Cicatrices 36. Brooke
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36. Brooke

Brooke

Me despertó un pitido constante. Abrí los ojos, pero los volví a cerrar porque la luz blanca del techo me molestaba.

Tardé unos segundos en volver a intentarlo.

Esta vez, entrecerrando los párpados para acostumbrarme poco a poco a la claridad.

A mi lado había un monitor. En la pantalla se veía una línea irregular que subía y bajaba acompañada del pitido que me había despertado.

Seguí el cable que iba hasta la mano con varias vías conectadas a las muñecas.

Me fijé en la estancia, parecía un hospital.

Mi último recuerdo fue en el helicóptero, en el Himalaya, después de encontrar a Nick.

Pero esta sala pertenecía a la unidad médica de la base del SEDS de Nueva York.

Traté de incorporarme, pero una mano firme, que apareció desde el otro lado, me empujó de vuelta a la camilla.

—No hagas eso —exigió Travis.

Lo miré. Estaba sentado a mi lado, en una silla. Tenía el cabello despeinado y el uniforme arrugado. Volví a mirar la habitación, reafirmando mis sospechas: no estaba en un hospital civil, sino en el SEDS.

—¿Qué hago aquí? —pregunté—. ¿Cómo he llegado? ¿Cuándo? ¿Y Nick? ¡¿Dónde está Nick?!

Se inclinó desde su asiento.

—Llegamos hace dos días. Yo mismo le sugerí al equipo médico que te sedaran para que pudieras descansar.

Arranqué las vías conectadas a mi cuerpo.

—¡Responde a lo demás!

—Aterrizamos en el helipuerto de la base del Himalaya. Nick fue trasladado directamente a quirófano.

—¡¿A quirófano?!

Me tomó la mano.

—Tenía una hemorragia interna, la navaja había entrado por debajo de las costillas y atravesado el diafragma.

Los médicos lograron detenerla, drenaron el pulmón y consiguieron estabilizarlo para el traslado a Nueva York.

Meyer se ocupó con Dawa de recuperar vuestras pertenencias antes de que iniciáramos el vuelo.

El equipaje no me importaba.

—¿Ha sobrevivido? —pregunté sin rodeos.

—Sí.

Sentí cómo el pecho se me abría en canal al inspirar por primera vez sin tanto peso.

Intenté bajar de la camilla, mientras la oscuridad se disipaba, pero las piernas me fallaron al tocar el suelo.

Travis reaccionó rápido y me sujetó antes de que me cayera.

La oscuridad regresó por los bordes de mi visión.

—Tienes que descansar.

Presionó ligeramente con sus dedos en el brazo.

—Quiero verlo.

—Apenas puedes mantenerte en pie. Sigues bajo los efectos de los sedantes.

—Entonces tráeme una silla de ruedas.

Travis me aseguró en la cama, antes de salir al pasillo.

Llamó a uno de los sanitarios e intercambió con él unas palabras en voz baja.

El médico me observó desde la puerta, antes de asentir.

No pasaron ni dos minutos cuando apareció con una silla de ruedas.

Travis la empujó hasta mí, y me cogió en brazos para sentarme en ella.

Mis manos se cerraron sobre los reposabrazos mientras me llevaba por el hospital.

Se detuvo frente a una puerta de cristal.

Desde fuera, se veía un panel electrónico que marcaba las constantes vitales de Nick.

Nick permanecía tumbado, conectado a más cables de los que podía imaginar.

La pantalla marcaba su pulso, lento, pero constante.

Tenía un tubo de oxígeno bajo la nariz, vendajes gruesos y apósitos cubriendo casi todo su torso.

A pesar de la debilidad provocada por los sedantes, me levanté de la silla.

Esta vez, Travis no me detuvo. Cuando pasé junto a él, puso su huella en el lector para abrir la puerta y esperó a que yo entrara.

Sus ojos recorrieron la estancia, pero cuando me detuve frente a la cama de Nick, Travis salió. La puerta se cerró tras él.

Avancé hasta la cama y me senté en el borde.

Nick tenía hematomas en todas partes. Miré la zona exacta en la que la navaja había entrado bajo sus costillas.

Nick había estado a punto de morir. Y yo había descubierto lo que dolía haber estado a punto de perderlo.

Le cogí las manos y las besé. Sus dedos permanecieron inmóviles con los míos, pero el calor de su piel estaba ahí.

Siempre me habían gustado los contrastes, sobre todo los de temperatura, porque eran el privilegio de los vivos. Y Nick lo estaba.

—Cabeza de chorlito… —murmuré, acariciando sus dedos.

El monitor siguió marcando el pulso.

—Te di el rastreador para que te encontraran, y te desprendiste de él.

Mis ojos se detuvieron en las vendas de su torso. Bajo ellas, estaban las suturas y todo lo que la navaja había destrozado. Recordé el momento exacto, aquel sonido húmedo cuando la hoja se hundió en él.

—Pensé que te había perdido —continué en un susurro, apoyando la frente contra sus dedos—. Pensé que habías muerto.

Las palabras se quedaron en el aire, suspendidas apenas en un hilo de voz.

—Lo último que me dijiste fue que me querías.

El recuerdo seguía clavado en mi mente. Su pulgar rozándome el labio. La voz quebrada. El beso.

—Siempre tienes que hacer las cosas al revés, ¿verdad?

Apoyé la espalda con cuidado contra el borde de la cama, sin soltarlo. Y me tomé la libertad de colocar mi cabeza sobre su hombro, con mucho cuidado.

—Yo también quiero decirte algo.

Volví a llevar sus dedos a mi frente. Después me los apoyé sobre la mejilla, como si fuera él el que me acariciaba.

—Yo también te quiero, cabeza de chorlito.

El silencio volvió a llenar la habitación, aunque esta vez, no era un silencio vacío.

Era el de dos personas que seguían respirando.

Y entonces, lo sentí. Un roce suave en la mejilla.

Los dedos de Nick acababan de moverse, aunque mi cerebro tardó unos segundos en procesarlo. Levanté la cabeza hacia él.

—¿Nick?

Abrió los ojos. Durante un instante permaneció en silencio, mirándome como si estuviera comprobando que mi presencia y la suya no fueran fruto de un sueño. Sus labios se movieron y aunque su voz salió débil, fue inconfundible.

—Nena, estás bien —se emocionó.

Yo también.

—Y tú —lo abracé.

Las lágrimas me nublaron la vista antes de que pudiera evitarlo, pero esta vez de felicidad. Nick movió el brazo, y el gesto le costó. Cuando su mano me acarició la espalda, me atrajo más hacia él.

—¡Nick! —repetí sin creérmelo.

Me incliné sobre él y rodeé su cuello, abrazándolo con todas mis fuerzas y con un extremo cuidado a la vez. ¡Nick estaba vivo! ¡Vivo! Él soltó una risa cansada, manteniendo la mano fija en mi espalda.

—Nena… Tal vez… ¿Podrías no ahogarme?

Mierda. Aflojé el abrazo, recordando su estado.

—Me han apuñalado recientemente —bromeó, señalando las vendas—. Por si no lo recuerdas.

Y, en ese momento, estallé. Una risa me brotó del pecho sin ningún tipo de contención.

Me llevé una mano a la boca, intentando contenerla, pero fue imposible.

Las lágrimas me siguieron cayendo por las mejillas mientras reía como si acabara de soltar el peso más grande del universo.

No era una risa elegante, sino la de alguien que había estado al borde del abismo.

Le di un puñetazo leve en el hombro.

—¡Au! ¿Eso a qué ha venido?

Lo señalé con el dedo índice.

—¡Por tonto del culo!

Parpadeó. Y le di otra vez.

—¡Por el rastreador! ¡Te lo tenías que quedar para que fueran a por ti!

—Ah… Eso.

—¿Ah… Eso? Podrías haber muerto.

—Nena, ya estaba muriéndome —murmuró—. ¿Sabes? Si sé que vas a regañarme y pegarme, a lo mejor me hubiera quedado en el convento a riesgo de que otra cabra me reventara el culo.

Le di otra vez.

—Era un monasterio, no un convento.

Sus dedos buscaron las costillas, haciéndome cosquillas.

—¡Ni se te ocurra! —advertí.

No sé de dónde sacó fuerzas para sujetarme, pero sus dedos se movieron rápido sobre mi costado.

—¡Nick! ¡Estás herido, no deberías…!

Aunque apenas podía moverse, consiguió hacerlo otra vez.

—Nena, conozco tus puntos débiles.

Reí sin poder evitarlo, doblándome con cuidado a su lado. Y aunque podría haberme apartado, no lo hice.

—¡Para! ¡Para, Nick!

Arqueó ligeramente las cejas.

—¿Qué pasa? ¿La agente especial Brooke Crowley tiene cosquillas?

Le sostuve la muñeca.

—Eres tonto del culo.

—Sí, nena —asumió—. Soy tonto del culo, un cabeza de chorlito, y lo que quieras. Después de que una cabra me embistiera, ya no hay nada que me dé vergüenza.

La chispa seguía en sus ojos, pero, debajo, pude ver algo más profundo.

—¿Y sabes qué? —preguntó—. Que todo lo que dije allí era cierto.

Su pulgar me rozó los nudillos.

—Te quiero. Y después de sobrevivir a una puñalada, a un monasterio en llamas y a un grupo de dementes que nos querían matar —puntualizó—, creo que puedo sobrevivir a quererte.

Los ojos se me humedecieron ligeramente.

—¿Aunque mi trabajo consista en correr hacia el peligro?

—Jamás querré que dejes de correr hacia el peligro. Porque si lo hicieras, dejarías de ser tú.

Lo dijo sin dramatismo.

—Lo digo en serio, nena. Tu trabajo siempre va a ser una locura, pero eso no cambia lo que siento por ti desde que éramos dos críos jugando a hacer guerras de almohadas.

Una sonrisa se me dibujó en los labios.

—Siempre te ganaba.

Fue una frase infantil. Exactamente el tipo de frase que se decía cuando la persona no sabe qué hacer con todo lo que está sintiendo.

Sus dedos siguieron moviéndose sobre los míos, como si necesitara asegurarse de que los dos estábamos bien.

Yo, por mi parte, me quedé mirándolo sin saber cómo gestionar ya no solo las emociones, sino el calor que me subía por el cuerpo.

—Nena.

—¿Qué?

—Travis te quiere. No sé en qué punto estáis, pero no quiero ser el tipo de persona que destroza una relación.

Su pulgar volvió a rozarme los dedos antes de seguir.

—Te quiero de muchas maneras. Eso no ha cambiado ni creo que pudiera cambiar jamás, pero tampoco quiero hacer daño a nadie.

Sus ojos se detuvieron en mis labios. Y entonces, muy despacio, me tiró de la mano.

—Si quieres seguir con él, lo entenderé. Ante todo, eres y serás mi mejor amiga. Mi apoyo incondicional. Y, en ocasiones, también un grano en el culo bastante persistente.

El movimiento fue pequeño, torpe por la debilidad.

Nick no parecía haber pensado en lo que estaba haciendo.

Simplemente hizo lo que yo no me había atrevido a hacer.

Su mano subió hasta la nuca con una lentitud cuidadosa, como si esperara que me apartara.

No lo hice. Ni siquiera cuando su frente rozó la mía.

Después de haber estado a punto de perderlo, verlo respirar me parecía un milagro.

Los tubos de oxígeno descansaban bajo su nariz.

Sus dedos tiraron suavemente de mí, acercándome a su boca.

Fue un beso lento, casi tímido. Como si ambos estuviéramos comprobando que aquello era real.

Al separarnos, mi mirada se desvió un instante hacia el cristal.

Había olvidado que Travis estaba allí, observándonos desde el otro lado.

Podía vernos, y antes eso habría bastado para apartarme, pero había creído que Nick estaba muerto.

Había sentido el verdadero terror, que es muy diferente al miedo.

Así que no pensé. Volví la vista a Nick y me incliné sobre él.

Esta vez el beso fue más firme. Deslicé los dedos por su nuca con cuidado de no llevarme ninguna vía.

Exhaló contra mis labios mientras los suyos se movían con más seguridad que antes.

—¿Sabes, Brooke? —Acarició mi mejilla—. Soy un cabeza de chorlito con suerte.

Lo miré con curiosidad.

—Ah, ¿sí?

Llevó una mano a las vendas del pecho.

—Sí. Después de todo, estas cicatrices van a ser el recuerdo más bonito de mi vida.

Deslicé los dedos suavemente por su pecho.

—¿Por qué?

—Porque, aunque las lleve yo en la piel, son nuestras.

Parpadeé.

—No entiendo.

—La mayoría de la gente odia las cicatrices como si fueran lo peor que pudiera pasarles. ¿Pero sabes? No lo son. —Me apoyó la mano en la nuca—. Lo peor habría sido morirme sin decirte que te quiero.

Sentí la magnitud de sus palabras cayendo despacio sobre mí, asentándose en algún lugar muy profundo del pecho. Sus labios rozaron los míos cuando alcé la vista hacia él. Nick estaba tranquilo, como si lo que acababa de decir fuera tan evidente que no necesitara ni siquiera contestación.

—Odian las cicatrices porque les recuerdan algo que no quieren recordar. Porque significan dolor —le expliqué—. Por eso las odian.

Acarició mi nuca.

—A mí me gustan porque significan que sigues aquí.

Me dio un beso cálido en la frente. Su brazo se ajustó por debajo de mí cuando volví a apoyar la cabeza sobre su hombro.

—Respetaré tu decisión —insistió, cerrando los ojos—. Sea la que sea.

Nick no tardó en dormirse. El monitor marcaba un pulso constante, y entendí lo que había querido decir de las cicatrices. El mundo las veía como heridas. Errores. Un sufrimiento que preferían olvidar. Pero no siempre eran eso. No siempre significaban el final.