Cicatrices 38. Brooke
78%

38. Brooke

Brooke

Cuando la puerta se abrió, no sabía cuánto tiempo había estado dormida, pero supuse que bastante, porque al lado de la cama había una bandeja con comida.

—Hola —saludó May.

La psicóloga se sentó en la silla.

—¿Cómo se encuentra, Crowley? —Miré hacia la bandeja que habían traído—. ¿Le apetece algo?

Asentí, sentándome en la cama. May me acercó un caldo de verduras con proteínas, arroz y una pieza de fruta ya cortada.

Lo que el SEDS consideraba nutrición óptima para una recuperación.

Reprimí la mueca por respeto a la psicóloga, cogí el cubierto y me llevé la primera cucharada a la boca.

Supo mejor de lo que esperaba. May fue haciendo preguntas, interesándose, en especial, en cómo me encontraba física, mental y anímicamente.

Respondí con la mayor precisión posible.

May no intervino mientras hablaba. Solo levantó la mirada de vez en cuando, para estudiar mis expresiones y los movimientos involuntarios.

Cuando terminamos, se levantó de la silla.

—No veo señales de alerta fuera de lo previsible, después de lo que han pasado. Revisaré el informe y se lo enviaré a Jefferson para que pueda recibir visitas. —Recogió la bandeja antes de avanzar hacia la salida—. Intente estar tranquila, su cuerpo lo necesita.

—May, ¿Nick tiene atención psicológica?

Me preocupaba más la cabeza de Nick que la mía. Mi cerebro sabía cómo digerir ciertas situaciones porque llevaba años de entrenamiento. Pero Nick, no.

—Sí.

No dio más información. Después del monosílabo, cerró tras ella.

No pasaron muchas horas hasta que la puerta volvió a abrirse.

—Hija —susurró.

Mi madre entró la primera. Se detuvo a medio camino, observándome un instante más antes de envolverme en sus brazos. Mi padre apareció detrás. Me apoyó con suavidad una mano en el hombro y me atrajo hacia él. Lloró al separarse.

—Tu cara.

Observó con pesar los moratones.

—Estoy bien. Nick también —añadí—. Eso es lo único que importa.

Tomaron asiento en el borde de la cama.

—Hemos hablado con Jefferson para sacarte del SEDS —comenzó mamá—, Travis está de acuerdo, siempre y cuando tú también lo estés.

Levanté la vista hacia papá, buscando un apoyo que no encontré.

—Por ahora es lo mejor. Travis está seguro de que alguien pasa información desde dentro.

Mi madre me sostuvo la mano.

—Casi te perdemos. Y Robin y Donna casi tienen que enterrar a Nick.

Papá me apoyó la palma en el hombro, antes de besarme la cabeza.

—Piénsalo, Brooke. Ni tu madre ni yo estamos preparados para meter en una urna a nuestra única hija.

Entendía lo que me pedían porque hablaban desde el miedo, pero los dos sabían mejor que nadie lo que significaba para la familia Crowley nuestro trabajo. Lo sentí por ellos, pero no tenía nada que pensar.

—No voy a dejar el SEDS.

Mamá me apretó la mano con un gesto maternal.

—No te estamos pidiendo que lo dejes para siempre, solo que te apartes un tiempo.

—Casi te matan —intervino mi padre—. Casi matan a Nick.

Los miré a ambos.

—Y por eso mismo no pienso irme. Alguien ha filtrado información desde dentro, y eso no es un peligro solo para mí. Lo es para todos.

Mi madre suspiró, arrastrando el aire con cansancio.

—Brooke, por favor.

Habló tranquila, sin levantar la voz, pero con esa firmeza suya tan característica.

—No pienso irme.

Aceptaron mi decisión, aunque no les gustara.

Estuvieron conmigo hasta la hora de la cena. Phoebe les dejó irse antes de que ella entrara con una nueva bandeja que dejó sobre la cama.

—Según el cocinero, es pasta. Según yo, es un crimen contra cualquier papila gustativa que funcione correctamente.

Solté una risa. Phoebe miró hacia la puerta. Luego volvió la vista y con cierto aire conspirador, metió la mano en el bolsillo del pantalón del uniforme.

—Pero no te preocupes. —Sacó una chocolatina y la dejó caer sobre la bandeja—. He conseguido esto.

—Eres terrible. Te quiero.

—Lo sé. —Me besó en la mejilla—. Pero alguien tiene que consentirte.

La dejé para el final y comí pasta mientras arropaba mis piernas con las sábanas. Vio los moratones.

—¿Te duelen mucho? Están por todo el cuerpo.

Tragué lo que tenía en la boca antes de responder.

—No tanto como parece. Duelen más los de la cara.

—Te han dejado como un cuadro, pero estás guapísima de todas formas. Por cierto, Travis me ha preguntado por el cuaderno.

—¿Lo tienes?

—No. ¿Estás segura de que lo llevaste? En la habitación no había ninguno.

—Sí. Estoy segura.

Phoebe encogió los hombros antes de seguir hablando.

—He estado con Nick. ¿Y sabes qué?

Se hizo la interesante.

—¿Qué?

—Desde que se ha despertado…

Alargó la «o», generando suspense.

—Habla —gruñí—. Me estás empezando a poner nerviosa.

Dejó escapar una sonrisilla.

—Nick pregunta a todo el personal médico por ti cada cinco minutos.

No pude evitar sonreír.

—¿Sabes cuándo lo trasladan al hospital civil?

—Mañana a primera hora.

Hice amago de levantarme, pero Phoebe adquirió el papel de madre por un momento. Me puso una mano en el hombro y me mandó de vuelta al colchón sin apenas esfuerzo, igual que había hecho Travis.

—Quieta aquí.

—Solo quiero verlo un momento.

—Sé que quieres decirle lo de la casa, la deuda saldada y todo eso, pero no puedes verlo hasta mañana.

—¿Y por qué no ahora?

—Está con la psicóloga. Y luego irá Macklean.

—¿Macklean? ¿Para qué?

—Para dejarle claro la parte más aburrida de todo esto.

—¿Qué parte?

Quité el envoltorio de la chocolatina y di el primer mordisco.

—La versión oficial y el contrato de confidencialidad. Es un civil que acaba de sobrevivir a un ataque directo al SEDS. Antes del traslado, tiene que firmar unos cuantos papeles y entender muy bien qué puede y qué no puede decir.

Cogió el envoltorio y lo tiró a la papelera.

—Lo verás mañana —concluyó, arropándome de nuevo antes de irse.

Me dormí pensando que mañana podría verlo. Y seguramente por eso, el sueño llegó rápido. Cuando desperté, tardé unos segundos en recordar dónde me encontraba. Mis costillas protestaron al incorporarme y los hematomas de la cara seguían doliéndome bastante. Un sanitario entró a la habitación.

—Buenos días.

—¿Ya tengo el alta? ¿Puedo irme?

Me miró como si estuviera loca, y lo cierto es que a estas alturas, puede que lo estuviera.

Encendió una pequeña linterna y se inclinó hacia mí.

—¿Tiene prisa por marcharse?

—No me gustan los hospitales.

Apagó la luz y sacó una pomada que aplicó en los hematomas. Después me tendió un vaso con dos pastillas.

—Para el dolor.

Las tomé con un sorbo de agua.

—Enseguida le traerán el desayuno. El médico vendrá a lo largo de la mañana.

La puerta se cerró tras él. Poco después, trajeron la bandeja con el desayuno. El café estaba flojo para mi gusto, pero se podía beber. Le di varios mordiscos rápidos al pan después de comerme los huevos revueltos, casi sin masticar.

No pensaba esperar más. Me puse las zapatillas del hospital, até bien la bata por la espalda y salí al pasillo.

La habitación de Nick estaba al fondo. Me detuve frente a la puerta de cristal.

Al ser un civil, Nick se encontraba en una habitación protegida, con cristales antibalas igual que las salas de las reuniones de altos cargos.

A un lado de la puerta, estaba el panel que permitía el acceso.

Vi que se disponía a salir una de las enfermeras.

Esperé a que se acercara y, cuando abrió desde dentro, me puse en el centro para bloquear su salida.

—Agente Crowley, del SEDS. —Enseñé la pulsera de la muñeca del hospital, donde estaba mi identificación—. Tengo permiso para ver al civil antes de su traslado.

La mujer que tenía delante trabajaba en un hospital de la base, por lo que no se intimidó con mi presencia. Mucho menos con mi cargo.

—Tendré que notificar su visita.

—Notifíquela.

Se echó a un lado, dejándome pasar.