41. Brooke
Brooke
Los siguientes dos meses pasaron con cierta tirantez.
Travis intentaba estar normal cuando me acompañaba en el bar, pero la realidad era que ya nada era igual, ni siquiera nuestra relación.
Era tan obvio que ya ni siquiera lo hablábamos.
Seguíamos funcionando de cara a los demás, pero no era lo mismo.
Yo tampoco era la misma. Intentaba estar tranquila, pero no podía ignorar mi pulso irregular, la tensión corporal que me acompañaba a todas partes, el insomnio ni la falta de apetito. El tiempo pasaba en modo supervivencia.
Desde mi vuelta al pueblo, el bar había estado más transitado debido a que la historia inventada por el SEDS acerca del incendio del monasterio había salido en todas las noticias, maquillando la realidad con dos palabras: rescate y héroe.
Nick, de cara a nuestros vecinos, ahora se había convertido en eso, un héroe.
Había clientes nuevos que pasaban por Ashmoor solo para preguntar, otros aseguraban conocer detalles que nunca habían ocurrido.
Lo bueno era que la noticia ya estaba perdiendo protagonismo, sustituida por otras de la actualidad.
Era cuestión de tiempo que Nick dejara de ser «el del Himalaya» para volver a ser simplemente Nick.
—Pronto ni se acordarán.
La voz de Travis me llegó desde la barra. Ni siquiera era consciente de que me había quedado mirando con mala cara a un grupo de chavales de mi edad, que habían venido de la ciudad solo por el morbo de hacer preguntas escabrosas sobre el tema.
Fui a la barra.
—Eso espero, porque empiezo a cansarme de escuchar estupideces.
—Dicen que ha perdido un ojo por el fuego —oí decir—. Y que su economía es tan mala que va a estar endeudado de por vida para pagar la atención médica.
Mi paciencia llegó a su fin. No por lo que inventaban, sino por la superioridad con la que hablaban. Dejé la bandeja sobre la barra, sin apartar la mirada del que decía semejantes estupideces.
—¿Brooke?
Travis me llamó, pero para cuando quiso salir de la barra, yo ya estaba frente al chico.
—¿Puedes repetir eso que has dicho?
Me miró de una forma que me sacó de quicio.
—Que ha perdido un ojo por el…
No le dejé terminar.
—Haznos un favor a todos y cierra la boca —sugerí, aunque sonó más como una orden.
—Tranquila, chica. —Uno de los amigos intentó suavizar la tensión—. Solo estamos hablando.
«Chica». Lo que me faltaba.
—Estáis difamando, y lo estáis haciendo en su pueblo. —Se quedaron cortadísimos, pero me dio igual—. Pagáis y os vais.
El más chulo, que era el que estaba diciendo lo del ojo, se puso en pie.
Su postura, que intentaba ser intimidatoria, no le sirvió de nada cuando me quité el delantal y levanté el jersey para que vieran la pistola.
Todos los del grupo dejaron varios billetes sobre la mesa, antes de salir corriendo.
Walter y Jess, sentados a una mesa del fondo, vieron perfectamente la pistola.
Walter dio un sorbo al café, e hizo como si no hubiera visto nada.
Y Jess igual, centrando toda su atención en Emma.
—Podías haberlo gestionado de otra forma —me regañó Travis.
—Tienes razón, esos chavales ya tienen pelos en los huevos. A lo mejor debería haberlo gestionado metiéndoles una bala en el escroto.
Travis cambió el barril de cerveza.
—Acabas de amenazar a un grupo de civiles, en este tugurio de mierda, con un arma de fuego que se supone que no tienes. Tu reacción es de todo menos coherente.
—Es tu opinión.
—Solo te pido que seas cauta.
Volví a las tareas del bar, fingiendo normalidad, pero por dentro estaba echando humo.
No por esos chavales ni por lo que habían dicho, sino porque echaba demasiado de menos la privacidad de Ashmoor.
Mi trabajo en el SEDS. Y a Nick. Me marché a la cocina y volqué mi rabia en la carne, aplastándola contra la plancha solo para desquitarme.
Como si Travis pudiera leerme la mente —que no era el caso, pero casi—, se colocó detrás de mí.
Sus brazos me rodearon la cintura mientras daba la vuelta a la carne otra vez, para cocinarla por ambos lados.
—Ashmoor volverá a ser lo que era.
Su voz me rozó el oído. Baja. Cercana. Apoyé parte de mi espalda en él, permitiéndome relajar la tensión del cuerpo, aunque fuera solo por un momento.
—Ashmoor nunca ha sido tranquilo —admití—, pero al menos era un pueblo poco concurrido.
No entré en detalles. Había secretos, de personas a las que quería demasiado, que no podía compartir ni siquiera con Travis.
Personas como Jess y Vicky. Y por nada del mundo iba a exponerlas.
La carne chisporroteó haciendo que el olor a grasa y pan tostado llenase la cocina.
Sus brazos seguían rodeándome y mi espalda continuaba apoyando gran parte de mi peso en él.
Abrí las cajas de comida, y coloqué en el interior los panes y la carne.
—Necesito que se acabe ya esto.
—Lo sé.
—¿A qué espera para venir a por mí? ¿A qué?
Por un momento, lo único que se oyó fue el extractor de la cocina. El pecho de Travis se expandió contra mi espalda, con una respiración más profunda de lo habitual.
—No lo sé —admitió sin apartarse.
—¿Phoebe sigue estando en el punto de mira?
Asintió.
—Todos lo están. Puede haber sido cualquiera.
—Phoebe, no.
—No lo sabes.
Me giré parcialmente hacia él.
—Sí lo sé. Es mi amiga.
—En esto no hay amigos ni amigas, Brooke.
—Eso crees. Confío más en ella que en ti.
Era la realidad. Sus manos, que hasta ese momento habían permanecido sólidas sobre mi cintura, ahora se tensaron.
—¿Más que en mí?
No hubo vacilación en mi respuesta.
—Sí.
Lo vi procesarlo. Noté la ligera marcación de la mandíbula y cómo evitó parpadear.
—¿Por qué? —quiso saber.
—Porque a diferencia de ti, ella nunca me ha mentido.
—Que tú sepas.
Sus manos terminaron de soltarme la cintura, cayendo a los lados, como si estuviera encajando mis palabras.
Se separó rompiendo el contacto, pero sin brusquedad.
Travis se apoyó en la encimera, con las palmas a ambos lados.
El extractor volvió a llenar el silencio.
Luego, como si nada hubiera pasado, alargó la mano hacia una de las cajas abiertas y siguió ayudándome.
—Pásame otra —pidió.
Deslicé más cajas. Colocó el pan y la carne dentro.
Las patatas en otro apartado. Cerró una tapa y siguió con la siguiente.
Aunque el espacio entre nosotros ya no era el mismo, seguimos trabajando.
Sin roces, sin sus manos en la cintura, sin mi espalda en su pecho.
Solo coordinación. A pesar de todo, Travis y yo funcionábamos muy bien juntos.
Saqué unas cajas más pequeñas y un par de cuchillos.
—Son para la familia de Nick. He hecho dos más por si están mis padres, y estas son las de las mellizas.
Travis asintió. No hacía falta explicarle nada, porque ya sabía cómo hacerlo.
Cogió una tabla limpia, colocó las piezas de carne que eran distintas al resto y cortó primero en tiras, para luego hacer dados más pequeños.
Yo me encargué de las zanahorias que ya había cocido.
Las corté asegurándome de que ningún trozo fuera demasiado grande antes de repartir las porciones y saqué la última caja.
—Para Madi.
Travis hizo lo mismo que con la carne de las mellizas, solo que ahora, los trozos eran un poco más grandes.
Deslicé las zanahorias cortadas dentro y mezclé ligeramente todo.
Travis cerró las tres tapas antes de meterlas en la bolsa.
Eché un vistazo rápido al reloj de la pared antes de quitarme el delantal y colgarlo en su sitio.
—Voy a llevarles la cena antes de ir al hospital a ver a Nick.
—¿Quieres que te acerque?
Cogí las bolsas.
—No hace falta. —Comprobé que Jess, Walter y Emma aún seguían en la mesa—. ¿Te importa cerrar cuando se vayan?
Asintió.
—Gracias.
Salí sin añadir nada más, metí la comida en la maleta de la moto y conduje hasta la casa de Robin y Donna.
Aparqué frente a la puerta, bajé de la moto y llamé con el codo porque llevaba ambas manos ocupadas con las bolsas.
Los andamios cubrían buena parte de la fachada y una lona protegía el tejado.
—Brooke, pasa —me invitó Robin—. Tus padres están dentro.
Tendí las bolsas hacia él, que las cogió al instante.
—No puedo. —Agradecía la invitación—. Voy a cenar con Nick.
—¿Brooke?
Donna apareció por el pasillo, cuya silla de ruedas empujaba mi madre. Llevaba a Juliet y Claire en brazos. Al abrir más la puerta, oí la risa de mi padre mezclada con los gritos de Madi, Jack y Noah.
—Buenas noches, mamá. Buenas noches, Donna. —Me agaché para besar a las niñas—. Hola, monstruitos.
Percibí un leve olor a yeso y a los productos impermeabilizantes.
En el pasillo había infinidad de herramientas, plásticos y cintas de los albañiles.
Las mellizas bajaron al suelo con rapidez y corrieron al salón con sus hermanos.
Me quedé mirando a Donna un momento. Parecía tener una expresión más relajada, como si se sintiera un poco mejor.
Donna me estrechó la mano.
—Doy gracias a Dios todos los días por haberos salvado de aquel terrible incendio.
Crucé una breve mirada con mi madre.
—Tuvimos mucha suerte. —Aunque ni Donna ni Robin conocieran la versión real, eso sí era verdad—. He traído la cena.
Señalé las bolsas.
—Tan amable y generosa como siempre—agradeció.
Le di un abrazo antes de dirigirme a mi madre.
—La de papá está al punto. La tuya, al punto más. —Señalé la bolsa que tenía de las más pequeñas—. Para las niñas, zanahorias de guarnición, están cocidas y cortadas.
—Muchísimas gracias.
Eché un último vistazo al interior. Vi a Jack, Noah y Emma corriendo de un lado a otro con cubos de plástico en la cabeza como si fueran soldados, huyendo entre carcajadas de mi padre.
Lúpulo y Cebada iban tras ellos de manera graciosa.
Y ahora, Juliet y Claire intentaban alcanzar a Lúpulo y Cebada.
Seguían siendo una familia caótica. Una familia en la que el ruido no era caos, sino vida.
Los niños corrían a cualquier parte de la casa con confianza, porque sabían que siempre había alguien que iba tras ellos.
Y mi padre fingía perseguirlos exagerando cada paso, igual que había visto hacer millones de veces a Nick, solo para arrancarles otra carcajada.
Era ruido, sí. Pero ese ruido era hogar.
—Tengo que irme —dije al fin.
Mi madre asintió sin soltar la silla de Donna.
—¡Adiós, papá! —grité desde la puerta.
Papá miró hacia mí, moviendo la mano enérgicamente antes de volver a meterse en el papel que estuviese interpretando con los niños. Donna y Robin dieron las gracias otra vez por la cena. Y mamá me lanzó un beso antes de que Robin cerrase del todo la puerta.