llamada emitió el primer tono. Dos. Tres.

—Vamos, Nick… —murmuré.

Cuatro. Se cortó y volví a marcar hasta que contestó.

—Hey, nena.

—¿Estás bien?

—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?

Le conté lo sucedido.

—Te veo luego. —Me despedí.

—Creo que eso no va a ser posible.

Fruncí el ceño.

—¿El qué?

—Que me veas luego. Al menos en el hospital. Me dan el alta a las once.

Miré la hora en el móvil.

—Jess está de camino —añadió—. Quería darte una sorpresa. ¿Tortitas en mi casa esta tarde? Puede que te venga bien para despejarte.

—Buena idea. Me encargo de la compra.

—Bien.

—Oye, Nick. No deberías estar tranquilo después de lo que ha pasado. No quiero alarmarte, pero…

—No estoy tranquilo —cortó—. Estoy intentando que tú lo estés.

—Hablo en serio.

—Y yo. Si quiere hacer daño, lo va a hacer independientemente de dónde estés y con quién. Nos vemos luego, nena.

En eso tenía razón.

—Nos vemos.

Subí a la moto y conduje en piloto automático hasta casa.

Cuando llegué, me quité la chaqueta y apoyé ambas manos en la encimera.

A la hora de comer, seguía con el estómago cerrado.

Cogí un vaso de agua, pero apenas di un par de tragos cuando el móvil vibró otra vez.

Me asusté hasta que vi de quién se trataba.

—¿Papá?

—Escúchame —pidió con voz severa—. Travis está bien, pero no te llamo para eso. Se ha convocado una reunión urgente.

—¿Por qué?

—Ha habido un intento de acceso no autorizado al sistema del área subterránea del hospital.

—¿Qué? ¿Han conseguido acceder al hospital de la base?

—No. Todo está controlado, pero quiero que estés alerta. Cuidado en quién confías.

—Vale.

—Te seguiré informando.

—Te quiero, papá. A mamá también.

—Se lo diré.

—Vale.

—Come algo. Sé cómo te afecta esto, pero no rendir bien es la diferencia entre que mates o te maten. No lo olvides.

—No lo olvido.

—Te quiero.

Papá colgó y llamé a Vicky. La tienda de ultramarinos permanecía cerrada desde que Camila ya no estaba en Ashmoor. De los que habíamos estudiado juntos en el colegio del pueblo, solo quedábamos Nick, Jess y yo. Y la tienda más cercana era en la que había explotado el coche de Travis.

—¿Me vas a contar qué os pasa a Travis y a ti? —preguntó Vicky al descolgar.

—No hay nada que contar. ¿Dónde compras online ?

—¿El qué? ¿Libros, ropa, zapatos…?

—Comida.

—Ah. Uso una app, te lo mando ahora.

—¿Cuánto tarda la entrega?

—Depende. Si haces el pedido antes de las tres, puedes tenerlo en una o dos horas.

—Bien.

—Oye, oye, oye. —Vicky hizo una pausa—. ¿Me he perdido algo importante? ¿Desde cuándo compras online ?

—Vicky, yo te quiero, pero la etapa de cotillear recomiendo que te la saltes.

—Vale, pero dime al menos qué vas a comprar.

—Harina, leche… ¿Por qué haces preguntas tan raras?

—Ingredientes para el postre favorito de Nick —observó—. Mmm… ¿Has quedado con él? Hoy le han dado el alta.

Era demasiado inteligente.

—Ajá —admití sin entrar en detalles.

—Ahora entiendo el drama con Travis.

Me pasé una mano por la frente.

—No hay ningún drama.

Al menos, ese no era el principal.

—Claro, claro. —Era evidente que no se lo creía—. Pide pronto si quieres que te llegue a tiempo.

Colgué y me metí en la aplicación de compra.

Añadí todo lo que necesitaba al carrito junto con otras cosas para los monstruitos.

Confirmé el pedido y lo recibí en hora y media.

Después de que el repartidor lo trajera, subí a mi habitación, donde todo estaba en orden menos mi cabeza.

Me quité las botas, el pantalón y el jersey antes de meterme en la cama.

Me tumbé boca arriba, mirando al techo e intenté relajar el cuerpo.

No lo conseguí. Giré la cabeza hacia la puerta, luego hacia la ventana, mientras mi oído buscaba cualquier ruido que delatara su presencia.

Al final, acabé como siempre; con la mano sobre el pecho, notando el pulso disparado bajo la piel.

Sobrevivir en estado de alerta ya no era una reacción puntual, se había convertido en mi estado habitual.

Me levanté puntual para ir a casa de Nick.

Comprobé el arma, el cargador, el seguro.

Bajé a la cocina a por la compra y cerré con llave.

Desde fuera se veían las luces encendidas de su casa.

Los andamios seguían cubriendo parte de la fachada con la estructura metálica.

Avancé hasta la puerta, esquivando una tabla apoyada contra la pared y llamé.

Nick apareció con una sudadera vieja, pero limpia.

Tenía buena cara. Y antes de que pudiéramos saludarnos, Lúpulo se coló entre sus piernas y acabó chocando contra mis botas.

Me agaché a por el cerdo, dándole las bolsas a Nick.

—¡Eh, bolita!

Cebada apareció también, olisqueándome los pantalones.

—Te han echado de menos.

Cogí en brazos a los dos. Antes de invitarme a entrar, Nick me dio un rápido beso en los labios. Esquivé las herramientas de obra e intenté no llevarme por delante ninguno de los plásticos que cubrían las estancias.

—¡Brooke! —gritó Madi al verme—. ¿Has traído comida?

—Claro.

Me eché a un lado para que pudiera meter las manos en las bolsas.

—¡Jack, Noah! —gritó a sus hermanos—. ¡Hay cereales y galletas!

Los chicos recorrieron el pasillo, chocando entre sí.

—¡El que llegue primero elige! —Jack embistió a Noah.

—¡Eres un tramposo! —se quejó Noah, quitándole a su hermano el paquete de galletas.

—¿Es que no tenéis modales? —los regañó Nick—. Se pide permiso antes de meter las manazas, maleducados.

—Brooke, ¿podemos coger galletas? —preguntó Madi, ya con la boca llena.

—Lo que queráis, pero nada de peleas.

Jack pilló el bote de nata.

—¡Nata! —Se llenó la boca.

—¡Eh! —Noah se lo quitó—. Comparte.

Dejé a Lúpulo y Cebada en el suelo.

—Nada de dulces a los cerdos —advertí, como siempre, metiendo la mano en la bolsa para sacar las hojas de espinacas—. Dadles esto.

Lúpulo y Cebada arrasaron con la comida. Nick los cogió en brazos, apartó a sus hermanos y cargó con todo hasta la cocina, incluidos los cerdos.

—Voy a saludar a tus padres.

—Sí, ve. Estás en tu casa.

No lo era, pero como si lo fuera.

Fui a la sala de estar. Allí encontré a Donna, junto a la chimenea, tumbada en el sofá en vez de en la silla.

Robin, a su lado, le masajeaba las manos.

Las mellizas jugaban con los bloques sobre la alfombra.

Y el calor llenaba la estancia. Vi varios troncos de leña apilados sobre un estante nuevo.

El olor a humedad había disminuido bastante en el ambiente.

Me acerqué al sofá y apoyé la mano en el hombro de Donna.

—Hola, Robin. Donna —saludé—, ¿cómo estás?

—Mejor —respondió, más alegre—. Nick ya se queda en casa, le han dado el alta.

—Eso me ha contado.

Claire, en ese momento, le quitó una pieza a Juliet.

—¡No tuya!

—¡Sí mía! —replicó Claire.

Y como siempre ocurría, Juliet acabó mordiendo a su hermana.

Fui a separarlas reprimiendo la risa, porque Claire gritó más fuerte. No porque le doliera, sino por llamar la atención para que sus padres vieran que Juliet le había mordido. Mientras tanto, Juliet miraba a Claire, más que dispuesta a volver a hacerlo.

—Venid aquí. —Las levanté con cuidado, cargando con una en cada brazo—. Vamos a la cocina antes de que os transforméis como los gremlins mojados.

Robin y Donna se mostraron conformes mientras me las llevaba.

—Nick, traigo refuerzos.

Acercó las tronas, conservando una distancia prudencial entre una y otra. Madi, Nick y Noah repartieron galletas a sus hermanas. Me quité la chaqueta y la colgué en una de las sillas.

—¿Qué hago? —pregunté, dejando el móvil en la mesa.

Nick me acercó un bol. Comencé a cascar los huevos mientras él añadía la harina tamizada.

—¿Dónde has dejado el azúcar? —pregunté.

—Aquí.

Por primera vez en lo que iba de día, me relajé.

—¿Y la leche?

Nick me pasó el brik. Al cogerlo, nuestros dedos se rozaron, provocando varias miradas cómplices a nuestro alrededor.

Una de ellas me hizo reír a carcajadas. Nick, en cambio, fingió estar muy serio para, en el momento menos esperado, mancharme la nariz con harina.

Se acercó con intención de volver a ensuciarme.

—No te atrevas —reí.

Sus dedos me dejaron un rastro blanco en la frente y la barbilla. Me limpié con el dorso, metí la mano en la bolsa y fui tras él.

—Acabas de firmar tu sentencia.

Le puse la mano en el pelo, dejándole varios mechones blancos. Me miró boquiabierto.

—Ahora estamos en paz.

—¿En paz? —repitió, señalando su cabeza antes de atraparme contra la encimera.

Me manchó con el pulgar los agujeros de la nariz, haciéndome estornudar. Madi, Noah, Jack, Claire y Juliet estallaron en carcajadas cuando una nube blanca de harina se formó en el aire por el estornudo.

—Eres imbécil.

Nick me rodeó con suavidad la cintura.

—Pero te hago reír.

Aparté la vista, carraspeando porque teníamos diez ojos sobre nosotros. Catorce si teníamos en consideración los de Lúpulo y Cebada.

—Vale —seguí, recomponiéndome—. Leche, harina, huevos… ¿La mantequilla?

Nick estudió la encimera, antes de revisar las bolsas ya vacías.

—No has traído.

Me puse la chaqueta.

—La habré dejado en la nevera. Voy a casa a por ella.

Le di un beso en la mejilla y señalé a los monstruitos saqueadores con el dedo.

—Más os vale dejarme al menos una galleta.

Avancé varios metros por el jardín, en dirección a mi casa.

Llevaba las llaves en la mano cuando algo frío y metálico se cerró alrededor de mi cuello.

Reconocí al instante los eslabones de acero cuando el metal se me clavó en la piel.

Intenté huir, pero fue un error, porque la presión aumentó al instante, cortándome el aire.

Volvió a tirar hacia atrás, con violencia, haciendo que mi espalda chocara contra su cuerpo.

Me desarmó en cuestión de segundos, aprovechando que la cadena no me permitía respirar.

Intenté gritar, pero me tapó la boca con una cinta adhesiva de las gruesas.

Las llaves se me cayeron entre la maleza.

—Pequeña ladrona, ¿me has echado de menos?