Cicatrices 42. Brooke
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42. Brooke

Brooke

Conduje hasta el hospital y dejé la moto en la zona de visitas.

Las puertas automáticas se abrieron cuando entré.

Avancé hasta recepción, y ni siquiera tuve que dar el nombre.

Iba casi todas las noches desde que me habían inhabilitado temporalmente en la base.

Byng, el recepcionista, me acercó el registro.

—Brooke, buenas noches.

Cogí la tableta táctil y firmé.

—Muy buenas, Byng.

—¿Te quedas a dormir? —Miró la hora—. El horario de visitas termina en cincuenta y cinco minutos.

Dejé el boli en el mostrador.

—Sí, pasaré la noche con él. Gracias.

A menos que el acompañante se quedara a dormir, el horario de visitas era el mismo para todos.

Robin, Jess y yo nos turnábamos para que Nick no estuviera solo.

Mi padre también se había quedado alguna vez.

Incluso mi madre. Byng se inclinó cómplice sobre el mostrador.

Era un hombre de cincuenta y siete años, de cejas gruesas y nariz ancha.

Tenía un rostro rechoncho, barba incipiente y unas gafas de pasta en tono naranja pastel.

—Te he dejado una almohada en la butaca.

Le gustaba su trabajo. Lo supe desde el primer día por cómo era su atención de cara al público.

—Mis cervicales te lo agradecerán.

Entré en el ascensor y subí hasta la planta correspondiente.

Me extrañó que la puerta de la habitación de Nick estuviera entreabierta, por lo que apresuré mis pasos de manera inconsciente.

Miré a ambos lados del pasillo, comprobando que no había nadie más en la planta, lo que me hizo mover los pies más rápido todavía.

Abrí con brusquedad y comprobé que la cama estaba vacía.

Removí las sábanas con el miedo en la garganta.

—¿Nick? —Miré a mi alrededor—. ¡¿Nick?!

Salí al pasillo, por si había ido a alguna otra sala, pero no lo vi. Y cuando volví a la habitación, pensé en lo peor, hasta que la puerta del baño se abrió.

—Hey, nena.

Me senté en la butaca, colocando el cojín de Byng tras mi espalda, dejando las bolsas sobre mis muslos. Me consideraba inteligente, pero los nervios comenzaban a pasarme factura.

—¿Brooke?

—Estoy bien.

Era mentira, y Nick lo sabía.

Nick ya casi podía hacer vida normal. Ya no tenía las vías de oxígeno en la nariz, ni el pecho cubierto de vendas. Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las hamburguesas. Me dio completamente igual aplastarlas.

—Nena, ¿qué pasa?

—Me he asustado —admití—. La puerta estaba abierta y no estabas.

—Te pido disculpas por ser humano y tener que ir al baño varias veces al día —bromeó—. Huele rico, ¿hamburguesas?

—Hamburguesas aplastadas —corregí, apartando los codos de la bolsa.

Quité el nudo de las asas de la bolsa y coloqué la cena en la mesilla que había al lado de la cama. Nick cogió la suya y la olió.

—Mi favorita.

Comenzó a morder los bordes y acabó con los carrillos llenos.

Físicamente se le notaba que llevaba varias semanas comiendo en condiciones.

Aunque siempre había sido muy alto, de hombros y espalda anchos, su complexión había sido en los últimos años más delgada de lo que correspondía.

Ahora, no. La clavícula ya no se le marcaba tanto y la piel de la cara, brazos y hombros, tampoco estaba tan tirante.

Incluso el cuello, visualmente, era más ancho a raíz del ingreso.

—Esto es lo mejor que he cenado desde que estoy aquí.

Le di con suavidad en el hombro.

—La competencia tampoco es que sea muy dura.

Dio otro bocado, esta vez en el centro. La salsa le chorreó por la barbilla y me tomé la libertad de limpiarlo con el dedo.

Me chupé la yema delante de él, sin ningún pudor, y tuve el descaro de mantener el contacto visual.

Nick dejó de masticar. Tragó lo que tenía en la boca casi entero, absorto en cómo mis labios envolvían la yema.

El silencio lo fue todo: estaba cargado de algo que llevábamos demasiado tiempo postergando.

Algo que ya no se podía ignorar porque iba mucho más allá de la tensión.

Nick intentaba mantener los hombros en una posición relajada, pero lo cierto era que no lo estaban.

Su mirada se desvió de los labios a los ojos, alternando entre ambos, debatiéndose entre el deseo y el conflicto interno.

Lo único que no le permitía avanzar era su cabeza.

Sus prejuicios. Y yo los conocía demasiado bien.

Nick era como de la familia, prácticamente habíamos crecido juntos.

Eso hacía que cada vez que me miraba, no me veía solo a mí, sino todo lo que teníamos.

Y la familia que compartíamos. Los amigos.

Incluso Ashmoor. Él lo supo. Y yo también.

Pero el Himalaya lo había cambiado todo y ya no estábamos dispuestos a fingir.

Debajo de las dudas, de los límites, de las excusas que nosotros mismos nos habíamos impuesto, estábamos él y yo.

Nosotros. Nick siempre había alabado mi valentía, pero ignoraba por completo que yo no conocía a otra persona con más coraje que él. Ni siquiera yo.

Dejó la hamburguesa sobre la mesilla en un gesto nervioso, aunque a la vez bastante decidido.

Sus ojos abandonaron los míos para detenerse en mis labios.

Me saqué el dedo de la boca y parpadeé sin saber muy bien cuál sería su próximo movimiento, hasta que me sorprendió.

Sentado en la camilla, me quitó la hamburguesa de las manos, la dejó al lado de la suya y posó su mano sobre mi cintura, tirando de mí.

Me besó abriéndose paso entre mis labios.

Y en ese momento fui inmensamente feliz.

Feliz porque Nick devoraba mi boca con un hambre voraz.

Con deseo. Con una intensidad que me desarmó por completo, porque supo exactamente cómo besarme.

Su boca reclamó mi lengua y acabé anclada a él.

Dejé la butaca y me subió a la cama. No pensamos.

No nos contuvimos. Mis dedos arrancaron su ropa del hospital.

Arrugué la tela blanca sin tacto, apartándola de su piel y mis manos repasaron la «K» que ocupaba casi todo su pecho.

Acaricié el relieve, de una manera demasiado íntima, mientras Nick continuaba devorándome, como si temiera que el momento se pudiera desvanecer.

O peor incluso, como si yo misma pudiera hacerlo.

Su mano, me sujetó la espalda por debajo del jersey, provocando que otro estremecimiento me recorriera el cuerpo.

Nick me estaba tocando, y lo estaba haciendo de verdad por primera vez.

Acarició mi abdomen con cierta inseguridad, antes de atreverse a continuar hasta mis pechos.

Los tocó dibujando círculos más lentos y conscientes, llevándose por delante sus propios límites.

Mi aliento se quebró contra su boca cuando la erección comenzó a presionarme entre las piernas.

Fue entonces cuando se apartó un instante, como si necesitara verme.

Como si necesitara asegurarse de que estaba aquí con él antes de besarme otra vez.

Atrapó mi barbilla con una de las manos y separó los labios solo para hablar.

—Si seguimos, todo cambiará para siempre.

Ni siquiera tuve que pensar la respuesta. Me quité la chaqueta y la tiré sobre la mesilla con cuidado de no dar a las hamburguesas. Su pulgar me rozó el labio inferior con una lentitud agónica.

—No quiero equivocarme contigo —admitió—. Y esto hará que no volvamos a vernos como antes.

Bajé los dedos con los que acariciaba la cicatriz a su erección y comencé a mover la mano arriba y abajo, con movimientos lentos.

—Es que ya no quiero que me mires como antes —confesé—. Quiero que lo hagas como cuando pensabas que te morías. O como lo estás haciendo ahora.

Me acarició la mejilla, atrayéndome hacia él mientras su espalda se arqueaba cada vez que yo subía y bajaba la mano.

—Siempre has estado en mi vida, nena —murmuró—. Pero después de esto querré que estés de otra forma.

Y ahí estaba, el punto de no retorno. Seguí moviendo la mano y me permití atrapar sus labios antes de darle una respuesta.

—Siempre estaré en tu vida. Da igual la manera.

—Prométemelo —rogó—. Prométemelo porque, si no nos detenemos, no voy a ser capaz de dejarte ir.

Hizo una pausa. Supe lo que iba a decir antes de que abriera la boca.

—Nena, no quiero mirarte y pensar que hay alguien más. Necesito saber que tú tampoco quieres eso.

—No habrá nadie más —aseguré—. Nadie más, Nick. Solo tú y yo.

Su respiración cayó con alivio sobre mi aliento.

Nick dejó de contenerse en ese momento. Atrapó mi boca como un experto, mientras sus palmas me recorrían de nuevo la piel, rozando mis pezones con los dedos antes de apartar las manos de los pechos para arrancarme las botas y lanzarlas al suelo.

Los pantalones y mi ropa interior tuvieron la misma suerte.

Luego me tomó de la cintura y me dio la vuelta sobre él, dejando mi cuerpo boca arriba, tumbado sobre el suyo.

Su erección se deslizó desde atrás por mis muslos mientras, con la cabeza a un lado, nuestros labios permanecieron unidos.

Me ofrecí a él, abriendo las piernas con cierto pudor cuando su miembro se deslizó por los pliegues de mi centro, antes de detenerse.

—Mierda —lamentó—. No tengo preservativos.

Señalé mi chaqueta.

—Yo sí.

Nick estiró el brazo, sacó la cartera pequeña donde llevaba mi identificación y cogió un condón.

Lo rasgó con los dientes. El látex envolvió su miembro antes de que entrara en mí.

Al principio embistió con cierta contención, encontrando el equilibrio perfecto entre el deseo y el cuidado.

Nick siempre cuidaba, aunque para cuidar tuviera que anteponer su integridad al deseo.

Su respiración se rompió contra mi boca, soltando pequeños gruñidos.

Sus dedos se aferraron a mis pechos, sin dejar de ser cuidadoso.

Su miembro se contrajo y expandió repetidas veces, mientras mis propios fluidos me empapaban los muslos.

Su aliento, irregular, chocó con el mío.

—Nena —murmuró, estrechándome más fuerte contra él.

—¿Mmm?

—Te quiero. —Sus brazos se tensaron a mi alrededor cuando terminamos—. No tienes que decírmelo si no quieres —añadió con rapidez—. Solo quería que lo supieras.

—¿Nick?

—¿Sí?

Acomodé la cabeza sobre su pecho.

—Te quiero.

Cerró los brazos sobre mí y me acarició la espalda hasta dormirse.