37. Brooke
Brooke
Me quedé un rato junto a Nick, después de que se durmiera. Estaba bien, y eso era lo único que importaba. Le acomodé la sábana sobre el pecho y sonreí cuando lo besé con suavidad en la barbilla.
Bajé de la cama. No tenía las piernas firmes del todo, pero ya iba disminuyendo el efecto de los sedantes. Caminé mucho mejor hasta la puerta, que se abrió antes de que la tocara. Travis la sujetó para que pasara.
—¿Cómo está?
—Mejor de lo que esperaba.
—Ha tenido suerte. Parece que tenga más resistencia que sentido común. La puñalada atravesó parte del diafragma —añadió—. Va a tardar semanas en recuperarse del todo. Quizá meses.
—Lo importante es que está bien. —Crucé los brazos—. ¿Vas a denunciarme?
Acercó la silla de ruedas, pero negué con un movimiento de cabeza, indicando que no la necesitaba. Travis se apoyó en la puerta, dejando la silla a un lado antes de cruzarse de brazos.
—No, pero si vuelves a apuntarme con un arma, quizá sí lo haga. Las facturas médicas de Nick están cubiertas. —El cambio de tema me pilló desprevenida—. También la casa y las reformas.
—¿Qué?
Me había olvidado por completo de lo de la casa.
—Te dije que me encargaría. Mañana van a revisar la estructura de la vivienda, pero lo mejor no es eso.
Fruncí el ceño, y esperé a que continuara.
—El banco que concedió los créditos a su padre participa en un programa estatal de rehabilitación de viviendas para personas con movilidad reducida. Ese programa absorbe la deuda y cubre el resto.
Seguimos mirando a Nick a través del cristal.
—¿Cómo lo has conseguido? Aunque se solicite de manera confidencial desde el SEDS, es un proceso que puede tardar meses.
—Digamos que, la persona que tenía que revisar el informe, y aprobarlo, me debía varios favores. Las facturas médicas son compensación directa del SEDS por asistencia vital en una operación clasificada a una agente estadounidense.
Estaba muy feliz por Nick y por su familia, ya que todo esto les cambiaría la vida, pero ni Robin ni Donna eran idiotas. Iban a hacer preguntas.
—Pero… El SEDS no existe para los civiles.
—Pública y mediáticamente, Nick ha resultado herido en el Himalaya, ayudando durante una evacuación civil tras un incendio en un monasterio. Tú también.
Sacó el móvil del pantalón y me mostró la pantalla: una imagen hecha con inteligencia artificial en la que Nick y yo salíamos en camillas con un equipo médico, a las puertas del monasterio. La foto era falsa, un montaje demasiado realista.
—Ya es noticia internacional.
—¿Qué?
Amplió la pantalla con el dedo, mostrando el titular en grande.
Leí las primeras líneas:
DOS RESIDENTES DE ASHMOOR AYUDAN EN EL RESCATE DE VARIAS PERSONAS TRAS UN INCENDIO EN UN MONASTERIO DEL HIMALAYA.
Seguí con la letra pequeña, donde se habían inventado una historia bastante heroica y creíble para los civiles. Los padres de Nick estarían más orgullosos todavía de él cuando creyeran lo que decía el boletín.
El final del artículo era el siguiente:
Los dos residentes de Ashmoor (Nueva York), lograron colaborar en la evacuación de varias personas durante el incendio.
Uno de ellos, varón, resultó gravemente herido tras la caída de una viga durante el derrumbe del edificio.
Fue inmediatamente trasladado de urgencia y posteriormente hospitalizado.
Eso bastaría para que ni Robin, ni Donna, ni ninguna otra persona del pueblo hiciera preguntas.
—Gracias.
—Te ha salvado la vida, se lo debemos desde el SEDS.
Asentí. Travis continuó.
—Permanecerá aquí hasta mañana, luego lo trasladarán a un hospital civil.
En un hospital civil, Nick podía recibir visitas de sus amigos y familiares, por lo que comprendía que no convenía dejarle aquí.
—Entiendo.
—Podrás explicárselo todo cuando te permitan verlo.
Travis siguió mirando hacia la habitación, pero no exactamente hacia Nick. Aunque estuviera calmado, su incomodidad era tangible, aunque no dijo nada respecto al beso. Se limitó a cruzar los brazos como yo y a apartarse de la puerta.
—Deberías descansar, Crowley. —Desvió la mirada hacia la silla—. Agradecería que por una vez dejaras de ser tan orgullosa y me permitieras cuidarte.
No quería usar la silla, pero accedí por complacerle.
—Solo hasta la habitación.
Satisfecho, esperó a que me sentara. Cuando lo hice, me llevó por el pasillo.
—Brooke —dijo cuando llegamos.
Giré ligeramente la cabeza hacia él, y esperé a que continuara, extrañada porque ahora me llamase por mi nombre.
—Creías que Nick estaba muerto —se agachó—. O a punto de estarlo. Y por eso no voy a juzgarte.
A pesar de no haber reproche en su voz, volví la mirada al frente, porque no supe qué responder a eso.
Travis cerró la puerta tras él.
—Cuando creemos que vamos a perder a una persona importante, el cerebro deja de funcionar de forma racional. —Avanzó hasta quedar delante de la silla—. La gente se aferra a quien tiene delante como si fuera lo último que les queda.
Hablaba de mi cerebro, pero no se daba cuenta de que el suyo intentaba tapar el dolor otorgándole un sentido diferente al beso que había presenciado.
—Creías que Nick estaba muerto —repitió—. Por eso no voy a juzgar lo que acabo de ver. Pero eso no significa que me haya dado igual, solo que lo entiendo.
No supe qué responder. La cabeza aún me daba vueltas.
Todo había ocurrido demasiado rápido, y aunque Nick estaba fuera de peligro, Travis seguía delante de mí, esperando una respuesta.
El silencio entre nosotros se alargó más de lo normal.
Travis se pasó una mano por el pelo y empezó a caminar por la habitación antes de volver a mí.
Golpeó el reposabrazos de la silla lo bastante fuerte como para hacer vibrar el metal.
—He visto cómo otro te besa —su contención desapareció, golpeando el del otro lado, hablando inquietantemente bajo—. Necesito, al menos, saber de tu boca que lo que he visto ha sido solo eso.
La calma que había intentado mantener hasta ese momento se quebró.
—Júrame que solo ha sido eso.
Lo miré, pero no juré nada. Travis siempre había sido el tipo de persona que controlaba todo.
El que mayor capacidad tenía a la hora de mantener la cabeza fría cuando todo el mundo la perdía.
Analizaba, calculaba y decidía. Pero ahora parecía diferente, desesperado.
Me incliné en la silla, pero las palabras siguieron sin salir.
Él exhaló demasiado fuerte, con las manos ahora en ambos reposabrazos.
Una a cada lado de mí.
—¿Por qué eres incapaz de decirme que Nick no significa nada más?
Silencio.
Algo en él cambió. Esa mezcla de miedo y celos que explosiona cuando las inseguridades te carcomen. Se alejó un paso de la silla, sin dejar quietas las manos, pasándolas por la cara y el pelo con una frustración de la que me sentí demasiado responsable.
Volvió a acercarse.
—Dime que estoy equivocado.
Su mirada cayó hacia el suelo, en picado, como si estuviera luchando contra algo que no quería decir en voz alta, hasta que finalmente lo soltó.
—¿Te has acostado con él en el Himalaya? ¿Es eso?
Negué enseguida, pero él siguió confabulando. Sus manos volvieron a caer sobre los reposabrazos.
—¿Estás mintiendo, Brooke?
Me analizó.
—No te miento.
—¡Siempre está contigo! —explotó—. ¡¿Cómo no vas a haberte acostado con él?!
Alzó la voz. Y en consecuencia, yo también.
—¡Nunca me he acostado con Nick!
—¡¿Entonces por qué no puedes darme una maldita respuesta?!
—¡Porque no lo sé! ¡Ni yo misma lo sé!
—¡¿No lo sabes?! ¡¿Te estás riendo de mí?!
—¡No! —admití—. ¡No lo sé! ¡No sé nada ahora mismo!
Esa era la única verdad.
Se acercó hasta que su cara quedó a la altura de la mía.
—Yo sí sé lo que siento por ti.
Su pulgar me rozó la parte interior del muslo. La bata del hospital se había abierto al sentarme en la silla y el aire frío del cuarto me recorrió las piernas. Me tensé ante el contacto.
—Puede que tú estés confundida, pero tu cuerpo siempre demanda lo mismo cada vez que la adrenalina te consume como un veneno.
Sus dedos apretaron ligeramente mi muslo, abriéndome las piernas.
Sus labios me rozaron la boca, primero con cuidado, como si temiera que fuera a rechazarlo.
La diferencia entre ellos era brutal. Con Nick había sido más íntimo.
Travis calmaba mi sistema nervioso. Sus labios incidieron en los míos con urgencia.
Mi cuerpo reaccionó por inercia, porque lo que íbamos a hacer era lo que siempre habíamos hecho, solo que esta vez, no fue suficiente.
Le puse la mano en el pecho para apartarlo de los labios.
—No puedo.
Su mano seguía en mi muslo. La retiró de inmediato.
—No voy a competir con nadie —declaró con gravedad—. No soy ese tipo de persona, pero tampoco voy a arrastrarme para que me elijas.
Avanzó hasta la salida.
—Duerme un poco, Crowley. A lo mejor así te aclaras de una maldita vez.
Comprendía su enfado, aunque no me gustaran las formas.
—¿Mis padres saben que estoy aquí? —pregunté, antes de que se marchara.
Se detuvo con la mano en el pomo.
—Sí. Pero no pueden verte todavía.
—¿Por qué?
—Órdenes de arriba. No tendrás contacto con nadie del SEDS hasta que Paul Jefferson lo autorice. Quiere tu informe médico y el psicológico —añadió—. May vendrá ahora para hacerte unas preguntas. Ya sabes cómo funciona esto.
Sí. Lo sabía. Informes. Evaluaciones…
Antes de salir, añadió:
—Tengo a todo el equipo buscando cualquier rastro posible del Káiser. También estamos investigando la extracción de información.
—Dijiste que Meyer había traído mis cosas. También las de Nick. Y mi cuaderno era una de las condiciones de May para aprobar la salida al Himalaya.
—Preguntaré a Meyer.
Fue una respuesta breve, casi automática. Travis permaneció un segundo más sosteniendo el pomo de la puerta.
—Adiós, Crowley.
Cerró tras él y el silencio volvió a llenar la habitación.
Tiré de la bata para cubrirme los muslos antes de abandonar la silla y subir a la cama.
El cuerpo estaba exageradamente magullado y deduje que el rostro estaba todavía peor, porque al apoyar la mejilla en la almohada, me dolió como si me arrancara ese trozo de la piel.
Me tumbé mirando al techo para no rozar las magulladuras y poder dormir.