Cicatrices 43. Nick
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43. Nick

Nick

Desperté antes que Brooke. Respiraba demasiado deprisa, como si dormida estuviera alerta.

Durante un rato, solo observé cómo dormía con la cabeza apoyada sobre mi pecho.

El cabello caía espeso y desordenado por su cara.

Aparté los mechones de su rostro con cuidado de no despertarla.

Llevábamos toda la vida reprimiéndonos sin ser ni siquiera conscientes de ello.

Mis ojos bajaron a sus labios, y recordé lo bien que se habían entendido con los míos antes de deslizar el pulgar por su hombro.

Brooke había dicho que no habría nadie más, pero no era verdad.

Travis estaba con ella en la base, y desde hacía meses, también en el bar.

Y el otro, bueno. Lo tenía presente cada vez que veía la enorme letra en mi pecho.

Brooke se despertó. Enredó los dedos en la sábana y bostezó.

Quise decirle lo que pasaba por mi cabeza, pero alguien llamó a la puerta.

Brooke, consciente de que estábamos en un hospital civil, salió de la cama enseguida, alcanzó su ropa y se vistió.

Yo no era tan rápido como ella, así que hice lo único que me dio tiempo: taparme con la sábana cuando la puerta se abrió.

La enfermera avanzó hasta la cama, dirigiendo la vista por un momento hacia Brooke.

—Buenos días. Toca revisión, Nickolas.

Brooke ya estaba de pie frente a la ventana, colocándose el jersey de forma que no se viera la pistola. No me miró mientras la enfermera hacía su trabajo, siguió con los ojos en un punto fijo, como si no tuviera claro cómo actuar antes de volverse para coger el resto de sus cosas.

—Voy a la cafetería. ¿Quieres algo?

Miré el reloj de la pared.

—No. Después de la revisión traen el desayuno.

Dudó un momento, como si no supiera si era mejor irse o quedarse.

—Voy a desayunar y subo a despedirme —concluyó—. Travis cerró anoche, hoy me encargo de abrir el bar.

No añadió nada más. Salió mientras la enfermera terminaba su trabajo.

—No tardarán en darte el alta —anunció.

Apoyé con alivio la cabeza contra la almohada y exhalé.

—Ojalá. No veo el momento de volver a casa.

Salió de la habitación minutos después y apoyé más la cabeza sobre la almohada.

El desayuno llegó enseguida. Me senté en la misma cama y acomodé la almohada en mi espalda para desayunar, pero algo puntiagudo se me clavó en el costado.

Algo que había debajo. Deslicé la mano y saqué un cuaderno.

Reconocí que era el de Brooke por las tapas negras.

Lo giré entre los dedos, sin comprender qué hacía ahí.

Lo abrí por curiosidad, pero lo que descubrí dentro fue difícil de procesar.

No eran pensamientos aleatorios, tampoco un diario.

Se trataba de anotaciones, un registro de sus emociones. Al principio frases cortas:

Otra vez necesito dejar la luz de la mesilla encendida para dormir.

No soporto el contacto físico.

Cualquier ruido me atormenta, incluso las pisadas de los clientes en el bar.

Mi frecuencia cardíaca se eleva demasiado con cualquier estímulo.

Las heridas que más duelen no se ven.

No he vuelto a tener sexo desde que el Káiser me tuvo en aislamiento.

Me costó entender lo que estaba leyendo. Luego comenzaron los textos más detallados. Crudos, hasta llegar a pasar las páginas apretando las tapas.

No he contado a nadie que Nick estaba allí, ni siquiera a Travis. Paseaba con Lúpulo y Cebada el día que el Káiser me metió en el camión. Oí la voz de Nick desde el interior, pero guardé silencio para protegerlo.

Leí eso varias veces, y al final lo comprendí: el conductor del camión.

¿Brooke iba dentro? Pasé las páginas, con una necesidad desesperada de entender qué había ocurrido, pero la realidad era algo para lo que no estaba preparado.

Los hechos no estaban contados en orden cronológico.

Eran fragmentos aleatorios, recuerdos rotos que unidos formaron una evidencia aterradora.

Le debo varios contenedores de armas. Seis.

No va a parar hasta que se los devuelva, lo cual me hace vivir en estado de alerta.

Da igual que pase el tiempo. Mi mente no olvida.

Aún puedo sentir la cadena en el cuello y la bolsa de plástico en la cabeza mientras me penetraba por detrás.

Al Káiser no le gustan las cosas usadas, por muy limpias que estén.

Pienso con frecuencia en la falta de oxígeno y en cómo dolía en lo más profundo del pecho.

Lloré de rabia.

No quería morir. Y se aprovechaba de eso, recordando constantemente que estaba en su mano, y no en la mía, el poder de decidir.

Estuve tentado de tirar el cuaderno, pero me contuve porque eso no serviría de nada. Necesitaba saber, pero saber implicaba imaginarla sola, encerrada y muerta de miedo.

He estado días bajo constantes agresiones psicológicas, físicas y sexuales, y eso es algo que no puedo arrancar de mi cabeza. El viaje con Nick al Himalaya me vendrá bien. Con él puedo bajar la guardia.

Hasta hoy nunca había deseado el mal a nadie.

Nick no es consciente de lo mucho que me está ayudando a volver a ser yo misma.

Me detuve en esa declaración y la releí muchas veces antes de pasar a la siguiente página. Ahí la letra había cambiado ligeramente, como si lo hubiera escrito más sosegada que en las declaraciones anteriores.

El Káiser abandona mis pensamientos cuando estoy con Nick.

Seguí leyendo.

Nick me ve como si nada de lo que ha pasado definiera lo que soy ahora, y eso me gusta.

Me gusta que no tenga conocimiento de toda mi realidad, eso hace que el ruido de la cabeza disminuya.

Pero en algún momento tendré que volver, y sé que vendrá a por mí.

Quizá también a por él. Y eso no lo puedo permitir.

El chirriar de las bisagras me hizo girar el rostro hacia la puerta. Brooke estaba completamente inmóvil en el umbral, con los ojos fijos en el cuaderno.

—¿De dónde lo has sacado?

Su voz sonó dolorosamente lejana.

Abrí la boca, pero no me dio tiempo a decir nada. Entró cerrando la puerta de un portazo y me arrancó el cuaderno. Lo solté sin oponer resistencia porque no tenía ningún derecho sobre aquellas páginas.

—¿Lo has leído?

Lo apretó contra su pecho como si necesitara protegerse de mí.

—Lo siento, nena. No sabía que…

—¡¿Que qué?! —cortó—. ¡¿Qué es lo que no sabías, el significado de la palabra privacidad?!

Bajé de la cama y me quedé frente a ella. Intenté abrazarla, pero me empujó hacia atrás, haciéndome chocar contra la cama.

—¡Dime de dónde lo has sacado!

Me aferré a su cintura antes de que me empujara otra vez.

—Brooke, cálmate.

—¡Responde! ¡¿Por qué lo tienes tú?!

Se arrodilló y comenzó a romper una a una las hojas. Me arrodillé con ella.

—Nena —insistí, intentando sostener sus manos—, no te hagas esto. No te castigues por algo que…

—¡No se te ocurra decirme qué tengo o no que hacer, Nick! ¡Te lo advierto!

Retorció las tapas hasta partirlas.

—¡Nena, para! —Jamás había gritado a Brooke, y me dolió en el alma hacerlo—. ¡PARA! —repetí—. ¡No te avergüences de ti por lo que ha hecho él, tú lo único que has hecho es sobrevivir!

Se quedó muy quieta. Su cuerpo seguía en tensión, pero las manos cedieron.

—Mírame a los ojos.

Intentó apartar la cara.

—Brooke, mírame.

Esperé a que lo hiciera. Mirarla me dolió más que nunca, porque ahora sabía todo lo que había sufrido. Señalé los pedazos de papel.

—Eres tan valiente que ni los días de aislamiento con ese hijo de la gran puta han logrado destruirte.

—No…

—Sí. —Llevé su mano a mi cicatriz del pecho.

Cerró los ojos, como si todo fuera demasiado ahora mismo para ella.

—Entiendo que no me lo hayas contado —continué—. Y te pido perdón por haber leído tu cuaderno.

Apartó la mirada cuando su respiración se quebró. Intentó soltarse otra vez, pero no la dejé.

—Y siento muchísimo no haberme dado cuenta de que ibas dentro de ese maldito camión.

Sus ojos contuvieron las lágrimas. Había tocado un punto delicado, pero necesario para que lo que estábamos construyendo no se desmoronase antes de empezar.

La solté y fui yo mismo el que arrancó lo que quedaba de las tapas del cuaderno, antes de tirarlo a la basura.

Luego volví a arrodillarme a su lado, apoyé mi frente sobre la suya y la retuve cuando intentó alejarse.

—Eres la persona más fuerte que he conocido en mi vida.

Negó. Negó. Negó. Y yo tiré de ella hacia mí.

—Sí, nena. Sí. Y si crees que después de leer eso voy a avergonzarme de ti, es que no eres consciente de cuánto te quiero.

Intentó apartarse otra vez, pero no permití que huyera.

—Te ha hecho muchísimo daño. Ahora lo sé. Te ha arrebatado cosas que nadie debería poder tocar, pero no ha podido contigo.

Sujeté su barbilla para que no apartara la mirada, porque ella siempre la sostenía. Sus labios se entreabrieron con un ligero temblor cuando me acerqué con mi boca a la suya.

—Lo mataría.

Nunca había dicho algo así, pero no me arrepentí.

—Sí, nena —seguí—. Sería capaz.

— No digas eso.

—Lo haría.

Por primera vez vi miedo en sus ojos. Miedo de mí.

—No vuelvas a decir algo así.

—¿Por qué?

—Porque no quiero eso de ti —confesó—. Lo mejor que le puede pasar al mundo es que sigan existiendo personas como tú, Nick. Personas buenas.

Comprendí su punto de vista antes de agarrarla por la nuca y besarla con suavidad. Brooke respondió con movimientos lentos de sus labios, mientras sus manos subían hasta la inicial. Su respiración chocó contra mi boca cuando deslicé la mano por su espalda.

—Alguien dejó el cuaderno bajo la almohada. —No paré de rozar sus labios.

—Ha tenido que ser el topo. El topo o él, y desde fuera no puedo hacer nada.

—¿Cómo desde fuera?

—Estoy temporalmente fuera de la base.

—¿Por qué?

En todo el tiempo que llevaba ingresado en el hospital, Brooke no me lo había contado.

—Soy el cebo.

Me costó procesar lo que acababa de decir. Que fuese el cebo significaba que estaba bastante más expuesta que antes.

—¿Y estás de acuerdo con eso?

—No es cuestión de estar de acuerdo o no. No tengo elección.

Seguí rozando sus labios con los míos.

—Eso no cambia nada entre nosotros, nena. —Dirigí la mirada a la papelera—. El cuaderno tampoco.