44. Brooke
Brooke
Nick acababa de entrar al baño. Aproveché que se iba a duchar y que yo ya estaba más calmada para llamar a Travis. Le conté lo del cuaderno y le pedí que me consiguiera acceso a las cámaras del hospital.
—No puedo hacer eso, estás temporalmente fuera de cualquier operativo.
Me pegué el micro del móvil a la boca.
—Necesito ver las cámaras del hospital.
—No.
—Por favor.
Colgó. Me quedé varios minutos con el móvil en la mano, hasta que vibró al recibir un mensaje de Travis, diciendo que en cuanto pudiera iría al bar. Guardé el móvil cuando Nick salió del servicio, envuelto en una nube de vapor, con la toalla atada al torso. Carraspeé antes de obligarme a hablar.
—Tengo que abrir el bar.
Siguió avanzando con total naturalidad. Una de las cosas que más me gustaban de él.
—Claro, nena.
Cogí la chaqueta evitando mirarlo demasiado, porque sabía que si seguía haciéndolo, irme sería complicado.
—Volveré esta noche, ¿qué te apetece de cena?
Mi boca se aferró a la suya más de lo que debería, teniendo en cuenta que pensaba irme.
—¿Formas parte del menú?
—Para ti puede que sí. —Salí—. Te veo luego.
Lancé un beso al aire antes de irme.
Conduje por las calles de Nueva York, dándole vueltas al hecho de que alguien había estado en la habitación de Nick mientras dormíamos. Apreté el acelerador más de lo necesario, hasta que entré en Ashmoor y aparqué frente al bar.
Las horas pasaron sin mucha afluencia de gente.
Walter, Jess, Vicky, algún señor del pueblo y uno o dos camioneros morbosos fueron los únicos clientes.
Por eso Ashmoor era una buena tapadera. Ignoré las indicaciones de Travis y eché a los camioneros a la calle igual que había hecho el día anterior con el grupo de chavales.
Jess se acercó a la barra.
—No deberías ir enseñando eso por ahí. —Se apoyó en la madera y dirigió su mirada a la pistola—. La gente tiene la boca muy grande.
—No me digas.
Me coloqué correctamente el jersey.
Jess era mi amigo. Muy buen amigo. También lo era de Nick.
—Deberías tener más cuidado.
Limpié la máquina de café.
—¿Ahora eres mi padre? —Me arrepentí al momento—. Perdón.
No me lo tuvo en cuenta.
—¿Puedo ayudarte de alguna forma?
Podía confiar en él, y lo sabía. Pero meterle en esto solo complicaría más las cosas.
—No, pero gracias igualmente.
Jess no insistió. Dejó el dinero sobre la barra antes de volver con su abuelo y con Vicky.
Continué con la máquina de café, no porque estuviera sucia, sino por mantener la mente ocupada.
Al cabo de unos minutos, se levantaron. Jess ayudó a Walter a incorporarse.
Mientras tanto, Vicky vino a la barra y se apoyó con delicadeza en el borde.
—Estás rara.
Me hice la sorda, pero no funcionó. Siguió mirándome de esa forma que claramente significaba: sé que me has oído.
—Estoy cansada.
No se lo creyó, pero al igual que Jess, tampoco presionó. Su mirada se suavizó cuando comenzó a jugar con un mechón dorado.
—Tengo ganas de que Nick vuelva. Se le echa de menos.
Le di la razón con un ligero asentimiento.
—Yo también. Ashmoor no es lo mismo sin él.
Aunque viésemos a Nick en el hospital, no era lo mismo que cuando estaba en el pueblo.
Vicky ladeó el rostro, sabiendo que había algo que pensaba aunque no lo dijese. Al final sonrió, y añadió una última cosa antes de que Jess y Walter llegaran a la barra.
—Bueno, ya me contarás cuando creas oportuno.
La puerta se abrió en ese momento.
—Travis —saludó Vicky—. ¿Cómo estás?
Pasó por detrás de ella, sin detenerse. No dijo hola. No preguntó a Vicky cómo estaba ella, ni a Jess, ni a Walter. Y eso hizo que Vicky volviera a mirarme de esa forma. Cuando Travis entró a la cocina a dejar sus cosas y ponerse el delantal, Vicky se inclinó sobre la barra.
—¿Estáis mal?
Encogí los hombros, volviendo a esconderme tras la máquina de café.
—Vale —murmuró al final—. Nos vamos. Si quieres hablar, ya sabes.
—Sí. Ya sé.
Se despidió con una sonrisa radiante y salió acompañada de Jess y Walter.
Cuando se fueron, solté el paño con el que limpiaba la cafetera y entré en la cocina. Travis estaba de espaldas. Por lo visto, no era la única a la que limpiar le ayudaba. Solo que él frotaba las sartenes que ya estaban limpias.
—¿Quieres sacarles brillo o hacerles un agujero? —pregunté desde el umbral. No respondió, así que me acerqué—. ¿Te pasa algo?
Ni siquiera se giró. Siguió frotando la superficie ya limpia.
—¿Se han ido?
—Sí.
Dejó el estropajo a un lado y se aclaró las manos.
—Cierra el bar.
—¿Qué?
—Que cierres este puto tugurio de mierda —repitió—. He visto las imágenes del hospital.
El plan era que las viese yo, no él.
—Vale.
Cerré con llave desde dentro, mientras él salía de la cocina y se sentaba a una de las mesas con una tableta de la base. Se pasó una mano por la nuca cuando tomé asiento a su lado.
—Las cámaras de los pasillos están manipuladas. Solo hay esto.
«Esto» éramos Nick y yo, durmiendo en la cama del hospital.
No aparté la vista de la imagen, y no lo hice por una razón: mirar a otro lado sería alargar lo evidente.
El vídeo avanzó unos segundos a cámara rápida, en los que se nos veía durmiendo con una respiración acompasada.
Nick, estirado como una estrella de mar.
Yo, con la cabeza sobre él. Mi cuerpo pegado al suyo, su brazo rodeándome.
Era una escena demasiado íntima, demasiado evidente.
—¿Vas a seguir diciéndome que no te has acostado con él?
No sé cómo tuve valor para mirarlo, quizá porque en algún lugar de la mente me estaba diciendo a mí misma que en esas imágenes no había nada malo.
Deslizó el dedo por la pantalla sin esperar que respondiera.
La grabación retrocedió hasta que aparecí desnuda sobre Nick, de espaldas.
El vídeo no tenía audio, pero mostraba dos cuerpos desnudos, teniendo relaciones sexuales de manera consensuada.
Los dedos de Travis se quedaron en el borde de la pantalla.
Finalmente apartó la mano, retiró la silla y fue hasta la barra para coger una botella de agua a la que le robó un par de tragos.
Entendí que necesitaba espacio, por lo que permanecí sentada, sin mirar a nada en concreto, esperando hasta que la botella impactó contra un conjunto de vasos colocados sobre el escurreplatos.
Varios de ellos se reventaron al caer al suelo.
—¡¿Cuántas veces, Brooke?! —estalló—. ¡Si eres valiente para engañarme, sé valiente para dar la cara de una vez!
Me mantuve en mi sitio incluso cuando avanzó hasta la mesa. La lanzó por los aires, reventando la tableta.
—¡¿Cuánto tiempo lleváis viéndome la cara de imbécil?! Su vida está cambiando gracias a mí, ¿y así me lo agradeces?
Eso me tocó demasiado hondo. Independientemente de mi relación, Nick merecía que su vida cambiara.
—¡¿Es que no piensas decir nada?! ¡Di algo de una vez!
Me levanté de la silla.
—¡No te estoy engañando! ¡Y no te atrevas a hablar de la situación de Nick como si él te debiera algo, porque si quieres que hablemos de deudas, hablamos de las de todos! ¡Incluidas las tuyas con el gobierno!
—¡Eso no tiene nada que ver con esto!
—¿¡Y qué?! ¡Usaste mi viaje! ¡Lo usaste igual que mis permisos, para ponerme de cebo, igual que ha acabado haciendo el SEDS! ¡Jugaste con mi vida y con la suya!
Me dirigí a la puerta para abrir, dando por finalizada la conversación, pero me agarró del brazo, obligándome a dar la vuelta.
—¡Para ayudarte! ¡Quería atraparlo! ¡¿No lo entiendes?!
Me solté, girando su muñeca hacia dentro, encajando el pulgar contra el punto débil de su agarre. Cuando presioné ahí, desvié el peso del cuerpo a la cadera hasta liberarme.
—¡No vuelvas a tocarme así!
Me miró como si no me conociera, pero no me importó, porque con todo lo que habíamos vivido, yo tenía la misma sensación. Travis fue el primero en bajar la voz.
—¿En qué momento hemos llegado a este punto, Brooke?
Me llevé las manos a la cara, agotada.
—En el momento en que piensas que puedes exigirme cosas que no te corresponden. —Me senté en la silla, intentando calmarme—. Seguimos actuando como si nada hubiera cambiado, cuando la realidad es que ya nada es igual.
Colocó la mesa y recogió la tableta antes de sentarse.
—Solo quiero saber cuánto tiempo os habéis reído de mí.
Me desesperé.
—Sigues sin entenderlo.
—¿Te has acostado con él estando conmigo?
—No. —Señalé la tableta, aunque estuviera reventada—. Esa ha sido nuestra primera vez.
—Era tu amigo.
Ahí me tuve que callar, porque yo misma le había dicho que Nick era eso. Y lo era, claro que sí, pero ahora sabía que también podía ser mucho más.
—Sigue siendo mi amigo.
—Sí —determinó—. Solo que ahora también folla contigo.
—Follar, follar, follar —repetí como un loro—. ¿No comprendes que el sexo es lo de menos? Te dije que no sabía lo que quería, y era verdad. Para mí tampoco ha sido fácil.
—Yo creo que sí lo ha sido. Te lo advertí, Brooke. No voy a competir con nadie.
—Bien, porque tampoco quiero que lo hagas.
Travis fue hasta la salida y giró las llaves para abrir.
—Ojalá se hubiera muerto en el puto Himalaya.
No pude creer que hubiera dicho semejante barbaridad. Lo miré esperando que se retractara, pero no lo hizo, así que me levanté y fui hasta él.
—No digas cosas de las que te puedas arrepentir.
—Ojalá se hubiera muerto allí.
Le di un tortazo. El impacto hizo que mi palma sintiera un ligero cosquilleo.
—Que Nick siga respirando es un milagro —lo regañé—. Y no está vivo gracias a ti. Tú casi lo matas por llevarte otra condecoración.
Contuvo su respiración.
—Puedes estar enfadado conmigo —continué—. Puedes odiarme si quieres. Puedes intentar joderme como jefe de equipo. Lo que quieras, pero no vuelvas a decir eso delante de mí porque soy capaz de pegarte un maldito tiro en la cabeza.
Sacó del bolsillo su cartera, y de ahí, la foto que había guardado de nosotros follando en la camioneta.
La rompió delante de mí, en trozos diminutos que tiró al suelo antes de salir.
Lo vi montarse hecho una furia en su coche.
Sin girarse. Sin mirarme. Antes de pisar el acelerador como un maldito energúmeno.
Recogí los trozos de la foto antes de que mi móvil vibrase. Era un número oculto.
No debería descolgar, pero eso fue lo que hice, porque en mi familia mirábamos los problemas de frente.
—Elige uno, pequeña ladrona.
Su voz siempre generaba una reacción terrible en mí.
—¿Qué…?
—Elige a quién voy a matar. ¿Nick o Travis? Tic, tac.
Di un paso hacia atrás para apoyarme en la barra. Pero no era el cuerpo lo que fallaba, era la cabeza. Era todo lo que arrastraba detrás. Y él lo sabía.
—No voy a repetirlo.
Mi propio pulso sonaba tan fuerte que estaba a punto de reventarme los oídos. Nick o Travis. Los nombres se me repetían en la cabeza. ¿Cómo iba a darle una respuesta? Elegir significaba participar, y no hacerlo, condenar a los dos.
—Cinco segundos, pequeña ladrona. Cinco… Cuatro…
¿Por qué contaba? Me llevé la mano al pecho, a punto de colapsar.
—Tres…
Empecé a marearme.
—Dos…
Me bloqueé. Me llegaron al cerebro imágenes superpuestas de Travis y de Nick. Representaciones nítidas de recuerdos que en algún momento de mi vida me habían hecho muy feliz. A Travis lo quería, a pesar de todo, pero no de la misma manera que a Nick.
—Uno…
Me aferré a ese pensamiento como si dentro de mí fuera posible hallar una salida, cuando la realidad era que no. Tensé los dedos alrededor del móvil.
—¡Travis! —sentencié antes de que la cuenta regresiva llegase a cero.
—Siempre tan predecible. Lástima.
Oí un clic, como si el Káiser hubiese activado un detonador antes de colgar. Los labios me temblaron y las lágrimas no me dejaron ver. Abrí la boca en busca de aire, pero no entró nada. El móvil me tembló entre los dedos. Llamé a Phoebe, corriendo hacia mi moto.
—¡Necesito la ubicación de Holmgren! —grité cuando descolgó.
—¿La ubicación? Estás fuera de…
—¡La ubicación! ¡Ya! ¡No hay tiempo!
Arranqué la moto y el móvil se conectó automáticamente al equipo de comunicación del casco.
—Antes dime qué pasa. Sabes que no puedo…
—¡MEYER, LA MALDITA UBICACIÓN!
Oí que tecleaba algo en el ordenador.
—No consigo acceder a la del móvil.
—¿Y a la del coche?
Oí el ruido que hicieron sus dedos al presionar las teclas.
—Tampoco.
—¡Entonces busca la del reloj!
Los segundos se me hicieron eternos.
—Lo tengo.
—Estoy en la moto.
En menos de cinco segundos apareció la ubicación en la pantalla UHD.
—¡Manda atención médica urgente, ya! —exigí, acelerando casi a fondo antes de colgar.
Aumenté la velocidad y en una curva casi pierdo el control. Enderecé la moto por los pelos y seguí hasta que lo vi a lo lejos. El coche atravesado. Las llamas. La moto derrapó cuando frené, la tiré al suelo y salté para correr hasta allí.
—¡Travis!
El coche estaba ardiendo. Ningún ser humano podría sobrevivir a eso. Aun así intenté acercarme, pero el humo y el calor me obligaron a retroceder, protegiéndome la cara con la chaqueta y el jersey.
—¡Travis! —repetí.
Rodeé su coche, incapaz de ver el interior.
—Brooke.
Me volví hacia su voz y me quité el casco. Lo encontré en el suelo, a varios metros del incendio. Travis tenía varias heridas, sangre por el brazo y rasguños en la camiseta. Me lancé sobre él, mirando el coche sin comprender nada.
—¡No te muevas!, ¿vale?
Señaló la pequeña tienda veinticuatro horas que teníamos enfrente. Había aparcado en la parte trasera que daba al almacén.
—Paré a por…
Calló como si le diera vergüenza.
—¿A por qué?
Señaló los cristales del suelo, donde pude apreciar el cuello de una botella.
—¿Whisky?
Asintió. Y yo solo pude estrecharlo entre mis brazos.
—Necesitaba que doliera menos.
—Perdóname —rogué—. Perdóname por todo.
—Perdóname tú a mí, no debí mentirte ni desear la muerte a Nick. —Hizo una mueca de dolor—. Es buena persona, aunque me joda que lo prefieras a él.
Bajé la mirada al suelo.
—Tenía que… Tenía que darle un nombre.
El fuego crepitó frente a nosotros, iluminándonos a ráfagas que nos dividían entre luces y sombras.
—¿Un nombre a quién?
—K. Dijo que eligiera a quién…
Miró el coche, entendiendo.
—Joder.
—Y te elegí —confesé—. No tenía opción, Travis.
—Puto psicópata. —Me apretó la mano—. Tenías que elegir. No te martirices, eso es justo lo que quiere. Estoy vivo gracias a una botella de whisky.
—Eso no cambia que elegí condenarte.
—No elegiste condenarme, Brooke. Elegiste lo que eras capaz de soportar perder.