Cicatrices 39. Brooke
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39. Brooke

Brooke

Corrí hasta la cama y me senté en el borde.

—Nena.

Su voz seguía sonando débil, pero Nick sonreía como si todo estuviera bien.

—Te van a trasladar hoy.

Asintió, entrelazando sus dedos con los míos.

—¿A ti también?

Negué, esperando a que me mirara de verdad, prestándome atención.

—¿Entiendes que no puedes hablar de la versión oficial con nadie, verdad? Es muy importante.

—Con nadie. Lo entiendo, nena.

—No es solo burocracia —insistí—. Es seguridad.

Me besó el dorso de la mano.

—Me gusta la versión oficial.

Nick siempre veía el lado bueno de las cosas.

—Oye, antes de irte, tengo que contarte algo.

—¿Bueno o malo?

—Bueno. Muy bueno, Nick. Tu situación familiar ha sido complicada.

Su expresión cambió en un instante, pero fue paciente y esperó.

—Tu padre y tú os habéis desvivido por sostener a vuestra familia.

Lo reconoció con un leve movimiento de cabeza.

—He visto a tu padre subir al tejado e ingeniárselas con lo que tenía para arreglar las goteras. Te he visto a ti, rechazando el desayuno para que tus hermanos pudieran comer más. Y os he visto a los dos, haciendo sacrificios todos los días para aligerar el peso que soporta Donna.

Los ojos de Nick se humedecieron ligeramente y me tomé la libertad de poner la otra mano sobre las vendas que cubrían la inicial en su pecho.

—No solo has sobrevivido a estas cicatrices, sino que has superado muchas peores. La mayoría invisibles: cuidados constantes, la depresión de tu madre, los gastos médicos, la deuda que os dejó la obra para hacer las rampas, reformar el baño y todo lo que tuvisteis que adaptar.

Su mano seguía adherida a la mía, pero no lo hacía con ligereza. Ahora, sus dedos entrelazaban los míos con fuerza, como si mis palabras estuvieran tocando algo que durante años Nick había ignorado o dado por sentado.

—Sé lo que significó para ti dejar los estudios. Y sé lo duro que está siendo sobrevivir mes a mes con menos de lo que tu familia y tú necesitáis.

La voz se me perdió, atrapada en una nostalgia que Nick percibió enseguida.

—Nunca te has quejado, Nick. Ni una sola vez.

Ante ese reconocimiento, sostuvo la mirada. Yo la bajé, porque aunque él pensara de él mismo que no era valiente, la realidad era que yo jamás había conocido a nadie con tanta entereza como él.

Aparté la mano de las vendas, para ponerla sobre los mechones de su pelo. Metí los dedos entre su cabello.

—Travis ha movido algunos contactos y la deuda de la casa ya no existe.

Nick se quedó absorto. En completo silencio, como si no hubiera entendido lo que acababa de decir. Eso me provocó ternura, y una pequeña sonrisa. Se merecía más que nadie una oportunidad en la vida.

—El mismo banco ha absorbido el crédito dentro de un programa estatal de rehabilitación de viviendas adaptadas. —Seguí hundiendo con suavidad los dedos entre los mechones—. Eso significa que además van a arreglar todo lo que se ha ido deteriorando.

Cerró los ojos un momento, como si necesitara asegurarse de que aquello no era algún tipo de alucinación provocada por los medicamentos.

—Tus gastos médicos también están cubiertos.

—¿Los del hospital?

—Todos.

Me llevó la mano hasta sus labios y me besó el dorso infinidad de veces.

Nick siguió abriendo y cerrando los ojos sin parar, seguramente para asegurarse de que mis palabras eran reales.

Me fijé en que sus iris irradiaban un brillo sereno, como si por fin se hubiera permitido creer que la vida, para él y su familia, podía empezar a darles cosas bonitas.

—¿Sabes cuál ha sido mi mayor miedo desde hace años? —preguntó.

—¿Cuál?

—Que mis hermanos crecieran lo suficiente como para mirar alrededor y darse cuenta de lo mal que estaban las cosas.

Nick soltó una pequeña risa y dos lágrimas rodaron desde sus pómulos hasta la barbilla.

—Siempre tuve miedo de convertirme en un fracaso para ellos, Brooke. Miedo de que todo el esfuerzo de mi padre y el mío no fuera suficiente.

Sus dedos sostuvieron los míos con más entereza.

—Y también tenía miedo de otra cosa.

No aparté la mirada.

—¿De qué?

—De que la depresión de mi madre… fuera más fuerte que ella. Con todo lo que le ha tocado, sé que se ha preguntado infinidad de veces si merecía la pena o no seguir viviendo.

El silencio entre nosotros se volvió intensamente doloroso. Y a la vez, esperanzador. Nick miró algún punto perdido en la habitación, antes de que sus ojos volvieran a mí.

—Siempre tuve miedo de llegar a casa y que mi madre hubiera decidido dejar de luchar. —Se detuvo un momento—. Siempre va a estar en silla de ruedas. Eso no va a cambiar. Pero estoy seguro de que, al menos, a partir de ahora sentirá menos peso.

—Yo también lo creo.

Su pulgar me acarició los nudillos.

—Tendré más tiempo para estar con mi familia sin sentir que cada día es una lucha perdida. —Sacudió la cabeza como si aún no lo creyera—. Dios —miró al techo—, mis hermanos ya no van a crecer en una casa decadente, que se cae a pedazos.

Su mirada reflejaba el alivio más absoluto. Brillaba por la emoción contenida, por todo el sufrimiento acumulado y el cansancio.

—Van a poder estudiar, nena. Mis hermanos van a poder estudiar. Y ya no tendrán que pasar hambre ni un día más.

Se rompió de felicidad, y yo con él. Fue el tipo de llanto que brota cuando el cuerpo lleva demasiados años sosteniendo más de lo que puede.

—Te mereces todo lo bueno que te pase, Nick.

Durante los siguientes segundos no dijimos nada. Solo lloramos y sonreímos alternativamente hasta que se oyó el pitido del código que daba acceso a esta sala. La misma mujer que me había permitido entrar, esperaba ahora en el umbral.

—Agente Crowley, tenemos que preparar al paciente para su traslado al hospital civil.

Solté su mano con cierta reticencia. No quería separarme de él, pero sabía que era lo correcto en este momento.

—Nos vemos pronto, nena.

—Nos vemos pronto, cabeza de chorlito.