40. Brooke
Brooke
Tardaron dos días en darme el alta, porque en el SEDS querían observar cómo respondía mi cuerpo.
No había nada grave, tan solo alguna costilla magullada, hematomas y una conmoción leve debido a los golpes.
Cuando por fin me dejaron salir de la planta, subí al ascensor y marqué el piso que me correspondía de la base, dejando atrás el corredor subterráneo que conectaba con el hospital.
Una vez en el vestuario, me puse el uniforme.
Recorrí los pasillos con paso firme hasta que…
—Brooke —susurró Phoebe.
En el SEDS no podía llamarme por mi nombre.
Vino corriendo con una carpeta bajo el brazo.
—Jefferson quiere verte. Te está esperando.
Me acompañó hasta la sala blindada.
—Buena suerte —me deseó cuando abrí la puerta.
Encontré a todos ya sentados. Paul Jefferson en el centro. Guy Macklean a su derecha. Travis a la izquierda. Mi padre y mi madre, en uno de los extremos.
Adopté la posición reglamentaria: espalda recta, hombros alineados y talones firmes. Llevé la mano derecha a la sien, haciendo el saludo reglamentario.
—Señor —saludé a Jefferson.
El director del SEDS movió levemente la mano, señalando la silla.
—Agente Crowley, toma asiento.
Entrelazó ambas manos sobre la mesa, con autoridad, y elevó la barbilla para dejar claro su cargo. Guy Macklean aprovechó para deslizar el dosier hacia delante.
—El Káiser sabía exactamente dónde ibas a estar —añadió Macklean—. Tuvo acceso a información confidencial del SEDS. Cualquiera de nosotros podría ser el topo.
Cogí el informe, en el que aparecían las pruebas de que alguien, desde dentro, había intentado borrar sus movimientos en el sistema inteligente.
—¿No podemos mirar las cámaras?
Jefferson apretó el botón del mando que sostenía. El proyector mostró en el panel de la pared miniaturas de absolutamente todas las cámaras de la base.
—Las cámaras, por seguridad en caso de intrusión, están colocadas de modo que el ángulo no enfoque directamente la pantalla de los equipos. Quien haya sido lo sabía y, aunque no pudo borrar todas las pruebas, consiguió eliminar el día y la hora a la que se accedió a esa información.
Guy Macklean se sumó a la conversación.
—Lo que significa que es alguien con suficiente conocimiento del sistema como para manipular los registros. Quienquiera que sea, sigue aquí.
Jefferson apretó otro botón del mando y las imágenes de las cámaras fueron sustituidas por un archivo de audio.
—Hace unas horas recibimos esto de forma simultánea en varios servidores internos.
Jefferson pulsó el botón de reproducción. Al principio solo oí una respiración controlada. Pero luego llegó su voz.
—Pequeña ladrona. —Se me tensó todo el cuerpo—. Debo reconocer que eres una oponente interesante. —Pausa—. Sabes exactamente lo que quiero que hagas, pero continúas comportándote como si no comprendieras lo que puedo llegar a hacerte.
Su frívola risa me taladró la sien.
—Puedo jugar contigo todo el tiempo que quiera. Puedo enterrarte viva como ya te expliqué, pero recuerda algo más importante: también puedo ir a por los tuyos. Soy un hombre de palabra.
Más carcajadas.
—Volverás a tener noticias mías. Tic, tac, pequeña ladrona.
El audio terminó. Jefferson apagó la pantalla y habló después de dejar el mando sobre la mesa.
—Agente Crowley, quedas temporalmente fuera de cualquier operativo.
Miré a mis padres. A Travis. ¡¿Es que ninguno pensaba salir en mi defensa?!
—El médico me ha dado el alta —me defendí yo misma—. Estoy en condiciones óptimas. La evaluación psicológica con May ha sido positiva. No hay razón para apartarme.
—La hay —intervino Macklean.
—No —insistí—. El Káiser ya me había señalado antes como objetivo.
Jefferson entrelazó ambas manos.
—Esta vez es diferente, Crowley. Ahora tenemos la certeza de que alguien, desde dentro del SEDS, colabora con él.
Papá intentó que lo entendiera.
—El problema no eres tú —aclaró—. Es el topo.
—Puede ser cualquiera. —Lo apoyó mamá.
—¡Eso no cambia nada! Este trabajo es mi vida, ¿no os dais cuenta?
Guy se apoyó en el respaldo de la silla con cierta condescendencia.
—Veo que la recuperación no ha afectado a tu capacidad para discutir.
No entré en su provocación, aun así, continuó.
—Mientras no sepamos quién es el topo, tu presencia aquí es un riesgo. Volverás al bar, que es tu tapadera, y lo harás con Holmgren, por seguridad.
—¿Porque es mi tapadera o porque quiere que sea el cebo fuera de la base?
Jefferson negó inmediatamente.
—Eres una agente temporalmente inhabilitada, te guste o no. Holmgren seguirá contigo como hasta ahora, mientras el SEDS continúa investigando.
Me pareció que algo no terminaba de encajar. Así que me quedé observando a Jefferson.
—El Káiser ha venido dos veces a por mí. ¿Qué le hace pensar que no volverá a intentarlo?
—Precisamente, eso es lo que esperamos.
Me entraron ganas de salir corriendo.
—¿Perdón? —Miré a mis padres, sin entender que esto les pareciera bien—. ¿Quieren que venga a por mí? ¿Otra vez?
Jefferson no lo negó, pero sí matizó.
—Queremos que crea que puede hacerlo. Que piense que puede acceder a ti. Y que siga fantaseando con que, de alguna manera, tú puedas acceder a la zona de incautaciones.
—¿Y qué les hace pensar que va a creer eso?
Mi madre se dirigió a mí.
—Porque todo el mundo lo creerá, incluidos tus compañeros de grupo.
Crucé miradas con todos antes de volver la vista a mi madre.
—¿Meyer? ¿Desconfiáis de Meyer o de los demás?
Jefferson dio por finalizada la reunión.
—A partir de hoy, tu acceso a la base queda completamente suspendido. Holmgren, de cara a otros agentes, seguirá trabajando con normalidad y te cubrirá en el bar. Ya lo ha hecho antes, nadie sospechará.
—El plan —intervino Macklean— es que piense que eres vulnerable. Accesible. Una presa fácil.
Jefferson volvió a tomar la palabra.
—Pero no lo serás. Estarás armada en todo momento. Holmgren también. Y nadie más, dentro del SEDS, debe saberlo.
Entendí que era una trampa, pero no estaba segura de que su plan fuera a funcionar.
—Dejarás en el vestuario tu uniforme —ordenó Jefferson— y todo lo demás. Travis te dará lo que necesites ahora, para no levantar sospechas. Las cámaras ya se han movido para que no enfoquen durante los siguientes quince minutos vuestras taquillas.
Asentí sin discutir, porque tampoco tenía otra opción.
—Permiso para retirarme —solicité, haciendo de nuevo el saludo reglamentario.
—Concedido.
—Gracias, señor.
Jefferson hizo un movimiento con la mano.
—Retírese, Crowley.
Abandoné la sala, cerrando la puerta a mi espalda, pero enseguida se volvió a abrir.
No hizo falta que me diera la vuelta para saber que Travis venía detrás.
Seguí avanzando por los pasillos hasta el vestuario, abrí mi taquilla y comencé a quitarme todo lo que llevaba.
Miré el uniforme antes de guardarlo en la que había sido mi taquilla, con una sensación extraña.
Oí la puerta abrirse en ese momento. Y a Travis apoyarse en la pared, justo detrás de mí.
—Entiendo tu enfado, pero estoy con ellos. Es lo mejor.
Solté una pequeña risa, sin ningún tipo de humor.
El silencio que se formó entre nosotros fue como una descarga.
Dio un paso hacia mí y me besó, colocándome las manos alrededor de la cintura.
No me lo esperaba, así que mi espalda chocó contra las taquillas, pero ni siquiera me importó.
Volvió a besarme y recordé el alivio que me proporcionaba su cuerpo después de situaciones límite.
Todo era conocido, y ahí estaba el problema.
A mi cerebro le gustaba lo conocido, pero ya no de la manera que antes.
Apoyé la mano en su pecho, rompiendo el beso.
—Sigues siendo importante para mí, pero no puedo.
Guardó silencio. Esta vez no hubo golpes ni gritos. Me puse mi ropa. Los pantalones de cuero, el jersey y las botas. Travis abrió su taquilla, y sacó de ella una chaqueta negra muy parecida a la que yo llevaba siempre. Fue un gesto bonito, la mía se había roto en el Himalaya.
—Ten.
—Gracias. Es un detalle.
—Fue Smith quien buscó una como la tuya en cuanto pusimos un pie aquí.
—Ah. Vale.
Cogió un maletín del interior, del que sacó una pistola más pequeña que la mía. La comprobó con rapidez antes de dármela junto a un cinturón para asegurarla bajo el jersey. También me dio una navaja, que guardé en el interior de la bota. Travis volvió a rebuscar en el maletín.
—Una cosa más.
Sacó una horquilla.
—¿Para qué se supone que quiero esto?
—Acero reforzado. Punta biselada —indicó—. Si te desarman puede salvarte la vida.
—¿Puedo preguntar cómo?
—Puede atravesar tejido blando sin esfuerzo. Presión en nervios. Garganta. Base del cráneo —añadió—. También sirve para abrir cerraduras o cortar cuerdas.
Me desenredé el pelo con los dedos antes de coger dos mechones finos de la parte delantera y llevarlos hacia atrás. Los sujeté con la horquilla.
—Me gusta —admití.
Travis cerró el maletín.
—Vamos.
Salimos del vestuario y atravesamos el control de acceso. Las puertas se cerraron a nuestra espalda. Oficialmente, estaba de forma temporal fuera del SEDS.